Al parecer, Julian Assange existe. Dicho de otro modo: es realmente una persona que vive —con redundancia y todo— en la realidad. Eso no puede afirmarse con igual confianza de Osama ben Laden (como se habría escrito y se diría cuando el idioma inglés no tenía aún la fuerza avasalladora que hoy tiene como lingua franca imperial, y, entre otras cosas, no había impuesto bin como trasliteración preferente de la voz que en árabe significa hijo de y en español no es norma forzosa escribir con inicial mayúscula).

El Osama con cuya familia tiene lazos de negocio la familia Bush —como también los tuvo con Hitler—, sirvió a la política estadounidense cuando no se preveía que su nombre sería parónimo del apellido de un inquilino de la Casa Blanca. Pero aún no se sabe si realmente existió, si está de incógnito como asesor en un espacio secreto de aquel recinto presidencial o en una gruta climatizada y confortable, en espera de reaparecer en actos que ayuden a su parónimo Premio Nobel “de la Paz” para recrudecer la masacre en Afganistán, reactivar la no terminada en Irak o abrir otro de los frentes de conflagración ya anunciados.

Va y murió de bala o de bomba, accidental o dirigida; o de apoplejía tras una cena árabe a lo bestia con algún embajador de los Estados Unidos en alguna ciudad luminosa o en un “oscuro rincón del mundo”. Pero quizás dejó grabados varios videos de reserva, o se le ha clonado o sustituido por algún doble (real o virtual, pero difícilmente virtuoso) que haga o más bien diga lo que venga bien a los planes del imperio. Entre ellos puede estar el arreciamiento de maniobras como el Acta Patriótica y la terrorista y aterradora campaña antiterrorista —“nueva” cruzada hasta por la invocación de choques entre civilizaciones—, y cualesquiera otros que ratifiquen al fascismo no como una anomalía del capitalismo ni de su fase imperialista, sino como un recurso propio del sistema.

A ese recurso y a cuantos otros tercien echan mano las fuerzas dominantes para afincarse cuando se ven amenazadas por peligros que no pueden vencer con edulcoraciones ficticias que les eviten —si les conviene ahorrárselas— lanzarse a guerras. Si los magnates del negocio de las armas no reclaman otra cosa, para el imperio será preferible campear a sus anchas sublimando y vendiendo su buena imagen por la vía de su “industria cultural”. Por encima de lo que verdaderamente pueda aportar como buena cultura a su propia ciudadanía y al mundo, esa industria se basa en lo incultural y en lo anticultural, y tiene a la banalización entre sus recursos más poderosos.

Para todo eso ha sido dueño, durante décadas, de la moneda del mundo. Pero ella afronta hoy los peligros de la crisis del sistema, vinculados a los que le vienen del ascenso de otras monedas que le hacen competencia, aunque, llegado el momento, se le supediten —como está subordinada al Pentágono la OTAN—, y de una creciente devaluación que la convierte no en moneda virtual, sino falsa, sobre todo desde que se legalizó su conversión en mero papel: cifrado, con sellos de agua, hilos magnéticos, relieves “irreproducibles” y todo tipo de sofisticación, pero papel, calzado, eso sí, por fuerzas políticas y militares.

Un día pudiera ocurrirle como a cierto pasado histórico representado en una película que merece incluirse y está entre los productos de veras culturales: Lo que el viento se llevó. Lo es, aunque en su alfombra mágica haya espacio para transportar subproductos “culturales” de diversa laya, incluida la saga de Rambo y otros peores, si los hay, sin olvidar la conversión de la guerra misma en espectáculo.

En ese camino, el quehacer de Julian Assange puede tener diversas motivaciones. Quizás sea una persona honrada,  interesada verdaderamente en el en el saneamiento —¿será posible?— del sistema al cual pertenece: de momento, que sepamos, nada lo vincula a ningún proyecto anticapitalista. Quizás lo anime una naturaleza sicológica fatalmente ansiosa de protagonismo, o vaya usted a saber si es un enviado de los dioses, que le han dado la tarea de poner en evidencia los rejuegos de la diplomacia imperialista, no de toda diplomacia en el planeta: hasta donde sé, incluso como testigo directo, para no ir más allá ni remitirme a tiempos pasados, no es el caso de la cubana, diga lo que diga alguna generalización desprevenida o torpe. Tal vez Assange sea una encarnación icónica elegante del llamado Occidente cristiano, reforzada por una tecnología que desborda los simples videítos de uno de los hijos de Laden. Sí, Assange puede ser lo que sea, y acaso no sepamos qué es en realidad; pero el imperio es lo que es, y se conoce.

Aún se ignora —¿alguna vez se aclarará?— hasta qué punto o en qué grado pudo haber connivencia entre determinadas autoridades de los Estados Unidos y los ejecutores putativos, sin excluir a los materiales, del atentado a las Torres Gemelas. Pero —salvo para quienes quieran tenerlas o simular que las tienen, o se propongan negar los  hechos— de algo no hay dudas: el monstruoso atentado vino como anillo al dedo a los planes guerreristas del imperio y a su complejo industrial-militar, que tanta fuerza y tanta influencia tiene en él. Esa punta de lanza del poder garantiza que, llegado el momento, la potencia mandona y sus aliadas lacayas puedan hacer cualquier cosa antes que permitir que los plebeyos del mundo les pongan en peligro la seguridad de su sistema. Con él, haya la crisis que haya, los poderosos viven bien y consiguen imponer que los bancos y su poderío en general lo salve la contribución —el sudor y el sufrimiento— de los pobres del planeta y de sus propias naciones.

Para eso cierta “izquierda” europea reclama que los Estados Unidos se cuiden de excesos bushistas y mantengan a salvo nada menos que su “liderazgo mundial” (sic). Para eso necesitan —y no es difícil hallarlos— mandatarios menos groseros y más elegantes que W. Bush. Para eso el sistema sentó en el trono a Obama, quien poco después de electo presidente anunció, entre otras fantasmagorías inalcanzables en su sistema, y de las que hace rato no habla ya, la búsqueda de un “capitalismo igualitario y prudente”, en el que habría que situar sus promesas de mejores servicios médicos para los más pobres —que los hay— en su país.

Pero el imperio no está en condiciones de sentirse tranquilo. La crisis capitalista es una realidad sistémica: no cosa de juego ni invención de marxistas trasnochados que se niegan a aceptar resignadamente que el imperio es invencible y que las ciencias sociales, economía incluida, no tienen otra opción que arrodillarse ante el pragmatismo capitalista. Por más que haya reveses, agobios, atascos, oportunismos, confusiones —involuntarias y voluntarias—, hay también hechos que inquietan al imperio, y debemos aceptar que con razón.

No hablemos de la lejana China, cuyos innegables avances, verdadero dolor de cabeza para los intereses rectores y los administradores del poder imperial, alguien no especializado en temas económicos puede ver como la actualización del modo de producción asiático. No vayamos tan lejos. Ni siquiera nos detengamos en la permanencia de la Revolución Cubana. Aquellos intereses y funcionarios tienen otras preocupaciones también cercanas geográficamente. Algún teórico iconoclasta, formado por casualidad en los mismos Estados Unidos, saldrá a advertir —como en la anécdota del aterrado por el invento de la locomotora recién puesta en marcha— que nada o muy poco hay que esperar de los llamamientos al socialismo del siglo XXI lanzados desde pueblos de nuestra América.

Con todo, si recientemente en esta parte del mundo el imperio y sus servidores han tenido logros que revalidan su cosecha de éxitos en la región, como, entre otros, las elecciones presidenciales en Panamá y el golpe de Estado en Honduras, hay muchas cosas que no han podido impedir, y que hasta hace poco eran impensables. Entre ellas destaca la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, que podrá no ser aún todo lo que se quisiera; pero está claro, clarísimo, que no es la llamada Alternativa de Libre Comercio para  las Américas, a la que, con mayor razón que con su nombre legal, podría denominársele “ALCAdalso, pueblos de la América Latina y el Caribe”.

Otras de las cosas que inquietan al imperio son la sostenida resistencia del propio pueblo hondureño contra la maniobra lobista y, sobre todo, si del orden político se trata, los casos de Bolivia, Ecuador y Venezuela, para valernos del socorrido orden alfabético y no poner más ejemplos. Son países donde se demostró que las elecciones pueden dar frutos contrarios a los hábil y habitualmente cosechados por el imperio y sus servidores durante montones de años, y —tal vez más importante aún— que el pueblo puede movilizarse, como de manera señalada en Venezuela y más recientemente en Ecuador, para impedir que triunfen los golpes de Estado promovidos o financiados y en todo caso capitalizados por el imperio. Con golpes de Estado derrocaba antes sin mucho esfuerzo a presidentes que no le convenían, e implantaba gobiernos dóciles a él, con frecuencia dictaduras militares, aunque ya en Honduras quedó claro que en vez de gorilas pueden protagonizar la fábula lobos con etiqueta civil.

Todavía hay historiadores honrados, revolucionarios incluso, que se esfuerzan por determinar las verdaderas causas del hundimiento del acorazado Maine, para poner las cosas en su justo sitio e impedir que los imperialistas carguen con una culpa que quizás no tuvieron: la del probable autosabotaje en aquel navío, hecho que en fin de cuentas no pasaría de ser una raya más en las cachas del revólver matón. Pero lo seguro es que dicho hundimiento, y la tragedia de la tripulación, sirvieron de pretexto al gobierno de los Estados Unidos para hacer lo que ya tenía planeado: intervenir en la guerra entre Cuba y España y arrebatarle a la primera, con la complicidad del gobierno de la segunda, la victoria y la independencia que merecía.

Quizás un día se pruebe que los pobrecitos imperialistas —aunque “educaron”, en las filas de la CIA nada menos, a un personaje que realmente parece existir o existió, llamado también Osama ben Laden— son ángeles sin culpa directa en lo tocante al derribo de las Torres Gemelas, aunque entre la voladura de la primera y la de la segunda tuvieron tiempo y recursos más que suficientes para hacer estallar en el aire al avión del caso, y aunque del supuestamente lanzado contra el Pentágono ese mismo día no parezca haber nada claro.

De lo que no hay duda alguna es de que —así como el episodio de Pearl Harbor le sirvió al gobierno estadounidense para lo que ya tendría planeado en pos de la hegemonía mundial que buscaba— la tragedia de las Torres tuvo también un resultado sórdido: le puso en bandeja a la camarilla encabezada por George W. Bush los pretextos que necesitaba para su llamada campaña de guerra preventiva e infinita contra el terrorismo.

En otras palabras: las muertes y los sufrimientos de las víctimas de aquel desastre ayudaron a esa camarilla —o sea, a la potencia que ella representaba como la representa hoy la ya tambaleante que encabeza Obama—, para hacer lo que le viniera en gana al servicio de la perpetuación del imperio. Así sería aunque en los hechos su política acabase siendo harto nociva para una nación que, quizás, podría sacar mayores dividendos de una línea más racional que de su desbocamiento belicista. ¿Para qué, si no en función de tal urdimbre, se fabricó la imagen de Obama, y se le procuró que desde Noruega —país que estuvo entre los primeros firmantes del Tratado del Atlántico Norte, origen de la OTAN—, le llegara una patente de corso como el Premio Nobel de la Paz, que lo autorizaría a hacer nuevas “guerras santas”?

El escándalo que—en referencia a otros que podrían quedarse chiquitos ante él— se va conociendo como Wikigate, evidencia algo conocido: la naturaleza mentirosa y sucia del imperio, de su diplomacia, de su propaganda, de sus personeros. Viene a corroborar que las falsas acusaciones según las cuales Irak tenía armas de exterminio masivo no son un hecho aislado, sino apenas una clavija en el arpa de un órgano monstruoso.  Pero el imperio desacató la voluntad mayoritaria expresada por la comunidad internacional en las ceremonias de la ONU y, sobre todo, con multitudinarias manifestaciones populares en todo el mundo, y consumó contra Irak una nueva etapa de masacre que aún no cesa, hablen o no hablen de ella los medios dominantes.

Ya se perfila la posibilidad de que el propio imperio encuentre en las acciones de Wikileaks —personalizadas en su creador, Julian Assange, quien acaba de ser puesto en libertad provisional y restringida—, pretextos para intensificar las restricciones que sistemáticamente aplica en la tan proclamada libertad de expresión, que, como la democracia electoral, acepta únicamente para lo que le conviene.

Puede Obama, explícita o tácitamente, reforzar, si no la letra, sí el espíritu del Acta Patriótica bushi-fascista. De entrada, acusaciones de hacerle el juego al terrorismo lanzadas contra Assange recuerdan las maniobras generadas en torno a la figura verídica, mítica o virtual, no virtuosa, del ben Laden.

En “WikiLeaks: la distancia entre los cables y la información difundida”, lúcido artículo aparecido en Rebelión, Pascual Serrano ha señalado lo que está significando el hecho —nada ajeno a la voluntad de Assange— de que las revelaciones de Wikileaks pasaran a enriquecer el arsenal y las ganancias de medios poderosos. En ellos el imperio tiene voceros malvados para propalar mentiras, entre las que asiduamente tiene espacio privilegiado la satanización de quienes no le son dóciles.

Podría decirse que Assange buscó vías que tuvieran fuerza para difundir y amplificar al máximo los documentos que dejan al desnudo las desvergonzadas entrañas del sistema. No solamente está por ver cuáles son sus verdaderas intenciones, aunque se explica que haya suscitado la reacción de incontables personas que de diversas maneras lo han apoyado frente al tratamiento y las amenazas que está recibiendo. Pero acaso lo más significativo que se ponga a la vista estribe, sobre todo, en la capacidad del mismo imperio para aprovecharse de lo que, aun aceptando que haya querido ser un golpe contra él, puede potenciar aún más actos como vociferar: “Está bien, en Irak no había armas de exterminio masivo; pero nos convenía hacer la guerra y la hicimos, la estamos haciendo, y seguimos haciéndola en Afganistán, y podemos hacerla donde se nos antoje, ¿y qué?”

Una expresión como esa recuerda —en otra escala: no menor, porque, sobre todo si se trata de homicidios, hay crímenes mayores en sí mismos, pero menores no— la impunidad con que, protegidos y alentados por el imperio, actuaron los terroristas responsables de la explosión, en pleno vuelo, de una nave de Cubana de Aviación a bordo de la cual viajaban más de setenta personas de Cuba y de otros países.

Todas esos seres humanos, pasajeros y tripulantes, murieron, y uno de los comisores del monstruoso atentado —que siguen disfrutando el amparo del gobierno estadounidense— le dijo a una periodista: “Pusimos la bomba… ¿y qué?” Hace treinta años que tan desvergonzada declaración dio título a un valioso libro de su destinataria, la autora venezolana Alicia Herrera. Ese texto no merece ser olvidado: deben recordarse, y condenarse, los hechos que relata. Máxime ahora, cuando se mantiene en la cárcel a cinco cubanos cuya gran “culpa” ha sido contribuir al empeño de evitar nuevos actos terroristas. El terrorismo lo financia, aúpa, alimenta y capitaliza el imperio, ¿y qué?

Por lo pronto, utilicemos todas las vías posibles para difundir la verdad, sin las falsificaciones con las cuales medios como El País, de España, y otros beneficiados por la acción de WikiLeaks, están manipulando al servicio del imperio las interioridades que lo acusan a él, y deben ser rectamente conocidas en el mundo.

Luis Toledo Sande

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