Lo determinante son las personas que la habitan, y las relaciones entre ellas; pero en el orden material lo más importante de una casa son las paredes exteriores y el techo, que protegen de la intemperie y deslindan del medio circundante a quienes la habitan. Aun así, no cabe menospreciar la utilidad de las paredes interiores, o tabiques, para resolver o prevenir la mayor cantidad posible de problemas. Algo similar ocurre, máxime si se aplica a un país, con una división político-administrativa, que también genera efectos cuando se trata de parcelar territorios más pequeños: un municipio, una provincia.

A menudo se cita, empobreciéndole el sentido, la máxima “Patria es humanidad”, que no se entiende plenamente si se desgaja del texto donde la escribió José Martí, una página en la cual planteó, con perspectiva emocional y cultural, el significado que la relación entre el todo y las partes del mundo tiene para los seres humanos. Pero adentrarse en ese camino requiere concentración y despliegue adecuados, y no tienen estos apuntes ni tal propósito ni tal posibilidad: rozarán apenas algunos conceptos elementales asociables con las parcelaciones administrativas. Incluso así, ese es un asunto que puede parecer sencillo, pero arrastra la mar de complicaciones, aunque sea para bien.

Entre otros muchos, en Cuba está el caso de Trinidad, que hasta 1976 perteneció a la provincia de Las Villas, y hay indicios de que, por razones históricas, económicas, geográficas y culturales, su población se siente más afín a Cienfuegos que a Sancti Spíritus, de la cual forma parte desde aquel año. Asimismo la inclusión del Velasco holguinero en el municipio de Gibara parece que no acaba de cuajar en los ánimos. Pero el presente artículo tomará como centro, para cumplir con lo anunciado en el título, algunas ideas relacionadas con la fundación reciente de dos nuevas provincias: Artemisa y Mayabeque.

Lo primero a señalar es el beneficio toponímico derivado de ella: se simplificó un habanerío que amenazaba con desconcertar a las mismísimas computadoras. Por la división de 1976 la provincia que hasta entonces se había denominado La Habana se dividió en dos: Ciudad de La Habana y otra, que mantuvo el desnudo y hermoso nombre de La Habana, formada con la mayor parte de ese territorio y alguna porción que se tomó de Pinar del Río. Pero la provincia que conservó el topónimo La Habana tenía su capital en Ciudad de La Habana, y esta, que como capital del país se llamaba La Habana, entre otros municipios conservó La Habana Vieja, Centro Habana y La Habana del Este. ¡Habanecíamos!

Por si fuera poco, a la nueva provincia llamada La Habana se le tenía familiarmente como la provincia habanera. Podía, pues, ser provinciana, mientras Ciudad de La Habana, capital de la nación —y asociada por ello a lo metropolitano y, de paso, a lo cosmopolita dentro del país— parecía no serlo. Ello se unía al metropolicentrismo por el que cualquiera decía, o sigue diciendo, que, al trasladarse de la capital a otro territorio del país, se viaja “a provincia” —o “al interior”, lo que pide su propio comentario—, en vez de decir “a otra provincia”. Por las ventajas de la capital había prosperado históricamente el dicho de que “Cuba es La Habana; lo demás, paisaje”. Si hoy se oye menos, habría que ver por qué.

Dejemos el asunto en esos recodos, para no sacudir el avispero con la afirmación de que la provincia capital del país, la que ya recuperó el nombre La Habana, tiene ostensibles rasgos provincianos, no siempre, aunque sí visiblemente, asociados a la marginalidad. Afirmarlo exigiría argumentos y matices para los cuales no alcanza aquí el espacio, lo que hace saltar del papel a la realidad (o viceversa), algo cuya representación acuñó hace pocos años un destacado músico nuestro. Lo hizo en términos cuya sabrosura no debe llevarnos a ignorar su contenido: “La Habana no aguanta más”. Aunque ella, cubana que es —y capital de toda la población del país—, se encargue de probar cada día lo contrario: “Sí puedo más”.

Como todo cambio que atañe a seres humanos, la fundación de las dos nuevas provincias incluirá trances emocionales derivados de lindes y subordinaciones que suscitan incluso incertidumbres en planos como el de la identidad. Una pregunta parece simple y no lo es: ¿Quiénes y a partir de cuándo se sentirán artemiseños, o mayebequenses? Pero seguramente los buenos resultados de la fundación, basada en razones de peso, además de haberse estudiado largamente, serán mayores que los conflictos probables.

Facilitar la comunicación en esos territorios, agilizar gestiones administrativas y racionalizar cargos de dirección —todo lo cual debe propiciar la merma de estructuras burocráticas innecesarias— son algunas de las razones tenidas en cuenta, y de hecho se vinculan con el afán de descentralización que vive el país en busca de una mayor eficiencia económica. Ese es un propósito insoslayable que ha de alcanzarse sin menoscabo de los valores espirituales que deben distinguirnos, o seguir distinguiéndonos, como nación marcada por un proyecto socialista, y con una historia y signos culturales respetables.

Desde su nacimiento, las dos nuevas provincias apuntan a caminos de descentralización, o los propician. Así, por ejemplo, en cada una de ellas, aparte de tener oficialmente su capital político-administrativa, se ha podido ver otra de naturaleza cultural. Las primeras son Artemisa en la provincia homónima, y San José de las Lajas en Mayabeque; las segundas, San Antonio de los Baños y Güines, respectivamente. Eso no significa que política, administración y cultura marchen por caminos diferentes y sean escindibles: se trata de dimensiones de una misma realidad íntimamente vinculadas entre sí. El “simple” reconocimiento de la posible diversidad de capitales habla más bien, a su vez, de la riqueza o diversidad interna de cada una de dichas provincias.

En cuanto a los topónimos, que tienen o reclaman sus propios gentilicios, y a las capitales, pudo haber habido mayor simetría aún entre ambas. Así se habría logrado en las dos, para lo tocante a direcciones postales y otras formas de localización, la facilidad que no se da en las provincias —la gran mayoría— cuyos nombres coinciden con el de la ciudad cabecera. Ahora una nueva excepción, Mayabeque, se suma a Villa Clara y a Granma. Las tres tienen capitales cuyos nombres —San José de las Lajas, Santa Clara y Bayamo— no coinciden con el de la provincia. En particular la selección del topónimo Granma, aparte de honrar un hecho relevante, resolvió cómo bautizar una provincia en la cual sobresalen dos ciudades de tanta prosapia histórica como Bayamo y Manzanillo.

Añádase que a las dos provincias recientemente fundadas pudo habérseles dado nombres que rindieran parejo tributo, etimológico incluso, a la cubanía. Se logró en Mayabeque, denominación tomada del río homónimo y que es, por añadidura, vocablo de raíz aborigen. Artemisa tiene también su río representativo con nombre de ancestro indígena, Ariguanabo. Es incluso mayor, surca gran parte del territorio y se asocia a lo que aún queda de lo que fue una importante laguna, a volúmenes apreciables de aguas subterráneas de gran utilidad y a un sumidero emblemático. Nada le faltaba, ni le falta, para dar nombre a la provincia.

El nombre de ese río, además, ha tenido asidua presencia como imagen incluso fuera de ese territorio, tanto en términos de mercado —gran celebridad alcanzaron, por ejemplo, los tejidos de ese nombre— como de arte, no solo por su asomo en una canción de Silvio Rodríguez. La ha tenido y la tiene también, o sobre todo, por la repercusión amplísima de la Escuela Internacional de Cine y Televisión y del Museo del Humor, ambos en San Antonio de los Baños y vinculados, por tanto, al río mencionado.

La significación del Ariguanabo es tal, y tan entrañable para los pobladores de tierras próximas a él, que los fundadores del ejemplar Bosque Martiano creado hace más de quince años en San Antonio lo nombran —y así se lee en su bandera— Bosque Martiano del Ariguanabo. Aducen, con razón, que balnearios hubo, hay y habrá en distintos ríos, tal vez algunos de ellos también en otros parajes igualmente denominados San Antonio; pero su San Antonio es el único que tiene pleno derecho a llamarse, más que de los Baños, del Ariguanabo. Y aspiran a que así se rebautice alguna vez ese municipio.

Se conoce la sonada importancia histórica del municipio de Artemisa —y de otros— para ser capital de una provincia. Pero, al igual que Mayabeque tiene el nombre que tiene, su gemela pudiera llamarse Ariguanabo. De ese modo, al igual que a Mayabeque no se le dio el nombre de su ciudad cabecera, que rinde tributo al santoral cristiano, sino otro que honra a un elemento cubanísimo, el topónimo de la otra provincia pudo no haber rendido homenaje al antiguo panteón griego —se piensa más en él que en la planta llamada artemisa—, sino a nuestro cubanísimo Ariguanabo. No es un deshonor, ni mucho menos, que en un país abierto al mundo desde sus años de fragua como nación, se utilice para topónimo el nombre de una diosa griega. Pero con la simetría sugerida se habría subrayado más plenamente, aparte de la cubanía, el carácter gemelo de provincias nacidas simultáneamente de una misma matriz, la habanera, y en un mismo hogar, Cuba.

Como no es un perverso pragmatismo lo que guía al autor, este artículo no tiene la pretensión de bastar él solo para que se revierta un nombre cuya adopción fue seguramente —como tendría que serlo su cambio— fruto de reflexiones y debates, en los que habrán influido criterios, consideraciones y autoridades de peso; pero cuyos resultados no son forzosamente indiscutibles en todo. No está de más llamar la atención sobre datos e ideas que, aunque se hayan tenido en cuenta durante esas discusiones, deben seguir siendo objeto de meditación, principalmente para estar cada vez mejor advertidos sobre implicaciones conceptuales que los nombres pueden condensar, por muy sencillos que parezcan.

Ello alcanza intensidades aún mayores cuando las denominaciones —sean topónimos o de cualquier otra índole— remiten a universos cognoscitivos y a valores que no son como para olvidar, y menos aún para echarlos por la borda. En cualquier caso, así como hace pocas décadas, o pocos años, tal vez nadie concebía que en Cuba llegara a existir una provincia que se llamara Mayabeque, y otra Artemisa, en determinado momento podrían darse pasos y replanteamientos que modifiquen también lo que ya es una realidad. Cuba ha sufrido divisiones político-administrativas relevantes —con los correspondientes cambios nominales— en el transcurso de pocos tramos cronológicos.

La división en departamentos —Occidente, Centro (formalmente parte del anterior) y Oriente— establecida por la metrópoli española, duró hasta después de la Guerra de los Diez Años (1868-1878). Interrumpida esta, la Corona trazó las seis provincias que existían cuando en 1959 triunfó la Revolución Cubana: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente. Fue en 1976 cuando se convirtieron en catorce y se dio carácter de municipio especial a Isla de Pinos, que se rebautizó como Isla de la Juventud.

Ahora bien, aparte de que los naturales de ese territorio han seguido llamándose pineros y pineras, acerca de ese último cambio recuerdo el comentario hecho por Cintio Vitier en una de nuestras conversaciones —junto a su inseparable Fina García Marruz— durante los años de trabajo que compartimos en el Centro de Estudios Martianos: se perdió, apuntó en esencia Cintio, la ocasión de fundir lo antiguo y lo nuevo, y acendrar la fusión en el crisol aportado por José Martí. De haberse hecho así, la pequeña isla podría llamarse de Los pinos nuevos. Cabía hacerlo tomando esa expresión no en un sentido meramente generacional, sino en el de creación renovadora con que Martí unió en su célebre discurso conocido como Los pinos nuevos a revolucionarios de todas las edades afanados en fundar en Cuba “un pueblo nuevo y de sincera democracia”, aspiración —de la que somos herederos— plasmada en las Bases del Partido Revolucionario Cubano.

Las denominaciones no son más importantes que la realidad, pero tienen su propio valor. En medio de una polémica, que hizo época, sobre el modernismo hispanoamericano —durante la cual dio ejemplo de capacidad de cambio sano y fértil en sus puntos de vista— Juan Marinello escribió algo que cito de memoria: “El nombre no hace la cosa, y a veces la deshace”. Ni el topónimo Mayabeque ni Artemisa harán o desharán por sí solos las provincias creativas que, dando continuidad a la historia de donde vienen como parte de Cuba, deben lograr sus hijos y sus hijas. Ese empeño será, es, parte del que la familia cubana ha de seguir protagonizando para que la patria sea cada vez más próspera y capaz de vencer toda penuria que esté o se atraviese en su camino. Y en propósitos como ese no está de más ningún cuidado.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/cultura-y-retos-de-la-toponimia-a-proposito-de-artemisa-y-mayabeque-y-viceversa/19017.html

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