No llego por la memoria a la página dónde leí lo que ahora citaré, pero me parece estar viéndolo con la firma de un poeta latinoamericano característico de los años 60 o 70 del siglo xx: “Algún día las banderas se irán al carajo como los buenos trapos que son”. Prolongar el análisis de aquellos años, estupendos y terribles, y a menudo idealizados, rebasa los propósitos de las presentes líneas. Pero será necesario rozar datos que expliquen por qué podía vaticinarse, como con certidumbre, la desaparición de las banderas: el nacimiento de un mundo sin lindes. A un autor de ideas revolucionarias —como el de la cita—, en la atmósfera de entonces el triunfo del internacionalismo podía parecerle cercano.

Hoy, por el contrario, hechos visibles o magnificados por medios hegemónicos apuntalan otras perspectivas. Según ellas, la vida tomó un rumbo diferente, del que se diría que no podrá salir. Mientras tanto, los poderosos siguen imponiendo sus designios y manejando símbolos y fronteras. Añádase que todo eso ha ocurrido sin que en el mundo se hubiesen rebasado completamente ciertos espejismos cosidos al criterio de que los proletarios no tienen patria, ni asumido en plenitud el mejor modo de abrazarlo: que, en vez de renunciar a tenerla, los privados de ella luchen para que deje de formar parte del arsenal capitalista.

El devenir de Cuba, cuya brega por la soberanía y la justicia la han jalonado los lemas Patria y Libertad y Patria o Muerte, explica el significado en ella del patriotismo. No será igual en países donde el concepto patria lo hayan capitalizado, y manchado, poderes opresivos ganadores. La diferencia se apreciará también, por tanto, en cómo se asuman o se ignoren los símbolos oficiales de la nación: bandera, escudo, himno. En Cuba nacieron del empeño independentista, o se les lavó en él —con sangre— la mácula de otros orígenes. Así que en este pueblo, y en otros de historia similar, no son simple material diseñado ni retahíla de notas sin mayor sentido, y aun sin texto, como pasa con el himno de España.

Pero incluso donde esos símbolos estén raigalmente asociados a la emancipación, sería erróneo menospreciar la influencia de circunstancias opuestas a ella. La mengua que puede haber provocado en ideales y sueños internacionalistas la caída, o desmontaje, del socialismo europeo habrá tenido un correlato en el reforzamiento de ideas afines a la llamada globalización. Esta se asienta sobre hechos y fantasmagorías mezclados en proporciones varias, y —mistificación favorable a los poderes hegemónicos— proclama que “borra fronteras”, aunque hace tronar a conveniencia sus armas y sus emblemas, sus valores, contantes y sonantes: nada de amplitud internacional, sino globalidad imperialista.

Pero, al margen de ciertos usos sarcásticos de las palabras, aún hay quienes “descubren” otro concepto afín a globalización: la pretensa posmodernidad. Ese rótulo ha tenido un relativo valor instrumental en disciplinas como las relacionadas con la estética; pero no exagerará quien dictamine que floreció, sobre todo, en los Estados Unidos, o con su influjo. Nació de realidades acaso menos profundas que anecdóticas, de rasgos presuntamente comunes al mundo todo, como la globalización, y lo promovieron con esmero academias serviles al llamado pensamiento único, que el imperio ha querido imponer a la humanidad.

Hace ya algunos años que el dichoso rótulo —en el que señalaron imposturas intelectuales los autores de un agudo libro que lleva ese título— parece estar en retirada. Quizás porque sus más pertinaces promotores le sacaron los jugos estupefacientes que buscaban. Pero los rejuegos afines, incluido el decretar terminada la historia, o considerarla mera sucesión de máscaras y simulacros, no se han extinguido: son parte de las reglas imperiales. Ellas amparan maniobras como las mediáticas utilizadas en la criminal guerra contra Libia.

Sin descartar que a las nubes formadas en torno a globalización y posmodernidad les aporte vapores el abuso demagógico u oportunista del vocablo patria, no su recto entendimiento, ténganse en cuenta los efectos nocivos que el desorden social puede ocasionar. Donde se quiebren la autoridad y las normas de convivencia necesarias, será harto insuficiente salpicar las paredes con señales en que campee la palabra prohibido, cuando no obligatorio.

Entre ejemplos que darían para llenar páginas, está el mal comportamiento que a veces se da hacia los símbolos de la nación. Expresiones de indisciplina hay que no se detienen ante el electrizante himno que sigue convocándonos a morir por la patria, si es preciso, antes que vivir sumidos en afrenta y oprobio. ¿Quién no ha visto, in situ o por televisión, actos públicos, hasta relevantes, en los que ese himno —con frecuencia confiado a grabaciones, no cantado por la multitud— pasa sin el respeto general que merece?

El “mero” descuido ante ciertos “detalles” —no si pueden costar multa o cárcel— revela deficiencias en temas que atañen a símbolos y realidades esenciales de la patria. Hace varios meses el autor de este artículo advirtió con otro texto (“¿Frigidez republicana?”, http://luistoledosande.wordpress.com), precedido y seguido por varios mensajes de correo a destino adecuado, sobre una pifia que fue subsanada hace pocos días: durante años, en un sitio digital cubano el gorro frigio que corona el escudo nacional se convirtió en ¡frígido!

En 2010 se editó en La Habana el folleto Símbolos y atributos nacionales, donde el propio escudo aparece veinte veces: diecinueve de ellas, incluida la ilustración de cubierta, ¡al revés! Un símbolo tan significativo merecía que toda la tirada del volumen se hubiera hecho pulpa o que, si poderosas consideraciones económicas aconsejaban (¿bien?) no tomar esa medida, por lo menos se hubiera pegado, en cada uno de ellos, una esquela con la debida advertencia. De hacer falta, habrían sido jornadas de trabajo voluntario útiles.

En cuanto a la bandera, no en todos los casos resultan aplicables las normas que rigen su uso, digamos, en el disciplinado ámbito militar. No hay que esperar igual observancia de ellas, por ejemplo, en un desfile callejero, donde fervor y entusiasmo tienen un papel que cumplir. Pero no es necesario llegar a los extremos para preguntarse si siempre y en todas partes se tiene el debido grado de natural solemnidad al izarla y al arriarla, y el cuidado necesario al colocarla en sitios públicos. A menudo se imprimen en ella imágenes que también tienen alta dignidad, pero la impresión misma contraviene las normas establecidas.

Hay ejemplos aún peores, diferentes entre sí. Copias de la bandera en papel ruedan con la basura en los desfiles, y alguna vez nuestros medios han difundido, con bombo, platillo y cornetín, el acto en que miembros de un colectivo relevante han estampado su firma sobre ella —como sobre un papel— en prueba de fidelidad a la patria. Ese hecho puede haberse considerado un logro cívico, pero muchos caminos se empiedran con buenas intenciones.

Recientemente este articulista vio una bandera colgada, como toalla puesta a secar, en una verja a orillas de la Carretera Central, en El Cotorro. Estaba detrás de un cuentapropista que rellenaba fosforeras, a la entrada de un mercado “nuevo” donde se venden discos piratas, y desde el cual enormes bocinas castigan al vecindario con música hecha sonar a volúmenes que pueden romper tímpanos y, además de regulaciones establecidas, violan los más elementales requisitos de la convivencia. El desorden social corroe, mina.

No es cosa de convertir los símbolos patrios en entelequias que, por lejanas, resulten ajenas al pueblo que debe sentirse representado en ellos, y amarlos. ¿Sería un crimen poner en la actual versión del texto del himno —no escrita en campaña— la coma que falta delante del vocativo bayameses? Para fomentar tradiciones dignas se necesita que, sin ser paralizantes, las normas propicien el respeto que la patria y sus representaciones merecen. No se debe confiar tan importante asunto a la inercia ni a su prima hermana, la burocracia.

Fuera del uso estrictamente religioso del término, todo pueblo necesita valores sagrados. El combativo y lúcido comunista Julio Antonio Mella declaró que al hablar de José Martí sentía “la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales”. En la India, quienes visitan la casa donde nació y vivió Rabindranath Tagore deben descalzarse, como es norma en aquel país para entrar en un templo. Cada pueblo tiene sus tradiciones, y no hay que confundir solemnidad con rigidez irrespirable, ni soltura con actitud irreverente.

Sin olvidar nuestra deuda con la cultura jurídica y constitucional, acaso entre nosotros sea necesario incluso revisar las reglamentaciones legales del uso de los símbolos patrios, y atemperarlas por igual al respeto que ellos merecen y a la afectividad que corresponde propiciar en su entorno. ¿Cómo, digamos, considerar acto impropio el que haya quienes, en especial jóvenes, se cuelguen al cuello, en lugar de otros objetos, escarapelas con la imagen de nuestra bandera, que recuerdan la que Martí llevaba consigo al caer en combate? Esa, que puede verse en el Museo Casa Natal que rinde tributo al héroe venido allí al mundo, se dice que fue hecha para Carlos Manuel de Céspedes. Nada menos.

Asumido como rigidez paralizante, el respeto nos habría privado, digamos, de la Paráfrasis para piano creada por Hubert de Blanck sobre variaciones del que, compuesto por Perucho Figueredo, devino nuestro Himno Nacional. Músico eminente nacido en Holanda en 1856, De Blanck se radicó en Cuba en 1883, y aquí, donde murió en 1932, fue activo colaborador de nuestro pueblo en su lucha independentista. Por ello tuvo que emigrar a los Estados Unidos, donde, según datos, estrenó la joya citada, que enriquece nuestro espíritu.

Lo necesario es favorecer —educación, cultura, leyes y empeño persuasivo mediante— que los símbolos de la patria sean respetados, y nos muevan a identificación amorosa en el espíritu que encarnan. A veces —no entremos ahora a valorar cuándo se ha hecho con acierto y cuándo con extremismo: tema para todo un estudio— se ha juzgado severamente la presencia de los símbolos de la patria en creaciones artísticas. Lo que debe procurarse, en todos los casos, es que su presencia sea respetuosa y llame a la veneración debida.

Las normas no han de considerar únicamente los que en términos legales clasifican como símbolos de la nación, sino extenderse a la imagen de héroes y mártires, sin reducir al terreno artístico una exigencia que debe primar en todos. Especial responsabilidad, mayor acaso, se tendrá cuando los símbolos se empleen con fines explícitamente políticos. Si malo sería que la voluntad popular de rendir culto a los héroes, ¡y a las heroínas!, se viera frenada por regulaciones extremas, también lo sería el tolerar que en representaciones políticas de sello institucional no se cuidase, junto con la calidad, el respeto que debe rezumar el tratamiento de quienes han encarnado, y encarnan, el alma de la patria.

Para remitirnos al ejemplo inobjetable por excelencia, no se debe propiciar ni permitir que la imagen de Martí, “guía eterno de nuestro pueblo”, como lo ha llamado el líder de la Revolución Cubana, se relegue a segundos planos, ni se le sobreponga ninguna otra, por importante que sea. Cada quien merece la plenitud espacial ganada con la altura de su vida, de su pensamiento, de sus actos. Esa jerarquía es irreductible a cargos transitorios.

Cuidado se debe tener igualmente en el modo —mesura incluida— de citar textos de nuestros grandes inspiradores, empezando por el propio Martí. A los fines con que se difunde una idea puede en ocasiones convenir determinada síntesis, como la que tornó la máxima “Ser culto es el único modo de ser libre” en una frase con agilidad de consigna, pero empobrecida: “Ser cultos para ser libres”, o la que descontextualiza “Patria es humanidad”. La exaltación de la autoctonía firme —“El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”— no debe parar en la resignación de “Nuestro vino es agrio, pero es nuestro”. Dar como cita textual lo que no lo es, abre puertas a desfiguraciones indeseables.

Tampoco hay que esperar de la cita de pelea —hecha en la marcha y a memoria limpia— la precisión exigible a un estudio de gabinete. El uso de un texto en aquellas circunstancias puede tener la validez de la lealtad al espíritu de lo escrito, más que a su letra, que tal vez por su sintaxis resulte arisca para la reproducción autónoma. En esos casos la autoría de lo reproducido puede terminar a caballo entre quien cita y quien escribe lo citado. Un alto ejemplo de ese modo de lealtad lo ofrece la forma como una declaración de Martí en carta del 15 de diciembre de 1893 al general Antonio Maceo —“Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz […]”— pasó como síntesis y guía al pensamiento de Fidel Castro: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

Pero profesionales con responsabilidades investigativas y de divulgación tienen —más que el derecho— el deber de ir a las fuentes y propiciar que su conocimiento sea lo más recto posible. Y no han de hacerlo para suplantar su lectura, sino para que en ella encuentre cada quien el disfrute y la luz mayores que esas páginas proporcionan.

 Luis Toledo Sande

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/simbolos-y-realidades-de-la-patria-detalles-en-el-organo-ix/19893.html

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