En todas partes puede crecer la luz, como las sombras. No será cosa de fatalismo histórico, sino de experiencia, que acaso frente a la realidad colonial y sus secuelas se desarrolle un olfato particular si se trata de pensamiento y práctica emancipadores. El marxista cubano Carlos Baliño no era, que sepamos, un genio, ni siquiera un filósofo; pero se percató, y actuó en consecuencia, de que, sin olvidar la lucha de clases por la liberación del proletariado, lo pertinente en la Cuba de finales del siglo XIX era abrazar el proyecto de liberación nacional que encabezó José Martí.

Para saber bien de qué se habla en estas digresiones, que no anclarán en Cuba, es también necesario tener presente que Baliño, y otros activistas obreros afines a él, “anarquistas” incluso, tenían la seguridad de que Martí echaba su suerte con los pobres de la tierra —fue uno de ellos—, y veía el arca de la alianza patriótica en los más humildes, especialmente en los obreros, sin ser un dirigente socialista ni despreciar el aporte honrado de otros sectores. Era consciente de que alcanzar la república soberana no constituía un fin, sino un camino para el saneamiento de la sociedad y el logro de ideales de justicia superiores.

Alguien nacido en Santiago de Cuba, formado en Francia y fogueado en las ideas de la Internacional Comunista, y que tuvo la voluntad de ser fiel al más relevante fundador de esa organización —su suegro, Carlos Marx—, podía negarle apoyo al proyecto guiado por Martí, pues lo consideraba propio de burgueses. Paul Lafargue, el “alguien” —no un “nadie”— de quien viene hablándose, no conocía la realidad cubana, y se perdió así la posibilidad de haber sido aún más plenamente revolucionario. En lo tocante a la independencia de Cuba se ubicó en la derecha: no apoyó a la vanguardia radical representante de la nación que luchaba para dejar de ser colonia. Por omisión, aunque su propósito fuera otro, dio apoyo factual a la metrópoli.

Que no fuera consciente de tal apoyo lo libraría de responsabilidad si se le juzgase por sus intenciones, no analizado por la significación de sus actos. Su grandeza no merece olvido ni menosprecio, ni intentan estas notas ignorarla: acuden a él en busca de un ejemplo que pudiera ser aleccionador en la actualidad. Como cabe decir de otros, no siempre abrazó del modo más acertado y creativo las ideas del maestro.

Economicismo y eurocentrismo desorientaron a seguidores de Marx, cuyos posibles desaciertos —como su visión de Simón Bolívar—, los compensaba el saldo de una obra extraordinaria. Eso no siempre podrá decirse de los discípulos que tuvo en vida ni de los que continuaría teniendo luego, en quienes ha faltado a veces la comprensión de algunos datos elementales: entre ellos, que el autor de El capital no quiso escribir un libro sagrado.

A Marx lo movió el afán de lograr una interpretación que sirviera de guía para la acción revolucionaria. Así ofreció enseñanzas válidas para pensar, con igual fin, ante realidades diferentes de la que él analizó. Tal es el camino para que la palabra dialéctica tenga el sentido nuevo que tuvo en él como un método para el conocimiento, más allá de su etimología: viene de lo verbal, de diálogo, que no debe confundirse con guirigay.

En las sublevaciones libias —saltan estas digresiones al mundo de hoy— probablemente haya habido, o haya, puntos de insatisfacción popular, y luchadores con vocación de justicia. Probablemente. Quizás Muamar el Gadafi merecía que, para superar lo bueno hecho bajo su dirección, su pueblo reclamase grados más altos en las transformaciones que él encabezó, está de más decir que con su impronta personal. Quizás.

Pero sería más que ingenuo olvidar el poder de los medios dominantes para mentir, ocultar o satanizar a conveniencia del imperio, que así obtiene una alta ganancia “colateral” en medio de la crisis que él mismo ha provocado.  Le convienen los enquistamientos egoístas y la resignación distantes del espíritu que animó las protestas contra la agresión a Vietnam y, hace menos de diez años, contra uno de los capítulos de las arremetidas que ha seguido sufriendo Irak.

El peligro de tragarse anzuelos y ruedas de molino de todos los tamaños aumenta con el cinismo de los medios imperiales: relegan a juego infantil las manipulaciones urdidas por sus antepasados. Recordemos las escenas —”barcos” navegando en bateas— que se concibieron en 1898 para dar “veracidad” a la “información” sobre  la guerra de los Estados Unidos contra la Corona española, empecinada en seguir sometiendo a Cuba, y contra el pueblo cubano, al cual la potencia emergente, auxiliada por la sumisión de la metrópoli derrotada, despojó de la independencia que merecía.

Una prueba de la capacidad cubana para independizarse fue la propia intervención estadounidense para frustrarla, aunque hoy, escritas o de viva voz, haya interpretaciones que nieguen la posibilidad de que Cuba triunfara. (Alguna, curiosamente, ha coincidido con lamentar que España no permaneciera bajo el señorío de la Francia napoleónica.)

Hoy los imperialistas despliegan ardides más colosalmente burdos que entonces, pero más efectivos para aprovechar coyunturas internacionales y crear confusión y quietismo. Han capitalizado, por ejemplo, el hecho de que —¿por casualidad?— el conflicto en Libia siguió a los levantamientos en Túnez y Egipto. Analistas de clara orientación han señalado que los gobernantes de esos países eran, además de corruptos, cómplices plenos de los Estados Unidos, potencia que finalmente les instruyó, como un servicio más, abandonar sus palacios de gobierno. ¿No se creaba con ello una patente para reclamar el derrocamiento, a cualquier precio, de otros gobernantes?

Gadafi, además de haber contribuido al desarrollo de su país, colaboraba en el proyecto de una solidaridad económica panafricana opuesta a los designios del Fondo Monetario Internacional (Imperial). Como se ha dicho, no es fortuito el contraste entre la connivencia de los Estados Unidos y sus aliados con los exmandatarios de Túnez y de Egipto, y la brutal agresión contra Libia.

Es insoslayable recordar que en aquellas naciones la gran potencia y sus aliados maniobraron para asegurar la continuidad de regímenes dóciles a sus reglas. ¿Será que, defectos aparte —reales o atribuidos—, Gadafi no les daba ventajas similares? Por lo pronto, cuando estas líneas se escriben parece decidido a mantener la resistencia.

Ante esos hechos, lo que ahora urge fundamentalmente no es ya inventariar los aciertos y los desaciertos del líder libio, determinar qué significó de progreso para su país, y qué de estancamiento caudillesco. Ni incurren estas líneas en la irresponsable pretensión, o petulancia, de trazar al vuelo una valoración de semejante envergadura, que estaría bien hacer con fundamento para opinar con propiedad, y extraer enseñanzas.

Los medios dominantes no han logrado ocultar verdades insoslayables: por ejemplo, las operaciones con que los intereses de Wall Street, la CIA y el Pentágono/OTAN contribuyeron a promover, financiar y armar el levantamiento contra el gobierno libio, y han mentido sobre lo que allí ocurría y ocurre. Para quien no sucumba a las trampas imperialistas, resultará clara la urgencia de salvar la libre determinación del país invadido.

Las fuerzas foráneas que lo agreden han puesto en acción sus grandes recursos bélicos, pero no han conseguido barrer ni ocultar del todo una resistencia que, llegue a donde llegue, no será mero fruto de espíritus abobados por el carisma personal de un líder que los maneja a pesar de las bombas que caen. Sí, caen bombas, lanzadas por fuerzas de la OTAN.

Hace meses —no solo por revelaciones que pudieran ponerse en tela de juicio, o que más o menos los medios dominantes pudieran diluir, sino por hechos visibles— hay en Libia algo que resulta palmario. Urge poner fin al intervencionismo de la OTAN, y a sus planes actuales y futuros en el planeta. El imperio merece el repudio unánime y resuelto de las verdaderas izquierdas en el mundo, que no deben confundirse con la izqmierda, ni dejarse confundir por ella.

Pero ¿alguien sensato y medianamente informado, no digamos ya intelectuales de izquierda, sabios y filósofos incluidos, podría desconocerlo, o ponerlo en duda? Hoy día “los Lafargues” de todas partes —si son bien intencionados y de vocación ciertamente revolucionaria, como el yerno de Marx—, deberán estar vigilantes y activos frente a esa cuestión fundamental. En la historia y en la actualidad abundan hechos que sirven de aviso para no estar flotando en las nubes.

En su refutación a un materialista contemplativo, o teoricista, el propio Marx sostuvo que los filósofos habían sobresalido en algo muy importante: el afán de interpretar el mundo; pero transformarlo era más necesario aún. Esa era y continúa siendo la tarea mayor. ¿No será necesario hasta revisar la facilidad con que hoy a veces se blande, o se ablanda, hasta el título de filósofo, honroso como otros?

Si hacerlo no fuera más, ni menos, que una consecuencia de las democratizaciones necesarias, se debería dar la bienvenida al afán por convertirlo en simple categoría laboral con que nombrar un gremio. Hasta eso sería discutible, sin mayores implicaciones, en la tranquilidad de un salón académico, o en una animada discusión de colegas, vino o cerveza por medio, o ron, o agua fresca.

En cine, por ejemplo, se puede ser a la vez buen crítico y buen realizador. ¿Cómo imaginar un buen realizador de espaldas al estudio del arte en que se desempeña? Pero un crítico no es necesariamente un realizador, ni viceversa. Cada quien tendrá su modo de ser útil, creativo. Algo similar sucede en otros casos: como entre el pintor y el estudioso de las artes plásticas. Si el discernimiento no se reduce a etiquetas, un estudioso de la filosofía no es necesariamente un filósofo.

¿En cuántos terrenos sería necesario afinar rótulos? ¿Cómo distinguir, digamos, al especialista en estudios sobre filosofía, de un lado, y, del otro, al filósofo entendido como quien crea un sistema filosófico o hace relevantes aportaciones sistémicas en esa materia? Para el primero debería acuñarse tal vez un término como filosofólogo, pero pudiera ser un poco molesto para el uso cotidiano, y acaso resulte un poquitín feo.

Ahora bien, urólogo, otorrinolaringólogo o proctólogo no son necesariamente vocablos hermosos, ni remiten a materias como la belleza, el óleo, las realizaciones artísticas y las disquisiciones sobre las leyes generales de la existencia y el funcionamiento del universo. Pero son nombres de especialidades no menos respetables y necesarias que otras, incluida la filosofía. Lo seguro estriba en que de ningún título manan la inteligencia y la claridad como dones divinos, y la sabiduría, por grande e insondable que resulte, ni agota la realidad ni es vacuna infalible contra errores.

¿No deberíamos diferenciar entre filósofos y filosofólogos, o cualquiera que sea el título ideado para estos últimos? Pero el asunto va más allá. Lo fundamental, ¡vaya redundancia!, sigue siendo, en cada caso, lo fundamental: ahora en Libia no estriba en precisar qué grado ígneo de revolución popular pudo haber entre las fuerzas levantiscas —y si lo hubo, o lo hay, será necesario salvarlo con la mayor limpieza posible—, ni enumerar los defectos que el líder tenga, o le hayan endilgado para justificar el uso de la fuerza contra ese país.

Hace rato ya que el conflicto fundamental está planteado entre la soberanía libia y la acción ilegal e inmoral, genocida, de los invasores de la OTAN. Llámense, respectivamente, Bush u Obama, Blair, Aznar/Zapatero o Sarkozy, sus führers y führercitos se valen de lo que los medios a su servicio fabrican contra Libia —y refuerzan lo hecho en Serbia, Afganistán, Irak y otros “oscuros rincones”— con el fin de establecer “nuevos principios”, sin valor moral alguno, sobre los modos y el derecho del imperio para intervenir donde le venga en gana.

Todo vale, sostiene el mandón, para imponer sus designios, sus intereses, sus saqueos. Al igual que antes hacía con la seguridad de sus ciudadanos, ahora aduce la protección de civiles, entre quienes sus acciones causan incontables víctimas, mortales incluso. Va y lo urgente no esté en determinar si lo primero es el ser o la conciencia, sino en percatarse de lo vulnerable que es el uno y lo desamparadita que está la otra. De seguro —y debe asumirse con claridad, sin resquicios por donde penetren las ideas y los intereses imperiales— lo urgente está en ser lo que se debe ser, y tener la conciencia que se debe tener. ¡Ese es el gran dilema!

La humildad suele ser buena compañera de la sabiduría. El activista obrero Carlos Baliño lo supo en su momento, y actuó consecuentemente. Cabe conjeturar que, sin ignorar posibles insuficiencias de ese movimiento —ni ponerse toga y birrete para desacreditarlo—, le alegraría ver que el fantasma de la Indignación recorre el mundo. Llega ya a Wall Street.

Luis Toledo Sande

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