Al Mar Caribe —nombre que “honra” a “indios” calificados de caníbales— suele comparársele con el Mediterráneo. Los pueblos formados en las márgenes de este eran una realidad vetusta cuando en la estela de 1492 empezó la amalgama que dio origen a los que habitan el área caribeña. La perspectiva colonialista favorecería que el más antiguo, aunque también en esa área había pobladores desde mucho antes, deviniese paradigma. El topónimo América, impuesto por los conquistadores, resume el signo dominante.

A los nacidos de blanca y de negro, o de blanco y de negra —lo más frecuente, porque los esclavistas blancos ejercían el “derecho” de pernada en un mundo patriarcal—, se les llamó mulatos (o mulatas), en referencia a mulo (y mula); y a los nacidos de india y negro, o de negra e indio, se les reservó zambo (o zamba), nombre de un mono y calificativo de personas con piernas deformes. Son algunos indicios de la marginación. En mestizaje, concepto opuesto a pureza, predominó la carga desdeñosa. Hasta intenciones meliorativas revelan esa herencia. Al saludar con justificado entusiasmo un fruto como Odisea negra, pensamos si suele decirse que el Mediterráneo es el Caribe de Europa.

No proscribamos palabras, pero estemos advertidos sobre las mistificaciones que algunas condensan. El cubano Manuel Corona dio una estocada a prejuicios en Santa Cecilia, cuando calificó de ebúrneos los pechos de su musa mestiza. Tal logro se atribuyó a ignorancia del trovador mulato, pero décadas antes, en un texto que no circulaba cuando Corona compuso su canción, el justiciero y sabio José Martí había aplicado el mismo calificativo a la tersa espalda de una mujer negra del poblado de Lívingston, en Guatemala.

Para refutar el racismo sin quedar atrapados en sus redes, rebasemos el terreno racial: el mismo concepto de raza ha servido para escamotear la identidad universal de los seres humanos, entre quienes no existen razas. Pero verdades son verdades. Desmintiendo la falsa superioridad aria, fantasma que perdura en Europa y llega a otras partes del mundo, Alejo Carpentier recordó que, desde la antigua Grecia, los pueblos mestizos del Mediterráneo habían dado aportes fundamentales a la humanidad cuando aún aquellos supuestos portadores de pureza racial no habían hecho nada semejante.

No magnifiquemos las virtudes del mestizaje. Pero, aparte de que está por ver que existan “razas” puras en una especie como la humana, formada en tan largo entrecruzamiento, la mezcla es un camino para revertir el racismo. Los hechos muestran que el intercambio de costumbres, culturas, saberes, conduce a frutos que tal vez no se logren con la llamada pureza racial. En fin de cuentas, todos venimos de algún mestizaje, empezando por el que se da entre hombre y mujer, disfrutable mezcla sin la cual no existiríamos.

Un subtítulo como El mar de las memorias pudiera sugerir que Odisea negra se centra exclusivamente en el área insular del Caribe. Pero el disco incluye obras de un espacio que engloba también lo que se ha llamado tierra firme, expresión que no hará feliz a un isleño legítimo. El Caribe no es sólo un espacio marino, sino una cuenca abarcadora de zonas continentales. Definido histórica y culturalmente por la presencia del trabajo de esclavos africanos durante más de tres siglos, se extendería hasta el sur de los Estados Unidos, pasando por México, desde luego.

En Centroamérica rebasa sus plazas más visibles: Panamá, Belice, Puerto Limón en Costa Rica, la Mosquitia que comparten Nicaragua y Honduras. En la América del Sur destacan amplias zonas de Colombia y Venezuela. ¿Qué decir del sambero Brasil? En países “blanqueados”, como Argentina y Uruguay, la huella de África no la borrarán viejas maniobras racistas ni inmigraciones del siglo XX, asociadas en parte al racismo ario. El tango, que, como el bolero cubano, ha calentado emociones en el mundo, viene de una olla folclórica en la que se han cocido candombe, milonga y aportes de otros pueblos —de Cuba, la habanera— con visible legado africano, en el que se inserta la voz tango misma. Aún la Real Academia Española insiste en su acepción de “fiesta y baile de gente de origen africano o popular en algunos países de América”.

Los magníficos intérpretes reunidos por el ensemble La Chimera representan a nuestra América, África y Europa. De estas dos últimas el Caribe recibió, con la conquista, la colonización y la esclavitud, los componentes fundamentales del mestizaje característico del área. En el Continente son también relevantes, básicos, los herederos de los pueblos originarios, que en las Antillas dejaron una huella mucho menos fuerte: pronto en su gran mayoría los aniquiló el régimen de encomiendas, tecnicismo con que se llamó su esclavitud.

La contribución de África fue extraordinaria en número y diversidad, debido a la cantidad de etnias y territorios representados por las enormes oleadas de esclavos y esclavas importados de allí. Odisea negra trasunta en parte esa historia —mostrarla en detalles requeriría un álbum corpulento—, y se enriquece con la presencia explícita de Senegal, en los cantos y la kora del griot Ablaye Cissoko.

Hombres y mujeres arrancados de África gozaban de habilidades interpretativas para intervenir en fiestas de todo tipo, contadas las solemnidades religiosas. En general la monstruosa esclavitud sembró racismo, pero en las Antillas hispanohablantes la segregación no fue tanta como la impuesta por la metrópoli británica en sus dominios. Por diversas causas la mestiza España toleró una integración que hizo innecesario algo comparable con el culto —origen del movimiento rastafari— que en el siglo XX se le dedicó en el Caribe anglófono al ras Tafari Makkonen, luego emperador de Etiopía con el nombre de Hailé Selasié I. En el ámbito francófono, Haití dio a finales del XXVIII el ejemplo pionero de una rebelión de esclavos que culminó con la fundación del primer país independiente en nuestra América. Se le hizo pagar caro.

En el oficio de la música se mezclaron blancos, negros y mestizos, porque entre los primeros no había instrumentistas ni voces bastantes para cubrir las necesidades —ya religiosas, ya hedonistas, ya mezcladas— de la sociedad colonial. Ello favoreció una vigorosa fusión de culturas, en la que tuvo un papel de primer orden la música. África, el continente condenado a ser quizás el más entristecido, aportó a las Américas una alegría reflejada sonoramente en un hecho: territorios donde imperó la esclavitud de negras y de negros han dado al mundo un triángulo poderoso en música popular, sobre todo por sus expresiones bailables, pero también por la cancionística. Ahí están Brasil, el Sur de los Estados Unidos y las Antillas, Cuba señaladamente dentro de ellas.

Siendo presidente de la Institución Hispano-Cubanade Cultura, que él fundó, el sabio Fernando Ortiz acuñó afrocubano para hacer justicia, contra su discriminación, al gran peso que África tuvo en la formación de Cuba. Pero Ortiz se sentía, y era, cubano. Lo africano es una de las bases orgánicas de este país, como de América en general, no condimento añadido que deba diferenciarse —verbo pariente de discriminar— como algo más o menos extraño.

Al igual que otros pueblos de las Américas, el Caribe ha forjado una cultura que no se agota en la música, aunque ella sobresalga en su patrimonio. Cuando hoy, por el oído o en la euforia corporal del ritmo, en la sentimentalidad de sus textos y melodías o en el regocijo de sus danzas, esa música se disfrute fuera o dentro de su territorio, hay algo que no debe olvidarse por las magias de modas y mercado: la tragedia que sufrieron o aún sufren muchos —incluidos los trabajadores blancos pobres—, y capitalizaron o aún capitalizan unos pocos, nada homogéneos cromáticamente. No ignoremos las angustias ni los logros de pueblos cuya historia no es un documento de archivo.

Luis Toledo Sande

* Original (inédito) del texto que, traducido al francés y al inglés, aparece en el libreto de Odisea negra, disco que acaba de entrar en circulación, producido por el ensemble La Chimera (director, Eduardo Egüez) con el apoyo de la Fondation BNP Paribas, y editado en París por la casa Naïve.

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/musica-y-odisea-caribenas*/20843.html

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