Ante el aluvión de críticas que se le han hecho por matar elefantes y otros animales mientras ostenta el rango de presidente de honor de una asociación internacional destinada a defender la naturaleza, el rey español se ha disculpado y ha dicho que no volverá a practicar esas cacerías. No hay que menospreciar el gesto, que incluso podría ser ejemplar, pero caben algunas dudas. ¿Lo habrá protagonizado por el peso de la conciencia, que tendrá, o porque a sus años, y con las secuelas de sus percances de aventurero —que parecen culminar con el más reciente de ellos—, resulta previsible la incapacidad física para tornar a sus andadas y probar su habilidad en el uso de las armas, familiares para él desde la infancia? En ellas lo preparó su padre: no el carnal, Borbón privado del “derecho” a ceñir la corona, sino el putativo, el sedicioso general fascista que encabezó el asesinato de una república constitucional y adiestró militar y políticamente al actual rey para que lo sucediera en la jefatura del Estado.

Ese momento, que restableció la monarquía en el país y cerró las puertas a la construcción de una república, llegó cuando, antes de morir de enfermedad y años, el propio caudillo que había ensangrentado a España dejó a punto las maniobras de la célebre transacción bautizada como transición democrática. Esa es la que —¡oh, discreto encanto!— siguen alabando con entusiasmo personas y fuerzas que se autocalifican de izquierda o se tienen por tales, sin excluir algún exdirigente comunista que habló, con estas o muy similares palabras, de una “monarquía casi republicana”. (La izqmierda no tiene límites.) Nada de eso hay que ignorar para percatarse de que la transacción representó mejoras significativas con respecto a la España dominada por el franquismo vivo y duro. De no haberlas representado, ¿habrían conseguido imponerla sus promotores? No fue por casualidad, ni ciertamente fruto de alianzas divinas, que ellos tuvieron el apoyo de grandes “bastiones espirituales de la humanidad”, como la CIA.

Habrá quien vea la disculpa del rey como un paso en el avance de la democracia. ¡Ojalá lo sea verdaderamente! Hablar de democracia con rey —conceptos y realidades incompatibles entre sí— equivale a suponer que pueden ir juntas la defensa de la ecología y la caza de elefantes y búfalos o la promoción de las peleas de gallos. En el caso de España siguen vigentes las corridas de toros, las cuales tienen defensores y fanáticos, así como en otras latitudes los tienen la mencionada lidia de gallos y la de perros. Así y todo, no seamos cicateros: aceptemos que el mea culpa del rey es un paso favorable en la historia del mundo, para el cual, según parece, algunos creen que podrá trazar pautas filoliberadoras.

Sin olvidar que en España la realidad abarca también otras aristas de implicaciones graves, allí, como en el resto del planeta, es necesario promover valores ecológicos y, en ellos, lo que hace pocos años el gobierno del denominado Partido Socialista Obrero Español proclamó como una campaña por “los derechos humanos de los animales”. Aunque es un oxímoron, resulta válido por lo que, al menos en teoría, representa de apoyo a concepciones que merecen triunfar para hacer más humanas a las personas.

Un acto de proyección que rebasó la mera estratagema electorera ocurrió cuando el denominado Partido Popular respondió a esa campaña con burlas y sarcasmos. Más a la derecha aún que la del PSOE, ante cuyo desempeño se habrán sacudido los restos de Pablo Iglesias, la cúpula del PP encarna la herencia del general fascista que ensangrentó a España y dejó preparada su tumba, junto a la de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española, en el Valle de los Caídos, tenebroso testimonio monumental de una época terrible, bendecido en 1960 por el papa Juan XXIII, quien le dio rango de basílica menor. De semejante legado viene el actual rey Borbón, que no desangra más a los animales que a la economía española, aunque —de acuerdo con informaciones publicadas— podría vivir holgadamente de las rentas millonarias de negocios propiciados a él y a su familia por su ventajosa condición de monarca y presunto garante de la paz y la democracia en su país.

Más allá de un arrepentimiento que, de ser sincero, se deberá considerar tardío, por aquellos rumbos van algunas de las posibles implicaciones del trance —oneroso en lo económico, al igual que otros suyos, y moralmente repudiable— que ha hecho al monarca disculparse con talante de anciano generoso, según las fotos. A pocos años de que los gobernantes de España blasonaran del octavo lugar que, de acuerdo con sus ilusiones o mentiras dolosas, ocupaba en la economía mundial, se volvió inocultable la fuerte crisis que en esa nación rompió burbujas y espejismos.

Más que de una nación cabría hablar de nacionalidades sometidas por el “legítimo derecho de conquista” que, redondeado previamente en la Península Ibérica, se extendió por otras tierras y llegó hasta América, además de justificar el brutal saqueo del continente africano, donde están algunos de los escenarios de los safaris del rey cazador. El Estado que nació de esa historia es el que hoy —al igual que el imperio Británico cuando el gobierno argentino reclama el derecho de su país sobre las Islas Malvinas— se siente agredido porque la patria de San Martín adopta medidas necesarias y legítimas para cuidar sus recursos naturales y los ingresos que le corresponden.

Hay quienes en España suponen que no es el momento de cambiar la forma de gobierno fijada con la transacción que el caudillo sanguinario urdió. Pero también podrá crecer, o crece, el rechazo visible a una monarquía que le cuesta un pastón al erario público. Conjurar el peligro implícito en ese rechazo vale, si no una misa, una regia disculpa, estimarán quizás el rey y sus asesores, entre las fuerzas que se apuntalan sobre la monarquía.

Es ineludible tener en cuenta que ahora el repudio al régimen monárquico se da bajo un gobierno de extrema derecha, cuyos manejos antidemocráticos —antipopulares, aunque el partido gobernante usurpe el título de Popular— se perciben cada vez más en sus decisiones económicas. Estas marchan junto al feroz sectarismo político por el cual se quita a instituciones públicas honrosos nombres como los de Miguel Hernández, Rafael Alberti y, huelga decirlo, Dolores Ibárruri.

¿Hasta cuándo se mantendrá en la Moncloa el PP? En 2008, al ratificarse en ese recinto el PSOE, ya era fácil vaticinar, sin necesidad de ser especialmente zahorí, que, en el recorrido hacia las elecciones generales siguientes, programadas para 2012 y finalmente adelantadas para el año anterior, podría lamentar haber ganado: tal habría sido, y fue, su desgaste en la crisis, cuyos efectos el presidente intentó enmascarar con supuestos “brotes verdes”. El deterioro económico surtió contra el PSOE el efecto negativo que para el PP habían tenido los sucesos del 11 de marzo de 2004.

La cúpula del PP manipuló esa tragedia de un modo que le costó la expulsión del gobierno, al cual regresó en 2011, auxiliado por el desempeño de su contrincante, y por la crisis. Es de suponer que esta seguirá teniendo un alto costo político para ambos partidos, por encima de sus respectivos errores, y de la corrupción que cada uno de ellos denuncia en el otro, como también diversos medios y voces del pueblo denuncian crecientemente la que se da en la monarquía. Así como los antiguos decían “a grandes males, grandes remedios”, las grandes crisis pueden generar grandes soluciones, o, por lo pronto, gran indignación, caldo de cultivo para posibles respuestas más profundas.

Ahora sería aventurado calcular cuánto podrá mantener agarrado el mazo el PP, con la jactancia de haber sido electo democráticamente, aunque los votos que lo reinstalaron en el gobierno están lejos de representar la mayoría del electorado español. Datos oficiales señalan que hubo un 28,31 por ciento de abstenciones, las cuales deben suponerse motivadas por la desconfianza, el desencanto y el escepticismo, frutos de la alternancia presidencial de dos partidos hegemónicos que no representan de veras al pueblo ni en particular a los trabajadores. El PP ganó las elecciones con el 44,62 por ciento de los votos emitidos: es decir, con menos de la mitad del 71,69 por ciento de los votos posibles.

En tales circunstancias —que hablan también de división y debilidad en las izquierdas—, para lustrar su imagen ese partido podría echar mano oportunistamente a propuestas republicanas. Tendría de su lado las evidencias de que la monarquía, además de ser anacrónica, le cuesta demasiado a España. La camarilla gobernante podría promover un “republicanismo” de derecha, manejable para retardar aún más la reconquista, en sus potencialidades más fértiles, del modelo político trucidado por las fuerzas de las cuales recibe combustible ideológico la mentada camarilla.

También hace pensar en todo eso la actitud del rey —cuando ya se la aconseja o impone su propio deterioro físico— ante las críticas recibidas tras su más reciente aventura de matador de elefantes, búfalos y otros animales, aunque las víctimas de su afición por las armas no se hallen solo a la fauna del mundo. Sin sucumbir a las anécdotas, que hasta dolorosas pueden ser, baste recordar que ese rey es jefe de un Estado con una horrible historia “moderna” de sangre. A la vista están su implicación en masacres como las de Servia, Afganistán, Irak y Libia, y, en general, los “méritos” —compartidos en esencia por las cúpulas del PSOE y del PP— que le corresponden como aliado y vasallo de la OTAN.

¡España, aparta de ti ese cáliz!

Luis Toledo Sande

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