Nicolás Guillén nació en Camagüey el 10 de julio de 1902, hace ciento diez años. Tenía veinte cuando apareció Al margen de mis libros de estudio”, tres sonetos que anunciaban la llegada de un poeta verdadero. Fue en 1922, fecha que él puso a Cerebro y corazón, expresión de una estética frente a la cual —pasados ya los mejores aires modernistas— se rebelaban en el país autores como José Manuel Poveda y Regino E. Boti. De aquel volumen dio a conocer algunos poemas; pero mantuvo inédito el conjunto hasta que Ángel Augier, uno de sus mayores exégetas, lo reprodujo en el primer volumen de Nicolás Guillén. Notas para un ensayo biográfico-crítico (2ª ed., 1965).

El inicio ostensible de su gran trayectoria fue Motivos de son (1930), que adelantó rasgos fundamentales de su obra: entre ellos la relación con la música, el toque de humor y el rico trabajo con el idioma, desde los registros populares hasta los propios de la norma más exigente. En ese cuaderno irrumpió el autor que —desde su experiencia personal— refutaría la discriminación sufrida por los cubanos de visibles raíces africanas, y sabría contextualizarla histórica, política y socialmente.

Motivos de son, que empieza reivindicando la fisonomía “negra” —”¿Po qué te pone tan brabo,/ cuando te disen negro bembón,/ si tiene la boca santa,/ negro bembón?”—, termina aconsejando irónicamente a un despechado que desconoce el idioma de una mericana: “No te enamore má nunca,/ Bito Manué,/ si no sabe inglé,/ si no sabe inglé”.

Arte y justicia

Guillén abraza la causa de la justicia desde la perspectiva de un pueblo, y así encara la cuestión “racial”. A Sóngoro cosongo (1931) lo subtitula Poemas mulatos, alusión al mestizaje cubano. En el prólogo declara: “estos versos les repugnan a algunas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros y del pueblo”.

De 1934 es West Indies Ltd., expresión de su conciencia caribeña, y, de 1937, Cantos para soldados y sones para turistas y España. Poema en cuatro angustias y una esperanza. El primero trata la realidad de Cuba —donde la tiranía y su ejército servían a la dominación estadounidense—; el segundo, la tragedia de la guerra civil española.

Ya es un poeta extraordinario, y con el abarcador título de El son entero —que el volumen comparte con su sección final, un nuevo libro— publica en 1947 la suma poética acumulada de 1929 a 1946. La prologa una entusiasta carta de Miguel de Unamuno, sabio español que no regalaba elogios.

Después de El son entero publica, entre otros, numerosos textos —agrupados como “Sátira política” en el primer volumen de su Obra poética, compilada por Augier— que circularon en la prensa comunista cubana. Pero de esos años sobresalen sus Elegías: especialmente “Elegía cubana”, “El apellido” —”elegía familiar” que eleva sus desgarramientos como discriminado a una síntesis suprapersonal— y las dedicadas a Jacques Roumain en el cielo de Haití y a Jesús Menéndez, publicadas las dos últimas como volúmenes autónomos en 1948 y 1951, respectivamente.

Su poesía y su quehacer periodístico son correlato de su opción política. En 1917 —año que también le traería los ecos de la Revolución de Octubre— sufre la muerte del padre, periodista opuesto al gobierno, en la confrontación civil conocida popularmente como La Chambelona. El joven poeta asume la actitud a la que será fiel durante su vida.

No puede seguir los estudios iniciados en la Universidad de La Habana, y alcanza por su cuenta la eminencia intelectual. En 1937 ingresa en el Partido Comunista de Cuba, organización en la que —renombrada a lo largo del camino, por razones políticas, como Unión Revolucionaria Comunista y Partido Socialista Popular— tendrá alta representatividad. En el propio 1937 asiste al Congreso auspiciado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, de México, y al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en España, contra la avalancha fascista.

El reforzamiento de la represión desatada por la tiranía a partir de los sucesos del 26 de julio de 1953, lo empuja al exilio. En varios países continúa desde ese año su labor revolucionaria, como testimonia La paloma de vuelo popular. La publicación de ese poemario en 1958 cierra un ciclo en su obra y en su vida, en correspondencia con la transformación del país.

Como la primavera

El triunfo revolucionario de 1959 —tras el cual vuelve a Cuba y se multiplican, dentro y fuera del país, las ediciones de su obra— halla voz y esperanza en su poesía. Pronto da a la imprenta Buenos días, Fidel, anticipo de Tengo (1964), libro integrado en su mayor parte por poemas escritos de 1959 en adelante. El que le da título concentra el júbilo del pueblo ante la Revolución, en términos que no merecen sufrir mengua, sino vivir en ratificación permanente.

“Se acabó”, del mismo conjunto, plasma la continuidad histórica del proceso revolucionario: “Te lo prometió Martí,/ Y Fidel te lo cumplió”, versos devenidos máxima popular. En uno de sus artículos sobre el autor, Roberto Fernández Retamar cuenta haber oído decir, en la calle, que no eran de Guillén, sino “de nadie”, verdadero premio para una obra consustanciada con el pueblo.

Si desde antes, desafiando peligros, Guillén venía dando voz al alma de la patria, en la efervescencia revolucionaria empieza a ser aclamado popularmente Poeta Nacional. Ese honor, sobre el cual no caben aquí las consideraciones merecidas, responde a su actitud ciudadana y a la calidad de una obra cuya riqueza no siempre se ha representado bien en su difusión.

En el ambiente revolucionario los sentimientos amorosos se intensifican en la poesía de Guillén. Publica Poemas de amor (1964) y El corazón con que vivo (1975), título que rinde homenaje a José Martí. En 1966 escribe En algún sitio de la primavera. Elegía, joya que permanece inédita hasta que, años después de muerto el autor, la publica el hispanista jamaicano Keith Ellis, otro de sus grandes estudiosos.

La vitalidad, como frescura juvenil, de su poesía la ratifica la publicación de El gran zoo (1967) y dos cuadernos impresos en 1972, a sus setenta años: El diario que a diario y La rueda dentada. En este último aparece “Che Comandante”, poema que a Guillén le enorgullecía haber escrito ya cuando Haydee Santamaría lo llamó para pedírselo con miras a la velada que el 18 de octubre de 1967, en la Plaza de la Revolución José Martí, rindió homenaje al Guerrillero Heroico, asesinado en Bolivia nueve días antes. En la voz de su autor, el texto abonó la solemnidad de la multitudinaria concentración popular.

A la infancia —motivadora de su única pieza teatral estrenada: Poemas con niños (1943), y de otra sobre la que también existen referencias: Floripondio o Los títeres son personas— dedica Por el mar de las Antillas anda un barco de papel. Poemas para niños mayores de edad (1977).

Poesía y militancia

Jerarquía artística y militancia política se fortalecen mutuamente a lo largo de su vida, en la que se desempeñó también intensamente como periodista. De esa labor da cuenta Prosa de prisa, tres tomos compilados por Augier.

Su obra escrita después de 1959 marcha junto a una brega que, en pos de la necesaria brevedad, pudiera resumirse apretadamente así: funda y hasta pocos años antes de morir preside la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, e integra el Comité Central del Partido. No se deben olvidar sus tareas en el ámbito internacional, donde ya tenía un bien ganado prestigio.

Guillén, que nace en el año de la constitución de Cuba como República maniatada por la injerencia imperialista, se foguea en la oposición a la realidad dominante. En esa actitud sigue el ejemplo de luchadores que, en nuevas circunstancias, abrazan el ejemplo de Martí. Entre ellos sobresalen Julio Antonio Mella —administrador de la revista Alma Mater cuando esta publicó “Al margen de mis libros de estudio”—, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, Antonio Guiteras.

Forma fila con intelectuales militantes del carácter de Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, Mirta Aguirre, Raúl Roa y José Antonio Portuondo. Estos y otros representan en la beligerancia política la fidelidad a las raíces de la patria y la voluntad de contribuir a su transformación, ideales abrazados también por autores que buscan el camino en la trascendencia y la eticidad desde la poesía misma.

La diversidad —a veces agónica— de afanes requiere una valoración como la aportada luminosamente por José Martí al elogiar a Julián del Casal y señalar lo que el sufrido poeta significó para las hornadas literarias de nuestra América en su tiempo: eran, dijo Martí, “como una familia”. Vale preguntarse: ¿hay familias homogéneas y siempre bien llevadas?

Luz que defender

En la victoria revolucionaria de 1959 ve Guillén las puertas abiertas para la realización de los ideales que defendió a lo largo de su vida. Muere el 16 de julio de 1989, año marcado por la demolición, más que de un muro, de lo que en Europa se había atribuido el nombre de socialismo real y el adjetivo irreversible. Desde entonces los medios dominantes atizan la euforia de la supuesta irreversibilidad del capitalismo, aunque su actual crisis —que pone en peligro semejante autoconfianza— desata una indignación que pudiera ser el avatar con el cual los fantasmas anticapitalistas reanimen su recorrido por el mundo.

Pero aún ese sistema tiene recursos para mantenerse, y pretender borrar a quienes lo hayan desafiado, o lo desafíen: entre ellos vive la obra del poeta a quien no daban pena los burgueses vencidos. Hoy no se resignaría ante los vencedores, ni ante sus clones y servidores.

A las vertientes variopintas de las manipulaciones antisocialistas ningún país ha de sentirse inmune. Pero ellas no deben hallar en Cuba asideros vinculados a vaivenes de la promoción y el olvido, ni a veleidades y resonancias de tendencias y sectarismos. Guillén, uno de los grandes poetas de la lengua, y defensor de la justicia social, merece la alta valoración que le corresponde por sus méritos literarios y ciudadanos. En la sede de la UNEAC tiene abrigo la Fundación que —así como un Centro Cultural en Camagüey y una sala en el recinto de la Feria del Libro habanera— lleva su nombre.

Pero su legado se debe honrar no solo en ámbitos académicos o especializados, sino en la amplitud de los medios y las instituciones que tienen la responsabilidad de servir a la cultura, a la vida de la nación. Es un deber que crece cuando en el mundo, con el apoyo de “lo posible”, fuerzas poderosas procuran invalidar la esperanza estampada por el poeta en su Elegía a Jesús Menéndez: “Fue largo el viaje y áspero el camino./ Creció un árbol con sangre de su herida./ Canta desde él un pájaro a la vida./ La mañana se anuncia con un trino”.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en la edición digital de Bohemia:

http://www.bohemia.cu/2012/06/27/cultura/nicolas-guillen.html

Adelanto de la edición de la revista impresa, lo acompañan estos poemas de Guillén: “Iba yo por un camino”, “Tengo”, “Che Comandante”, “Burgueses” y el último (XV) de En algún sitio de la primavera.

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