Aquí no se intenta dar textos “definitivos”, sino expresar preocupaciones y esperanzas. El autor quisiera que estas últimas fueran siempre las más abundantes, pero el mundo está como para preocuparnos hasta el desvelo, y acaso del desasosiego y la ansiedad los seres humanos hayan sacado y seguirán obteniendo los indicios y reclamos de mayor utilidad para su larga marcha. Ella debe llevarnos a la luz, no devolvernos a las tinieblas, que podrían coexistir con el neón y el láser. En una artesa no se halla precisamente el pan, sino la posibilidad de amasarlo para llevarlo a su proceso posterior, hasta llevarlo al horno.

Por eso también es natural que la presente artesa dé cabida a otras manos, a otras ideas, y, sobre todo, a los buenos ejemplos, vengan de donde vengan, aunque a veces se unan al dolor de una pérdida, al dolor causado por la muerte. Tiene además una finalidad práctica: reunir, o por lo menos “enlazar”, para que su fermentación sea tal vez más productiva, páginas del autor que de otra manera quedarían virtualmente desperdigadas en medios cuyo carácter digital —vocablo derivado de dígito— rinde a las manos tributo perdurable. Al servicio del pensamiento fraguado en el trabajo, ellas pusieron a la especie en el camino, aún incompleto, de una aspiración: merecer plenamente el nombre humanidad.

El uso de la palabra, hermana gemela del pensamiento, no tendría mejor destino que sumarse a ese afán. No se habla aquí de géneros y estilos expresivos, aunque derecho y dignidad tienen para ser tenidos debidamente en cuenta, sino de generar una expresión que sirva a propósitos de los cuales sería empobrecedor, frustrante, excluir el derecho a la risa, a la alegría.  De ninguna artesa por separado —aunque ella fuese enorme, y no es el caso, y se proponga situarse en su tiempo, que sí lo es— sale todo el pan que necesitamos. Ese se hace o se hará, si se hace, en muchas artesas a la vez.