Acerca de Cuba circulan numerosos y variados textos. Los hay de gran valor, y algunos que parecen escritos a base de ouija y otros recursos así de científicos. No faltan los que tienen sesgo de manifiesto, cuyos autores se presentan como los únicos mambises posibles hoy. Apoyados cita tras cita en páginas del mayor prestigio, declaran intenciones como salvar de errores y enemigos a la Revolución. Las citas, según quienes las emplean —hasta en correspondencia con la realidad a veces—, pueden servir de preámbulo a juicios sobre los problemas que la Revolución tiene atravesados en su camino.Ciertamente no hay por qué confiar a la espontaneidad la permanencia de una revolución verdadera, y menos aún esperar que sus poderosos enemigos “la perdonen”. Si lo hicieran, ¿no sería porque algo de su verdad ha disminuido? Resultaría nocivo confiarle a la inercia la perpetuación de un apoyo que, ganado a base de aciertos e ideales, le ha permitido a la Revolución Cubana vencer el poder de la gravitación imperial.

Ante puntos discutibles de algunas páginas sobran las conjeturas sobre sus intenciones. A veces muestran visión autoritaria al poner por delante citas que, en ciertos usos, fungen más de escudos para la autodefensa que de herramientas para el análisis, si es que no acaban esgrimidas para devaluar lo que se dice defender con ellas. El saldo autoritario también se siente en otros hechos. Hay firmantes que parecen abrazar una tendencia que, después de todo, quizás no sea tan rara, aunque se detecte con facilidad en textos ajenos, no en los propios: creerse en posesión de todas las verdades y los saberes necesarios, aunque se trate de un fin tan alto como erradicar las deficiencias y salir airosos de los retos de una revolución, el más complejo fenómeno social que pueda existir o imaginarse.

El sentimiento de seguridad con que algunos manifestantes —vernáculos o de otras tierras— declaran saber cómo debe actuarse en Cuba, mueve a pensar que este país debería escoger algunos cayos o isletas de su archipiélago que no estén poblados, y bautizarlos con nombres como Barataria. Contratos mediante, podrían entregarse en usufructo por uno o dos quinquenios —los aires no están para mucha demora, ni los hornos para bizcochitos— a quienes estén dispuestos a edificar por lo menos las bases de una nación, un Estado y una revolución perfectos.

Aunque se suponen bien informados, antes de contratarlos se les recordaría un detalle tan simple como este: en vez de personas ideales lo más probable es que para su tarea salvadora hallen herederos de los egoísmos que la especie humana arrastra desde tiempos remotos, quizás desde que ella surgió. Se les recordaría además otras minucias: el mundo vive el agravamiento de una crisis económica desigual pero generalizada, con la que aumentan los peligrosos estertores del imperio, previsiblemente largos. Los capitalistas —lo son por su poder para capitalizar— saben sacar provecho de la crisis, y hacer que la paguen los pobres.

Si en el recordatorio hubiera tiempo para añadir otro pelín sin importancia, se añadiría que el maná no cae del cielo; y esto va dicho sin ignorar que el pueblo cubano ha probado su capacidad para sacrificarse y ser esforzado, laborioso: no merece, y menos para defenderlo, que se le acuse de vago. Pero no hay que atosigar a nadie con cominerías que saldrán sobrando para quienes estén en posesión de una sabiduría rotunda y terminante. Eso sí, cuando menos alguna descalificación deberían recibir si, vencido el tiempo que se acuerde en el contrato, no han probado su capacidad para materializarlo.

De tanta seguridad rebosan algunos textos, en distintos sentidos, que si algo no destaca entre sus defectos y sus virtudes es el arte de cultivar el diálogo. De punta a cabo critican errores, desmontan teorías y políticas equivocadas, desarticulan estrategias y tácticas, destripan a enemigos o adversarios prácticos o conceptuales —no siempre sabemos bien si reales o imaginarios—, impugnan dogmatismos y blanden sus machetes mambises contra quienes ellos consideran opuestos a la verdad y a la necesaria cultura del debate. Pero luego de expresar esa tesitura, algunos terminan afirmando, democráticamente, que quienes no piensen como ellos, o les salgan al camino para impugnarlos, están equivocados por completo, son ignorantes, sectarios, dogmáticos y otras lindezas por el estilo.

Lo dicen de manera mucho más fuerte y agresiva, pero esa comedida versión puede bastar para que recordemos dichos como este: “El sectarismo es la tendencia del otro”, o el chiste según el cual alguien acusado de dogmático ripostó con una apasionada autodefensa: “¡¿Dogmático yo, el único que tiene la razón en todo lo que dice?!” A México se le atribuye una estupenda definición de piña, no la refrescante fruta, sino el piquete pandillero: “grupo al cual uno no pertenece”.

Quede bien claro que nada de lo aquí dicho, o apuntado a vuela teclas, va contra el necesario ejercicio del criterio por los órganos de prensa revolucionarios y de la población en general. No es una labor de especialistas defender a la Revolución con la crítica, con la ponderación justa, como —llegado el momento— con las armas. Eso es lo que hicieron en Playa Girón y en la lucha contra bandidos, y volverían a hacer si fuera necesario, no solamente las tropas regulares, profesionales, sino soldados de ese ejército mayor del cual ellas forman parte, y que es el pueblo, uniformado o con la indumentaria que sea.

Cada tipo de batalla tiene su logística, sus normas, su disciplina, y sus peligros. No siempre es dable organizar pelotones, y a veces se requiere la iniciativa personal. En el combate, armado o ideológico, ni los más diestros dan siempre en el blanco. Tampoco es cuestión de disparar por disparar: los proyectiles deben administrarse bien. Pero lo más costoso sería que los fusiles se congelaran por temor a errar el tiro. O por temor, sin más.

En eso puede hacer pensar algún que otro texto, entre los muchos que circulan. De tantas prevenciones contra el espíritu crítico, de tantas sospechas contra quienes lo ejerzan, de tantas advertencias contra los peligros de practicarlo, de tantos temores contra las intenciones reales o imaginarias que puede haber tras una impugnación o un señalamiento discrepante, de tanto poner en duda a los medios que difunden la crítica —a los medios amigos, pues los otros sabemos lo que dan—, se puede parar en una rotunda invitación al silencio. A un organismo sitiado y agredido la paranoia puede resultarle inevitable, y hasta útil para la autoconservación, pero no lo conduce necesariamente a una actitud creativa.

Hacia ese punto, o enquistamiento, se escora con gran probabilidad si se olvida que la Revolución es obra de todos, no zapatos fabricados por expertos en el oficio. En último caso, son los zapatos perfeccionables que usamos todos, todos hacemos y nos pertenecen a todos, salvo a quienes muden pies y cabeza para otras posiciones, o los tienen de inicio en ellas. Todos, pues, debemos cuidarlos: por esas razones, y porque son importantes y no tenemos otros que nos protejan los pies en el camino hacia la plenitud de la justicia.

La dirección de la Revolución Cubana y, por tanto, del Partido que la guía, han declarado con seguridad que los peligros de la crítica son preferibles a los de su ausencia, a los propios de las timideces, la pasividad, la resignación y el silencio. Sería ingenuo ignorar que también hay peligros —no necesariamente menores ni menos nocivos que aquellos— en las tesituras conformistas o laudatorias, que hasta pueden ser máscaras de oportunistas.

No es gratuita la convocatoria revolucionaria a los órganos de prensa y al pueblo en general para que ejerzan la crítica en todos los modos dignos y eficaces posibles. Es necesario que actúen con el debido equilibrio el señalamiento de errores y desviaciones, tal vez más riesgoso y menos simpático, y la ponderación de los aciertos, que puede ser más cómoda y complaciente, y es también necesaria, aunque no es seguro que resulte más productiva.

La dirección del país no ha propuesto formar —para que se encarguen profesionalmente, y sólo ellos, de ejercer la crítica— especialistas que, graduados en escuelas con diseños curriculares dirigidos a ese fin, se constituyan en un gremio inscrito en el correspondiente registro de asociaciones. La escuela necesaria existe ya, es grande, con capacidad para acoger un incontable alumnado activo. Tiene logros hermosos que la hacen merecedora de defensa, y errores propios de toda obra humana, que deben encararse como parte de lo que se haga para defenderla. Esa escuela es la propia Revolución, a la que no hacen bien ni la arrogancia ni los miedos de nadie, ni la gritería desordenada, ni el silencio que, al margen de las buenas intenciones, genere complicidad con lo que merezca repudio.

Será necesario reajustar la organización económica y el funcionamiento social del país. El Estado no debe desgastarse administrando barberías cuando tiene que garantizar la buena marcha de hospitales, escuelas y grandes fábricas. El pueblo, al que la Revolución no le dijo cree sino lee, ha dado una prueba de madurez y profundidad cuando en debates masivos de la mayor soltura ha reclamado perfeccionar el socialismo, no abandonarlo. En un polémico y estimulante artículo publicado hace poco en Rebelión, Javier Mestre escribió: “de lo que se trata es de defender el socialismo (no [solamente] sus conquistas, que se quedan en bien poca cosa si el suelo estructural de la sociedad se privatiza)”.

Se sabe que privatizar el suelo estructural de la sociedad, y probar la superioridad de la propiedad privada sobre la social, no es ni debe ser lo que buscan los planes del país para hacer más eficaz esa estructura. Pero las dosis de privatización y de cooperativismo privado que se apliquen harán todavía más necesaria la participación popular reclamada para democratizar aún más al socialismo, sistema democrático por definición: está llamado a servir al pueblo. Sólo que no debe descartarse que haya quienes se vistan de pueblo precisamente para dejar de serlo.

Si entregados a confiar en ese carácter del socialismo el pueblo ha tolerado insuficiencias en la información que recibe, o relativa falta de participación en la toma de medidas para decidir su suerte, el crecimiento de lo privado, que genera individualismo, hará más necesaria la participación popular desde la concepción de determinadas iniciativas. José Martí contaba apenas dieciocho años, pero ya se perfilaba como el genio político que fue, cuando escribió en uno de sus cuadernos de apuntes: “Un detalle en el órgano es a veces una revolución en el sistema”. La salvedad, a veces, admite otra: hay detalles y detalles.

No es lo mismo establecer una parcela de agricultura urbana (estatal, privada o cooperativa) que puntear el país, aunque estén en manos del Estado, con centros de recreación asociados al turismo de millonarios. No se requieren los mismos cuidados en ambos casos, aunque los dos compartan la manera de justificar su existencia: la utilidad directa de sus resultados para la satisfacción de necesidades colectivas como el aumento de viviendas, alimentación y otros recursos que le urgen a la gran mayoría del pueblo. Pero el hecho de que los frijoles y los dividendos logrados beneficien materialmente a los millones de habitantes del país no sería suficiente si no lo acompañaran el funcionamiento y la ética socialistas.

Recientemente Cuba se libró del lastre representado por contrarrevolucionarios que permanecían en sus cárceles. El modo como se hizo pudo generar dudas e incertidumbres; pero lo han avalado sus frutos, incluida la imagen que ha dado de sí ante el mundo gran parte de la llamada “disidencia”, palabra que debería reservarse para usos más fértiles y nobles. Por lo demás, el pragmatismo es el nombre de una ideología que no es precisamente revolucionaria, y no siempre las buenas acciones dan los resultados que merecerían dar.

Los medios enemigos palean a Cuba si boga, y si no boga. En gran parte el atractivo a veces morboso que ella genera se debe a que por más de cinco décadas ha sido —en el buen sentido de la palabra, con permiso de Machado, el gran poeta— una “anomalía sistémica” en un planeta dominado por el capitalismo. En ese entorno tiene la tarea de avanzar en la economía y mejorar sus condiciones de vida, sin alcanzar la “normalidad”, que sería acogerse a la norma imperante en el mundo. Quizás sería fácil conseguirlo, pero no tendría mucha gracia que lo hiciera después de tantos esfuerzos y sacrificios vividos.

La imprescindible participación democrática debe ser efectiva, e incluir la discusión, la intervención y la responsabilidad de la ciudadanía. Eso no supone estancarse en procesos de discusión que, de tan dilatados, serían paralizantes. También por eso es necesaria la crítica atinada, valiente. No se ha probado que yerran quienes consideren preferibles los riesgos de equivocarse ejerciéndola, antes que “la seguridad” de la mudez cómplice de males, aunque quiera ser fidelidad, o lo parezca. Defender la Revolución no es un oficio más.

Publicado originalmente en Cubarte.
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