Incluso a sus más apasionados adversarios les será difícil negar que Mario Vargas Llosa merece el Premio Nobel que acaba de otorgársele. Ha hecho infinitamente más por la literatura que por la paz el flamante mandatario estadounidense Barack Obama, y a este último se le concedió el Premio Nobel de la Paz en los inicios mismos de la carrera belicista con que daba pronta continuidad a la de su antecesor, George W. Bush.

Tal vez al elegante autor de Conversación en la catedral le incomode que el lauro se le dé más bien tardíamente, cuando su colega, y su bestia negra, Gabriel García Márquez lo había honrado —él al Premio— hace un montón de años. Y ¿se molestará el autor de La fiesta del chivo porque el galardón le llegue cuando la Academia está harto marcada por el sometimiento a la OTAN, explícito en la injustificable distinción que dio al cabecilla imperial de turno?

De esto último no podrá quejarse el peruano nacionalizado español. Él, en el servicio que le rinde al imperio, lleva muchos años deshaciéndose en delirios de globalización, andanadas contra los indígenas de nuestra América, vocación europoide —más bien otanoide, pues la cuestión no es geográfica—, complacencia por todo lo que huela a derecha y hostilidad contra la izquierda y los movimientos revolucionarios.

Al menos de momento —pues quizás la Academia Sueca retome caminos más honorables que el mostrado cuando premió a Obama—, está a las claras que Vargas Llosa recibe el Nobel cuando aquella institución nórdica parece haberse alejado de cierto afán de “equidistancia” . Tal fue el que algunos creyeron ver, no sin fundamento, en el hecho de que se privara de ese Premio a escritores como el cubano Alejo Carpentier, de clara ubicación en la izquierda, revolucionario, y el argentino Jorge Luis Borges, de un posicionamiento en la derecha signado por la realeza de sus ideas y su pasión, y por dosis de ironía y mordacidad a veces desconcertantes.

Aquella “equidistancia” venía tomando un camino más definido, sin equis de incógnita alguna, desde que la Academia quiso poner al mismo nivel en la defensa de la paz al representante del masacrado pueblo palestino y al jefe del Estado sionista, el agresor. Aunque conviene a la mencionada institución que entre sus laureados haya nombres que le mengüen sus culpas, y muchos de los acumulados a lo largo de años han sido o son verdaderos orgullos del género humano, el otro paso natural como servicio al imperio fue la investidura de Obama con el título de promotor de la paz. “¡Hay que ver!”, podría decir en puro estilo español Vargas Llosa si no fuera porque ello lastimaría al jefe del imperio y, por tanto, suyo.

Tampoco tendría gracia que lo dijera al modo del pueblo del cual renegó cuando tuvo el tino —ese pueblo— de no elegirlo presidente. Pero quizás, después de todo, ese hecho haya sido una muestra de sabiduría: para salvar al eminente novelista de pasar a la historia asociado a la emulación con mandatarios como Alberto Fujimori, Alejandro Toledo y Alan García Pérez. Hacer otra cosa sería contrariar al imperio, y no estaba ni está para eso el nuevo Premio Nobel de las letras.

Otro problema podría darse si, a fuerza de perder toda “equidistancia” y toda buena compostura, un lapsus mental hiciera que en alguna nota de prensa la Academia Sueca apareciese alabando las virtudes de Vargas Llosa como Premio Nobel de la Paz por novelas como La Casa Blanca, y a Obama como Premio Nobel de Literatura por ser el autor de La guerra del fin del mundo. A menudo los lapsus mentales suelen cumplir el papel que en la ebriedad desempeña la desinhibición etílica.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Rebelión

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