El colega y amigo Jesús Arribas tiene la voluntad de ser humilde, aunque por nombre y apellido se diría destinado a ver el mundo desde las alturas, y cuente con virtudes personales para asumir esa misión, aparte de vivir —y creo que haber nacido por allí— en Ávila, tierra de santidades. Él mismo lleva algo como de aureola permanente. Quizás por eso une a su afán de humildad la pasión con que me ha hecho una estimulante sugerencia. En un mensaje de correo electrónico me ha pedido, pronto veremos el motivo, que “comencemos una cruzada (así, como suena)”. La formulación no me hace gracia: recuerda los logros de campañas militares que, con la cruz por estandarte, afincaron en el mundo, desde el feudalismo, mucho de lo que hoy padecemos. Pero, más allá de esas cuestiones lexicales, relevantes sin duda por lo que arrastran de pensamiento, el empeño al que me invita Jesús me resulta estimulante, y coincide con preocupaciones que hace años vengo plasmando en varias páginas, no pocas de ellas reunidas en mi libro Más que lenguaje. Me pide que despliegue una campaña para defender el uso de bitácora, voz de reconocida solera en español, y no blog, que viene del inglés (se le considera slang, parte de una jerga, aunque se ha expandido con arrojo y parece que no tendrá vida pasajera). Ambas lenguas han sido imperiales; pero la primera lo fue, y la segunda lo es en especial desde el siglo xx con una fuerza afincada en recursos como su acomodamiento pragmático a la tecnología, los avances tecnológicos puestos al servicio del mercado (de los mercaderes), el poderío del dólar y —no lo olvidemos— la OTAN, en la cual fue metido mediante estratagemas “obrero-socialistas” el país plurinacional donde nació Cervantes. Para no dilatar esta nota, remito al libro citado, y a otros textos míos que se localizan en la red digital y ya no tienen la virtud de ser escasos. Ningún cuidado es poco ante la expansión de un imperio que dispone de una lingua franca planetaria, y, una vez que se apropia de una palabra de otros idiomas —basta recordar la enorme cantidad de ellas que debe al francés, y, entre muchos latinismos más, video (que en Cuba pronunciamos con el acento en la e), y la abreviatura telefacsímil, convertido en telefax, o fax—, le imprime un sello que pudiera hacer creer que es un vocablo de origen anglosajón. Tiene esa lengua la misma índole expansionista y usurpadora de la potencia colonial que la extendió por el mundo, y, sobre todo, de la hija putativa que hoy, a pesar de una profunda crisis, sigue vendiendo imágenes, ilusiones y bienes materiales, y comprando unas cuantas conciencias. Pero el inglés no es patrimonio exclusivo ni de Inglaterra ni de los Estados Unidos, así como el español no lo es de Castilla y ni siquiera de España. Los dos idiomas pertenecen a sendas comunidades de pueblos mucho más amplias que sus aldeas de origen, particularmente en el caso del español, hablado por una comunidad que en cerca de sus nueve décimas partes se formó y radica fuera de la Península Ibérica, donde no se halla únicamente el Estado monárquico español, sino también Portugal. Además, hay disciplinas que se expanden junto con su jerga. No tenemos que decir link si tenemos enlace; ni cd (cidí), cuando tenemos disco compacto, cuya abreviatura es dc (decé); pero no conozco un modo más expedito que strike para llamar lo que esa palabra designa en la pelota o, vaya otro anglicismo, béisbol o beisbol. A los masones, ¿los llamamos albañiles, o con la palabra que viene del francés, ámbito lingüístico del nacimiento de la masonería, o francmasonería, que tampoco llamamos albañilería, dicho sea de paso? Me gustaría no utilizar web, sino una voz en español; pero, mientras no aparezca otra, tendría que decir telaraña, y entonces el pensamiento puede empezar a entramparse en una rara red, palabra cuya equivalencia inglesa, net, hace años nos tiene a todos enmallados hasta… hasta las neuronas. Regocija pensar en los tiempos en que éramos capaces de convertir a Marlborough, el que “se fue a la guerra”, en Mambrú; el cut out en catao o, más recientemente, el topless en tope, y tope en bajichupa (que haría salivar a Quevedo); y es necesario cuidar una lengua que pertenece a numerosos pueblos. Pero no sé si bitácora, más asociada a lo que se guarda que a lo que se difunde, aunque se utilice para la mejor orientación por los mares, a veces tormentosos, triunfará sobre blog, que remite más a la escritura y a la difusión de textos e ideas, con lo cual recuerda los blocs de papel, de los que acaso venga. Sea lo que sea, no perdamos el rumbo: no confundamos el Norte de la Estrella Polar con el Norte imperial. Y, llamémoslo blog o bitácora, utilicemos ese medio, y todos los demás, al servicio de ideas emancipadoras, aunque no se trate más, ni menos, que de poner en claro los rejuegos en torno a un Premio Nobel. De momento, seguiré refiriéndome a mi blog, o bitácora, con un término que de modo natural, sin la pretensión de que tenga éxito en estas lides, seleccioné desde el inicio para aludir a él: artesa. Hagamos nuestro pan, no their bread, entre todas y todos, aunque de momento un bloguero o bitacorero afanado en cuidar el español, tenga que comerse las uñas viendo cómo en su artesa no se indica leer más, sino read more, y otras lindezas por el estilo, inseparables del hecho de que la plantilla y la vía de acceso de su blog o bitácora tengan la marca wordpress.com.

Luis Toledo Sande

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