Frente a mis dudas en aventurarme con un proyecto como esta artesa, la insistencia de algunas colegas me fue sembrando el interés por hacerlo. Inicialmente fueron Maggie Marín y Liset García, en especial la primera, autodeclarada “blogómana”, aunque no tendría que decirlo: el “pecado” lo evidencia su Américadespierta. Por eso mismo, a la vez que me estimulaba, su sugerencia me tensaba preocupaciones. No le sobran a uno el tiempo y el sosiego para enredarse aún más en una labor que, como la navegación en internet y el uso de los medios digitales en general, produce obsesión y puede acabar poniendo en el manicomio, virtualmente al menos, a quien es obsesivo “por mandato divino”. En esas cavilaciones estaba cuando la tenaz Anaray Lorenzo, quien ha tenido media docena de artesas y sigue dando vida a varias de ellas —su Alterius se halla por derecho propio entre mis primeros enlaces— casi me haló por el brazo y me sentó junto a ella frente a su computadora. Con generosidad y paciencia proverbiales, y con ojo artístico, fue instruyéndome mientras complacía mis quisquillas —que se aproximan al síndrome de Monk, posible tema para otro artículo—, y me ayudó a seleccionar las opciones más satisfactorias para mi gusto en la búsqueda de sobriedad y de un grado de eficacia adecuada para difundir textos y defender ideas. De ese impulso salió conformada en algunas horas de trabajo una artesa que muy pronto me puso en el camino de la obsesión a la cual temía, pero tampoco ha tardado —gracias a lectoras y lectores— en proporcionarme regocijos que están rebasando largamente mis expectativas. Por si fuera poco, la buena Anaray ha seguido ayudándome a vencer mis torpezas informáticas, nada despreciables, y, encima de eso, con modestia y desprendimiento se opone firmemente a que le dé crédito por su apoyo. Sí, todos los textos, desde el lema de entrada y los títulos de secciones hasta los artículos, van a mi expediente; pero suyos han sido la operación de máquina y el braceo en el programa del cual nació la artesa. No podrá impedirme ni yo debo permitir que me impida echar mano a la canción inmortal, felizmente cursi, del mexicano Gabriel Ruiz, y contando de antemano con la aprobación de Maggie y de Liset, decirle aunque su generosidad se sienta herida: “Usted es la culpable”.

Luis Toledo Sande

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