Casi como que la perfección resulta inaccesible, otro axioma sería este: para que una enciclopedia —palabra que recuerda lo ciclópeo— sea descartable, tiene que ser muy mala, y Encarta es utilísima. Pero ese producto de Microsoft tiene desde sus primeras ediciones errores que perduran en la de 2009, anunciada como la última. La presente nota roza nada más, tomados al vuelo, algunos que atañen directamente a la cultura cubana. Empecemos.

La entrada sobre José Martí aparece a nombre de José Julián Martí. Ese Julián, su segundo nombre, lo utilizó una vez con su segundo apellido, Pérez, para burlar la vigilancia de las autoridades españolas. Pero, a la hora de nombrarlo, con él debe procederse —van dos ejemplos—  igual que con Miguel de Cervantes y William Shakespeare: aparezcan como aparezcan registrados en su documentación eclesial o legal, se llaman como firmaban y se les conoce públicamente. Esa es su identificación.

Acerca de Martí, Encarta comete además imprecisiones. He aquí una: “A los 16 años de edad […] recibió condena a trabajos forzados por su apoyo a los independentistas cubanos. En 1871, debido a su delicado estado de salud, fue deportado a España”. Tal formulación, que habla de “los independentistas cubanos” como si él no fuera uno de ellos por ser hijo de valenciano y canaria, pudiera sugerir que las mismas autoridades coloniales que lo encarcelaron y sometieron a maltratos tuvieron la iniciativa de excarcelarlo por consideración de su salud, afectada hasta el final de su vida por las secuelas del brutal trabajo que se le impuso en una cantera. Su traslado a la entonces Isla de Pinos, en Cuba, y luego a España les costó Dios y ayuda a sus padres, como han testimoniado numerosos estudios sobre el héroe y ha recreado conmovedoramente la película José Martí, el ojo del canario, del cineasta cubano Fernando Pérez.

Encarta da el 25 de febrero de 1895 como la fecha en que Martí y Máximo Gómez hicieron público el Manifiesto de Montecristi, que el primero concluyó el 25 de marzo de ese año y se conoció poco después; sobre la base de esa pifia sugiere que la guerra preparada por Martí estalló el 23 de febrero (“dos días antes” del 25), y no el 24, que fue cuando ocurrió; y confunde algún dato más, como al decir que Martí y Gómez “se convirtieron desde el 6 de mayo [siguiente] en las más altas autoridades de la revolución”, aludiendo quizás a lo sucedido el día anterior en La Mejorana. Tenían esa jerarquía desde antes de comenzar la contienda, en la que pronto murió Martí: en un combate. Encarta no inventó que fue “durante una escaramuza”, pero repite esa especie errónea, así como otra que también circula con frecuencia: la que ubica en Baire el alzamiento  del 24 de febrero de 1895, ocurrido simultáneamente en varios puntos de la Isla, como parte del plan de Martí.

El tratamiento dado a Fernando Ortiz descalifica aún más a Encarta. Él, una de las mayores cimas de nuestra cultura, produjo una obra monumental: basta citar Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, que Encarta no cita, como tampoco le concede al sabio una entrada propia. En el apartado “La música afrocubana” reproduce un fragmento del capítulo inicial de su libro homónimo, y le pone un encabezamiento en el cual se lee: “es una de las grandes figuras de la investigación en el campo de la etnomusicología en Cuba, autor de conceptos actualmente tan extendidos en todo el mundo como el de ‘transculturación’”.

Para información acerca de Ortiz la enciclopedia remite a dos fichas: la que trata sobre literatura cubana en general y la consagrada a Lydia Cabrera en particular. La primera contiene un detallito que revela la peculiar “imparcialidad” de que alardean ciertos medios, más que traspiés informativos u omisiones y desafinamientos explicables en cualquier selección forzada a severos límites de espacio. Después de recorrer la literatura cubana hasta finales de la República neocolonial, Encarta plantea: “La revolución de 1959 divide la literatura cubana entre los escritores del interior y los emigrados”. Si el facilismo de tal formulación solapa elementos como la permanencia en Cuba de muchos de los más relevantes autores de años previos, lo establecido a partir de ella parece dirigido a sugerir que los escritores y las escritoras que se quedaron en Cuba fueron o son inferiores en cifra y en creatividad a los que se marcharon. Veamos.

“En el interior trabajan, entre otros, Virgilio Piñera, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Vicente Leñero y Lisandro Otero”, dice Encarta, que incluye entre esos escritores cubanos al mexicano Leñero (¿será por ignorancia o habrá otra razón?). Pero “lo mejor” viene después. Mientras los que están en Cuba trabajan nada más, otro es el logro de los emigrados, de varios de los cuales habría que puntualizar que hicieron en el país lo más importante o no poco de lo más significativo de su obra. “Fuera de Cuba, exiliados, escriben una obra muy personal: Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Zoé Valdés, Reinaldo Arenas y Jesús Díaz”. Estos, en cuyo centro Encarta inserta a Valdés, son los que hacen algo muy personal, no los que permanecen en la patria.

Aunque esas líneas darían para un largo estudio, volvamos a Ortiz, a cuya jerarquía no le hace justicia la entrada sobre literatura cubana. Allí, tras decirse que en la cuentística “el acento folclorizante lo puso Lydia Cabrera”, se plantea: “En el ensayo antropológico y crítico, hay que reseñar a Fernando Ortiz y Medardo Vitier”. La “mágica” síntesis vela decapitaciones “involuntarias” que requieren un comentario aparte. Pero vayamos a la ficha reservada a Lydia Cabrera, de quien se informa: “En 1938 [después de algunos años en París] regresó a Cuba y se dedicó a estudiar aspectos de la cultura afrocaribeña, siguiendo las huellas de la escuela iniciada por el ensayista y crítico cubano Fernando Ortiz”. Este, mucho más que un mero iniciador, fue pionero y cúspide a la vez, y se quedó en Cuba, donde murió en 1969. Quizás ese hecho le resta el encanto que para la enciclopedia tenía decir lo que esta apunta sobre Cabrera: “La revolución encabezada por Fidel Castro la llevó a exiliarse en Estados Unidos, país donde vivió sus últimos años”.

Frente al tratamiento dado a Ortiz, pudiéramos pasar por alto un error acerca de Alicia Alonso. Su ficha, que pondera las virtudes de una de las más extraordinarias figuras mundiales de la danza, da su nombre legal: Alicia Ernestina de la Caridad del Cofre [sic] Martínez Hoyo. Hágale o no le haga gracia a la extraordinaria artista la retahíla onomástica con que se le bautizó al nacer, y que fue sustituida por el escueto nombre o blasón que la identifica, algo podemos apuntar o preguntarnos. ¿Estaremos ante un mero desliz, o los editores de Encarta no conocen la significación que en el imaginario popular y en la tradición religiosa cubana tiene la Virgen de la Caridad del Cobre, no del Cofre? En cualquier caso, Alicia puede reírse y decir que ella es un arcón lleno de maravillas en el tesoro artístico y patriótico de Cuba, y no precisamente por caridad.

Aun cuando no vaya a prolongar su existencia, Encarta debería rectificar sus desaguisados informativos, pues sería ingenuo pedirle un cambio de perspectiva. Si estas líneas no son exhaustivas con respecto a Cuba, ¿cuánto habría que decir en relación con los demás países? Tomemos la útil enciclopedia, pues, cum grano salis.

Luis Toledo Sande

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