No doy nombres reales de personas, porque no he consultado a los protagonistas para hacerlo, pero gustosamente los diría en un texto posterior si ellos me autorizaran.

La historia ocurrió hace poco más de dos años. El matrimonio de amigo y amiga diseñadores que tuvieron a su cargo la ambientación del restaurante, y que cumplieron admirablemente su encargo, me invitaron a acompañarlos a la cena inaugural ofrecida por la dueña. “El sitio se llama Los Fogones de Alicia”, me dijeron, o fue lo único que se me grabó, aparte de la dirección correspondiente y la hora de la cita. Llegado el momento, mis amigos y yo nos encontramos a la entrada del establecimiento, y allí me presentaron a la propietaria. Al saludarla, la llamé Alicia. Di por sentado que ese era su nombre, pero ella me sacó pronto de mi equivocación: “No, yo me llamo Amelia”, me dijo, y, señalando a una niña de alrededor de doce años, añadió: “Alicia es mi hija, quien pagará la hipoteca”.

Amelia necesitaba el crédito para montar un negocio con la idea de asegurar su vida y la de su familia, y acudió al banco. Por el plazo de cincuenta años establecido para saldar la hipoteca, tuvo que hacer deudora a la niña. Eso supe antes de la cena, que estuvo bien, muy bien, como suele ser en una España que ha hecho todo lo posible —quienes han podido hacerlo— para olvidar las largas hambrunas sufridas. La dueña del restaurante, persona de visible procedencia humilde, resultó ser atenta, de gentileza natural, y cordialísima con los invitados. Nos habló de sus planes de manera sencilla, con franqueza. Tenía la esperanza puesta, sobre todo, en los almuerzos, que en España llaman comidas. A esa hora, calculaba, en Los Fogones de Alicia podrían ir a satisfacer su apetito los trabajadores —en especial los mejor pagados, pudo haber dicho— que abundaban en aquel polígono industrial, situado en las inmediaciones de Alcalá de Henares, a unos pocos kilómetros de Madrid. “Para las cenas no tendré muchos clientes, porque este es un sitio apartado; pero confío en que las comidas funcionen mejor”, dijo. Debía probar fortuna en aquel paraje. No era lo aconsejable lanzarse en una locación urbana con mucha competencia.

No habían pasado muchos meses de la eufórica apertura de aquel restaurante, y el gobierno español reconoció que la economía del país entraba en crisis. No nos detengamos a recordar que no se trata de un hecho aislado, no solo porque se da a nivel mundial, sino porque es una etapa en la crisis sistémica del capitalismo, que ha logrado rebasar las anteriores y no debemos descartar que pueda salir de la actual y de otras venideras. Tampoco dediquemos mucho espacio a precisar que lo presentado como prosperidad y ventura del capitalismo es el esplendor que unos pocos países ostentan a costa de otros muchos, aunque en aquellos la mayoría de sus pobladores sufre asimismo la desigualdad y la explotación, solo que enmascaradas con falacias diversas, como las hipotecas. Y no insistamos en que, desaparecido el campo socialista —un rival que, con todos sus defectos, con todas sus mataduras, lo obligaba a fingir la búsqueda de “bienestar” social—, el capitalismo aprovecha la crisis a su antojo, de la manera más desfachatada, y hace que los más pobres aseguren la solvencia de los bancos y, en general, la sobrevivencia del sistema.

Intentemos hacer abstracción de todo eso. Pensemos solamente, aunque no es ni remotamente único, en un caso como el de aquel restaurante, en cuyos dividendos la dueña cifraba o cifra la esperanza de seguridad para ella y su familia. En el país quebró la euforia constructiva —la burbuja del ladrillo—, el apogeo fabril ha tenido recesiones y colapsos, el desempleo se multiplica y los llamados polígonos industriales decrecen en cifra o en vitalidad, o en ambas vertientes. ¿Qué le quedará en general a un restaurante modesto, y en particular a uno como aquel, pensado para mantenerse con la afluencia de trabajadores de uno de esos polígonos? ¿Podrá la dueña encaminar como quisiéramos la relación gastos-ingresos e ir amortizando su deuda bancaria para que, cuando ella no esté —si el negocio llega hasta ese punto del camino—, su hija no sea presa de la hipoteca? Lo de menos sería que el banco acabara apropiándose del restaurante. El peligro mayor, y no improbable, es que el destino de la hoy niña, o adolescente, pase a ser propiedad del banco y del patrón con quien, de no tener la peor suerte —es decir: de no pasar al ejército de los desempleados— encuentre un trabajo de pan ganar.

La hipoteca es un eficaz aliado de los bancos y de los patrones, un recurso de poder que entre unos y otros comparten. Por ella, trabajadores y trabajadoras tienen que obedecer al dueño sin que este necesite insistir mucho en normas disciplinarias. Sus empleados se saben en la necesidad de trabajar para él, de nutrirle la plusvalía que les saca. Dependen del salario para tratar de vivir y pagarle al banco la deuda y los intereses leoninos impuestos en ella. El patrón no podría tener a su servicio un mayoral con un látigo más imponente. Hipoteca es el nombre que adopta el nuevo régimen de encomiendas, la esclavitud moderna. No, la pequeña Alicia de esta historia no vive ni en el país ni en el mundo de las maravillas. ¿Qué será de sus sueños? Pero ¿cuándo veremos crecer frente a realidades como esa una nueva, unida e indetenible Internacional Abolicionista?

Luis Toledo Sande

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