El equipo cubano de pelota, como se prefiere llamar en este país al deporte denominado con el anglicismo béisbol o beisbol, acaba de ganar la Copa Intercontinental disputada en Taipei.

Foto de Marcelino Vázquez Hernández (AIN)

El logro es significativo no sólo como victoria deportiva, sino por otros hechos. Uno, más bien menor, es que esa Copa se anunció como la última que se discutiría, pues la pelota se halla en proceso de reorganización en su sistema de competencias, y quién sabe de cuántas redefiniciones más; el otro, que desde hace cuatro años la exitosa carrera del beisbol cubano en citas internacionales venía menguando. Y si otros países no ganan ni quedan entre los finalistas en esas lides, se toma como un hecho natural, y si ni siquiera acuden a ellas no pasa de ser una decisión tomada por sus directivos, u otros saldos de lo aleatorio, hasta elegantes. Pero si Cuba queda en un segundo lugar, no digamos ya por debajo de ese nivel, su medalla de plata es indicio de un descalabro, una derrota que anuncia su debacle en ese deporte. Por lo menos.

Tal manera de medir —o, lo que es lo mismo, el doble rasero aplicado sistemáticamente a nuestro país— tiene motivaciones muy claras, o muy oscuras, según se mire. Una de ellas se ubica en la misma lupa que permanece puesta sobre una joven nación que hace cincuenta años, afincada en su historia de más de un siglo de luchas por alcanzar la emancipación nacional, proclamó frente a los agresores imperialistas su voluntad de construir el socialismo. Devino, pues, una anomalía sistémica en un continente dominado por el imperialismo: en su mayor parte se vio convertido en traspatio neocolonial, y a veces colonial sin neo alguno, del mandón instalado en el Norte.

La anomalía sobresaldría mucho más aún desde que la desaparición del campo socialista la dejó aislada en un mundo en crisis y de pretenso pensamiento único. La supuesta unicidad la ha desmentido en los últimos años la pujanza de otros pueblos de nuestra América que, guiados por gobiernos de signo impensable hace apenas unos pocos lustros, se han decidido a labrarse un destino que los libre de seguir siendo simples parcelas en el traspatio del imperio. En medio de los graves escollos y desafíos de un planeta dominado por el imperialismo y apabullado por una nueva etapa en la crisis del sistema capitalista, el país caribeño bracea —y debe hacerlo bien— por mantenerse anómalo y salvar la dignidad justiciera asociada con su anomalía.

Eso ha provocado que los fabricantes de la lupa le hayan puesto a esta un lente de mayor poder aún, junto con un filtro que magnifica sus reales o presuntos desaciertos al tiempo que oculta o minimiza sus éxitos, o los convierte en manchas con la manipulación mediática. Frente a esa realidad no le queda a Cuba una alternativa mejor ni más decente que continuar mereciendo semejante ojeriza, aunque ella siga acarreándole agresiones de todo tipo. Digamos, por ejemplo, que al brutal golpeador de una mujer y de un anciano (ver en la red “El disidente cubano Guillermo Fariñas y el Premio Sajarov del Parlamento Europeo”, reciente artículo del autor francés Salim Lamrani) se le otorga un lauro supuestamente destinado a honrar a eminentes defensores de “la libertad del espíritu”.

Pero otras motivaciones a las cuales se asocia el doble rasero aplicado a Cuba en la esfera del deporte, remiten a dos costados diferentes del asunto: de una parte, la profunda y mayoritaria identificación emotiva y cultural de su pueblo con el beisbol; de otra, la propia historia revolucionaria de la nación. El beisbol no nos viene del juego de batos que practicaban nuestros aborígenes, y no es muy probable que tenga conexión con él. Nos llegó de los Estados Unidos, y puede haberse tomado como una manera de diferenciarnos de ciertas tradiciones de la otrora metrópoli colonial española, como las corridas de toros, extintas en Cuba más o menos simultáneamente con la dominación de aquella metrópoli.

Ahora bien, si vino de los Estados Unidos acompañado de una jerga que empieza por su nombre y abarca muchos de los principales términos utilizados en él, el beisbol se cubanizó de tal manera que, ¡vaya jonrón!, está instalado en nuestra dinámica y cambiante pero definida identidad. Aparte de que, en el camino por hacerlo nuestro, la pasión con que lo hemos asumido incluye históricamente hechos como el orgullo por los muchos peloteros cubanos que han brillado en las Grandes Ligas, huelga decir que de los Estados Unidos, y el especial gozo que, como cuestión de principios, sentimos cuando le ganamos a un equipo de ese país. Es un sentimiento solamente comparable en tamaño y en peligrosas sacudidas cordiales con la rabia que nos da perder ante uno de ellos.

Pero quizás el contradictorio y comprensible aporte de nuestra tradición revolucionaria a la lupa que sufrimos —el haz de luz concentrado al pasar por un lente de aumento se convierte en calor y puede quemar— requiera un juicio más cuidadoso, no confiado a la espontaneidad de las emociones. Que a cubanos y a cubanas un segundo lugar en una competencia internacional de beisbol nos deje sabor a derrota es inseparable de las tensiones históricas de una nación que, para surgir y perdurar, se ha visto en la necesidad de plantearse metas “imposibles”, y no conformarse con logros a medias.

Lo vieron desde la poesía, entre otros, los mejores pensadores del Grupo Orígenes —José Lezama Lima, Cintio Vitier— cuando se refirieron de distintos modos al imposible como fuerza de impulsión en nuestras aspiraciones nacionales. De haber existido entonces las computadoras, cualquiera de ellas habría dictaminado que era inalcanzable el propósito de José Martí de impedir a tiempo que los Estados Unidos frustrasen la independencia de Cuba, se extendieran por las Antillas y agrandaran su poderío imperialista al romper el equilibrio del mundo. Pero de ese obstinado propósito venimos, y por él existe hoy la nación cubana. Otro es el caso de la hermana Puerto Rico.

No está de más insistir en que desde esa perspectiva hemos juzgado, por ejemplo, el Pacto del Zanjón, con el cual se decretó en 1878 el cese formal de una década de guerra entre Cuba y España, sin que la primera hubiese logrado la independencia ni la abolición de la esclavitud. Nuestra historiografía revolucionaria lo ha valorado invariablemente como un revés, no como la semivictoria de un pueblo que obligó a los representantes de una monarquía colonialista y supuestamente blanca a la semiderrota de negociar con una pequeña nación que emergía en hombros de combatientes blancos, negros, mestizos, y de creciente orientación popular.

Por similar camino, en la República neocolonial instaurada en 1902 tras la humillada complicidad de la Corona española en 1898 con los Estados Unidos cesáreos e invasores, hemos subrayado lo que tuvo de frustración, no lo que, gracias a la guerra necesaria librada por aquellos combatientes, significó en comparación con el status colonial impuesto a Puerto Rico. Y desde el seno de aquella República mediatizada, mutilada, se luchó por ideales republicanos que siguen convocándonos en el afán de construir un socialismo que sería inviable sin ellos.

Ese espíritu de insatisfacción, de búsqueda de logros más altos que los meramente posibles, ha hecho de Cuba la anomalía sistémica que es y debe procurar seguir siendo con la mayor mezcla de sabiduría y honradez, con el mejor sentido práctico y los mejores ideales, no con pragmatismo, que no por gusto es uno de los nombres de la ideología capitalista. Así valdrán de veras la pena las luchas y los sacrificios protagonizados por su pueblo para llegar al grado de independencia que ha conseguido y a la dignificación justiciera que debe continuar siendo el centro de sus desvelos. Con ese mismo espíritu hemos de asumir nuestras responsabilidades históricas y cotidianas, trátese de un proceso de reordenación laboral o de la práctica de un deporte que nos define, y cuya importancia para nosotros no justifica que los triunfos que está cosechando en el mundo nuestro ajedrez —a una altura colectiva con la que acaso no pudo ni soñar para la patria un genio como José Raúl Capablanca— sean poco valorados.

Sin la pretensión de incursionar en las valoraciones que ya con autoridad ha acometido y debe seguir acometiendo profesionalmente la crónica deportiva especializada, y sin rozar la insoslayable relación entre solvencia económica y prosperidad deportiva, estas son algunas de las consideraciones que suscita en el autor del presente artículo la reciente victoria de Cuba en Taipei. Pero no puede el artesano eludir algunas de las sugerencias que emanan de esa competición. Una de ellas sería que, si durante mucho tiempo nuestra pelota se aferró al dogma de mantener hasta el final al lanzador que mostrase dominio en el juego, aunque acabáramos reventando uno tras otro a nuestros lanzadores, ahora parece aferrarse a creer que de todas maneras debe sustituirse al final del partido, aun cuando tenga un pleno control sobre sus lanzamientos, esté maniatando a los bateadores y apenas falten tres outs para asegurar la victoria. Esa otra forma de dogma hizo que el juego peligrase para nosotros en el último capítulo.

A este articulista le pareció mal —no se referirá ahora a otras— la decisión del mentor de nuestro equipo de sustituir a un lanzador que estaba ganando claramente un partido que no podíamos darnos “el lujo” de perder. Pero la sustitución tuvo resultados aleccionadores y hasta estimulantes: no sólo porque hubo un segundo relevo que mostró cuán importante puede ser una sustitución para salvar un juego, y hasta un campeonato, sino porque sobre la marcha obligó a buscar variantes, con apremio. El lanzador que garantizó la victoria decisiva no había acumulado el mejor currículo individual a lo largo de la competencia en que se dirimió la Copa, pero había demostrado su calidad, y la corroboró, ¡de qué manera!, en el estadio.

En general, la Copa de Taipei ratificó la importancia de mover adecuadamente a los peloteros sin aferrarse a titularidades, y de mantener en la alineación o en el montículo de los lanzamientos a quienes en cada momento estén en mejores condiciones para asegurar una digna victoria. ¡Ah!, y no pensemos que la Copa la ganaron solamente los peloteros que mejor estuvieron en el último juego. Sin el aporte de los que le permitieron llegar a ese punto de la lid, nuestro país no habría logrado la flamante Copa, ni los múltiples trofeos cosechados por peloteros que hicieron un papel extraordinario en ella y, sin embargo, por presión o por agotamiento, o por la falibilidad humana, no en todos los casos estuvieron a la misma altura en el pleito final.

Ya habrá, si no otras Copas como la de Taipei, sí más competencias en las cuales aplicar lo aprendido en ella. Tampoco olvidemos que no siempre se puede alcanzar la medalla de oro. No estamos predestinados para eso, y nos convocan “imposibles” aún más importantes que los triunfos deportivos. Alea jacta est.

Luis Toledo Sande

Anuncios