La confusión por la cual suele regalárseles a los Estados Unidos y a sus naturales el topónimo América y el gentilicio americano como títulos de propiedad exclusiva o preferente, obedece a motivaciones varias y tiene graves implicaciones. En semejante regalo funcionan elementos significativos. El primero, no necesariamente en orden de importancia, es que, por su origen y por la trayectoria que dio lugar a su formación, ese país carece de un verdadero nombre nacional. Una nota escrita con afán de brevedad no propicia ni esbozar esa historia, caracterizada por el expansionismo voraz, genocida incluso, de un país que ha sabido mantenerse y fortalecerse como federación. En ella se agrupan, eso sí lo dice bien su nombre, varios Estados —medio centenar—, aparte de otros territorios sometidos a dependencia. Pero, vale repetirlo, nombre nacional no tiene.

Vayamos a una digresión intencional. Con menos fuerza en su ligazón interna, al parecer, y con otra orientación social —con distinta entraña geopolítica, por tanto—, un caso similar fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero esta se instauró sobre el territorio de varias naciones con historia y culturas definidas desde antes. Digámoslo de otro modo: no fue el fruto de un proceso de arrasamiento y conquista como el que dio origen a los Estados Unidos, aunque ese país no pudo borrar las huellas de las poblaciones aborígenes que sometió a despojos, redujo a “reservas” —forma de apartheid— y masacró.

Ni política ni moralmente la Unión fraguada con signo proletario podía privilegiar en su denominación a Rusia, otrora país imperial y convertido desde 1917 por la Revolución de Octubre en centro rector de una nueva realidad. Así que la mastodóntica Unión —que para tener un mayor parecido nominal con los Estados Unidos tenía que haberse bautizado con el desmedido e impreciso rótulo de Repúblicas Unidas de Europa y Asia— no basó su nombre en su ubicación geográfica, sino en el sistema social propuesto y en el modo organizativo con el cual se planteó construirlo: socialismo y sóviets, respectivamente. Duró apenas unas décadas; pero, además de las enseñanzas que brotan de sus logros y, quizás sobre todo, de sus incumplimientos y deformaciones, dejó un ejemplo de búsqueda de un sombrero nominal que le cubriese todas sus cabezas.

Sin afán exhaustivo, pensemos en otro caso: la Confederación Helvética. Integrada por territorios con formación, culturas y lenguas diferentes, como para que cada uno de ellos pudiera ser un país, cuenta no solamente con el prestigio de su relojería, con un orden que parece hacer que hasta la colza crezca isométricamente —no hablemos ya de su disciplina ferroviaria y otras normas—, y con el crédito o la fama de sus bancos, sino también con la identidad que le da el llamarse Suiza y tener el gentilicio correspondiente. Cualquier persona tiene una idea más o menos segura de lo que esos vocablos designan, y ha habido países que han pretendido ser otras Suizas.

Un caso más: España. No acaba de autorreconocerse y asumirse resueltamente como una federación de pueblos, y ha perdurado varios siglos con un nombre que disimula o intenta ocultar bajo dominio monárquico la rica diversidad multinacional interna que la compone, y que asimismo pudiera desintegrarla. Pensando en resolver un problema que no es cosa del pasado —aunque viene del proceso colonial por el que España y otras potencias europeas llegaron en el siglo xv a las tierras que esos poderes bautizaron con el nombre América—, el difunto y grande portugués José Saramago propuso crear una nación llamada Iberia y que incluiría a España y a Portugal. De llegar algún día esa propuesta a convertirse en realidad, esperemos que sea como República federal, no como una monarquía.

Pero resulta difícil imaginar que esa unidad se logre bien mientras subsistan el ninguneo que a menudo se respira con respecto a Portugal, y la reacción que algunos interpretan como automarginación de este último en un ámbito donde todavía pueden oírse o leerse expresiones del corte de “Iberoamérica y Portugal”, como si la franja lusófona no fuera igual de iberoamericana que la nación extendida sobre la mayor parte de aquella Península. Ambas, como ex metrópolis, forman con sus otrora colonias la denominada Iberoamérica, concepto territorial, político y cultural que sigue requiriendo atención, para que sea útil y no sirva de máscara a pretensiones colonialistas de “nuevo” cuño envueltas en una sospechosa “generosidad” tutelar.

En cualquier caso, al decirse español se tiene una noción clara o lo bastante aproximada de lo que se quiere expresar, aunque no todos los pobladores del dominio monárquico reinstaurado con la “Transición a la democracia” que siguió al franquismo se sientan representados en un topónimo y un gentilicio bendecidos por el “legítimo derecho de conquista”, y cruz mediante. No olvidemos que aquella transacción la orquestó en gran parte el mismo caudillo sedicioso y fascista que, antes de morir hospitalizado tras un largo y cruento ejercicio del poder, preparó al rey que lo sucedería.

Volvamos al tema central de este artículo. Suponiendo que España se llamara los Estados Unidos de Europa, ¿el gentilicio de sus naturales sería europeo? Seguramente a nadie se le ocurriría ese desplante, y menos aún aceptarlo. Ni siquiera hace mucho tiempo que se discutía, no solo en broma, si Europa era europea o africana: Europa termina en los Pirineos, solía decirse. Sobre todo, potencias europeas más poderosas que esa nación pondrían en juego todos los recursos necesarios para impedir que ella se apropiase de aquel gentilicio. Son las mismas donde también se les regalan a los Estados Unidos, mandón que las coyundea en la OTAN, el gentilicio americano y hasta el topónimo América.

En el camino de ilusiones abierto por la independencia de las Trece Colonias británicas, dos países latinoamericanos adoptaron también el sintagma Estados Unidos como base de sus respectivos topónimos: los Estados Unidos Mexicanos, en la América del Norte (donde, además de México, también está Canadá, no solamente el país que se extiende entre esos dos y a veces se le llama, sin más, Norteamérica, como si fuera el único allí), y los Estados Unidos de Brasil, en la del Sur, donde a ningún país en particular se le denomina Sudamérica, por muy grande que sea. Sin ignorar su heterogeneidad interna, vale decir que México y Brasil tenían, y tienen, una base nacional por la que, fuera de documentos oficiales, se les conoce respectivamente con esos topónimos unimembres. El segundo de ellos, además, en 1968 cambió su nombre oficial por el que hoy ostenta: República Federativa de Brasil.

La nación que a partir de las Trece Colonias se formó con nuevas adquisiciones —por compras, como en el caso de Alaska, o por la más agresiva rapacidad, como el territorio arrebatado a México— no disponía de un rótulo comparable con el que sí tenían y tienen esos dos países, pero registró en su nombre la condición de Estados Unidos de América. Equivalía a proclamar que, aparte de ser los primeros, estaban llamados a ser los únicos, y a dominar América. Recordemos el lema, de perversa ambigüedad, promovido en el siglo xix al servicio del panamericanismo imperialista: America for the Americans.

Sería ingenuo reducir el análisis de tales hechos a la esfera lingüística, aunque ella resulta de suma importancia. Sería un gravísimo error olvidar que el lenguaje y el pensamiento marchan juntos en general, y que así ha sido y será en la geofagia que aquella potencia imperialista sigue mostrando día a día, incluso mediante guerras genocidas. En inglés, lingua franca imperial, la realidad infusa en determinadas expresiones, como aquel lema, resulta más palmaria aún. Es un hecho que los pueblos del Caribe anglófono no se sienten representados ni en America ni en americans, y por ello en la generalidad de las lenguas a la América Latina ha sido necesario añadirle y el Caribe. En gran medida esa solución resulta pleonástica, pues en su mayor parte el Caribe es latino, dado que sus lenguas oficiales vienen del latín.

Tan americanos son los naturales y los frutos de los Estados Unidos como los de Perú, Aruba, Venezuela, Haití, Cuba, Jaimaica, Bolivia, Surinam, Canadá, Belice, Guyana, Argentina, para mencionar solamente unos pocos pueblos. A lo largo del tiempo, diversos autores —no solamente Miguel Rojas Mix en su abarcador libro Los cien nombres de América— se han preocupado por esclarecer esa realidad e impedir que los Estados Unidos continúen usurpando, junto con la riqueza material, las palabras que pertenecen a toda la América. He tratado el tema en otras páginas, como en algunos de los miniensayos del libro Más que lenguaje y en no pocos textos localizables en internet.

Habrá que seguir insistiendo en esa acuciante realidad. Incluso quienes creemos que gracias a Dios somos ateos, algo debemos aprender de los sacerdotes: el valor de la repetición, no dar por sentado que basta decir las cosas una vez o unas pocas veces. Hay algunas que deben reiterarse sin cansancio, en la misma medida en que los poderosos no se cansan de sacarle provecho a la desprevención que se tenga con respecto a ellas. La inercia lexical es fuerte, y resulta frecuente oír a verdaderos antimperialistas, incluso a representantes diplomáticos de países que practican el antimperialismo militante, llamar los americanos a los representantes de los Estados Unidos.

Un periódico rebelde, revolucionario, difundió hace algunos años en Cuba, en la Cuba de la Revolución socialista y antimperialista, un texto cuyos redactores proponían como supuesto acierto el reservar para la potencia imperialista el apelativo los americanos ¡con intención despectiva! Huelgan los comentarios; pero, de paso, recordemos que todo país es internamente diverso y, aunque la ideología dominante lo es porque domina, no todos los naturales de los Estados Unidos son iguales. No todos se ganan ni merecen que se les grite “Yankees, go home!”, ni están repudiados en nuestra consigna “¡Cuba sí, yanquis no!”, que debemos cultivar, con esos cuidados, como expresión de nuestra voluntad de soberanía.

Así como la izquierda entendía que llamar rusos a los soviéticos en general era, cuando menos, una indelicadeza —sin el sesgo afectivo del tratamiento de gallegos dado en Cuba, en Argentina y quizás en otras partes a todos los españoles—, debería tener presente que es un despropósito, una pifia estratégica, regalarles a la potencia imperialista que son los Estados Unidos expresiones como los americanos. Y la falla no es menor porque sea fruto de la desprevención, de la costumbre, de la inercia: quizás sea más peligrosa. A falta de otro gentilicio que exprese el sello nacional que los Estados Unidos no tienen en su nombre, estadounidense es el más adecuado, con las derivaciones de número que en cada caso corresponda aplicar, pues desde el punto de vista del género es palabra neutra. No porque el inglés sea ajeno a la noción de género, sino porque, de tan patriarcal que es, privilegia o casi absolutiza el masculino.

Luis Toledo Sande

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