Primero me llegó por correo electrónico, hace pocos días, un libelo acusatorio contra Eusebio Leal: un texto que por su “firma” seudónima se ubica en el anonimato. Ese es un recurso detestable y, aun cuando se derive de él algún buen resultado práctico —una investigación que conduzca a descubrir delitos o inmoralidades, digamos—, mal habla de quien lo emplee y del funcionamiento social que lo haga atendible. A eso me referí no hace mucho en el artículo “Entre santa y santo… o Cultura anticorrupción”, publicado originalmente en Cubarte y reproducido en otros órganos. Pero es probable que el mencionado libelo no haya sido lanzado desde nuestro país.

Poco después de circular la diatriba contra Leal, el “acusado” compareció en el programa Con dos que se quieran, conducido por Amaury Pérez Vidal. En dicho espacio el entrevistado respondió preguntas sobre su vida y su valiosa labor, y de hecho refutó el libelo, pero sin conceder a su autor o a sus autores, y a quienes lo promovieron, el gusto de mencionarlo. El texto difamatorio es similar a otros que, sobre distintos asuntos y enfilados contra distintas dianas particulares, infectan la red. Claro que no es a ese medio al que debemos culpar: según se utilicen, los medios sirven para obras edificantes, de la mayor altura —justas demandas, acusaciones y quejas entre ellas—, o para lo más abyecto.

Horas después de salir al aire aquella entrevista por el Canal Cubavisión, recibí un mensaje de correo electrónico que reproduce a su vez otro que sirve de presentación a una queja anterior a la entrevista y atribuida a los trabajadores de la Biblioteca Nacional de Ciencia y Tecnología. Está dirigida contra el traslado de la Biblioteca a otro sitio. El mensaje —bien intencionado y de fuente digna— con el cual me llegaron la queja y la nota que le sirve de presentación y la promueve, la ubica en la atmósfera del libelo, si no en similar camino. Pero, menos aún cuando se carece de información sobre el tema —y es mi caso—, no hay por qué poner en entredicho la honradez de quienes la formularon, ni la de quienes la hicieron pública.

La sala de lectura de la mencionada Biblioteca, sin dudas útil y merecedora de seguir existiendo, desde su fundación hace más de veinte años ocupa un ala del Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional cubano. Según los datos con que entró en mi buzón, la queja da voz al “Colectivo de Trabajadores” de la Biblioteca, y el mensaje electrónico que la propaga lo emite el licenciado Rodin Cabrera Monroy (rodin.cabrera@idict.cu), Especialista en Gestión Documental del Instituto de Información Científico y Tecnológica, con sede en el propio Capitolio. No tiene, por tanto, la indeseable marca del anónimo. Pero, aunque su intención no haya sido esa, de algún modo se ha relacionado —lo hemos visto— con el libelo de marras.

El mensaje electrónico con el que me llegaron el de Cabrera Monroy y la queja, manifiesta preocupación por la hipertrofia de las atribuciones personales, y se basa en la necesidad de lo institucional bien entendido y aplicado, un criterio que comparto y supongo que compartirá, para no ir más lejos, la generalidad de la ciudadanía de nuestro país: nada que sea de carácter social debe estar al margen de los debidos controles institucionales, y, como norma, nadie debe actuar a espaldas de esa institucionalización, requerida de las fiscalizaciones indispensables para garantizar aquello de cuentas claras conservan… Bueno, deben conservar no solamente amistades, sino también honra personal y bienes colectivos, contados en ellos los nacionales. Algo tiene que ver con eso la prensa, a la que procede exigirle y permitirle que cumpla su función. A veces se le impugna porque no hace lo que se le impide o no se le propicia que haga, y hasta se ha puesto de moda entre nosotros denostarla: sí, a nuestra propia prensa. Pero, cualesquiera que sean los calificativos que la prensa merezca, nada ocupa el lugar de la necesaria participación ciudadana.

Aun convencido de las buenas intenciones del envío con el que me llegaron el mensaje que presenta la queja y el texto que la contiene, al fraterno remitente le cursé unas líneas de contestación que reproduciré seguidamente en cursivas, con leves ajustes formales convenientes para que ellas funcionen mejor dentro del texto donde ahora las inserto, y que escribo motivado directamente por dos hechos. Uno es el reclamo de El Duende cubano que reside en Miami y ha pedido respetuosa solidaridad con el promotor cultural que ha entregado gran parte de su vida a salvaguardar, restaurar y revitalizar una riqueza arquitectónica, histórica y cultural como La Habana Vieja, cuyo hermoso centro fundacional la UNESCO inscribió en el Patrimonio de la Humanidad, para satisfacción, orgullo y sentido de responsabilidad de todos los cubanos y todas las cubanas.

El otro hecho, anterior a la petición de El Duende, por el que escribo este artículo es el siguiente: por obra y gracia del deos ex máchina —el clásico dedazo infeliz que he comentado en otros textos—, las líneas que inicialmente concebí como una mera respuesta dirigida nada más a un corresponsal fraterno devinieron texto relativamente público, pues las remití a los numerosos destinatarios del mensaje que quise responder con ellas.  Helas aquí:

No entro a valorar las razones de la que circula como queja de los trabajadores de la Biblioteca Nacional de Ciencia y Tecnología, quienes llevan ya unos cuantos años laborando en ese sitio y lo considerarán suyo, con los derechos que da la costumbre. Me limito a decir que desde el primer momento me pareció un despropósito, hasta por razones ópticas y algo de sentido común, ubicarla donde se encuentra, aunque, si de propósitos se trata, ese espacio le deba a la Biblioteca tener uno de los usos más dignos que pudiera dársele. Pero, en cuando a funcionalidad, la ubicación allí de esa sala de lectura se me ocurre comparable con el famoso Mural de la Prehistoria que, a mi juicio, afea uno de los mogotes de Viñales, y al conjunto de un Valle que Dios hizo —lo asegura un convencido de que gracias a él, a Dios, es ateo— para sus ratos de mejor reposo y más fértil meditación, si no para formas especiales de solaz. (Addenda para el presente artículo: no es culpa de quien lo realizó ni de quienes lo apoyaron para que lo hiciera; pero al menos dos personas amigas que visitaron aquel paraje me contaron que allí alguien les dijo, con orgullo patrio, que el Mural es un legado de nuestros aborígenes.)

Ahora, cuando se habla de trasladar la Biblioteca a otro sitio, que espero que sea mejor por su ajuste a las funciones correspondientes, no puede parecerme mal ese proyecto de cambio. Tampoco me parecería inapropiado que se dejara a la vegetación de aquel mogote de Viñales recuperar el área que se le quitó en nombre de la creatividad y la cientificidad, y con las mejores intenciones del mundo, naturalmente, aunque la naturaleza llore de dolor.

No creo que el parecer que he expresado con respecto a la Biblioteca ni el que atañe al Mural sean incompatibles ni mucho menos con la aspiración a tener una verdadera cultura constitucional, en modo alguno patrimonio de eruditos y juristas que tal vez en determinadas circunstancias puedan estar entre los primeros en desconocerla o soslayarla. Esto, por supuesto, no es más que una nota, una respuesta personal y de lectura personal. Artículos debemos escribir, y peleas debemos dar. Algunos lo hemos hecho, con mayor o menor fortuna, y, a fuer de sincero, sin mucha seguridad de que se nos lea y se nos haga caso. En mi artesa digital (donde ahora pongo este artículo) inserté “¿Frigidez republicana?”, a propósito de un sitio web de nuestra patria en el cual se lee que nuestro Escudo Nacional está coronado por un gorro… frígido (sic).

Por lo demás, alguien que nació en La Habana Vìeja, que puso el pellejo para defender su ideal de justicia —un ideal por el que debemos seguir orientándonos—, que organizó con ese entendimiento una guerra necesaria en la cual cayó prematuramente, y que no fue ni tonto ni perestroiko, afirmó que “un pueblo es en una cosa como es en todo”. Fue el mismo poeta y peleador que en 1884, precisamente el 20 de octubre —efeméride que, por razones conocidas, hemos escogido como Día de la Cultura Cubana—, le dijo tajantemente a un héroe a quien admiraba a fondo y que luego lo acompañó en los preparativos de la contienda liberadora y en la gesta misma: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”. La máxima sería todavía más precisa, incontestable, si hubiera añadido que un pueblo tampoco “se manda” de ese modo, aunque sea un pueblo que se ha mostrado capaz de convertirse en campamento revolucionario cuando ha sido menester.

Reproducidas esas líneas, pudiera apuntar que Eusebio Leal está entre las amistades que me honran, y con las cuales mantengo un trato cordial y fluido, aunque sin la frecuencia que no nos hemos propuesto y no sé si a él le interesaría, aparte de que no le estaría permitida a ninguno de los dos, por el hecho de dedicarnos ambos a trabajar, cada uno en lo suyo, y él del modo sobresaliente como lo hace. Pero por diversos motivos no insisto en ese ángulo: porque no es de la amistad de donde nace este artículo; porque, si viniera de ella, se vería menguado lo que pudiera y debería ser el peso de sus argumentos, y porque no deseo incluirme entre quienes convierten las amistades prestigiosas en una especie de autocrédito nobiliario.

Hay oportunidades en las que, aunque se anuncien basadas en rigurosos y muy finos criterios selectivos que subrayan su alcurnia, las amistades exhibidas como timbres de gloria suman tantas que, de ser ciertas, acabarían siendo un regimiento innumerable, no el círculo íntimo que se pretende mostrar. También es verdad que algo o mucho hay de cierto en el refrán de “dime con quién andas y te diré quién eres”. Pero cada cual vale lo que vale por sí, no la suma de títulos nobiliarios que pueda exhibir.

No hay que menospreciar el valor de la buena amistad. El propio Leal, en la entrevista televisual citada y aludiendo al título del programa —un nombre que viene de un dicho pragmático, injusto y risueño según el cual “de dos que se quieran bien con uno que coma basta”—, sostuvo: “hace falta que nos quieran bien muchos y no sólo dos. Esa es la verdad. Entonces, para ese concepto de muchos trabajo yo siempre. Estoy pendiente de ellos y ellos para bien y para mal, están pendientes de mí”. Pero añadió algo de la mayor importancia ética para fundamento de la amistad y del ejercicio del poder: “no se puede ir por la vida prodigando favores, sobre todo cuando los favores no se hacen del bolsillo propio, sino se hacen con el poder y la capacidad de una institución, de una entidad, porque entonces extravías el valor de la amistad. Lo que hagamos desde la vida oficial, es en nombre de la nación. Y la actuación pública es siempre una responsabilidad en nombre de la nación para los que públicas responsabilidades tienen”.

Para ir terminando o interrumpir el presente artículo, agrego solamente dos elementos más: a personas como Eusebio Leal suele impugnárseles, mucho más que por sus reales o presuntos defectos —si bien no se han de ver en calma los errores o deformaciones que, téngalos quien los tenga, atenten contra ideales y normas que merecen cuidarse—, sino por sus reales virtudes. Necesitamos y debemos sumarnos con apasionado entusiasmo a los llamamientos que piden que abracemos resueltamente una adecuada institucionalización y nos atengamos a ella, empezando, repítase, por el fomento de una verdadera y productiva cultura constitucional, que debe comenzar por el conocimiento masivo de la Constitución. Si alguien está ubicado y actúa fuera de la institucionalidad necesaria, lo más probable es que la falta no sea solo ni principalmente suya. Se necesitan mecanismos que, además de pasarle la cuenta al que yerra, contribuyan a impedir la comisión de errores. No digamos ya delitos.

El rechazo del culto a la personalidad, y de otros males ciertos o imaginarios —asunto requerido de un análisis profundo que aquí ni se roza— no debe hacernos desconocer lo importante y productiva que en ciertas circunstancias puede ser una persona determinada. En otras palabras: no estoy seguro de que lo hecho para bien, en especial pero no solamente, de La Habana Vieja por Eusebio Leal lo hubiera hecho cualquier otra persona autorizada por cargos, plantillas y cuantas formas de asignación de poder puedan funcionar en casos tales, pero que no pasan por eso que metafóricamente llamamos corazón, y que tal vez no haya mejor modo de seguir llamándolo. Tampoco se logra sin un equipo que se deje la piel en el empeño, un equipo como el que Leal agradece tener. No basta construir un personaje y echarlo a andar.

Por lo demás, reitero aquí lo que desde el título señala como necesidad básica un texto propio al que ya aludí: “Entre santa y santo, pared de canto”. ¡Amén!

En La Habana, a 15 de noviembre de 2010.

Luis Toledo Sande

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