Tenía pensado escribir algunas líneas como estas, y había entregado para su publicación un artículo sobre el mismo tema, cuando supe de la existencia en Cuba de una Cofradía de la Negritud, organización seguramente animada por nobles fines. Merece aplauso todo limpio esfuerzo hecho para acendrar una plena integración justiciera a partir de erradicar las secuelas de un pasado que cargó, entre otras, con la mácula terrible de la esclavitud. Tan necesario propósito no debe confundirse con la ignorancia de las particularidades reunidas en el “todo mezclado” que nos caracteriza como nación, para decirlo con palabras de Nicolás Guillén.

Los juegos y los juguetes, importantes no solo para el entretenimiento de niñas y niños, sino para su formación, requieren los cuidados correspondientes. En el siglo xix José Martí relató cómo en los Estados Unidos, para favorecer el pensamiento de condena a Charles Guiteau, asesino del presidente James Garfield, los fabricantes y mercaderes medraron con un juguete escalofriante: reproducía en miniatura el cadalso en el cual moriría el reo, y generaba en el público infantil, base siempre del futuro, el deseo de divertirse ahorcando al muñeco que representaba al homicida.

Con voluntad diferente de aquella maniobra, el propio Martí incluyó en La Edad de Oro, publicación destinada al público infantil y juvenil, y que él redactaba en su totalidad, dos textos de particular relevancia para el tema: el artículo “Un juego nuevo y otros viejos” y el cuento “La muñeca negra”. El primero sigue siendo una lección sobre la historicidad del mundo y la identidad universal de los seres humanos. El segundo mantiene su valor para calzar el espíritu contra la discriminación racial en un mundo dominado por la supuesta superioridad blanca, impuesta como paradigma en el pensamiento dominante.

En nuestro país predominan las muñecas y los bebés blancos y —con el beneficio que sacan de nuestras carencias productivas y de la propaganda imperante en el planeta, sin olvidar posibles faltas de iniciativa— llegan al público infantil idealizaciones lúdicas entre las cuales figura la muñeca Barbie. Remedo de paradigmas que nos son esencialmente ajenos, se diseñó, según fuentes, a partir de una conocida muñeca alemana —¿aria?— y constituye el centro de una poderosa maquinaria comercial con implicaciones axiológicas. Apareció, dicho sea de paso, pocos meses después del triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Tampoco hay que descartar que alguien responsabilizado en redondo con la “claridad ideológica” vista a su hijo de Spiderman o Batman, y, ¡ay, mío Cide!, consuma tiempo de su conexión a internet buscándole imágenes de peloteros, no de los grandes de nuestras ligas, sino de los Yanquis de Nueva York.

El otro día (deploro no haber tenido conmigo en ese momento la cámara fotográfica) vi que en un ventorrillo habanero se ofrecía al público un bebé negro, y rápidamente me dispuse a comprarlo. La idea de que en nuestro mercado puedan adquirirse muñecos representativos de nuestra constitución étnica, y no solo ni principalmente los que mal representan a quienes pasamos por blancos en un país de intenso mestizaje, resulta estimulante por lo que en términos simbólicos y educativos puede aportar al afán de erradicar prejuicios racistas. Pero sufrí una gran decepción: “¡Es un bebé blanco!”, les dije entonces a las dependientas del ventorrillo, ambas con ostensible presencia, cuando no predominio, de ancestros africanos.

Una me respondió: “Ese muñeco sí es negro”, y le contrarrepliqué: “Está fundido en pasta negra, pero reproduce los rasgos de un niño blanco. Es blanco”. La otra vendedora me increpó: “Usted está equivocado”, y argumentó: “Una tía mía, que es negra, tiene facciones finas”. Intenté decirle que ese modo de valorar qué facciones son finas y cuáles son burdas tiene una enraizada base racista. Pero un intercambio verbal en las prisas y veleidades de un mercadillo callejero no es aconsejable para arremeter razonadamente contra prejuicios que vienen de siglos.

Me volvió allí a la memoria una escena que había vivido pocas semanas antes en un archivo fotográfico donde buscaba imágenes para ilustrar el artículo “No somos leños lanzados al agua”, aludido al inicio de esta nota. Mientras seleccionaba retratos de cubanas y cubanos eminentes representativos de nuestra diversidad cromática, étnica, oía, quisiéralo o no, la conversación que sostenían cerca de mí las trabajadoras y los trabajadores del archivo. Una integrante del colectivo, mujer de rotundo color negro, describió a un niño de su familia. Tras ponderar sus rasgos fisonómicos y la supremacía de la huella africana en ellos, lo elogió de este modo: “Para ser negrito, es bonito”.

Antes de abandonar el local, agradecí sinceramente la magnífica atención que se me había dispensado, y agregué que, habiendo ido hasta allí en busca de material para ilustrar un artículo sobre la conformación étnica del pueblo cubano, salía con ideas para un nuevo texto sobre el tema. De algún modo ese es el lugar que ocupa la presente nota. No se ha reiterado lo suficiente que el pensamiento dominante lo es porque lo porta el dominador y, en lo decisivo, se inocula también a los dominados. Ese intrincado proceso de inercia, hábitos, manipulaciones y falacias crea prejuicios que al cabo de siglos pueden sobrevivir fácilmente a cincuenta años de afán emancipador y justiciero.

No hay que desconocer ni arrinconar particularidades, ni renunciar a la posibilidad y el deber de lograr que todas vivan dignamente —y de manera que brillen los méritos de cada quien— en el conjunto que ellas forman. Tampoco se habrá recordado lo bastante al Martí que nos enseñó a entrecomillar la expresión mi raza, y advirtió hace más de un siglo con palabras en las que hoy se preferiría sustituir hombre por ser humano: “El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre: peca por redundante el blanco que dice: ‘mi raza’; peca por redundante el negro que dice: ‘mi raza’. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad”. En esa estela se ubicó el Fernando Ortiz que en 1946 publicó El engaño de las razas. Y ese engaño es el que aviesamente agita ahora contra Cuba un imperio que se ha constituido sobre un cruento racismo.

Luis Toledo Sande

Gracias a la amiga Martha Vecino por regalarme la foto que ilustra el texto.

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