Estimado señor José M. Álvarez:

El vuelo de sus dos comentarios sobre mi artículo “Facciones finas para ser bonito” me anima no solamente a responderlos con un solo texto que los englobe, sino a dar la respuesta en la página principal de la artesa.

Pero ¡¿por qué se ha precipitado usted?! ¿Por qué tuvo que pensar que yo había eliminado su anterior mensaje? Como norma, es más productivo juzgar hechos que intenciones. Cuando ayer abrí el escritorio de mi artesa —no es lo único que atiendo en esta vida—, me aparecieron, en este orden, dos comentarios: uno de Flavia, otro de usted.

El primero era de carácter más estrictamente profesional, y decidí empezar por ahí, pues usted me envió una nota cuyo sesgo afectivo me suscitó el deseo de reservarle una atención particular. Pensé, además, que la otra respuesta me daba la opción de remitir a ella para contestar algunos de los planteamientos hechos por usted.

Contra mi voluntad de publicar su mensaje y responderle inmediatamente después que a Flavia, actuaron problemas de conexión e interrupciones varias, y la necesidad de salir hacia una conferencia a la que llegué tarde por esos motivos. Pero ¿cómo pasar por alto, sin un toque de euforia, aunque no recordemos el rostro del interlocutor —y es el caso—, la comunicación que nos cursa una persona que nos dice que hemos compartido con ella una fabada, un arroz con leche y unos vinos? Si hubo “después mucho silencio, silencio que todavía permanece”, como dice usted, no sé a qué debo atribuirlo, pues tampoco recuerdo ninguna razón para mantenerlo, ni nada que hiciera de especial interés el diálogo, o invitara a él. Pero la memoria es falible.

Iba a responderle hoy su comentario fechado ayer viernes 26 de noviembre a las 7:56 de la mañana, y para eso me he sentado ante la computadora; pero, en vez de disfrutar el júbilo de volver a leer su nota y contestársela, hallo otro mensaje suyo, de hoy sábado 27 a las 6:23 de la mañana, en el que, sin que hayan pasado aún veinticuatro horas del anterior, da por sentado que lo proscribí. Ni aquel ni el de hoy correrán esa suerte, reservada para textos que no cumplan las normas que claramente expongo en la nota “Sobre anuncios y comentarios”, que aparece como brújula a la entrada de mi artesa. Ni usted ni los dos textos suyos que ahora respondo se han apartado de la decencia, cualesquiera que sean las reacciones apreciables en el ánimo que sus palabras permiten suponer. Por el contrario, quería empezar ayer mi respuesta agradeciendo la anécdota gastronómica referida en el primero de sus mensajes, y hoy añado el agradecimiento que me merecen sus corteses votos, expresados en ambos, por el bienestar mío y de mi familia. Está dicho que los reciproco plenamente. En cuanto a mi actual ocupación, y a otros datos (mínimos) que pudieran interesarle, puede leer, en la misma artesa, “Nota de vida”.

En un orden que intenta ser cronológico, y sin que nada me empañe la alegría, paso a responder lo fundamental de sus dos comentarios. En buena medida, como había previsto ayer, la respuesta está adelantada en la que di a la intensa y respetuosa Flavia, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, hasta donde alcanza mi memoria. En esa contestación hay gran parte de los elementos que podría condensar en la que ahora le dirijo a usted. Fuera de eso, añado y destaco un punto: me gustaría que nadie me atribuyera ideas que no comparto, y, todavía menos, pretensiones de hegemonía sobre zona de conocimiento alguno. Y voy a otros costados de sus dos mensajes.

Conozco el texto —”Para las escenas“, un apunte que él dejó inédito— donde José Martí habla de “la cuestión toral”, el matrimonio entre personas de la llamada raza blanca y de la llamada raza negra. Por motivos profesionales y laborales, hace más de treinta años me correspondió tener alguna participación en la tarea de darlo a conocer, rescatándolo del olvido, del silencio en que se le mantuvo durante décadas, probablemente por prejuicios racistas. No insisto en ese hecho, pues los posibles portadores de tales prejuicios, que los imponían por decisión personal, no están ya en este mundo. La fundación en 1977 del Centro de Estudios Martianos, donde trabajé desde entonces por algo más de doce años, permitió salvar ese texto, y otros, y hacerlos de conocimiento masivo.

La supuesta inexistencia, o poca significación, de las clases sociales ha sido una de las engañifas utilizadas por la academia imperial —anádasele el adjetivo neoliberal o el que corresponda o se quiera— para, magnificando la importancia de grupos poblacionales o supuestas minorías —una importancia grande, sin duda—, favorecer el quietismo y la resignación convenientes a los opresores. Pero también ha hecho mellas en fuerzas llamadas a luchar contra la opresión. En mi libro De Cuba en el mundo (2001) me refiero a la facilidad con que desde el otrora campo socialista europeo se propaló el “axioma” de que en el socialismo no había lucha de clases, porque no había clases, sino sectores. A ese juicio no pocas personas respondíamos con un chiste: ¡pero qué clases de sectores en lucha!

Que en La Habana o en cualquier parte de Cuba una niña, sean cuales sean sus rasgos físicos, use por maleta escolar una caja de zapatillas Addidas —por cierto, se venden en el país, y son carísimas, como en todas partes—, puede hablar de escasez de recursos, de pobreza, o de influjo de la propaganda comercial dominante en el mundo, o de todas esas cosas juntas. Tal vez ocurren en otras partes del planeta y pasen inadvertidas; pero en Cuba no: si sucede en Cuba, ¡hay que darle un raspapolvo a ese paisito atravesado! Si en él no se conociera la marca Addidas, sería porque hay una dictadura feroz que impide su conocimiento; y, si se conoce, entonces se deberá a que el socialismo es quebradizo e insuficiente. ¡Palo si bogas; y, si no bogas, palo!

No comulgo con cierto exitoso empleo de la palabra tolerancia. Un ser humano no es un alimento o una medicina, y menos una bacteria, que otro organismo humano deba tolerar. ¡No! A eso me he referido en varias páginas. Un ser humano debe respeto a los demás, de quienes lo merece y debe recibirlo también. Según proceda, el respeto puede coexistir con el amor. Pero las actitudes y las concepciones que merezcan rechazo o condena, no deben movernos a ser tolerantes. Eso es otra cosa. Hay, sí, una frecuente tendencia humana a ser intolerante. Se manifiesta a veces cuando uno da por seguro que el otro está completamente equivocado.

La convivencia es difícil. Si fuera fácil, quizás no habría tantos problemas en el mundo. No soy fumador, pero veo lo difícil que se les ha puesto la vida a fumadores y fumadoras; y también pienso en cuánto puede molestar quien fuma a quien no tiene esa adicción. ¿Es que no llega también a causarle daño? Aunque a veces sospecho que la propaganda contra el tabaquismo no sería igual si ciertos países fueran grandes productores de tabaco, parece que ciertamente la nicotina es nociva. Pero no opino más al respecto, porque no soy ni fumador ni tabacólogo.

A propósito de otra y de otro, usados en el párrafo anterior, apunto que en varios textos, algunos de ellos publicados en el portal Cubarte, y también en mi libro Más que lenguaje, rechazo falacias, manipulaciones dolosas y desprevenciones infusas en términos como el otro, que suponen un nosotros paradigmático, dominante. Algo tiene eso que ver con determinados usos de centro y periferia.

Gustosamente me extendería más en estas líneas, señor José. Pero se trata de la respuesta a un par de comentarios, no de un ensayo, y voy terminando. Reitero mi gratitud para el estímulo que me ha movido a escribirlas, con la voluntad de abrazar sincera y firmemente —sin sorna, desde luego—, la brújula expresada por un luchador que dio la vida en la defensa de sus esperanzas, siempre al servicio de la emancipación de hombres y mujeres de diversos colores en varias partes del mundo: ¡Hasta la victoria siempre!

Luis Toledo Sande

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