Hace unos pocos años estas Jornadas eran impensables. Hoy son una realidad feliz, y da gusto saber que inician un camino. Habrá más. Entre nosotros la tecnología ha sido satanizada más de una vez, y eso nos empobrece, como sería también un despropósito idealizarla. Los medios son útiles y generosos según se les emplee. Ninguno de ellos —ni los más viejos ni los más recientes, ni los que vengan en el futuro— se ha librado ni se librará por sí mismo de lo abyecto; y todos pueden servir a la maravilla.

No hay medios democráticos per se. Para empezar, repetiré verdades sencillas que he dicho otras veces. Aracataca tiene un hijo célebre a nivel planetario: ha ganado el Premio Nobel, sobre todo por una obra en la que sublimó e inmortalizó recuerdos de su poblado natal, presente de distintos modos en Macondo. Miles y miles de páginas en internet están dedicadas a ese gran escritor; pero ¿cuántas personas en aquel paraje colombiano disponen de computadoras, tienen acceso a la red y saben leer para poder disfrutar lo que en ella se dice del autor de Cien años de soledad?

Tampoco sucumbamos a la modernomanía. Hasta las computadoras nos recuerdan cuánto depende todo de la condición y la experiencia humanas. En sus pantallas ni siquiera lo más frecuente es hojear a la manera de los libros, sino desenrollar un texto, como en los papiros, y la mera expresión digital es un homenaje a las manos. Ellas, distintivas de nuestra especie gracias al trabajo, fueron la primera máquina de escribir, y siguen siendo indispensables para la producción y el manejo de todos los instrumentos que se han inventado —incluidos los de la escritura—, mientras que los dedos, a los cuales remiten los términos dígito y digital, y sus derivados, fueron el primer ábaco, la primera máquina de cálculo.

De lo que no debe caberle a nadie dudas es de que la tecnología es una conquista de la humanidad, aunque la capitalicen quienes lo capitalizan todo y todo lo convierten en cuestión de mercado y dominación, y de ganancias. La tecnología es útil, y la humanidad, su mayoría desplazada del poder y expoliada en el trabajo y en las mallas de un mercado opresor, necesita apropiarse de ella, incluso con el fin de estar en mejores condiciones para subvertir el orden infernal que vive el mundo. Hay pueblos enteros excluidos de los beneficios de la computación. ¿Qué decir de África?

Cuba, empeñada contra viento y marea, y contra errores propios, en construir un sistema justiciero, no dispone de los recursos necesarios para la deseable —y ojalá deseada por todos y todas— extensión masiva de internet. Se ha visto imposibilitada de imprimirle la masividad a la que también en ese frente debemos aspirar, y ha tenido que priorizar su utilización institucional, asimismo limitada por la escasez de recursos. Pero debemos aspirar a que los vaticinios sobre la insuficiencia de la fibra óptica que hoy se instala, y que tantas esperanzas nos crea contra el empeño yanqui (por algo será) en privarnos de internet, obedezcan a una insoslayable y dolorosa objetividad material, no a la persistencia de satanizaciones y temores que ni hablan bien de nosotros ni nos harán bien.

En su magnífica intervención en este panel, el colega Víctor Fowler reclamó que desde la escuela se fortalezca el aprendizaje de recursos de la informática como una manera de ensanchar horizontes cognoscitivos, sin esperar a que las computadoras y la red hayan llegado entre nosotros al grado de masividad que necesitamos. En realidad, la educación ha adolecido, no solamente entre nosotros, de menospreciar o desatender lo elemental, olvidando que los elementos son la base de lo más complejo, son la base de todo, del universo.

Desde la primaria disfruté el placer y los beneficios de tener maestros y profesores excelentes, pero en ninguna escuela se me enseñó, ni en la universidad, a manejar el catálogo de una biblioteca, aquellas cajas de madera y tarjetas de cartulina que aprendí a utilizar por mi cuenta, y que a veces extraño ante afanes de informatización insuficientes. Si de la importancia de lo elemental se trata, a veces me tranquiliza que en Cuba llueva poco, aunque sea una tragedia, y que escaseen los paraguas. De lo contrario, no sé cuántos tuertos tendríamos, sobre todo entre la población infantil y en general entre personas de baja estatura, por la cantidad de aquellos y aquellas que no cargan adecuadamente el paraguas: lo llevan aprisionado bajo el brazo, en posición horizontal, por lo que la punta resulta idónea para vaciar ojos. ¿No puede ser eso un asunto para la educación?

Nadie crea que una biblioteca —sea grande o pequeña— puede confiarlo todo a la “sabiduría” de las máquinas. Está por aparecer en Bohemia el elogio que le he dedicado a Araceli García Carranza, eminente bibliógrafa. En ese texto destaco lo necesario que resulta el trabajo de ordenación y clasificación de las publicaciones, para no perdernos en océanos de papeles. Mucho más necesaria sigue siendo la bibliografía en el mundo digital, por la misma proliferación de textos que circulan, y por la anarquía caotizante de los buscadores virtuales, no necesariamente virtuosos.

El soporte no hace que un texto se convierta en otra cosa: un texto es un texto. Fue un verdadero acierto de Ambrosio Fornet proclamar que lo más importante no es salvar la impresión en papel, sino salvar al lector y la lectora, y el hábito de leer. Después de todo, ¿alcanzarían los bosques del mundo para fabricar el papel que las publicaciones requerirían si no existieran los medios digitales? Es necesario salvar al público lector y, con él, aquellos modelos de biblioteca donde el silencio era un aliado fundamental de la lectura. Ahora uno ve y oye cómo hablan en voz alta los lectores, y a veces incluso se gritan de un local a otro los trabajadores de la institución. Eso ocurre en un país, el nuestro, donde el deterioro de las costumbres, de la educación, y no digamos formal, es alarmante.

Lo más importante siguen siendo las personas, y esa es una verdad básica a veces olvidada, como en muchos sentidos olvidamos el valor de lo elemental. Los seres humanos somos lo que somos, y no hemos cambiado tanto a lo largo del tiempo. A menudo hacemos todo lo posible por no cambiar. Y la mala educación puede contribuir a empeorarnos. Repito: no digamos que lo que falta es educación formal, pues el adjetivito puede ser aliado del menosprecio de la educación en el sentido profundo y abarcador en que debemos procurarla y asumirla.

De eso trato en una columna periodística que llevo meses preparando y aún no he logrado colocar. No quisiera publicarla en medios digitales, sino en papel, por una razón: está dedicada, en primer lugar, a nuestro pueblo, y, por tanto, aspiro a que sea leída con alguna amplitud, propósito que tropieza con nuestro pobre acceso a internet. En este encuentro se ha elogiado, merecidamente, a La Jiribilla, revista en la que he tenido la alegría de colaborar. Pero si se hace una investigación sobre la cantidad de lectoras y lectores que esa valiosa publicación tiene entre nosotros, los resultados podrían angustiar a quienes la editan.

Comparto una sospecha, para no decir una certidumbre: los frutos de los medios digitales cubanos, incluso los más centrados en nuestra cultura como tema —el portal Cubarte, digamos—, llegan sobre todo al exterior, no a nosotros mismos. Eso, que resulta natural en la medida en que nuestro país es apenas un pedacito del planeta, debería alegrarnos si nuestra población tuviera un acceso mucho más amplio y sistemático a internet. Pero no es el caso. Por tanto, no podemos ni debemos sino creer que los prejuicios en relación con las redes y su uso están entre los errores y los criterios inflados que nuestras instituciones, a todos los niveles, están empeñadas en erradicar, en someter a una reordenación que no es ni debe ser solo cosa de cifras y datos relacionados con lo económico y lo material.

Otro elemento de la mayor importancia concierne al lenguaje. Como el menosprecio y la extinción del bibliógrafo empobrecen el mundo de la información, y la hacen menos efectiva, el menosprecio y la extinción del editor dañan a los textos. De nada de eso hay que culpar a los medios. Las facilidades, agilidad incluida, que ellos ofrecen, deben ser aprovechadas al servicio de la calidad, no en detrimento de ella. Se habla de medios inteligentes, pero lo único que los medios no tienen es inteligencia. Esa solamente podemos aportarla los seres humanos, y no nos cae del cielo. Necesitamos cultivarla.

No hay razón para escribir mal. En esta mesa, que va siendo “victoriana”, Víctor Casaus habló de lo bello y la imaginación como propósitos cardinales de trabajo en el Centro Cultural que lleva el nombre de Pablo de la Torriente Brau, quien combatió y murió por la justicia y por la belleza. Nada nos autoriza a ser descuidados, y un mensaje de correo electrónico no es motivo para ser lo negligentes que tal vez no nos permitamos ser en una carta. Ambos son textos, son cartas en soportes diferentes, y deben estar bien escritos: uno y otra representan, bien o mal, a su autor. Por ahí empieza la responsabilidad, tanto individual como institucionalmente, desde el título o el encabezamiento de un escrito o una imagen hasta el contenido todo de una publicación.

La cantidad de “Hola, Luis” que recibo —y no siempre con la coma exigida por el vocativo— no creo que sea obra de la originalidad que se esté fomentando desde Jatibonico o Taco Taco, topónimos entrañables, sino influencia directa del Hi! que nos llega del inglés, lingua franca imperial. Ya Fowler se refirió a la necesidad de prepararnos para encarar a nivel de diálogo lo que representa en términos de cultura una potencia como los Estados Unidos, generadora de productos culturales, y anticulturales e inculturales, agreguemos.

Preparémonos para la derogación formal o práctica del bloqueo. Su levantamiento, logro que merecemos, también planteará grandes desafíos. El bloqueo todavía está activo, y no somos ajenos a una realidad internacional en la que el vocablo cine designa de preferencia al cine estadounidense, incluso en nuestra programación televisual. Para nombrar otras cinematografías —sin salirnos por completo de la estadounidense, en la que hay obras valiosas junto a mucha orgía comercial a pulso amparada en aciertos técnicos— hay que acudir a los apellidos: Cine de Nuestra América, Cinema Europeo, o a especificaciones temáticas: Historia del Cine, Espectador Crítico, La Séptima Puerta. Ante eso, si uno se descuida y no piensa bien las cosas, puede acabar diciendo: “¡Menos mal que hay bloqueo!” Desde luego, el autoaislamiento sería suicida.

Esos problemas, incluidos los relacionados con el idioma, son acuciantes. No me detengo ahora en ellos; pero, como otros autores, les he dedicado unas cuantas páginas, y habrá que seguir tratándolos. Cada día me convenzo más de la sabiduría con que los sacerdotes de distintas religiones asumen el deber de repetir como si fuera un arte, o un mandato divino. Si el lenguaje es la expresión material del pensamiento, deberíamos procurar que nuestro pensamiento esté bien expresado: el personal de cada quien, y el de la nación, que es diverso, pero debe distinguirse por ser el de la nación.

No caigamos en trampitas globalizadoras que pretenden vender el localismo de unas pocas aldeas, las metrópolis imperiales, como si fuera propio de una pretensa aldea global. A un mundo uno solamente podrá llegarse plenamente desde las particularidades de cada una de sus partes, y eso no es cuestión ni de vanidad ni de bobería, ni de encerrarse —como el caracol— en su concha para ir con ella a todas partes, ni de andar zonzeando por las nubes. Debemos estar atentos a una convocatoria que no habla de medios digitales en abstracto, sino de la presencia en ellos de la cultura cubana, del empleo que esta puede y debe hacer de dichos medios para crecer, fortalecerse y mantenerse en diálogo con el mundo.

Todo eso debemos hacer sin menoscabar nuestras raíces, sino fortalecerlas con una permanente visión crítica, analítica, valorativa, que nos permita ser cada vez más, y mejor, quienes somos, empeñados en superarnos a nosotros mismos. También por eso regocija que el concurso auspiciado por Cubarte dentro de esta convocatoria, y en cuyo jurado he tenido el gusto de trabajar junto a compañeros que asumieron su tarea con honradez y sentido de responsabilidad, se llame Palma Digital. Somos de donde crece la palma, y hemos de ser sinceros. Eso es también un logro cultural, y político, y ético, si no el mayor de todos.

Luis Toledo Sande

* Intervención en el panel “La cultura cubana ante el reto de las nuevas tecnologías”, de la Jornada de la cultura cubana en medios digitales, auspiciada por Cubarte, Centro de Informática en la Cultura, y celebrada en la Casa del ALBA Cultural, La Habana, del 10 al 12 de noviembre de 2010.

Publicado en Cubarte. EL Portal de la Cultura Cubana, 26 de noviembre de 2010.

http://www.cubarte.cult.cu/paginas/actualidad/conFilo.php?id=16271

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