Nadie pondrá en duda la limpieza con que Silvio Rodríguez, artista fiel a la patria y a la Revolución cubanas —nuestras y suyas—, y que, no será la primera vez que se diga, conoce y recuerda la semilla de donde venimos y la vida que somos, ha insistido en que la Revolución necesita evolucionar. Pero a simple vista el reclamo parece un contrasentido pleonástico. ¿Pedir que evolucione aquello que por definición es un acto de evolución constante, la evolución por excelencia o, si no la mejor, la mayor de todas?

Sin incinerar ni adorar legados ideológicos con nombres propios —ni atascarnos en juegos verbales que buscan vestir de universalidad intemporal las angustias del día, y, si cabe, triturar cuanto huela a comunismo—, repasemos algunos principios. Una Revolución se agota a sí misma o es permanente, lo que no debe confundirse con torbellinos irracionales mal gobernados. Significa que es capaz de hallar respuestas a los desafíos que le salgan al paso o estén ya en su camino, o se asfixia en la parálisis, désele el nombre que se le dé como régimen sociopolítico, y por muy justiciero que este procure ser, y hasta sea.

Alguien que conoce un terreno en el que ha sido protagonista epónimo ha dado del concepto revolución definiciones que nuestros medios reiteran: definiciones que, entre otras exigencias políticas, ideológicas, sociales y éticas, y culturales, incluyen la de “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Sin necesidad de manipulaciones dolosas, la formulación permite leer en ese todo genérico los plurales correspondientes: todos y todas. La terca vida se encarga de corroborar que nada ni nadie vive al margen de la necesidad del cambio.

La relativa tranquilidad con que, a diferencia de tanta burda manipulación externa, la población cubana reacciona ante los anuncios de cambios resumidos en la frase/fórmula reordenamiento económico, tiene por lo menos dos asideros que se interrelacionan y deben analizarse adecuadamente. El primero se halla en la facultad extraordinaria que solemos llamar sentido común. El segundo a los efectos de este intento de explicación, no por su importancia, remite a lo acostumbrado que el pueblo cubano está a confiar en que la dirección del país actúa guiada por el afán de justicia: sus medidas son democráticas en esencia, porque se piensan para el bien del pueblo y se adoptan desde un poder asentado sobre una Revolución raigalmente popular. Vistas así las cosas, nada habría que discutir.

Pensemos en el primer asidero. No hay que deshacerse en explicaciones para afirmar que un modelo económico que a todas luces —incluyendo difamaciones lanzadas por sus enemigos y justas autocríticas hechas desde su propio seno— es inoperante de hecho para conseguir el bienestar que se le debe proporcionar al pueblo, necesita cambios. Lo dicen las trabas burocráticas, la falta de correspondencia entre salario y poder adquisitivo, la improductividad asociada a la insuficiencia de estímulo salarial (que debe ser vista como causa y consecuencia a la vez de los bajos logros productivos), las deficiencias y el deterioro de los servicios públicos, sin excluir los priorizados y más representativos del carácter democrático del modelo. Lo dice, en fin, una vida cotidiana poco amable.

Tal estado de cosas puede conducir a la parálisis o al derrumbe, y nada le vendría peor a un pueblo empeñado por más de medio siglo en construir una sociedad justiciera que retornar al sistema opresivo del cual empezó a librarse en 1959. Esa fue una victoria alcanzada gracias a una lucha que antes y después ha costado y costará sacrificios signados por sangre y sudor. La vuelta al capitalismo pondría todas las armas —no es una metáfora— en manos de quienes han estado todo este tiempo intentando frustrar un afán constructivo en el que ha confiado su mayor protagonista, el pueblo. Tal es la raíz de una convicción: urge introducir cambios indispensables para salvar la orientación del proyecto político, las conquistas alcanzadas con él y la posibilidad de seguir desarrollándolo antes de que improductividad, insolvencia, agobios cotidianos y desencanto sigan minándolo y puedan destruirlo.

Con mayor o menor grado de conciencia, esa convicción está —junto a la costumbre antes señalada— en la base más ostensible de la actitud con que el pueblo cubano ve los replanteamientos económicos en marcha o anunciados. Para los fines del presente artículo, esa reacción popular no exige mayor análisis. Se trata de cambios que la vida reclama, y es preferible no demorarlos más ni dejarlos a la precipitación de lo inevitable, que impediría gobernar las cosas. Urge, pues, aplicarlos con todo el cuidado necesario. Ocasionarán traumas inevitables en cualquier ajuste económico de envergadura, pero preferibles a la inercia. Ella causaría males más desgarradores e incontrolables que los derivados de la acción consciente y bien orientada: lo mejor orientada posible en nuestras circunstancias.

El otro elemento, el de la confianza en que todo se hace para bien del pueblo, quizás requiera una valoración más cuidadosa. No solo porque la inevitable falibilidad humana y los resquicios de la mala conciencia pueden generar estragos, sino porque esa confianza se da junto con una inercia asociada a la falta de iniciativa personal, y a la seguridad con que periódicamente ante cambios anteriores se afirmó que esos sí jalonaban el camino correcto.

La insuficiente iniciativa no es única ni principalmente una deformación de individuos, sino el fruto de un modelo. Añadamos que ahora acerca de él resulta fácil decir que no funciona, como si nos hubiera caído del cielo y no hubiera sido el resultado de una opción de dirección y control sociales en la que hemos participado todos, aunque haya habido y siga habiendo en ello diferentes grados de responsabilidad. La participación del pueblo ha de crecer en todo, pero no sustituirá en sus deberes a los órganos de dirección competentes.

Un modelo que puede mantenerse sin ser productivo, que no sea garantía de que la nación viva de sí, sino en los veleidosos hombros de la “subvención” solidaria o de transacciones económicas insostenibles en un mundo no diseñado para la generosidad y, por añadidura, sujeto a una crisis sistémica planetaria, explica que haya quienes vivan de espaldas al trabajo. Ambas cosas resultan nocivas para un ideal de justicia que no puede alcanzarse sin el mejor aporte de todos, que empieza por ser el de cada individuo. Como cualquiera de sus ciudadanos honrados, hace bien el presidente de la República de Cuba cuando convoca a dejar sin fundamento una expresión —en parte verdad y en parte calumnia— con que los enemigos de la Revolución han querido desacreditarla, y que nosotros mismos, en una inercia que está lejos de beneficiarnos, repetimos como si fuera un chiste. Pero, si lo fuera, sería de pésimo gusto: “en Cuba se puede vivir sin trabajar”.

Incontables ciudadanos y ciudadanas que trabajan y han enfrentado denodadamente sacrificios y privaciones, merecen que se elimine la falacia de esa realidad y la realidad de esa falacia, y que nunca más se repitan: son insultantes, y quienes no practicamos la vagancia tenemos derecho a repudiarlas. Quien la practique merece el tratamiento moral y educativo, y legal, que corresponda, y afrontar las consecuencias de sus actos si opta por seguir viviendo del trabajo ajeno, y de lacras como el robo, comoquiera que se le llame.

En un estimulante coloquio sobre el socialismo del siglo xxi —tema que he rozado en otros textos aparecidos en Cubarte— alguien “culpó” a la Unión Soviética de habernos vendido “un modelo económico que aceptamos a falta de otro, por nuestra inexperiencia en la construcción del socialismo”. Pero, hasta donde sabemos, la URSS no nos obligó, misil en el pecho, a comprarle el modelo. Lo más saludable sería ver no solamente qué nos queda aún de él, y si lo que nos queda es útil, sino hasta qué punto lo adoptamos porque nos pareció un buen instrumental administrativo al servicio del programa que no tardó en acometer la llamada Ofensiva Revolucionaria. ¿Fue inevitable? Hay quienes piensan que sí. ¿No debió rectificarse antes? Más de cuarenta años después nos proponemos reavivar, poner a caminar nuevamente, un cuerpo que todo ese tiempo ha permanecido en reposo forzado, aparentemente al menos, con las consecuencias que sabemos, y quizás más.

Cosas que no nos gustaron de la Unión Soviética no las adoptamos. Basta recordar una política de coexistencia pacífica que la URSS tendría motivaciones para abrazar, aunque solo fuese por la imposibilidad de enfrentar militarmente con éxito al imperio en lo que habría significado —como ahora se aprecia y se predica— la destrucción del mundo. Por nuestras circunstancias, nosotros teníamos derecho a ver en esa política un modo de acatar los designios de un imperio que hoy sigue manteniendo a su antojo la carrera belicista.

Cuba era un país asediado, y sus pobladores llegaron a creer que la URSS lo defendería de una agresión mayor, cuando en realidad lo habría abandonado a su suerte después de haber instalado en él armas nucleares que unilateralmente decidió retirar ante presiones de la potencia enemiga, que materialmente podía arrasarnos. Pero la pequeña nación defendió sus principios y, por ejemplo, combatientes suyos coadyuvaron a revertir el apartheid en África. Lo ha reconocido un Nelson Mandela grande y tan real como simbólico.

La falta de iniciativa laboral puede expresar otros modos de una misma inercia: la costumbre, forjada por un modelo altamente centralizado, de dar por buenas las medidas y las orientaciones que bajan de las alturas. Si el socialismo no desarrolla un funcionamiento de plena participación popular, desde la administración de un taller hasta el empleo de los recursos de la nación, ¿podrá generalizarse un pensamiento creativo capaz de llevarnos a las cumbres que necesitamos alcanzar? Las ciencias sociales y la prensa tienen misiones que cumplir en ese empeño, y debe exigírseles y permitírseles que las cumplan, lo que hará rabiar a oportunistas y a pragmáticos, y a sus hibridaciones posibles.

La experiencia del otrora Campo Socialista, y —coletilla que llegó a ser rutinaria entre nosotros— especialmente de la Unión Soviética, es relevante. Sociedades educadas en la costumbre de acatar orientaciones, o simular que las acataban, con un partido rector hecho a recibir indicaciones y, si acaso, comentarlas, más que a discutir los problemas y buscar soluciones desde la base, aceptaron la última orientación recibida de los niveles superiores: disolver, con un socialismo real en que pugnaban res y rex (realidad y realeza), todo lo que oliese a socialismo, empezando por el partido, y entregarse a la “fruición” capitalista.

De lo contrario, ¿se habrían dado cambios tales sin manifestaciones visibles de la capacidad de lucha con que se logró la victoria revolucionaria en 1917? Aquellos cambios ocurrieron sesenta y tres años después de esa victoria. Ya las generaciones llamadas históricas —con su figura mayor, Lenin, muerto prematuramente— habían dejado la escena. Nuestro caso no es idéntico. Para no entrar en otros detalles significativos, apuntemos que desde el enero victorioso hasta hoy han transcurrido casi veinte años menos. Pero un par de décadas no son ni un pestañazo histórico. Ahorrémonos el lugar común del entrañable tango.

Impidamos, por todos los medios, que nos invadan mecanismos de resignación como los que menguaron a aquellas sociedades. No demos por sentado que estamos a salvo de males y peligros parecidos. Incluso amigos y amigas de la Revolución Cubana en distintas partes del mundo pueden haber visto con preocupación algo que entre nosotros pasó como un hecho natural, aunque parece —no conozco prueba documental de ello— que gran parte de la ciudadanía también lo consideró impropio. La Central de Trabajadores de Cuba (CTC) cumplió la tarea de informar que el país experimentaría una compleja reordenación laboral.

En el camino hacia esa reordenación las instituciones u organismos, incluidos los órganos de prensa, deben cumplir sus funciones, ya representen a la dirección oficial del país, o en especial a los trabajadores, a un género determinado, a la juventud, a la infancia… Todos deben servirle al pueblo en el proyecto de justicia, pero cada uno tiene ángulos, contenidos y responsabilidades particulares por los cuales regirse. La trascendental reordenación ¿no debió anunciarla el Ministerio del Trabajo y la Seguridad Social, u otro, y la CTC declarar que apoyaría los requerimientos de la nación, de la patria, y velaría para que los cambios se llevaran (se lleven) a cabo con estricto respeto a los derechos de los trabajadores y las trabajadoras? Eso, dicho sea de paso, es un modo básico de cumplir principios socialistas.

Si tal debió haber sido el modo de operar cuando aún la inmensa mayoría de la propiedad era, es, de sello estatal, mucho más lo será cuando aumenten la pequeña propiedad privada y la fuerza laboral (seres humanos) que se desempeñará en ella. Será todavía más necesario revertir una inercia, pasividad, resignación o como se le llame, opuesta a la capacidad de iniciativa y a la defensa de derechos que forman parte del ser o no ser del socialismo. Pero hay más detalles en el órgano, y algunos de ellos veremos en próximos textos.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana, 27 de diciembre de 2010

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