La Universidad de La Habana está de cumpleaños. Quienes —incontables— estudiamos en ella, asumimos como nuestra la celebración. La historia de ese centro de enseñanza está profundamente unida a la del país, al que ha dado grandes frutos, a pesar —en gran parte de su trayectoria— de los intereses dominantes por y para los que fue creada. Nacida en una colonia de la Corona española, que contaba con el apoyo de la jerarquía católica, se instituyó como Real y Pontificia. No es menudo el detalle.

Como parte de la tenacidad progresista, y a menudo fértilmente revolucionaria, de sus estudiantes y sus profesores de vanguardia, y al calor de las luchas emancipadoras de la nación cubana, de su pueblo, esa institución, que a lo largo del camino ha tenido más de un nombre, lleva una buena cantidad de décadas siendo la Universidad de La Habana, sin más. Como saldo, y como la realidad que la caracteriza, esa es la que ha llegado a doscientos ochenta y tres años, dentro de los cuales queda subsumido y largamente rebasado el tramo, significativo, en que tuvo aquellos rótulos: no son precisamente para abrazar por parte de un país al que le costó una cruenta lucha librarse del estado colonial en que lo mantuvo sometido una monarquía, carcomida, huelga decir.

Con merecido júbilo salúdese —saludamos— por su venerable edad, y por su productivo devenir, a esa Universidad. Cuando se estableció como Real y Pontificia, y aún mucho tiempo después, se habrá dicho que nació el 5 de enero del AD (Año de Dios) 1728. Hoy, en términos institucionales propios del país, de la nación, de la patria, del Estado laico, del pueblo —no en los modos como individualmente o en lo privado cada quien la llame con el derecho de la opción personal y la indispensable libertad—, vale recordar que la Real y Pontificia fue establecida en aquella fecha por la Orden de los Hermanos Predicadores, los dominicos, en virtud de una bula de 1721: es decir, Vaticano mediante.

Sin olvidar ni menospreciar ninguno de sus tramos, ni abosolutizarlo, celebremos —celebramos— el aniversario 283 de la Universidad de La Habana, verdadera y laica, con los brazos abiertos a todas y a todos, como la estatua que en la histórica escalinata simboliza desde 1927 al Alma Mater, madre nutricia de los estudios.

Luis Toledo Sande

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