“Los rostros de la izquierda”, artículo del compañero Jorge Gómez Barata, lo publicó hace días la revista digital Moncada, y sigue siendo sugerente. “La izquierda es la más entusiasta e imaginativa de las fuerzas políticas, la que más adjetivos colecciona, no se avergüenza de sus utopías y es precedida por su retórica; a veces desmesurada. Tal vez por eso […] un lector fraterno me recriminó ubicándome como parte de una ‘izquierda minimalista’. Según él, el realismo con que yo escribo desmoviliza porque la gente necesita sueños”, dice el experimentado periodista, y honradamente añade: “Tal vez él cree que yo no los he tenido”.

No hurguemos en cómo algún “teórico” haya calificado de minimalista o maximalista a la izquierda o a la derecha. Lo citado lo escribió un periodista de larga brega revolucionaria, y por eso mismo sus juicios hacen pensar aún más en lo calamitoso de tiempos que podrían verse no ya como “prueba” de la necesidad del sentido práctico, sino del pragmatismo, actitud “desideologizada” y uno de los rostros de la derecha, o expresión de sus entrañas.

Gómez Barata responde a su impugnador con citas de Carlos Marx resumibles en esta: “La ciencia es ruda, crudamente realista y sus conclusiones deterministas e indiscutibles, pueden ser o no aceptadas, aunque no torcidas, ni siquiera para adaptarlas a ‘realidades concretas’”. Con razón el periodista escribe: “No creo que el realismo consustancial a una perspectiva histórica metodológicamente correcta sea paralizante, aunque sí puede ser moderador y ello no es defecto sino virtud. El realismo sirve de base al optimismo histórico”. Y concluye que, “en términos estrictamente científicos”, “el socialismo no ha desaparecido porque no ha llegado; no pertenece al pasado sino al porvenir y cuando llegue, nos daremos cuenta porque no será menos sino más democrático y más justo que el capitalismo realmente existente”. Más allá (y más acá) de lo escrito, mueve a reflexión útil.

¿Son menos justos que el capitalismo los afanes y logros socialistas cubanos? Si Marx no hubiera existido, o sus papeles no hubieran llegado a conocerse, ¿no habría habido lucha contra el capitalismo que él estudió —no fue el único en hacerlo— para transformar el mundo? Una señal de atascamiento en actitudes biblistas —y esto no va contra la Biblia, sino contra ciertos modos de leer— fue tomar textos de Marx, y de otros, para validar lo que se hacía, saliera o no saliera bien. Otra señal podría localizarse en citar a Marx para desautorizar los sueños con que él, pilar de la Primera Internacional, escribió su obra.

Ningún sabio nos exonera del deber de asumir y enfrentar rectamente la realidad. Y para cualquier plan político es un grave error usar las ciencias sociales, la prensa y en general las ideas como simples avaladoras de la práctica seguida, y no buscar en ellas claves para descifrar las circunstancias. De paso, cabría ver en qué medida los mismos inspiradores del plan abrazado tendrían razones para impugnar esa práctica.

Cada quien responde a intereses, y a su entorno. No basta ser lúcido y saber qué debe hacerse: el contexto impone límites. Pero resignarse a él puede acarrear que los límites sean más asfixiantes aún. Probablemente el socialismo “posible” en un mundo dominado por el capitalismo resulte muy esmirriado, o no bastante socialista. Debe deslindarse qué se puede hacer y qué quisiera hacerse, para que esto perdure como ideal y sea factible algún día.

Nada libra de la responsabilidad de pensar por cabeza propia, sin tornarse esclavo de la realidad ni desconocerla, y sin sustituirla por los sueños ni abandonarlos. Ellos pueden ser un motor potente para enfrentar la realidad, tanto más cuanto más chata y grosera ella resulte. Ni en política se debe confundir realismo con naturalismo. Marx no tuvo que dirigir un país —dato nada menudo—, pero fue quien fue gracias a un permanente debate con idealismos trasnochados y con positivismos frustrantes, extremos que se tocaban, se tocan.

Para transformar acertadamente la realidad es necesario conocerla, pero arrodillarse ante ella impediría transformarla. Que el socialismo no se haya logrado plenamente en ninguna parte del mundo, y no estemos en una época en la que resulte fácil prever tal logro, no niega que los esfuerzos por construirlo forman parte de él. Sin ellos, sin los tanteos y errores insoslayables —y sin reconocerlos y actuar en consecuencia—, difícilmente pueda construirse alguna vez. Cabría entonces la conocida expresión popular: “Apaga y vamos”.

El honrado reclamo de objetividad por parte de quienes han tenido sueños y los han defendido, alerta contra ciertas posturas “realistas” desde las cuales en ocasiones se nos quiere aleccionar. Ante el fuego, a veces ocurre que alguien que se ha creído encarnación de ardor ideológico reclama que nos bajemos de la tribuna propagandística.

La propaganda es buena o mala según la inteligencia y la honradez con que se haga. A José Martí podemos y debemos ir en busca de claves para interpretar y transformar un mundo que, desequilibrado por la presencia hegemónica del imperialismo, no es completamente distinto del suyo, aunque medien más de un siglo y diferencias de envergadura, abismales incluso. Pero a ese revolucionario, que echó de verdad su suerte con los pobres de la tierra, también podemos acudir en busca de aval o reprobación, según corresponda.

Personificación él mismo de la virtud que alabó a una revista —“el don de propaganda, de esparcir, de comunicarse, de meterse por el mundo”—, Martí sostuvo: “Hay propagandas que deben hacerse infatigablemente, y toda ocasión es oportuna para hacerlas”. Si alguien nos invita a bajar de la tribuna ideológica, habría que conocer sus propósitos. Quizás algún jacobino extremado, y desilusionado al ver que la Revolución Francesa se desbarrancaba por el camino del Imperio, llamó a jeter par terre (echar por tierra) los ideales renovadores, progresistas, que aquella Revolución había estimulado, aunque básicamente sirvió a la clase dominante que capitalizó el esfuerzo y los sueños —fuerza movilizadora— de las masas.

Si con el agua sucia de errores, voluntarismos y terquedades arrojáramos bañera, voluntad y sueños, acabaríamos paralizados, como la ancianita que intenta sobrevivir vendiendo maní en Suite Habana, película de Fernando Pérez. Que ciertas socializaciones innecesarias o excesivas nos hayan dañado, no es para olvidar un hecho: las necesarias, que —salvo para soñadores de recia voluntad— serían impensables el 31 de diciembre de 1958, y todavía algún tiempo después, posibilitaron conquistas que abonaron sueños y sacaron a Cuba del camino en que la habría mantenido la resignación pragmática ante “lo posible”. Se lograron porque el país se libró de poderosos monopolios gracias a las nacionalizaciones que, desde la celebración de un acto multitudinario inolvidable, pusieron de moda la expresión “¡Se llamaba!” para aludir a ellos. Aún resuena “Cuba sí, Cuba sí, Cuba sí que yanquis no” en la voz y el acordeón del amigo colombiano Alejandro Gómez Roa, quien felizmente vive.

Renunciar a los sueños en nombre de lo “científico” podría ser un modo de no seguir defendiendo las conquistas generosas que Cuba logró con su proyecto revolucionario, que no es socialismo consumado, pero mucho menos será ni debe ser capitalismo. Dejar de defender esas conquistas —aunque no sea más, ni menos, que a nivel del pensamiento, de la inconformidad lúcida y soñadora con lo hecho— sería ya una manera de ir perdiéndolas.

La importancia de no someterse a los designios de lo que el pragmatismo avale como factible, de no resignarse a lo que una computadora de media higa —o de mil— califique de viable, no es novedad para Cuba. De plantearse su vanguardia lo imposible se derivó su existencia como nación independiente, cualesquiera que hayan sido o sean las vicisitudes de su independencia en medio de un mundo lleno de veleidades, crisis y conversiones. Nada nos autoriza a desconocer lo inapelable de un mandato de Martí en “Crece”, artículo aparecido en Patria pocos días antes de que el Partido Revolucionario Cubano entrase en su tercer año de vida, hecho que él saludó en el mismo periódico con un texto cuyo subtítulo señalaba, señala, “El alma de la Revolución, y el deber de Cuba en América”.

“Crece” es quizás el único texto donde, en medio de obstáculos que muchos tendrían por invencibles, Martí dio cabida palmaria a la posibilidad de que la revolución que él preparaba no triunfase. Pero ni ello lo animó a refrendar parálisis y resignaciones, sino a reclamar que se hiciesen bien las cosas: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución”, dijo, para añadir: “Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana. Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.

También sostuvo: “Ni hombres ni pueblos pueden rehuir la obra de desarrollarse por sí,—de costearse el paso por el mundo. En este mundo, todos, pueblos y hombres, hemos de pagar el pasaje”. Tenía delante un monstruo cuya expansión les parecería indetenible a los positivistas que, rindiendo culto a la razón instrumental, la justificaban; pero del empeño de frenarla viene la nación cubana en la que hoy podemos crear, sufrir, soñar, equivocarnos, acertar, afanarnos en vencer, sin más bandera que la nuestra ondeando en el Morro.

Frente a desafíos que Cuba tiene ante sí, estimula leer textos como uno reciente de Camila Piñeiro Harnecker. Joven profesional con quien no he cruzado palabra, no se le siente dominada por la inercia ni por ilusiones nubáceas, ni por el pragmatismo. Tendrá tiempo de aprender a escribir mejor; pero ya en “Cuba necesita cambios”, artículo publicado en Espacio Laical (número 4, 2010), sabe reclamar bien que, de ignorar las aspiraciones individuales, no pasemos a verlas como única o principal “palanca o motor de la actividad económica”, pues ello sería un eficaz modo de echar por tierra los sueños de justicia social.

Sin reparar —pues tal vez no sea el caso— en que actualmente el título de filósofo se prodiga con una facilidad escalofriante, da gusto leer, bajo el título “La felicidad es una idea fundamental”, el “Diálogo con el filósofo francés Alain Badiou” que “desde París” ha lanzado Eduardo Febbro y se publicó en Página/12. Expresa que su entrevistado, “el pensador francés más conocido fuera de las fronteras de su país y el más revulsivo [sic] y sugerente”, “no ha renunciado a defender la idea del comunismo y su visión igualitaria del hombre y la sociedad. Su mirada atraviesa toda la problemática contemporánea e ilumina aspectos tan mitificados como las nuevas tecnologías y su aparente ilusión igualitaria. En su último libro avanza sobre la potencialidad del amor y su posible ‘valor revolucionario’”.

Desde ese reconocimiento —que emocionará seguramente a nuestra Fina García Marruz, autora del libro El amor como energía revolucionaria en José Martí—, el entrevistador señala que “Badiou no ha renunciado nunca a defender un concepto al que muchos creen quemado por la historia: el comunismo”. Se entiende entonces esta caracterización del pensador francés: “convoca con método a repensar el mundo, a redefinir el papel del Estado, traza los límites de la ‘perfección democrática’, reinterpreta la idea de República, reactualiza las formas posibles y no aceptadas de oposición y pone en el centro de la evolución social la relegitimización de las luchas sociales”. En estos días ha vuelto a circular un artículo que se ha reimpreso en incontables ocasiones, incluso por la misma Monthly Review, desde que en mayo de 1949 ella lo publicó en Nueva York, no en Moscú: “¿Por qué el socialismo?” No es obra de un político de oficio, sino de Albert Einstein, nada sospechoso, que sepamos, de haber sido vocero encubierto del Kremlin de entonces.

No tenemos que sucumbir al materialismo contemplativo de Feuerbach, reprobado por Marx en célebres tesis, para alegrarnos al saber que no solamente en un país asediado por la agresión imperialista y angustiado por sus insuficiencias internas hay quienes hoy siguen soñando con la justicia comunista, aún más lejana en los hechos que la consumación del socialismo. Con respecto al gran “problema de la transición” hacia este sistema, en un texto difundido recientemente por Rebelión ha citado Homar Garcés al pensador István Mészáros, húngaro de nacimiento y no precisamente prosoviético: “la transición hacia el socialismo en escala global que Marx concibió ha adquirido hoy una realidad histórica nueva y más urgente, en vista de la intensidad y severidad de la crisis en evolución”.

Eso afirma el autor de La crisis estructural del capital, a quien la Venezuela Bolivariana otorgó el Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2008, y en todo ello se piensa desde Cuba, y estará pensando especialmente la dirección de este país, cuando se tienen por delante cambios y reordenamientos que no son meros detalles, y para los cuales no es precisamente tiempo lo que nos sobra. Viene a la memoria un apunte escrito por Martí a sus dieciocho años: “Un detalle en el órgano es a veces una revolución en el sistema”.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana, 7 de enero de 2011

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