La publicación el 22 de diciembre pasado, en Granma, de un artículo del colega Pedro de la Hoz —“Gustavo Eguren, un modo de ser útil”, merecido elogio póstumo a ese destacado narrador cubano y estupenda persona— me animó a poner en blanco y negro un artículo que hacía algún tiempo ya que me rondaba. Helo aquí.

El eminente historiador Julio Le Riverend, culto, de gran profesionalidad y elegante escritura, y laborioso en grado sumo, sonreía hablando de “la maloliente casta de los intelectuales”. Se refería irónicamente a prejuicios —menosprecios, sobrevaloraciones, envidias, petulancias— que en el mundo vienen dando tumbos desde que la división social del trabajo marcó el deslinde entre dos bandos ocupacionales que acabaron siendo llamados trabajadores manuales, uno, y trabajadores intelectuales, el otro.

No se habrá repetido lo bastante que la palabra clasificación tiene a clase en el cogollo, y aplicada a los grupos humanos mencionados sobrepone a la realidad velos diversos, a veces interesados, cuando no urdidos con intenciones poco sanas. Con variantes, protagonistas y locaciones diferentes existe una anécdota que apunta a esa realidad por vericuetos jocosos. En Cuba se cuenta que si alguien lo llamaba poeta y él percibía en ese tratamiento el asomo de una pulla o algún tonito zumbón, Nicolás Guillén contestaba: “Más poeta es usted”.

Además de que la división mencionada es de suyo engañosa, y no siempre se aplica con la debida amplitud, todo trabajo honrado tiene su dignidad y es útil. Agreguemos que las fronteras, en este caso y en otros, pueden ser factualmente inciertas. No se podrá premiar por original —pero sí quizás reconocérsele que no carece de sentido común— a quien sostenga que, tanto en el desempeño de un cirujano o de un estomatólogo como en el de un pianista, para no citar más que unos pocos ejemplos representativos, las manos son medios fundamentales, mientras que un ebanista y un tornero desarrollan labores que también requieren poner en acción la inteligencia, junto al buen gusto y a la delicadeza para el acabado de los productos respectivos.

Otro de los muchos equívocos relacionados con este asunto, y que no se agotan ni de lejos en las presentes notas, intentaba deshacer en el aula la eminente profesora Beatriz Maggi, a quien tanto debemos quienes fuimos sus alumnos en la Universidad de La Habana. Como vacuna contra cierta soberbia profesional, o aspirante a serlo, solía decir que intelectual e inteligente no son sinónimos. Me parece estar viendo la expresión de su rostro cuando decía cosas como esa. Y tenía y tiene razón la inteligentísima intelectual, a quien alguna vez vi en la cafetería de la Escuela de Letras y Arte haciendo a mano limpia estropajos —habían desaparecido de nuestro mercado— con los aros metálicos que en aquellos años servían de sello de seguridad, ¡oh, memoria imprudente!, a populares envases de yogur.

Como vengo transitando por recuerdos, me viene a ellos la vez en que, a propósito de la estupenda puesta en escena del Galileo de Bertolt Brecht por el actor y director cubano Vicente Revuelta con el Grupo de Teatro Estudio, la misma profesora mencionada escribió un agudo artículo en el cual terció, más que por los méritos intelectuales adorados en sí mismos, por la dignidad cívica del intelectual y sus deberes como ser humano en la sociedad. Entonces alguien con crédito de revolucionario vehemente, de guardián ideológico de la cultura socialista —como si exigiera: ¡todo dentro de ella!—, se apeó de súbito con una refutación contra Beatriz Maggi, en nombre de algo así como la autonomía de los méritos del intelectual. No pasaron muchos años sin que aquel refutador se radicara fuera del país, y empezara a rendir culto apasionado a escritores y poetas contra quienes él mismo habría embestido antes, o embistió, en nombre de la verticalidad revolucionaria.

Si bien no es cuestión de relacionar mecánicamente las cosas, algunas son sugerentes y remiten a otras. “La vida te da sorpresas, ¡ay Dios!”, aunque ya quizás cada vez menos que cuando Rubén Blades compuso Pedro Navaja. Dejemos tal decreciente posibilidad de sobresaltos para otra ocasión. Ahora limitémonos a algunos de los prejuicios que rodean en particular a la tarea de los escritores. Determinadas mistificaciones elementales brotan quizás del hecho de que, para hacer su obra, un escritor utiliza el mismo instrumento con que se comunica la generalidad de la especie humana: el idioma. Pero manejar un bisturí para sacarle punta a un lápiz no es lo mismo que utilizarlo en una intervención quirúrgica.

Menos probables resultan los equívocos cuando se trata, digamos, de la danza, o del boxeo. Salvo excepciones, todo el mundo se mueve, y es capaz de golpear; pero no todo el mundo es bailarín o boxeador, ni cree serlo, aunque para creencias se han hecho los creyentes, algo que no se agota en el terreno religioso, ni se menciona aquí precisamente por él. También fuera de la religión suscita disquisiciones, en las que acaso esta artesa participe alguna vez. En Cuba sabemos lo que la sabiduría popular concentra cuando se dice que alguien… se cree cosas.

El título de un programa televisual cubano, que merecería tener segundas partes buenas —distintas, como él, de ciertos espectáculos denigrantes capitalizados por televisoras de otras latitudes—, proclamaba que Todo el mundo canta; pero no todo el mundo es cantante. De modo similar puede decirse que todo el mundo habla, aunque sea por señas, pero no todo el mundo es orador. Todos los seres humanos pintamos algo en la vida, pero pintores, lo que se dice pintores, no hay tantos, aunque probablemente Cuba rompa con creces el promedio por país, a nivel mundial, en cuanto a número de esos artistas. Solo que eso no es tema para estas líneas.

Sin embargo, con escribir pasa que a veces ni siquiera se le considera trabajo, y hay quienes estiman que es un entretenimiento digno de jubilados, o tarea para compartir a medias o más con secretarias, aunque luego ellas no aparezcan en los créditos de los textos ni las beneficien los derechos de autor, y deban conformarse con lo que institucionalmente se les paga para que hagan otras labores. El papel de los escritores y las escritoras fantasmas se ha tratado hasta en el cine, y merece seguir siendo objeto de atención. Pero este artículo —cuyo autor tiene sus propias vivencias al respecto, no siempre hilarantes, y alguna ha contado en otras páginas— se refiere centralmente a ciertas valoraciones falaces destinadas en general al oficio de escribir.

Para algunos, esa es una tarea propia de quienes no tienen algo más útil que hacer, o que no se aplican “con todos los hierros” a tareas de mayor o verdadera utilidad social. De ser blanco de prejuicios tales no se libra automáticamente nadie. Ni siquiera quienes estén entregados cada día a altas responsabilidades políticas dentro de un experimento revolucionario como el cubano. Una vez, hallándome fuera de Cuba, y sin ánimo de que él lo supiera —ni tiene por qué enterarse—, me tocó defender al Ministro de Cultura de nuestro país, quien, además de cumplir la función que cumple en ese frente, es autor de obra conocida. La defensa, o esclarecimiento, respondió a falsas murmuraciones que lo situaban al borde de una defenestración inminente.

Los comentarios tenían asidero en el hecho de que, para terminar un libro, se le había concedido una licencia laboral, como puede necesitar cualquier trabajador, y que en su caso fue incluso breve, creo recordar. Por circunstancias diversas yo sabía que esa licencia no era la antesala de una destitución, y se lo dije a quien me trasmitió, con el dramatismo de alguien “preocupado por los destinos de la nación”, la nociva habladuría. Su modo de proyectarse hacía pensar en alguien dotado para el “arte” de la intriga, y era evidente que disfrutaba vaticinando, como un gurú informado de buena tinta (tinta “divina”, claro está), que pronto cesaría en sus funciones un ministro cuyo desempeño ha sido beneficioso para el país.

Los intrigantes suelen ser los primeros entre quienes, en la primera oportunidad que se les presenta, se esmeran, urbe et orbe, en saludar y elogiar, rendirles pleitesía, a personas de elevada posición: cuanto más elevada sea esta, más se afanan ellos en congraciarse. Procuran servirles con ostensible esmero, y hasta con eficiencia —cualidad que no está necesariamente reñida, ni mucho menos, con la adulonería—, aunque luego vuelvan a la carga con su mayor pasión: las comidillas, que echan a rodar como bolas de nieve asfáltica rodeada de calígine. Si supieran escribir, quizás legarían a la humanidad largos tratados sobre esas “artes”; pero… ¡no venga a nosotros ese cáliz!

Quien me trasmitió aquel cuchicheo acerca del Ministro, o contra él, no se veía dispuesto a quedarse sin “base” para seguir propalando lo que él “sabía”. Desmentido en su “conocimiento”, según el cual el dirigente habría caído en desgracia y le quedaba poco en su cargo —de eso hace alrededor de dos años, y la “información” sigue desmentida por la realidad—, buscó en su carcaj de dardos “morales” y, como si condensara en su voz con título de exclusividad y desde lo más profundo las virtudes para salvar a la patria, la Revolución y el socialismo, lanzó el único que halló válido en esa ocasión: “Estos no son tiempos para estar escribiendo”.

¿Será que escribir es apenas un placer genial, sensual… y cancerígeno, del que debe sentirse avergonzado quien lo disfrute, aunque a nadie espere tras los cristales de alegres ventanales? ¿Será que debemos postrarnos ante pragmatismos variopintos que coinciden en someterse a lo más productivo: es decir, a lo que más aúpan y aprovechan las prácticas sociales más ramplonas, cuando no el mercado? ¿Será?

Las profesiones y los oficios, cualesquiera que sean, no son dignos per se. Los dignifica de veras la actitud de quienes los desempeñen. La medicina, los sacerdocios, la diplomacia, la física nuclear, la política, la economía, la docencia, la herrería… no determinan automáticamente la condición del médico, el sacerdote, el diplomático, el físico, el político, el economisma, el maestro o profesor, el contador, el herrero… En general, la virtud de una ocupación depende medularmente de cómo cada quien la conciba y la ejerza, y del uso que les dé, y se les dé, a los frutos cosechados en ella.

Por ahora —sin caer en la trampa de valorar a unos géneros literarios más que a otros—, solo aseguro que escribir honrada y apasionadamente es, además de una vocación, un trabajo de significado social, y cuesta un esfuerzo que incluye, junto con desgaste visual físico, trabajo manual notorio, hágase con pluma de ganso, lápiz, estilográfica, bolígrafo o computadora. Algo así no puede decirse de la abominable dedicación a intrigas y murmuraciones, ni de su habitual hermana gemela, la adulonería, aunque ocasional y hasta largamente ellas puedan resultar más rentables que la discreta y a menudo mal pagada honradez. Después de todo, para quien la practica, si lo hace de veras convencido, no hay mejor ni más deseable remuneración que el placer de vivirla. No es cosa de posición ni de clasificaciones laborales.

Luis Toledo Sande

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