Dos de las hornadas más relevantes en la política y en la cultura de la República neocolonial cubana se designan comúnmente con años: 1930 y 1950. Por ello 2010, tramo en las conmemoraciones decenales respectivas, marcó y dejó abierto un camino para ponderaciones equilibradas.

Una honda agonía —en varios sentidos: angustia, muerte, lucha— se apoderó del país tras la intervención de los Estados Unidos en 1898. Con ella el naciente imperialismo privó a Cuba de la independencia y el saneamiento por los que su pueblo había penado y brillado, con la vanguardia mambisa a la cabeza.

Pero surgieron peleadores como Julio Antonio Mella, afincados en el rescate de la mayor síntesis y más esclarecida proyección de aquella vanguardia, José Martí. Asumieron la actualización justiciera exigida por los tiempos, en lucha contra la tiranía machadista. Los pasos en la rebeldía que ella suscitó condujeron a la fundación, en 1925, del primer Partido Comunista y la Confederación Nacional Obrera de Cuba.

En ese entorno brotó y se fraguó la generación del 30, de la cual Raúl Roa, uno de sus integrantes, ofreció un espléndido retrato en la entrevista que Ambrosio Fornet le hizo en 1968: “Tiene la palabra el camarada Roa”. Aborda sus contradicciones, señala sus hornadas y el papel desempeñado por Mella, Rubén Martínez Villena, Rafael Trejo, Antonio Guiteras, Pablo de la Torriente Brau y otros héroes. Bosqueja asimismo la significación que junto al legado martiano tuvieron para esa generación el marxismo y la defensa de la Segunda República Española, por la que murió Pablo.

Aunque Roa pudo decir que “la revolución del 30 se fue a bolina”, en su estela creció una hueste de escritores y pensadores a la que siguieron uniéndose nuevos integrantes. Así apareció nuestro Poeta Nacional, Nicolás Guillén, y se desarrollaron, entre otros, Juan Marinello, Carlos Rafael Rodríguez, Mirta Aguirre, José Antonio Portuondo.

Este último, cuyo centenario se cumple en 2011, dirigió Baraguá, órgano de la inquietud revolucionaria abonada por las lecciones de los años 30. En sus páginas, recordaría Roa, “colaboró el poeta español Juan Ramón Jiménez y publicó su ‘Oda a Madrid’ Gastón Baquero”, quien luego tomó un rumbo político opuesto a la alta poesía que había cultivado.

José Lezama Lima, “el talento puramente literario más exuberante” y “pulposo de esa generación”, según Roa, “participó, jadeante y resuelto, en la manifestación del 30 de septiembre” de 1930. Años después aglutinó el Grupo Orígenes, cuya labor, signada por la pasión poética, pudiera definirse brevemente como la búsqueda, en la trascendencia espiritual y en los caminos de la eticidad, de una salida a la frustración de la patria, dominada por fuerzas políticas groseras, detestables.

Vocero por excelencia de aquel Grupo fue la revista homónima. En ella colaboraron Fayad Jamís y Roberto Fernández Retamar, dos de los más representativos de la generación del 50, conocida así porque a partir de ese año se dieron a conocer sus más altos exponentes, nacidos en 1930 o cerca de ese hito.

Esa otra generación, formada cuando la vida nacional se tensaba aún más con el golpe de Estado de Fulgencio Batista, ha sido asimismo rica en ensayos y en otras expresiones literarias; pero la distinguió la soltura de su poesía. La antología preparada por Luis Suardíaz y David Chericián, y prologada por Eduardo López Morales, la representa ampliamente en nombres, caminos expresivos y lindes cronológicos.

Para Jamís, también destacado artista plástico y acaso el más singular talento estético de esa generación, alba fue palabra familiar, entrañable, señal de la esperanza de transformación por la cual él y otros colegas abrazaron el empeño revolucionario que revirtió, desde la aurora de 1959, la frustración de la República neocolonial. A ese afán dedicó el poemario Por esta libertad, ilustrativo de la perspectiva mayoritaria con que la generación del 50 —o de los años 50, como también se le ha llamado— recibió el triunfo de la Revolución Cubana.

Animada por reclamos ponderativos del homenaje hecho a iluminar vías, Bohemia participó explícitamente en conmemoraciones que tuvieron lugar en 2010. Así en los respectivos centenarios del propio Lezama, Ángel Augier y Dora Alonso, figuras vinculadas de distintas maneras con los ímpetus que se desataron o atizaron alrededor de 1930, y después.

La importancia de los hitos, por grandes que sean, no debe empañar lo que representa, de conjunto, el devenir de un país y su tesoro cultural. En esa senda se insertan hasta los mejores ímpetus de autores que terminaron atascados en la derecha a la que orgánicamente optaron por servir, sirvieron.

Como ejemplo de esa verdad recordemos lo que significó ideológicamente para la vanguardia revolucionaria cubana el libro Martí, el Apóstol, de Jorge Mañach, publicado en 1933. Por su calidad literaria y por el saldo que le aportó un tema que desbordó al biógrafo, tiene un lugar en las fuentes donde halló aliento la hornada que a partir del 26 de julio de 1953 le imprimió el sentido más transformador a la palabra generación en los afanes por darle a Cuba una República digna.

A quienes protagonizaron los actos heroicos de esa fecha los guió el legado de Martí, cuyo primer siglo, cumplido el 28 de enero de aquel año, les dio nombre como fuerza colectiva: la generación del centenario martiano. Viene bien recordarlo cuando algunas perspectivas, o falta de ellas, parecen ancladas en la idea de que en el mundo las revoluciones no están de moda. Hoy Martí llamaría con más fuerza a ver el subsuelo, no solamente la atmósfera.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia, a. 103, No. 1, 14 de enero de 2011 y en el espacio digital de esa revista: http://www.bohemia.cu.

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