Desde que me propuse escribir esta nota, supuse que la expresión con la cual inicialmente pensé titularla, “¡Ay, Haití!”, podían haberla utilizado antes con similar fin otros autores; y, cuando ya preparaba el texto, apareció en Página/12, de Buenos Aires, un artículo de Santiago O’Donnell así titulado. Esa exclamación, que ahora utilizo de un modo que facilite distinguir entre las presentes líneas —que no intentan ser un análisis a fondo de los hechos, ni mucho menos, sino una declaración de angustia— y el estupendo artículo de O’Donnell es, mucho más que un título, una vibración emocional.

Eso es lo que se siente al pensar en el precio —agravado recientemente aún más por desastres naturales, y por la falta de escrúpulos con que se hicieron desembarcar allí fuerzas “de paz” infectadas de cólera— que se le ha hecho pagar a ese pueblo por su “crimen”. No otra cosa es para los poderosos del planeta el ejemplo que no le perdonan al pueblo de Toussaint Louverture y de Petion: haber sido no solamente pionero en el proceso independentista de nuestra América, una suma de acontecimientos cuyo bicentenario estamos celebrando, sino también en la proclamación de una República fraguada por los pobres de la tierra, y “negra” por añadidura.

Debido a causas que no viene al caso tratar aquí, aunque resulta ineludible mencionar entre ellas el peso otorgado a la parte de habla española de la región —a menudo en detrimento de las contribuciones y la significación de pueblos que se expresan en otras lenguas—, se considera que el mencionado proceso tuvo un año de arrancada insignia en 1810. Por ello la celebración de su centenario comenzó formalmente en 2010 y continúa su marcha hacia el futuro.

Pero Haití se adelantó en la abolición de la esclavitud, en la proclamación de la independencia y en su constitución como República. Con ello dio al mundo un ejemplo de lucha y emancipación protagonizado por quienes —arrancados de África o descendientes de quienes fueron traídos de allí a la fuerza para servir como mano de obra tratada brutalmente— habían sido las víctimas mayores de la economía basada en el trabajo esclavo. Al rebelarse contra esa monstruosidad, luchaban contra el instrumento que sirvió a las entonces potencias europeas para convertir a las tierras de esta parte del mundo en hacienda y taller donde amasar el sistema capitalista con el sudor y la sangre de los oprimidos.

Eso es precisamente lo que más le reprochan los opresores al pueblo haitiano, y han procurado cobrárselo por todos los medios. En tal empeño han contado con sus grandes recursos materiales y su arsenal mediático, desde la enseñanza de la historia hasta la propaganda masiva en la vida cotidiana, pasando por la “magia” del mercado. Han tenido también el servicio de cipayos, que nacen en todas las comarcas del mundo, no solo en la India de los siglos XVIII y XIX, aunque de allí venga aquel término, probablemente de origen persa y pasado por el portugués.

Cuando ya parecía que no cabían más tribulaciones y tragedias en un país que ocupa apenas un tercio de una isla caribeña que no se distingue por tener una gran extensión, ha ocurrido lo que Manuel E.Yepe ha llamado en el título de un artículo suyo “una nueva desgracia para Haití”: el regreso del dictador Jean Claude Duvalier (Baby Doc), luego de un exilio de un cuarto de siglo. No es casual que ese hecho lo hayan visto con agrado los gobiernos de Francia —en cuya capital había permanecido exiliado el tirano, y no en las condiciones precarias que muchas de sus víctimas tuvieron que afrontar al verse obligadas a salir de Haití— y de los Estados Unidos. La tiranía de los Duvalier fue un instrumento al servicio de los intereses imperialistas empeñados en impedir que esa nación logre retomar el camino de realizaciones abierto con su independencia y su república de ex esclavos.

Tampoco es casual que el gobierno de los Estados Unidos —en lo que nada niega que goce igualmente de la complicidad de la derecha francesa— se oponga al regreso de Jean-Bertrand Aristide, exiliado en Sudáfrica desde 2004. Temen evidentemente los imperialistas al posible reflorecimiento de las esperanzas con que estuvo asociada para el pueblo haitiano la figura de ese sacerdote y político. Tanto puede representar su imagen frente a tantas desgracias, que los imperialistas no confían en que mantengan plena eficacia las diabólicas maniobras hechas por ellos para neutralizar su influencia progresista.

Cuando el descrédito y la inutilidad práctica de las dictaduras militares en la región llegaron a un punto en que ya no las hacía aconsejables para los fines del imperio, el gobierno de los Estados Unidos pareció aceptar la llegada de Aristide a la presidencia de Haití. Su triunfo electoral expresó la voluntad del pueblo haitiano de librarse de la dinastía duvalierista. Ella, iniciada por Papa Doc, como se hacía llamar François Duvalier, el padre del Baby, era representada a la sazón por este último, quien, como su progenitor, contaba con el apoyo sanguinario de los denominados Voluntarios de la Seguridad Nacional, más conocidos como los Tonton Macoute.

Pero no pasó mucho tiempo y —con la complicidad o la rectoría de los Estados Unidos— Aristide fue derrocado por una asonada. Para que no hubiera la menor duda, los acontecimientos venían a confirmar que los imperialistas serían quienes seguirían manejando los juegos de alternancia entre “democracia” y dictadura en Hatí, como habían venido haciendo en toda la región.

La estratagema no pudo ser más tenebrosa: el gobierno de los Estados Unidos dio asilo a Aristide y, para que su anulación fuera todavía más completa, luego se encargó de restablecerlo en la presidencia. Ya no era el líder nacional escogido en elecciones que tal vez sorprendieron a la CIA y en general a los instrumentos del imperio estadounidense, acostumbrados a las martingalas y violencias de los Duvalier, o que tal vez consideraron útil a sus intereses tolerar la emergencia de un estadista asociado a la idea de sanear la realidad y la imagen de Haití. Ahora sería un presidente derrocado por la hez de su país, y reubicado en su sitio de mandar por la potencia extranjera que aún hoy sigue tratando de dominar a toda nuestra América, y al mundo entero. No por casualidad tuvo Aristide la trayectoria posterior y el segundo derrocamiento que tuvo.

Pero quienes administran el imperio no quieren que haya la menor duda sobre sus designios, y menos aún cuando en esta parte del mundo las elecciones no han dado en los últimos años un remedo de Aristide aislado, sino varios presidentes que, como los de Venezuela, Bolivia y Ecuador, para mencionar ejemplos rotundos, han decidido hacer de la defensa de los intereses de sus pueblos la causa de su vida. En ese medio no optan los imperialistas por un Aristide neutralizado, sino por el inconfundible instrumento de opresión que es Baby Doc: lo que equivale a decir que el imperio, de estimarlo conveniente, volvería a contar con los Tonton Macoute, aunque, llegado el momento, se les cambie el nombre. ¿No ha logrado tener en Honduras un lobo con pelambre de civil para realizar las funciones que otrora cumplían, y pueden volver a cumplir si es menester, los gorilas de atuendos militares?

¿Será posible que las desgracias atolondren al pueblo haitiano hasta el punto de fabricar en él, con el auxilio de la industria mediática y el dinero de los imperialistas, la cantidad de zombis y de cipayos necesaria para que en unas próximas elecciones espurias vuelva a la presidencia del sufrido país la dinastía Duvalier, instrumento del imperio para la opresión de ese pueblo? ¡No lo quieran los dioses! ¡No lo permitan las haitianas y los haitianos honrados, que serán mayoría!

El ex dictador merece ser juzgado y condenado por sus crímenes, y toca al pueblo de Haití estar despierto, alerta, vivo contra las maniobras terribles que a esta hora pueden estar gestándose en los Estados Unidos, o en otros rincones del mundo, al servicio de los intereses de esa potencia, para seguir haciéndole pagar bien caro el haber dado el ejemplo que hace ya más de dos siglos le dio al mundo. No es solo cuestión de memoria histórica, sino, sobre todo, de vida: de vida o muerte. Para quienes no opten por la ceguera voluntaria, el monstruo se encarga de hacer notar sus entrañas. Mientras el pueblo haitiano sufría el embate terrible de un terremoto, el gobierno estadounidense enviaba a ese pequeño país fuerzas militares de dominación, no personal médico y recursos necesarios para salvar vidas y menguar dolores.

Una cosa más antes de interrumpir estas líneas. El éxito que viene teniendo la propaganda, nada fortuita, en torno al concepto Iberoamérica —propaganda que a menudo tiene una raíz colonialista que urge poner en claro para que el león europeo no siga dándonos zarpazos junto con el tigre norteamericano— no debe atenuar en nuestra conciencia latinoamericana la idea, vital, de que Haití es parte inseparable de nuestra familia histórica, cultural y afectiva, aunque su lengua, puesto que lo colonizó Francia, no le haya venido de la Península Ibérica. Nuestra América, la familia integrada por la América Latina y el Caribe, no se agota en ninguna de sus secciones. Toda ella es una.

Cuide el pueblo de Haití —con la solidaridad de todas las personas de buena voluntad en el planeta, de todas y todos los que defienden la libertad de los pueblos y se oponen a las maquinaciones imperialistas de viejo y de nuevo cuño— la capacidad de irradiación que dio, y merece y debe seguir dando, el temprano ejemplo de emancipación nacional y étnico aportado por su pueblo al reino de este mundo. Aunque de momento, en medio de tantas vicisitudes, tragedias e incertidumbres como sufre ese pedazo de nuestra América, a cualquier persona honrada le brote del corazón una expresión tan solidaria como dolorosa: ¡Ay, Haití; ay, Haití!

Luis Toledo Sande

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