A los movimientos revolucionarios suele acusárseles de practicar el culto a la personalidad. Mientras tanto —para no remontarnos a otras épocas— los voceros del capitalismo procuran que este sea visto como una realidad estable, al margen de contingencias que se localizan en individuos o se atribuyen a ellos. Así parecería destinado a ser eterno.

Dentro de un mismo partido pueden darse en una campaña electoral capitalista sucias contiendas verbales para decidir quién lo representará en el pugilato hacia la presidencia. Pero todo finalmente se subordina al triunfo del partido, llámese republicano o demócrata, o con otros rótulos como esos, tan equivalentes entre sí en teoría como burlados en la práctica. Las componendas para salvaguardar los intereses dominantes del sistema se dan incluso entre partidos rivales.

Recordemos el modo como llegó a la Casa Blanca el “republicano” entonces favorito de la industria de la guerra, y se dejó fuera al “demócrata”, quien quizás ya intuía cuán rentable iba a resultarle devenir objeto de culto a la personalidad por su “entrega” a la salvación del medio ambiente, que no parece haberle importado cuando era vicepresidente de su país. Aún están frescas las maniobras para fabricar la “personalidad del cambio”, Barack Obama, cultivada con el Premio Nobel dela Paz y ahora con la muerte de Osama bin Laden.

Sistema opresivo, y con la mecánica de un funcionamiento que suma siglos, el capitalismo es esencialmente conservador: procura adaptarse a los tiempos, no asumir mutaciones que lo hagan peligrar, y busca dar la imagen de estabilidad favorable para autorreproducirse. Le conviene exhibir un determinado carácter institucional “espontáneo”, como si brotara de una inercia irrefrenable. No le interesa principalmente amplificar intenciones de individuos, aunque en determinadas circunstancias —lides electoreras, por ejemplo— algunos alcancen notoriedad o sirvan de chivo expiatorio, o ambas cosas.

Los movimientos revolucionarios —lo advierte el mismo vocablo— se distinguen por el afán de transformar. Ese dato señala el vínculo semántico, con frecuencia olvidado, entre revolución y religión. Por mucho que se asocie a la espiritualidad y a creencias más o menos institucionalizadas, religión también remite a religar, que entre sus significados tiene los de “volver a atar” y “volver a ligar un metal con otro”.

Ambas acepciones valen para definir metafóricamente lo que hace cada religión al crearse: re-ata, re-liga o re-une a sus integrantes con lazos (creencias, principios) diferentes de los que caracterizaban o caracterizan a otras religiones. Salvando distancias y diferencias, y a riesgo de incurrir en reduccionismo, cabe decir que eso es lo que también logran en su ámbito, o intentan lograr, los movimientos revolucionarios: re-fundar la sociedad.

A menudo ello se olvida, sobre todo si, por distintas causas, se han confundido partidismo político y partidismo filosófico, incluso ateísmo y liberación. Ello supone ignorar que ser religioso, ateo o materialista no garantiza ser o no ser contrarrevolucionario, o malvado. En el mundo, la mayoría de los revolucionarios, y de los seres humanos en general, la forman personas religiosas o que tienen diversos grados de religiosidad, consciente o inconsciente.

Téngase o no se tenga una determinada religiosidad (definida o difusa), religar una sociedad impone desafiar “el peso de las generaciones muertas”, y exige esfuerzos y entrega —martirio a veces, y hasta la muerte— que difícilmente se asuman sin una voluntad y un convencimiento capaces de recordar la pasión mística. Lo advierte la presencia del lenguaje “religioso”, o secularmente identificado con la religiosidad, en la prédica revolucionaria, incluso en nuestro tiempo. Y lo confirma, sobre todo, la aureola que suele rodear a los grandes héroes, a los grandes luchadores, sean o no sean religiosos.

Un documental cubano de años recientes, San Ernesto de La Higuera, ha confirmado, por el modo como asumen al guerrillero Ernesto Che Guevara los pobladores de aquel paraje boliviano, lo que varios años antes había expresado Fidel Castro a Frei Betto en la conocida entrevista que este le hiciera: luego de mencionar “la gran integridad moral” del Che, afirmó que “tenía todas las virtudes para que hubieran hecho de él un santo”. No una iglesia, pero sí personas humildes se han encargado de llevarlo a cabo con fe verdadera.

Históricamente los esfuerzos y requerimientos de la lucha revolucionaria han demandado consagración, y la acción de figuras carismáticas —como el Che— de impronta mesiánica y merecedoras de ser seguidas. De lo contrario, ¿cómo surtiría efecto la prédica válida para propagar la doctrina que se quiere poner en marcha? Si es válido entonces hablar de una especie de “mística revolucionaria”, recordemos una de las acepciones de carisma: don que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad.

Si vamos a nuestro siglo XIX —a un ejemplo que por su gran valor sigue nutriéndonos las ideas, el espíritu—, llegamos a José Martí. Una de sus máximas se resume en esta: “La patria es ara, no pedestal”. El signo cristiano de quien ve en la patria un altar, se aprecia cuando, en su juventud, traza una pauta que siguió hasta su caída en combate: “En la cruz murió el hombre en un día: pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”.

Debe puntualizarse que Martí, de una religiosidad personalísima, ajena a instituciones, ritos y liturgias, no asumió a Cristo como encarnación divina, sino por su significado ético en función colectiva, y basó su prédica en la intensidad de la convicción y en la honradez. Al ver crecer su propia autoridad, procuró condicionarla con un partido enfilado a la fundación de “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Protagonista de una labor suasoria que le dio seguidores —en vida se le empezó a llamar Apóstol—, para preparar una guerra creó una organización que afirmara el carácter colectivo del afán que él encabezaba.

La historia muestra cuán caro suele pagarse hacer depender de un individuo el rumbo de una obra colectiva: a la fragilidad de la existencia se suma que, si la obra cae en baja —no digamos ya si fracasa—, a él se atribuirán todos los errores. Es demasiado cómodo recordar el caso de Stalin, y cómo lo han utilizado las derechas. Más productivo será extraer las lecciones pertinentes e impedir que, por depender de un individuo —víctima posible de trampas y de su propia falibilidad humana—, peligre la obra de muchos.

Nuestra América —entre cuyos aportes lexicales figuran caciquismo y su base, cacique— sufría las graves consecuencias del caudillismo, que Martí rechazó raigalmente, fiel a la idea de que “la patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor detenimiento e inteligencia”. La precisión, nada fortuita, que él hace, y que el autor del presente artículo enfatiza tipográficamente, subraya el valor moral —nada menos, y nada más— de esa pertenencia. La brega liberadora la sostenía especialmente el esfuerzo de los humildes, y Martí escogió ser pobre. En campaña no le sería indiferente una silla de montar adornada con estrellas de plata, aunque fuera la montura airosa de un gran héroe como Antonio Maceo, a quien admiraba.

Por muchos motivos, el partido que dirige hoy la Revoluciónhalla su “precedente más honroso y más legítimo” en el que fundó Martí. Su ejemplo no quedó en el pasado: hoy exige vigilancia para cuidar una obra transformadora basada en el carácter social de los principales medios de producción, y en el destino, también social, de los bienes obtenidos con ellos y con el sudor de la masa trabajadora.

En “República y ciudadanía”, el anterior artículo de “Detalles en el órgano”, vislumbré que el texto siguiente —este— abordaría la relación entre las personas, desde las más humildes hasta las de más alta posición en la sociedad, y las instituciones, desde las menores hasta el Estado, responsabilizadas con que ella funcione bien. Faltaban varios días para el comienzo del Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba, que abordó ese tema, incluida la necesidad de limitar el tiempo de permanencia en los principales cargos de dirección del Estado y del Partido mismo, como parte de una ineludible voluntad de institucionalización.

Cuba es una república, y la limitación temporal en el ejercicio de tales tareas encarna una ganancia histórica del funcionamiento republicano. Su valor, permanente, crece cuando la trama jerárquica no depende ya del carisma fundacional que, en individuos de vanguardia, se concentra con la acción pionera, la inteligencia, el desprendimiento, la honradez. Para los revolucionarios el desafío está en lograr que la operación de relevo en los cargos no sea meramente formal. Con creatividad, y con el cumplimiento de la Constitución y las leyes —que deben respetarse, y modificarse cuando sea menester—, la revolución debe asegurar su continuidad como el acto superior de evolución que es. De lo contrario, puede atascarse en la inercia y otras mataduras propias de regímenes satisfechos con autorreproducirse.

Si la medida anunciada en el Congreso tiene su cometido mayor dentro del país, también es importante con miras al exterior. En el mundo perviven regímenes monárquicos; y, por contexto y orígenes, los intentos de construcción socialista no siempre han estado exentos de formas de dirección afines al feudalismo o heredadas de él. Por eso logra efecto dañino vincular el socialismo con prácticas como el culto a la personalidad y el nepotismo. Este, dicho sea de paso, no viene de ninguna revolución, sino de argucias atribuidas a la jerarquía católica, aliada histórica de monarquías, y con estructura de sesgo monárquico ella misma.

Al enfermarse el jefe de la Revolución Cubana, medios enemigos difundieron dolosamente que él entregaba el mando no a quien se había ganado el cargo que legal y moralmente lo facultaba para recibir la entrega, sino “a su hermano”. El malévolo juego verbal confundiría a personas desinformadas sobre nuestra realidad, pero con nociones de lo que monarquía y nepotismo han significado en otras, o en las suyas propias. Esos males son incompatibles con el socialismo, urgido de combinar acertadamente el papel y el desarrollo del individuo y los del colectivo, sin ceder a igualitarismos nubáceos ni renunciar a la aspiración de igualdad, de justicia social, que le da nombre como sistema.

Para los interesados en tergiversar la realidad no importarán verdades ni argumentos. Pero, en cuanto al papel de Raúl Castro en la Revolución Cubana, podrían leer unas líneas del reportaje de un destacado periodista español, felizmente activo hoy, para Paris-Match (lo reprodujo en su número del 9 de marzo de 1958, en plena dictadura batistiana, la revista cubana Bohemia). Enrique Meneses —quien vivió varios días de 1957 enla Sierra Maestra junto a la tropa encabezada por Fidel Castro— escribió: “Raúl, que manda la vanguardia, es un muchacho tan inteligente como su hermano aunque no tenga la misma brillantez que caracteriza a Fidel. Para evitar que crean que se beneficia de la circunstancia de ser hermano del Jefe, es el que más carga y el que más camina de su grupo”.

Donde hay monarquía, el culto a la personalidad y los derechos de herencia en los cargos pasan por naturales o suscitan repudio. Pero en todos los casos, aunque se trate de una corona formal en gran medida, y con poder limitado, la mantiene el dinero de la nación, salido de los contribuyentes, y, sobre todo, del trabajo del pueblo. No obstante, es común que hasta en países monárquicos se pregunte, dándolo por hecho, sobre el culto a la personalidad en Cuba, mientras parece asumirse que en ellos reina la democracia.

Allí son “normales” hechos que en Cuba no ocurren: los títulos universitarios se expiden en nombre del jefe de Estado (rey y, por tanto, no electo); su efigie se estampa en la moneda del país o se erigen estatuas con la figura del monarca; su nombre se les da a calles y a instituciones como hospitales, que también se bautizan con nombres de niñas y niños de la nobleza a quienes se prepara para perpetuar la Corona… democráticamente.

No olvidemos un lado sórdido del culto a la personalidad en el capitalismo: el que envuelve morbosamente a famosos y famosas que dan —o se les fabrican— noticias para evitar que la población piense en los graves problemas que afronta. Así, la lesión de un futbolista destacado o el divorcio de una estrella de cine son más importantes que la crisis económica y los despidos en masa, y que las torturas practicadas en comisarías y cárceles.

En Cuba construimos un sistema social diferente desde la raíz. Debemos estar atentos para impedir deformaciones de todo tipo —incluida la corrupción—, e imposibilitar que alguien llegue a creerse señor (o señora) con derecho a usar en beneficio propio los recursos que deben administrarse en función de la sociedad. Urge lograr que sea repudiado y castigado quien use prerrogativas de dirección para violar esos principios, no quien lo denuncie. “La patria no es de nadie”, y en algún caso quizás haya que enfatizar: ni siquiera en espíritu.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana

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