Por la fecha de su comienzo se le ha denominado 15/M; por su ánimo y sus pronunciamientos más explícitos o difundidos, acampadas o manifestaciones de Los Indignados. Pero la mayor importancia de ese movimiento no estriba en el nombre que finalmente se le dé, sino en la siembra que él aporte. En otro texto, “Salvemos de las bombas a España”, lo llamó mayo español el autor de este nuevo artículo, escrito básicamente, de principio a fin —con paráfrasis, glosas o diálogos implícitos—, a partir de mensajes cruzados con varias amistades. En el uso de mayo español operó el prestigio del antecedente francés de 1968, además de la voluntad de no seguir el camino que, pasando por la soberbia hegemónica, marcaron los medios dominantes en los Estados Unidos al acaparar la abreviatura 11/9 y su equivalente 11/S —en inglés, 9/11 o S/11—, para identificar la tragedia ocurrida en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.

Con esa manera de nombrar los hechos se desconocían, si es que no mediaba el intento de suprimirlos de la memoria colectiva, crímenes de los cuales el gobierno estadounidense ha sido agente victimario. En sí y en sus cruentas derivaciones, eso fue el golpe que la CIA orquestó contra el gobierno democrático de la Unidad Popular en Chile, en iguales día y mes que la voladura de las Torres neoyorquinas, pero veintiocho años atrás.

En “Salvemos de las bombas a España”, di por sentado que en esa nación la OTAN no apoyaría, como en Libia, a los portadores de las protestas, sino al gobierno, subordinado a dicha organización militar y, por tanto, a su jefe supremo: los Estados Unidos y su poderío bélico-industrial. Por tanto, conjeturé que la función desempeñada en el país africano por las bombas, en el ibérico podía cumplirla la porra policial del propio Estado español. Eso me costó alguna impugnación: tiernamente seducido por su confianza en la naturaleza y la institucionalidad de aquel Estado, alguien que no nació en él pero reside allí desde hace pocos años, me respondió que la golpiza era impensable.

Según la aludida respuesta, la base de tal imposibilidad era maciza: en aquella nación no gobierna una dictadura, sino una ejemplar democracia civilizada y moderna. (La monarquía habría que verla, pues, como un toque de época para la película). Internamente deseé que quien me impugnaba tuviese razón en la seguridad con que descartaba la represión brutal. Sin embargo, ya aparecían signos y testimonios de tundas por parte de cuerpos armados. También es verdad que en eso, según lo que se ha divulgado más, las palmas las acaparan los cuerpos armados de Cataluña; pero, si fuera apenas un caso aislado, menudo no sería: pensemos en el tamaño de ese territorio.

Por otra parte, aunque sea otro detalle baladí, Cataluña es, hasta donde sabemos, parte del Estado español, y parece que, de momento, seguirá siéndolo. Es una herencia del “legítimo derecho de conquista” por el que España devino imperio intercontinental luego de la precaria unificación con que se apoderó de la mayor parte de la Península Ibérica. Hace años ya que no lo es, y fuera de sus lindes ibéricos tiene solo algunas posesiones insulares y una uña del continente africano. Pero viene de una herencia imperial y sirve gubernamentalmente al imperio de turno, y no parece dispuesta a deshacerse de Cataluña, ni de otras comunidades que hace siglos la Corona ató a su yugo. Sería ingenuo pensar que, para quitarse de encima la mancha de las golpizas que no han podido ocultarse, y que han crecido —se dice incluso que infiltrados policiales provocan violencia entre los manifestantes—, pudiera aprovechar la ocasión y reconocer de una vez la independencia del territorio catalán.

Por cierto, si lo hiciera, de algún modo se honraría también a numerosas víctimas de otro 11 de septiembre: aquel de 1714, cuando tropas de la Corona española al mando del mariscal y duque de Werwick —inglés que ha merecido el calificativo de mercenario— uncieron a Cataluña, matanza mediante, al poderío representado por la monarquía borbónica. Se sabe cómo esta se mantuvo hasta que, entrado el siglo XX, triunfó por vía democrática la Segunda República, derrocada pocos años después, cruentamente, por una insurrección anticonstitucional y fascista. El caudillo que de ese modo actuó “en nombre de Dios y de la patria” fue el mismo que, andando el tiempo, fabricó la “transacción democrática” por la que, hacia finales de dicha centuria, la Corona se restableció con la dinastía borbónica.

Pero tal realidad, telón de fondo para cualquier análisis de la situación española hoy, no es el interés básico de este artículo, centrado en las tan heterogéneas como significativas muestras de inconformidad social que vienen agitando a ese país desde el 15 de mayo. También frente a ellas, como en general contra quienes lo desafían, el poder dispone de diferentes formas de porra, no solo de la que literalmente lleva ese nombre. Una es la manipulación mediática. Si al poder le conviene, promueve la confusión entre radical y violento, entre revolucionario y revoltoso, entre impugnador de la ley que sirve a la opresión y enemigo de toda ley.

Con semejantes procedimientos suscita resquemores y desaprobación contra quienes se le enfrentan, aunque no tengan toda la fuerza necesaria para derrocarlo. O los califica de antisistema, y así los define como una especie de infección nociva para la sociedad en general. También puede, por el contrario, ocultar el lado más filoso y combativo de quienes se le encaran, y subrayar lo que estos tengan —o quepa atribuírseles— de más confuso, anodino, inocuo. Esa no es precisamente la menos efectiva de las porras.

Aparte de recursos materiales para afirmarse en el ejercicio del poder, a los entrenados en él y, por consiguiente, en el control de los medios, les sobran entrenamiento y sabiduría para manipular a su antojo la propaganda, con la que fabrican de sí la imagen que les conviene, y distorsionan la de los otros. Son capaces de combinar represalia violenta, como la de Cataluña, con la pretensa tolerancia y la propaganda dirigida a neutralizar a sus opositores. Y entre estos pueden actuar el desconcierto y la desorientación fomentados por años de derrotas y de manejos mediáticos, durante los cuales se ha fabricado la imagen de un país engalanado con el logro de “democracia plena” y una estabilidad social que debe “agradecerse” al papel de una monarquía que le cuesta caro al erario público.

Cuando parecía —y no pocas voces lo expresaban— que la sociedad estaba aletargada, saltaron las manifestaciones de rechazo a la realidad imperante. No hay que esperar que todas tengan iguales claridad y grado de conciencia sobre lo que se debe revertir, y sobre los recursos y modos necesarios para la reversión. No es necesariamente una prueba de debilidad que muchas y muchos de quienes hayan acampado en señal de protesta estén reclamando internet libre y mayores facilidades de acceso a las nuevas tecnologías.

Estas, que en manos de los poderosos —y con la ayuda de indiferentes— han sido instrumentos de dominación, pueden también servir para denunciar la injusticia y promover contra ella la movilización popular. El alcance de las exigencias planteadas al calor de las manifestaciones, no debe valorarse según lo que digan los medios que sirven a las fuerzas interesadas en que las protestas se disuelvan sin dejar rastros para su continuidad, y, por tanto, en que la desunión y la desconfianza cundan entre quienes pudieran hacer del movimiento una fuerza capaz de enfrentar con éxito al statu quo.

Las fuerzas de derecha dan un ejemplo que, desde la acera contraria, y con propósitos opuestos, las de izquierda podrían observar a manera de aprendizaje: la capacidad de unirse en torno a los objetivos defendidos. Si algo hay de verdad en el viejo refrán, hasta del diablo se puede aprender: no precisamente porque sea diablo, sino porque es viejo y tiene experiencia. Claro que para las izquierdas los objetivos no son ni pueden ser comparables con las diabólicas ambiciones de la derecha, y que, si lo defendido no son dinero y propiedades, sino ideales de justicia, los caminos a recorrer son mucho más complicados que los que llevan hasta la seguridad de la cuenta bancaria y los privilegios que ella garantiza.

Pero las izquierdas no necesitan cultivar suspicacias entre ellas —y no se trata de sugerirles que practiquen la desprevención ante limitaciones y deficiencias propias—, sino mayores voluntad y capacidad de unirse, o al menos arrimar el hombro, por encima de discrepancias y recelos. En la propia España, personajes de la derecha cuyos nombres se omitirán aquí porque a veces hay que ahorrarse la náusea, dan muestras de menospreciarse, de abominarse, de odiarse entre ellos. Ahora bien, si peligra su triunfo electoral, se dan besitos y se miman en público para darle al electorado la imagen de estabilidad y fuerza, y convencerlos de que ellos, la derecha, son quienes pueden constituir un gobierno eficiente.

Las izquierdas —no confundirlas con las encantadoras izqmierdas— no deben aprender las lecciones de oportunismo y de hipocresía de las derechas. Pero les vendría bien poner en práctica un mayor afán unitario, un empuje colectivo que impida a los peores ganar las elecciones. El triunfo de las derechas lo facilitan las izquierdas cuando están divididas, o cuando, por su división, resultan presas del llamamiento de los que, exhibiendo que son un poquito menos de derecha, un poquito “menos malos”, manejan la solicitud de voto masivo con la táctica-chantaje de impedir que los peores se alcen con la victoria en las urnas. Ya se sabe que esa táctica puede llevar a que un partido merecedor de grandes cantidades de votos alcance apenas unos pocos miles en todos los pueblos de España.

Desatado el mayo español, y aún sin producirse las elecciones regionales en las que días después el PP se benefició de las derrotas del PSOE, cabía tener, aunque no a corto plazo, la esperanza de que la mayoría del pueblo español no diera su voto —con perdón de la que sigue llamándose, y tratando de ser, Real Academia— ni a los más peores ni a los menos peores. Probablemente todavía no estén creadas las condiciones para formar un frente nacional capaz de sacar del gobierno a partidos cuyas cúpulas que, salvo para impedir que triunfen, nada tienen ver con los intereses socialistas, obreros, populares, democráticos, justicieros.

¿El rechazo masivo a las elecciones, aunque no se expresara más, ni menos, que en un abstencionismo contundente, habría dado pie a un caos que propiciara la intervención de la OTAN en España, miembro suyo? Nada hay que descartar en una estructura militar agresiva como aquella, cuyo reconocimiento del fracaso que está cosechando en Libia podría servirle para justificar el reforzamiento de los gastos y de la masacre en ese país. Pero dicho abstencionismo habría podido crear asimismo un vacío capaz de catalizar la unidad necesaria para poner fin a lo que ha venido siendo la norma durante varios años ya.

De acuerdo con esa norma, en la más ortodoxa escuela de la llamada “democracia representativa”, made in USA, el bipartidismo dominante —que blinda tendencias o indumentarias diversas pero propias de intereses económicos similares— se las ha arreglado para que en la Moncloa se alojen, por turno, los respectivos personeros de los dos partidos que campean. Así, si pierde el PP, se aloja allí un presidente del PSOE, y viceversa. En todo caso, la merecida derrota del perdedor hace lamentable el inmerecido ascenso del otro.

Limitarse a desconfiar de quienes se manifiestan en nombre de la indignación —aunque este sentimiento es inevitable, por decencia, ante la injusticia y la falta de verdadera democracia— no parece ser lo más fértil y consecuente para las izquierdas. Hoy, y sobre todo hacia el provenir, quizás lo más productivo para ellas sea influir creativamente, desde dentro —no desde la distancia y con displicencia magistral—, sobre el movimiento de Los Indignados. Es el primero que en muchos años ha sacado a las calles a tanta cantidad de españoles y españolas para protestar contra la realidad imperante en el país.

En febrero de 2003 aquel pueblo brilló en las expresiones de rechazo contra la agresión a Irak, aunque su opinión mayoritaria, rotundamente expresada en las calles, fue ignorada por el gobierno del PP. Ahora un deber de la izquierda sería plantearse, y lograrlo, que en la indignación contra la realidad interna del país tuviera mayor presencia el rechazo contra el apoyo del gobierno del PSOE a la masacre de Libia.

Pero en ningún caso lo más sensato sería juzgar un movimiento popular aceptando lo que digan o no digan, destaquen o no destaquen de él los medios dominantes. Así, por ejemplo, aunque dichos medios parezcan inclinados a silenciarlo, o lo oculten, en las manifestaciones iniciadas el 15 de mayo hay personas de muy clara orientación de pensamiento. Entre ellas las hay jóvenes, y también otras que, en el ocaso cronológico de sus vidas, han recibido una inyección de optimismo al ver a millares de jóvenes, y no tan jóvenes, salir de lo que se suponía que era una actitud indiferente sin remedio ante la realidad.

Ciertamente se ha necesitado una crisis severa para despertar conciencias y propiciar la movilización. Pero ¿no se sabe que las crisis tienen también ese poder, aparte de hacer más pobres a los pobres y asimismo, frecuentemente, más ricos a los ricos, y que, en situaciones extremas, hasta el individualismo —si cabe calificarse estrechamente de tal aspiraciones como tener empleo y remuneración dignos— puede alimentar la hoguera de las aspiraciones colectivas? Verdades como esas, y muchas más, las conocen —aun sin necesariamente haber estudiado a fondo ni a Marx ni a Freud— fogueados militantes comunistas que a título individual han salido a solearse, no únicamente en la célebre Puerta madrileña, para apoyar a los manifestantes, y, con ello, autorreanimarse contra secuelas de componendas y traiciones pactadas a sus espaldas.

Un triunfo de las derechas sería que, por no ver en las manifestaciones los grados de solidez que ellos creen necesarios, o que lo son, los militantes más esclarecidos de la izquierda se marginasen y ni siquiera se interesaran por ver qué apoyo dar a los acampados. Lejos de eso, a lo que están llamados es a trasmitirles, y de ese modo multiplicarlas y amplificarlas, aspiraciones justicieras sin las cuales no se podría salir de los límites de la “transacción democrática”.

Entre los mensajes hasta aquí glosados, uno del País Vasco ratifica que el saldo electoral reciente en España ha sido duro, y que la izquierda debería sacar conclusiones atinadas. En medio de todo, apunta el mensaje, cabe destacar lo ocurrido en tierra vasca, donde la propuesta de Frente Amplio ha surtido un efecto que merece atención. Para ello la izquierda abertzale —pertinazmente satanizada con acusaciones de terrorismo— hace décadas optó por pisar calle y no renunciar a los valores de la izquierda, no sentarse en ninguna silla que la invitase a parar. Y ahora recoge frutos.

El camino será largo y no se regalará como una mera vía cuyo uso se pague con tarifas de peaje más o menos leoninas: se hace y se hará, como siempre, al andar, y no se le da crédito aquí a un político oportunista, sino a un gran poeta que fue un ser humano bueno. Sería iluso esperar que en lo inmediato los frutos cosechados sean todos los que se requieren para cambiar de raíz las cosas. Pero defender —con palabras y, sobre todo, con hechos— los ideales por los que vale la pena jugarse la vida, y a los cuales se refieren de distintas maneras los mensajes que aquí se han tenido presentes, será una vía principal para fortalecer o fundar los caminos requeridos si se quiere marchar hacia otra luz más pura, hacia un mundo mejor, que es posible y urgente.

Luis Toledo Sande

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