El imperio se autoconsidera el nos del universo. Los demás somos los otros. No sale sobrando recordarlo. Él es el centro; los demás, la periferia. Tanto como pretende tener un “pensamiento único”, los otros careceríamos de todo pensamiento, o no pasaríamos de tener ideas que no cabrían en el libro de los ingresos y los débitos. Valdrían, si acaso, como desperdicios. Semejante conceptualización opera no solo a nivel de naciones, comparadas unas con otras, sino dentro de cada una de ellas: quienes sirven al imperio, lo encarnan, luego existen; los demás no vivimos, somos sombras, o no merecemos mejor consideración, ni más plaza que la que el mandón del mundo decida reservarnos, o no le quede más remedio que dejarnos como dádiva. El imperio es la metrópoli, y vive en ella; quienes no lo obedecen, ocupan un “oscuro rincón”, aunque residan en Nueva York, o en Madrid, o en París. ¿Qué queda para las ciudades de “la periferia”? De sus campos, ¡ni hablar!

No nos llamemos a engaño. En semejante camino, la clasificación —clase en la raíz— de alternativo no es un encomio, sino un modo de subordinarnos, de reducirnos. Así como otro y otra vienen de alter en latín, alternativo pudiera leerse como otrativo, aunque ese vocablo no haya hecho su aparición en el idioma. Lo más importante es el papel de supeditación, de ninguneo, que alternativo puede representar en los patrones dominantes. Tal vez encierre una relegación mayor que la destinada a la otra en los modelos patriarcales de señorío dentro del matrimonio. (Huelga añadir que tales patrones condenan a la mujer que tenga otros o simplemente el otro. Pero ese no es ahora nuestro tema.)

A quienes nos expresamos en medios alternativos, también nos corresponde dignificar términos: asumirlos y hasta darles sentido elogioso. Ese hecho histórico lo conocemos especialmente bien, lo sufrimos, los pobladores de tierras consideradas salvajes y bautizadas por potencias que se han arrogado el derecho a hablar en nombre de los dioses y desde la supuesta superioridad racial. Y el nos —pneuma de un imperio antiestoico por antonomasia, y cínico, en el peor sentido cotidiano de ese vocablo— se apropia de todo lo digno. Desde la antigüedad se adueñó de aristo, noble y otros títulos similares. Hoy manipula dolosamente libertad, derechos humanos, democracia y todo aquello por lo que vale la pena luchar o merece desearse, y que él conculca a su antojo. En algún país los lacayos del imperio dictaminan quiénes son populares y quiénes populistas.

Lo peor es que —el pensamiento dominante, valga la redundancia, domina— a veces los otros asumimos esos “valores”. Nos sentimos obligados a darnos golpes de pecho y rasgarnos las vestiduras antes de condenar actos que debemos condenar sin más, ya sea, por ejemplo, la criminal acción de la OTAN contra Libia, u otras monstruosidades similares; o antes de respaldar lo que deberíamos apoyar sin remilgos, aunque se trate de un proyecto revolucionario, lo más importante vivido por un país en su historia. Sí, sí, “yo condeno a la OTAN, pero ese líder libio no cumple los parámetros de la democracia” (¿los cumple el imperio?); “y apoyo a esas revoluciones, pero no comulgo con dirigentes que se permiten el despropósito de ser imperfectos” (es difícil ser perfecto, ¿verdad? ¿Perfecto como el imperio?).

Lo que está por ver es si los medios del nos —que deciden, informativamente al menos, y a pesar del asendereado democratismo de la tecnología puesta, se dice, al alcance de todos— escogen de esas prudentes declaraciones, para sus planes de difusión, la condena a la OTAN y el apoyo a los procesos revolucionarios, o lo dicho contra los líderes aludidos. Mientras le dure su hegemonía, el imperio hará lo que le venga en gana. Y así como borra nuestras condenas lanzadas contra sus designios —contra él—, puede capitalizar nuestros devaneos.

Pero, ¡ah!, “tengo limpia mi conciencia, porque dije, ¡con elegancia!, todo lo que debía decir”. Pero —hay que repetirlo, al parecer— el imperio sabe qué reproducir, y qué ignorar o distorsionar, aunque se trate de lo dicho por un flamante Premio Nobel (salvo que sea Obama, a quien el imperio no necesita falsear: es su encarnación de turno). Así que lo menos que puedo hacer es no decir nada para cumplir los parámetros impuestos por los dominantes. Lo que diga, que sea porque entiendo que debo decirlo, y del modo y en el momento en que lo deba decir, y ya. Sin suponer que uno es infalible. Tampoco hay que sugerir, ni aquí se sugiere, silencismo alguno.

Lo seguro es que al imperio le convendría que los otros, los de la periferia, nos quedásemos sin medios (alternativos), en los que, al menos, se difunden cosas que no aparecen en los medios centrales, que minimizan y distorsionan a sus anchas la realidad. Mienten. Claro: no hay que estar de acuerdo —o es imposible estarlo— con todo lo que se publique en un órgano, por muy afín que este nos resulte. Por distintas causas, a veces uno rompe hasta con publicaciones en las cuales puede sentirse representado.

Cada quien tendrá sus propias experiencias respecto de tales rupturas, asumidas por decisión personal; pero no se trata de eso. Imaginemos lo que ocurriría si una mañana, o a medianoche, nos despertásemos —pensemos nada más en España—, y halláramos que solamente se publican El País, El Mundo, ABC y, como ejemplo de amplitud democrática y objetividad, Público. ¿Hacen falta más ejemplos? Si no existieran publicaciones como Rebelión, habría que inventarlas. Y no es cosa de suponerla perfecta, sino de valorar lo útil que ha venido y debe continuar siendo.

De ahí la importancia de mantenerla viva, y cuidar su rumbo. Ni pretender unanimidades improbables o falsas, ni caer en las trampas de la “amplitud” exigida por el imperio y sus medios, que encarnan el fundamentalismo más terrorista que haya habido jamás en el planeta. Sí, es cierto, háyalo dicho quien lo haya dicho, y aunque no lo hubiera dicho nadie: el imperio, el sistema capitalista atraviesa su crisis última. Lo que de momento no parece calculable es la duración de esa crisis. Más bien pudiera apostarse a que será larga, larguísima, y a la vista está que va siendo cruenta. Para no ir más lejos, ahí se hallan las masacres de Afganistán, Irak y Libia, y se perfilan otras. ¿Y el prolongadísimo genocidio que sufre Palestina a manos de las fuerzas de Israel, base del gobierno de los Estados Unidos en el Medio Oriente?

Nadie pondrá en duda que es difícil conservar vivo y sin fisuras un sitio como Rebelión. Debe competir con los medios dominantes, sobreponerse a la división en las filas de quienes pudieran sentirse representados en él y fortalecerlo, cuidar que el relevo de personas en su equipo no dé camino a la sustitución de ideas para debilitamiento de las originarias —¡si fuera para mejor!—, mantener a raya los complejos de culpa que la derecha quiere inocular y a veces inocula en la izquierda, estar abierto a los diálogos que desde su seno contribuyan a la fidelidad de su brújula, no dar pábulo a la siempre candorosa, inefable izqmierda. Esta convierte o intenta convertir en imagen de sí misma todo cuanto ella toca.

Hay otros ejemplos, pero estas notas —escritas con sentimiento fraterno, camaraderil— se ciñen al caso de Rebelión, por ser el órgano al cual van dirigidas, y porque desde su nacimiento ha sido un espacio en el que hemos visto colaborar a personas que ejemplifican claridad de ideas —no indiscutibles, pero claras sí— dentro de un contexto nada propiciatorio para lo que, en tales circunstancias, resulta una verdadera proeza. Durante años Rebelión ha venido logrando que la diversidad no caotice su orientación (ya sabemos que el verbo caotizar todavía no aparece en el Diccionario de la Academia).

Resulta fácil intuir los escollos que el equipo de Rebelión debe encarar en su tarea, para la que no tendrán seguramente ni la millonésima parte de los recursos que manejan conocidos negocios mediáticos. Sí, tendrá que vencer escollos severos, y eso lo hace más admirable aún, y más derecho le da a tomar las medidas necesarias para cuidar su labor.

No por casualidad he enviado a esa publicación páginas como “Libia y el discreto encanto de coincidir con el imperio”, “De un discreto encanto en otro” y “El mayo español va por junio”. Aunque en esa publicación, por su soporte material y su plataforma ideológica, debe verse una tribuna internacional, humana, su origen y sus contingencias pudieran traer a la memoria el ambiente que hizo a César Vallejo exclamar dirigiéndose a ese pueblo, o a esos pueblos: “España, aparta de mí este cáliz”.

Son muchas las razones para aspirar a que Rebelión venza cualquier obstáculo que pudiera hacerla desaparecer o, lo que sería acaso peor, llevarla a que su título deje de corresponderse con el espíritu de lucha, a lo Espartaco, contra el imperio y los césares de turno. No se debe permitir que alguna vez triunfe el adiós a ese espacio, que nació y debe permanecer rebelado contra el imperialismo y sus personeros. Es necesario que se prolongue en el tiempo y en las mejores esperanzas la posibilidad, el derecho a decir cada mañana: ¡Buenos días, Rebelión!

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Rebelión:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=132402

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