El estudioso, profesor y diplomático José Antonio Portuondo, uno de los altos exponentes de la cultura cubana en el pasado siglo, aunó sabiduría y generosidad, porte académico bien llevado y servicio a la patria. Merece ser recordado como corresponde a sus valores, que incluyeron una gran calidad humana. Nació el 10 de noviembre de 1911en Santiago de Cuba, donde cursó gran parte de sus estudios y se vinculó a tareas culturales y políticas: fue coeditor de Mediodía y director de Baraguá, revistas portadoras de inquietudes sociales y sentido histórico. Tenía en su haber esa experiencia cuando en 1941se doctoró en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana.

En 1944 apareció, en la capital del país, Gaceta del Caribe, mensuario de cuyo comité editor formó parte con Nicolás Guillén, Ángel Augier, Mirta Aguirre y Félix Pita Rodríguez, nombres que indican voluntad de rigor intelectual, y vocación revolucionaria. La revista cerró en noviembre del propio 1944, año en que Portuondo recibió una beca de El Colegio de México, donde cursó estudios bajo la dirección del sabio Alfonso Reyes. De su ejercicio doctoral en la célebre institución nació Concepto de la poesía, libro que en su momento lo situó en la avanzada de la teoría literaria en Hispanoamérica.

Esa fue la antesala de una exitosa carrera docente en universidades de los Estados Unidos —Nuevo México, Wisconsin, Columbia, Pennsylvania— hasta 1953, y de una rica participación en foros internacionales. Con esa preparación regresó a Cuba, y enseñó en la Universidad de Oriente de1953 a1958, cuando se trasladó ala Universidad de los Andes, Venezuela. Volvió a la patria en 1959 para participar en la Revolución victoriosa.

Martiano y marxista hasta el final de su vida, sirvió a la Revolución en varias misiones, simultáneas no pocas de ellas: rector de la Universidad de Oriente y profesor de la Universidad de La Habana, embajador en México y en el Vaticano, vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, presidente de la Sociedad Cubano-Mexicanade Relaciones Culturales, miembro de la Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, director fundador del Instituto de Literatura y Lingüística, integrante de numerosas delegaciones culturales al exterior. Murió el 18 de marzo de 1996, y su cadáver fue expuesto en el mencionado Instituto, al cual se dio luego su nombre, como al Centro de Estudios Cuba-Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales en la Universidad de Oriente.

Escribió poemas que él mismo llamó “pecados de juventud”. Su obra fue eminentemente ensayística. Dueño de una inmensa cultura, mereció estas palabras de Alfonso Reyes: “Un libro de usted es siempre para mí una fiesta de espíritu y cordialidad, querido Portuondo”. A lo largo de su vida publicó numerosos volúmenes, y estaba sobradamente dotado para continuar la trayectoria que puntearon El contenido social de la literatura cubana (1944), Concepto de la poesía (1945, con reediciones) y José Martí, crítico literario (1953). En la Cuba revolucionaria siguió produciendo textos valiosos, muchos de los cuales reunió en libros; pero dedicó gran parte de su tiempo a charlas donde la erudición y el afán divulgativo se unían en la pelea ideológica y la siembra cultural.

Con mente ágil y gracejo, su talante le daba recursos para salir airoso de situaciones graves. Era embajador en México en los días de Girón, y al romper los Estados Unidos relaciones con Cuba un periodista le preguntó cuál sería la respuesta de su país. El diplomático revolucionario no tardó en contestar: “Una guaracha de Carlos Puebla”. Luego el cronista musical le confirmó que había acertado.

Su dedicación al ensayo y al quehacer divulgativo ya mencionado pudieran conspirar contra el recuerdo que merece: la memoria suele privilegiar lo hecho en géneros de ficción —regios, según la tradición occidental u occidentalizada—, o tratados y ensayos de relevante envergadura orgánica. Pero en cuanto a él, como a otros y otras, el olvido y el manejo del “borrador” quizás tengan también otras causas y motivaciones.

Defendió el marxismo cuando hacerlo podía ser “cosa de ilusos” y fuente de peligros, no cuestión de onda, una de las palabras que él sabía usar como pocos, acompañándola con modales jocosos y finos a la vez. Quienes hayan abandonado las ideas marxistas, o traten de pasarles por encima en un mundo de crisis y deserciones, no sentirán mucha simpatía por conductas como la del maestro Portuondo. Él abrazó una obra, la Revolución Cubana, que, junto con profundas transformaciones justicieras, tendría marcas de la falibilidad humana y de las pasiones puestas en tensión. ¿Dónde estarán las revoluciones hechas por arcángeles o por seres terrenales perfectos?

Desde joven fue Portuondo un militante revolucionario, e hizo vida de partido. Asumió hábitos de disciplina necesarios para la unidad, en los cuales será sano discernir entre aciertos y desaciertos, entre lo ineludible y lo que no se supo o no se pudo prevenir a tiempo. Quienes lo conocieron, máxime si disfrutaron sus clases —tan fértiles y enriquecedoras como heréticas para ciertas burocracias pedagógicas—, podrán testimoniar la amplitud de miras con que asumía la cultura en general y la cubana en particular. Su epistolario también lo ratifica.

Es tendencia común arrimar la brasa a la sardina propia, aunque por lo general eso se diga únicamente de la pasión con que los otros defienden sus respectivas parcialidades. Suele asimismo calificarse de empecinamiento la firmeza ajena. Pero Portuondo no se distinguió por ser excluyente. En el aula había quienes se sobresaltaban al oírlo ponderar a figuras de las que disentía, o sobre las cuales pesaban interdicciones que después se reconocerían impertinentes. Se está hablando de un período veteado, en política cultural, por errores que la nación procuró frenar revolucionariamente. A ese empeño obedeció centralmente la creación, en 1976, del Ministerio de Cultura.

El año es dato significativo en esta historia: ciertos juicios sobre Portuondo remiten, explícita o implícitamente, o por lo bajo, al Diccionario de literatura cubana, obra del Instituto de Literatura y Lingüística y cuya fecha de cierre investigativo fue 1975. Puesto que el primero de los dos volúmenes del útil compendio tiene estampado 1980 como año de impresión —y 1984 el segundo—, resulta obvio que el lento laboreo editorial se hizo, sobre todo, en los años inmediatamente posteriores a 1975, mientras el quehacer de Portuondo en la dirección del Instituto se había interrumpido: de1976 a 1981 se desempeñó como embajador en el Vaticano.

No se debe culpar a otros para librarlo a él de la responsabilidad que haya tenido en hechos infortunados, y las equivocaciones que proceda atribuirle no borrarán un saldo que fue, es, altamente valioso. En el análisis ha de incluirse la disciplina partidista que mantuvo, pero cabe imaginar —dígase con el título de uno de sus libros— el heroísmo intelectual que habrá tenido que poner en acción. Fue fiel a sus principios políticos, y le correspondió asumir decisiones asociadas a vetos y podas incompatibles con la amplitud cultural de su mirada. No podía ignorar que un diccionario es un repertorio donde se deben poner en cada caso los calificativos que se entiendan justos, sin excluir a quienes por definición les corresponda estar en él. Sería como eliminar en un inventario botánico general las plantas venenosas o que produzcan alergia a quienes lo compilan.

Aquel diccionario no fue la única obra en correr una suerte similar. En los estudios literarios, como en el conjunto de las ciencias sociales, subjetividad y pasiones tienen potencialidades de influjo que no operan de igual modo en otras ciencias. Ello se hace sentir aún más cuando se deciden cuestiones graves. ¿Qué decir si se trata de la sobrevivencia nacional ante peligros foráneos, y de construir un modelo de justicia que aún no ha triunfado, ni se ha aplicado plenamente, en parte alguna del planeta?

En esas circunstancias las complejidades pueden condicionar el pensamiento en grados y maneras cuyas implicaciones no siempre se ven con total claridad en el momento en que se producen. Pero ello no basta para ignorar los errores, ni para avergonzarse de haber procurado defender una revolución verdadera, en la que excesos y defectos pueden ser inevitables, a veces independientemente de la limpieza personal de seres humanos como Portuondo. Tampoco deben darse por buenos los extremismos y bandazos, que favorecen resentimientos y desquites.

En el camino rectificador planteado en 1976 con la fundación del Ministerio de Cultura, cuyas tareas tuvieron en Portuondo un entusiasta colaborador, deben situarse los tres tomos (publicados en 2002, 2005 y 2008, respectivamente) de Historia de la literatura cubana. Esa obra, justamente distinguida en 2010 con el Premio Anual de la Academia de Ciencias de Cuba, la coordinó el propio Instituto, ya otra vez bajo la dirección de su fundador, luego del trabajo diplomático hecho en Roma. Aunque las relaciones entre corrientes o tendencias, y las valoraciones más reposadas, pueden llevar su tiempo, debe apuntarse que omisiones impuestas en el Diccionario, y que no satisfarían la voluntad de Portuondo, no se dieron en Historia de la literatura cubana.

En varios puntos resultaría de interés revisar ambas obras, inseparables del quehacer del maestro a quien se rinde tributo con motivo de su centenario, y de sus méritos. En la primera, por ejemplo, aparecen destacadas más o menos simétricamente dos revistas que, nacidas en la primavera de 1944, representaron desde posiciones y perspectivas diferentes el rechazo a la corrupción y las frustraciones de la política nacional: Gaceta del Caribe, ya recordada en este artículo, y Orígenes, que tuvo más larga vida y ha logrado mayor resonancia. Mientras la primera dio voz a concepciones de autores marxistas, como Portuondo, o afines a ellas, la segunda fue la base expresiva del Grupo homónimo, caracterizado en general por la religiosidad y la búsqueda de amparo para sus ideas en el reino de la poesía.

Gaceta del Caribe, la opción de Portuondo, se asoció a la pelea ideológica explícita contra los demonios de la podredumbre, una pelea que seguiría estando en la médula del pensamiento revolucionario indispensable para transformar la realidad. Por su parte, frente al mismo entorno Orígenes fue la culminación —dígase parafraseando títulos de otras publicaciones animadas por José Lezama Lima— de la espuela de plata espiritual y el verbum afincados en lo bello con Dios. No era poca la afinidad en el justo rechazo al medio circundante, ni menudas las diferencias de perspectivas con que se asumía.

Más allá de opciones metodológicas para la exposición del tema, eso pudiera verse entre las razones básicas de un hecho: en Historia de la literatura cubana las líneas de continuidad representadas por Gaceta del Caribe y por Orígenes tienen, en ese orden, tratamientos separados. Quizás ello apunte, entre otras cosas, a la necesidad de seguir estudiando concienzudamente el proceso histórico de Cuba durante la República neocolonial y sus derivaciones posteriores. No han faltado llamamientos en tal sentido.

Se piensa en eso también ante señales de que, por reacción contra el péndulo elongado para distinguir a autores que por sus valores propios merecen recordarse, ocurren a veces otros estiramientos. Estos favorecen a otros autores con méritos para ser recordados en su justa medida, aunque no siempre se les haya recordado así. Habrá que volver una vez y otra a la luz con que Martí valoró la hornada de escritores —heterogéneos y afines entre sí como para dar cabida a Martí mismo, Rubén Darío, Julián del Casal y otros— que en su tiempo impulsaron, llámese modernismo o como se le llame, la renovación literaria hispanoamericana: “Era como una familia”, definió Martí a esa hornada en su ejemplar semblanza de Casal.

Hoy, para algunos, se diría que el mayor si no único símbolo de resistencia en la República neocolonial y en la producción literaria posterior habría que buscarlo en el Grupo Orígenes, especialmente en Lezama, y en otros escritores de directa aunque a veces contradictoria afinidad con él. Orígenes —cuya orientación tuvo un contendiente a la vez que un admirador de sus altos valores estéticos y éticos en el Portuondo amigo e incluso protector de Lezama— fue un semillero extraordinario. Basta mencionar varias de sus figuras mayores: el propio Lezama, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, quien recibió el Premio Nacional de Literatura junto con Portuondo, y alegremente compartió con él la felicidad del reconocimiento.

Pero Orígenes no ha sido la única fuerza intelectual valiosa para Cuba del siglo XX para acá. Ciertas perspectivas incluso pasan por alto o rechazan ideas y textos con los cuales, al influjo de la Revolución que transformó el país, insignes integrantes de ese Grupo rebasaron el alcance en que ellos habían colocado su poesía. Simultáneamente, por omisión cuando menos, algunos criterios parecen dirigidos a borrar a Mirta Aguirre, Juan Marinello, Onelio Jorge Cardoso, el mismo Portuondo y, para no alargar esta lista, a nadie menos que Nicolás Guillén.

No basta que algunos de esos nombres los lleven instituciones meritorias. Si las pasiones personales resultan ineludibles —y se ha de contar con ellas—, las instituciones que representan a la nación tienen también por eso una seria tarea que cumplir, para que no se empobrezca el saldo que debe cuidarse colectivamente. Portuondo, de quien aquí se habla en particular sin ninguna intención de juzgar a otros, no se caracterizó por las pequeñeces mezquinas, sino por la grandeza estimulante. Con entusiasmo, y con el sentido que el habla cubana imprime a las palabras, saludaría hoy el afán de afianzar la necesaria integración. Parece estar oyéndolo: “Eso es formidable, compañeros”.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/jose-antonio-portuondo-cubano-que-merece-memoria/20665.html

 

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