Con una indumentaria informal que hizo recordar las maneras que el progresismo europeo escogió para trasgredir la etiqueta, vetusta cuando no rancia, de aquel continente, y contrastante con la solemnidad propia de la ocasión y del Aula Magna donde tuvo lugar la ceremonia, recibió Ignacio Ramonet la investidura de doctor honoris causa en Ciencias de la Comunicación con que lo honró la Universidad de La Habana.

El acto lo encabezaron el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón de Quesada; el ministro de Cultura, Abel Prieto, y el rector de la Universidad, Gustavo Cobreiro. Francisco González García, decano de la Facultad de Comunicación, hizo el elogio de Ramonet con un discurso que, en gran medida, rindió homenaje a su predecesor en el cargo, Julio García Luis, destacado periodista muerto hace pocas semanas. González citó extensamente el texto con que su colega expuso hace algunos años las razones por las cuales Ramonet —de larga ejecutoria periodística, conocido currículo en el estudio de los medios y sobresaliente participación en movimientos sociales por un mundo mejor— merecía la alta investidura.

En su turno, ante un público en que había sobresalientes figuras de la política y la cultura en Cuba, como Armando Hart Dávalos y Alfredo Guevara, entre otros, y formado ampliamente por estudiantes de periodismo, Ramonet entregó una charla amena e informal, y cargada de conceptos. Expuso algunos de los que ha venido sustentando a lo largo de años, y defendió la necesidad de mantener una posición crítica y activa frente a las manipulaciones mediáticas con que el capitalismo intenta perpetuarse. Más de una vez insistió en la necesidad de que “nuestras sociedades democráticas” —así llamó explícitamente a las del capitalismo europeo— se desarrolle con el auxilio tecnológico de las redes un periodismo de verdadera expresión ciudadana, para hacer frente a dichas manipulaciones, cada vez más calzadas con mayor poder.

Junto a las obras dedicadas por el periodista hispano-francés al estudio de la comunicación y que han ganado celebridad, hay una de especial repercusión y que seguirá marcando su responsabilidad en el terreno de las opciones políticas: el fruto de su larga entrevista al líder de la Revolución Cubana. Biografía a dos voces fue su título original, y en las ediciones siguientes dio paso a uno más equilibrado y de mayor ajuste al contenido: Cien horas con Fidel.

Los honores recibidos por el director de Le Monde Diplomatique en Cuba —el que acaba de otorgarle la Universidad de La Habana no es el primero, ni será el último: estará presente con su obra en la Feria del Libro, ahora en curso— y su lucidez, así como los desafíos que la realidad planetaria pone ante quienes opten por una información mejor para lograr un mundo más justo, hacen pensar en reclamos de la mayor importancia. Es indispensable estar alertas contra las maquinaciones de la propaganda imperialista, que tantos servidores de distinta laya tiene en las denominadas democracias europeas, en cuyos rejuegos se usurpan rótulos como socialista y popular, y a veces zonas de la izquierda evidencian, más que azoro y desconcierto, deserción.

El título concedido en Cuba a Ramonet me mueve a recordar algunos de los párrafos que escribí —y de los cuales ahora repetiré o glosaré escasos fragmentos— en “De un discreto encanto en otro”, publicado primero en mi artesa digital (https://luistoledosande.wordpress.com) y reproducido en Rebelión y en otros órganos cuando se asesinaba a gran parte del pueblo libio so pretexto de “ayuda humanitaria”, algo que había que proponerse ser ciego para no verlo. Entre otras declaraciones que estimé insoslayable refutar aludí a una “singular lección” de Ignacio Ramonet, quien a menudo —como parte de logros que sería indecente cicatearle— diserta, incluso a periodistas que intentan transformar un país y, en él, su prensa. Ahora, escribí entonces, entre prestidigitaciones verbales apoya de hecho la inaceptable resolución que la OTAN gestó, por la cual Libia está bajo las bombas.

En un momento de la indigación por ese crimen, apunté que me contenía para no llegar al extremo intemperante de suscribir la valoración hecha por una colega mientras comentábamos el aludido texto de Ramonet: “¡Ahora sí que, si no se la han dado todavía, al director de Le Monde Diplomatique no hay quien le quite el orgullo de recibir de manos del abominable Sarkozy la credencial de la Legión de Honor francesa!” Quizás pensando en casos similares fue que, según se cuenta, Picasso dijo que lo malo no es recibir tal “distinción”, sino merecerla. No hay que llegar a tanto con respecto al sabio periodista, y terminaré citando el acuse de recibo con que agradecí —a otra colega— el envío de su artículo: ¡Ramonet, Ramonet! ¡Oh, Ramonet!

Es natural que uno no quiera tener que volver a escribir nada parecido, y que Ramonet honre permanentemente la distinción que se le ha dado en La Habana. También esa buena esperanza es posible. Hay razones para confiar en que se cumplirá.

Luis Toledo Sande

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