El déficit de espiritualidad es una de las grandes calamidades que el mundo sufre, y, al parecer, se agrava con el paso del tiempo. Percatarse de ese hecho no exige una visión especialmente penetrante. Ni cabrá acreditar su “descubrimiento” a institución alguna en particular, ya sea científica, política, filosófica, religiosa, filantrópica o de cualquier otra índole. Es, cuando menos, una verdad como un templo, o como una cárcel.

Esa yerba acumula una larga historia, y desde el ápice radical hasta el tope de su foliación vive alimentada por el individualismo, por actitudes pragmáticas. Al margen pero no sin nexos con el uso que, incluso animado por voluntad encomiástica, suele hacerse de ese término en el lenguaje cotidiano, el pragmatismo es la filosofía propia del sistema capitalista. La caracterizan el utilitarismo y el valor instrumental, y su aparición, o por lo pronto su bautizo, se ubica en los Estados Unidos decimonónicos.

Doctrinarias o “meras” expresiones de su naturaleza, entre las máximas que identifican el pragmatismo están aquellas según las cuales el fin justifica los medios y el éxito certifica la razón de los actos. Una muestra de semejante punto de vista —o de ceguera interesada— es el aserto según el cual el país cuna del pragmatismo perdió la guerra contra Vietnam porque la acometió equivocadamente, pero en las demás ha tenido de su lado la razón.

La voluntad, indispensable para encarar los valores o desvalores imperantes, por sí sola puede resultar insuficiente en ese empeño. Si pensamos en un caso como el de Cuba, una simple operación aritmética autorizaría a sostener algunas consideraciones: para empezar, poco más de medio siglo de afán por construir un sistema responsabilizado con la justicia social, e irrealizable sin ella y sin una sólida eticidad, no basta para contrarrestar los efectos de milenios durante los cuales la humanidad ha padecido los rumbos capitalizados por las sucesivas minorías explotadoras.

Los desafíos son mayores en la medida en que, al enfrentarlos, no cabe ignorar las exigencias de la realidad ni el correspondiente —necesario— sentido práctico, virtud que no se debe confundir con el pragmatismo, pues ello favorecería la pérdida de la brújula imprescindible. Pero las precisiones vitales pueden difuminarse cuando, después de años en la búsqueda de un modelo social basado en la aspiración de la equidad con sesgo igualitario, la terca realidad asociada a la crisis económica internacional, a los estragos del bloqueo estadounidense, y a deficiencias y desviaciones internas, pone en peligro esa esperanza y propicia que la desplace el individualismo.

Antes de seguir, quede claro que nada de lo aquí dicho persigue satanizar el ejercicio de la individualidad —que tiene derecho a realizarse plenamente sin menguar los derechos también legítimos de otros seres humanos— ni mucho menos devaluar los ideales de la justa igualdad. El esfuerzo propio debe ser garantía del avance personal, pero lo más deplorable del igualitarismo no es su inviabilidad objetiva, sino que conspira contra la justicia social en un mundo donde las fuerzas dominantes viven de impedirla. Y no hay que pasar por alto el influjo que hasta donde ellas no detentan el poder político habrán ejercido el desastre del llamado socialismo real y la correspondiente euforia imperialista.

Dada esa realidad, con sentido práctico se ha visto que Cuba no tiene manera —¿qué país la tendría?— de hallar una solución pareja para todos sus pobladores, y que el túnel nacional, en cuya salida se espera que esté la luz de las soluciones, para cada sector puede tener un tiempo de recorrido y saldos diferentes, y para cada quien los tendrá de acuerdo con su capacidad y su aporte. Así dicho, pudiera verse en ese criterio la respuesta ineludible a hechos palmarios que, de ignorarse, acarrearían mayores obstáculos aún contra la solución de problemas fundamentales. Pero, dejado a la resignación y a la espontaneidad —tan parecidas en ocasiones a la dinámica del mercado—, serviría para que las cenizas de William James y otros forjadores del pragmatismo salten de júbilo en sus tumbas.

Además de recibir ese aval, nada satisfaría más a los padres putativos de la ideología propia de los intereses capitalistas, imperiales, que ver a Cuba privarse de aspiraciones y sueños cuya defensa ha hecho de ella un país diferente, no sometido a los cánones que el economicismo y las prácticas a él afines certifican como únicos sustentables y, por tanto, llamados a ser eternos. Propalados en el planeta por los medios dominantes, calzan el pensamiento “natural” de un sistema opresor capaz de generar solamente las ilusiones y los espejismos convenientes a su perpetuación, mientras arrincona como fantasmagorías cuantas ideas se opongan a ella.

El capitalismo —aún más, si cabe, su modalidad llamada neoliberal— en función de tales propósitos inocula en la sociedad una desespiritualización reforzada a menudo con teorías supuestamente científicas: desde un relativismo irracional o absurdo, que en principio parecería concernir solo a la naturaleza y a hechos mecánicos, por diversos caminos generan o apoyan dispersión y parálisis en las fuerzas sociales que se le enfrentan o podrían hacerlo. Tanto más le conviene esa desespiritualización cuanto mayor es la crisis sistémica que lo mina, aunque todavía disponga de recursos para paliarla y conservar su hegemonía.

Al hecho de que Cuba no puede mantenerse ajena a la realidad internacional se suman elementos internos que sería suicida soslayar, pues significaría renunciar al afán de erradicarlos o, si eso no fuera posible, contrarrestarlos. La pérdida de espiritualidad crece con la crisis de valores conductuales que apreciará quien viva o al menos observe, con voluntad de ver, la realidad de un país donde, particularmente en la capital, pero no solo en ella, la grosería galopa a sus anchas.

Hace poco el escandaloso éxito de una canción con texto inmundo —no hay género musical ni de arte alguna fatalmente condenado a ser zafio— suscitó, en la alarma, una pregunta: ¿por qué a la juventud le gusta algo semejante? Pero, aunque tal vez las cifras de “infectados” por el virus de la chabacanería sean ciertamente grandes, ni toda la juventud cubana participa de dicho mal, ni este se circunscribe a un grupo etario determinado: corroe a la sociedad en su conjunto, como partícipe o víctima, forzada a la complicidad aunque “solo” sea por practicar la indiferencia o tolerancia indispensable para no infartarse.

Eliminar prejuicios y mojigaterías frustrantes constituye un acto de verdadera liberación si se acompaña de normas imprescindibles en el cultivo de una convivencia sana, también liberadora. Para alcanzarla es necesario impedir que, en nombre de un supuesto democratismo, se adueñen de la calle las personas de peor comportamiento. Dar pie a que esto ocurra se revierte en pábulo para quienes afirman, a menudo con tintes racistas, que la grosería es fruto fatal de la democracia. Esos son feroces enemigos del auténtico democratismo, propio de un pueblo educado y en condiciones de encarnar los valores de una aristocracia verdadera: el poder de los mejores, por sus virtudes humanas, no por señorío económico y político, adquirido o heredado al modo feudal, como “derecho divino”. No es casual que divino haya parado en sinónimo de bello y encantador.

Hay costados del asunto que tienen raíces o implicaciones de carácter filosófico, y en ellos estuvo centrado el artículo “Cultura, péndulos y cruces (Detalles en el órgano. X)”, también publicado en Cubarte, como los anteriores de la serie. Uno de esos costados concierne al hecho de que en algún tramo del camino se identificó espiritualidad con religiosidad, y ateísmo con pensamiento revolucionario. Compártase o no su juicio, vale recordar una afirmación del trovador Silvio Rodríguez: “La religión es la burocracia de la espiritualidad”. También podría decirse que la ateocracia o ateísmo mal asumido no están libres de tener sus propias expresiones burocráticas, además de oponerse como la teocracia a la libertad de pensamiento y a la necesaria espiritualidad. Ambos extremos se oponen al buen desarrollo de los valores humanos.

En medio del entusiasmo ateocrático —cuyas causas ha tenido ya diversas explicaciones: alguna de ellas se cita en el artículo antes mencionado— prosperó una singular forma de “elogio”. No es cuento que, para sostener que alguien era firme y no lo enmarañaría superstición ni “blandenguería” alguna, solía decirse: “Ese (o esa) no cree en nada. Ni en su madre”. Pero ¿cómo suponer que con semejante expresión se puede calificar a quien sea capaz de creer en valores colectivos de dignidad y liberación humanas? Aquella frase, concebida para alabar, es no menos que infeliz; pero revela confusiones gangrenógenas.

La eticidad que tanto urge al mundo no es cosa de gente sanaca, sino un conjunto de valores indispensables para alcanzar la plena condición humana, que no podrá lograrse sin una elevada espiritualidad. Y esta no es patrimonio de institución alguna, aunque el autor del presente artículo recuerde la convocatoria de un obispo, en una comarca de nuestra América, a lograr que el mundo marche bajo el mando de la Iglesia católica, nombre que significa universal. Las demás religiones del mundo, ni que decir el ateísmo, ¡a la hoguerra!: si no de fuego material, sí de llamas ideológicas, que no son menos arrasadoras.

Hay razones para confiar en que un pueblo instruido, como el de Cuba, siente o sentirá mayoritariamente la necesidad de revertir la falta de espiritualidad y darse a recuperar valores como los de la familia, sometida a embates de la realidad material y criterios empobrecedores; pero no se doblegará ante quienes bajo techo o al aire libre convoquen, por ejemplo, a que la mujer se subordine servilmente a la voluntad del marido. Con similar confianza puede esperarse que ninguna cruz y ningún portamisal de Cristóbal Colón —piezas históricas que no hay por qué desconocer— sirvan para idealizar los valores que el ambicioso Almirante representó en la expansión de la Europa donde se fraguaba el capitalismo, que entonces utilizó la esclavitud clásica, como hoy la coacción económica.

Si la instrucción que tanto afán y tantas inversiones ha costado al pueblo cubano no previniera contra mistificaciones que nos lastrarían, no valdría de mucho. Pero tampoco hay que ignorar vaivenes y bandazos que puedan venir de la falta de equilibrio en la orientación de los elementos que, quiérase o no, intervienen en el funcionamiento de una sociedad. No cabe dejarlos al azar, y Cuba no vive, ni debe aspirar a vivir, en una urna de cristal con asepsia garantizada de antemano. La asepsia, de lograrse, suele ser un modo seguro de impedir la efectividad de los anticuerpos necesarios.

La quiebra de la espiritualidad abre puertas a la complicidad con el delito. Que en determinadas circunstancias la sobrevivencia se vea sometida a búsquedas perentorias no es razón para descuidar valores y comportamientos indispensables si se quiere mantener vivos los valores que deben caracterizar a un ser humano pleno. Mucho menos lo es si se busca que este sea exponente y participante activo de un proyecto social dirigido a lograr niveles de igualdad a una altura que aún la especie no ha alcanzado en parte alguna del planeta.

Nada de eso podrá lograrse sin la decencia, virtud cuyo nombre es una palabra que parece fuera de moda, lo que no debe inquietar más a los filólogos que a los políticos y sociólogos en general: que ese vocablo esté fuera de moda apunta a la devaluación de la realidad que él designa. Si prospera la corrupción, no habrá que hurgar mucho para descubrir por qué la decencia puede estar en repliegue, o disimulada como una bobaliconería senil que debe desecharse por inútil. Sí, en ciertas circunstancias la decencia puede ser poco rentable; pero sin ella es difícil llegar a puertos que valgan la pena.

Llevan razón quienes opinan que no se debe esperar a que estén resueltos los problemas materiales para acometer el saneamiento moral. Por los caminos que lleva el mundo es probable que la solución de aquellos problemas esté harto lejos de alcanzarse, para no incurrir en el pesimismo de considerarla inviable. La búsqueda de solución de los problemas materiales ha de acompañarla un cuidado meticuloso de los valores a los que ella debe responder. Y en ese camino la espiritualidad —que no es patrimonio de institución alguna, ni está negada a quienes no sean religiosos, sino a las piedras— desempeña un papel de primer orden. Tampoco se andará bien la senda, ni se llegará a la estación buscada, si mientras se predica con palabras y hechos en pos de los valores morales necesarios, no se castiga con el rechazo social y el brazo de la ley a quienes practiquen la corrupción, expresión señera del individualismo. A esas personas aplíqueseles de veras las leyes severamente, sean quienes sean, como ha dicho Raúl Castro, presidente del país.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/espiritualidad-vs-pragmatismo-y-otras-yerbas-afines-detalles-en-el-organo-xi/21317.html

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