El homenaje de Voces de la República a Nicolás Guillén por su aniversario 110, prolonga el que se le dedicó este año en la Feria del Libro de Sancti Spíritus, en la cual se dio justo realce a un nuevo volumen sobre su obra, publicado en el mismo territorio por Ediciones Luminaria, y debido al ensayista jamaicano Keith Ellis, uno de sus grandes estudiosos. Honrar a quien se ganó el título de Poeta Nacional no debe limitarse a efemérides, menos aún si puede tenerse la percepción de que su presencia en los medios mengua, para no decir que se difumina. Cabe pensar en veleidades y mutaciones del gusto, y en la lima del tiempo, que, además de amansar entusiasmos y preferencias, contribuye a nivelar las aguas, según el manido refrán. Pero no se trata de leyes físicas tipo gravitación universal, sino de actos volitivos y tendencias más o menos conscientes, aunque no siempre declaradas.

Algo de suma seriedad, o gravedad —y no la descubierta por Newton—, se trata a veces como cosa de risa, para atenuar quizás la conciencia de sus implicaciones: a la idiosincrasia cubana se le atribuye disposición fatal a los bandazos, y para apoyar tal juicio se acude a la autoridad de Máximo Gómez, quien por los caminos de la gloria y del sufrimiento nos conoció bien. Dijo, se afirma, que el cubano o no llega o se pasa. Ese juicio —que daría para otras páginas, y algunas ha provocado ya— tal vez no sea ajeno al tema aquí tratado.

No es necesario, ni aconsejable acaso, reclamar para Guillén la intensa promoción que recibió en los lustros finales de su existencia, y en años inmediatamente posteriores a su muerte, ocurrida en 1989, año hito en la negación de la proclamada irreversibilidad del socialismo conocido hasta entonces en la práctica política. Por cifra y por modos, en ocasiones la merecida alabanza al poeta y a su actitud ciudadana parecía excesiva, y la sobresaturación puede generar más rechazo que beneficio.

En 2010, centenario de José Lezama Lima, un artículo incluyó esta conjetura: quizás el maestro de Orígenes se riera socarronamente previendo las ventajas que le vendrían de la interdicción sufrida por él durante un tramo de nuestra política cultural. Para que el artículo saliera, el autor necesitó discutir contra el veto del término-concepto acuñado por Ambrosio Fornet para el tiempo transcurrido desde 1971 hasta que en 1976 se creó el Ministerio de Cultura: quinquenio gris. Según el interlocutor del articulista, la línea editorial de la publicación rechazaba el sintagma, y otro tanto hacían muchos intelectuales, incluso algunos que realmente fueron maltratados.

Quizás tal rechazo sea cierto, como los usos oportunistas de quinquenio gris aducidos para defender la supuesta línea editorial. Pero, aunque fuera pertinente determinar la magnitud del uno y la de los otros, lo más significativo estriba en un hecho: el reconocimiento de que en aquellos años hubo víctimas de maltratos. Estos —al margen de rótulos— no son menos repudiables porque ocurran en el plano intelectual y moral y no el físico.

El asunto no se trae a colación para revolver ninguna olla, menos aún con el espíritu de quienes hallan en las revolturas un modo de agradar o servir a los enemigos dela Revolución Cubana, o situarse entre ellos; ni para avalar ánimos de desquite, que podrían llevar —si no lo han hecho ya— a los rescoldos del oportunismo y los ajustes de cuentas. Pero olvidarlo, u ocultarlo bajo mantos como una pretensa mesura o prudencia editorial, u otros, aporta cómplices a hechos que no se borrarán porque no se les mencione, y que, sobre todo, no deben repetirse: van aparejados a injusticias, y, por añadidura, al corregirlos se pueden generar a su vez excesos “compensatorios” en el turno del ofendido.

Felizmente, el Ministerio de Cultura acometió una profunda rectificación, verdadero acto revolucionario. Se conocen los desagravios a intelectuales y artistas que han disfrutado y disfrutan ese logro, asuman o rechacen el rótulo quinquenio gris, aunque, mientras no se pruebe lo contrario, hay señales de que también lo emplea la mayoría de ellos. Lo más importante radica en que el cambio es parte de una política cultural atinada.

La promoción y el reconocimiento, en las últimas décadas, de figuras como el propio Lezama Lima y otro alto exponente del Grupo Orígenes, Cintio Vitier —quien llegó a ser diputado a la Asamblea Nacional y a menudo se cita en actos de gran relevancia—, son expresiones de la mencionada rectificación. Y no han faltado entorno y oportunidad en que a Lezama se le haya llamado paradigma de la rebeldía nacional. A veces parecería que en la cantidad hechizada del embullo insular podría citársele para cualquier cosa.

La rectificación se confirma en el presente año en torno al centenario de otra figura sobresaliente en la cultura cubana, Virgilio Piñera. Si en el caso de Lezama y de Vitier se evidencia que ha quedado atrás el peso de la discriminación por motivos religiosos, en lo tocante al mismo Lezama y a Piñera el saneamiento de la política remite a la voluntad de erradicar la homofobia. Todo ello atañe a miras ideológicas.

Entre las barreras sujetas a rectificación operó —y en algunas aristas seguirá haciéndolo todavía— un deslinde que nació de un dilema insoslayable y ha tenido implicaciones agudas: la de haber o no haber permanecido en Cuba después de 1959. Pero también la conducta mantenida ante esa delimitación cambia. Baste citar el tratamiento a Jorge Mañach, Lydia Cabrera y otros autores. Algunos habrán sonado menos, pero son también significativos. Hoy no se cuestiona a Juan José Sicre, autor del monumento a José Martí erigido en la Plaza de la Revolución que lleva el nombre del héroe. Pero en un momento dado se desaprobó, porque el escultor se había ido de Cuba, la iniciativa de reproducir la cabeza de aquella estatua para apoyar la tradición de sembrar en la patria bustos de Martí.

La política cultural —donde cultural es adjetivo, importante, pero no más— no es ni puede ser ajena a la política, y lo dicho en el párrafo anterior recuerda pasos que se dan y se darán para transformar otra política con apellido: la migratoria. Los cambios hechos o reclamados obedecen a conceptos ciudadanos fundamentales, y al paso del tiempo. También responden a los nexos de la nación con su emigración, y debe enfatizarse el posesivo su: una minoría de emigrados sigue sirviendo a los planes del imperio para derrocar ala Revolución y recuperar su dominio sobre Cuba, lo que sería la muerte de este país como nación.

Con la originalidad que la ha distinguido en su brega revolucionaria, Cuba debe impedir hechos que, según anécdotas, han ocurrido en otros lares: quienes salieron del país hallaron, cuando se les permitió regresar a él, ventajas promocionales, no siempre avaladas por su calidad, que los favorecían con respecto a quienes no se habían ido. Estos habían hecho lo que debían: portarse bien, y no era necesario darles la atención requerida por otros.

El justo desagravio a víctimas de interdicción y de otros extremismos no debe dar paso al olvido, o insuficiente recuerdo, de quienes no sufrieron esa experiencia y hasta cargan el sambenito de haber disfrutado de “apoyo oficial” por su lealtad revolucionaria. En casos representativos esa actitud se expresó en posiciones marxistas, que hoy no están de moda en el mundo y muchos intentan descalificar por todos los medios, para darlas por muertas.

De existir, lo que parece ser silencio o desgano con respecto a Guillén difícilmente sea ajeno del todo a esa realidad. Él gozó de prestigio por sus posiciones revolucionarias desde joven, en plena República neocolonial, cuando abrazarlas acarreaba peligros, lejos de aportar beneficios. Pero su jerarquía literaria no la fabricó ninguna maniobra política para promoverlo después del triunfo revolucionario. Fue un gran poeta, y no necesitaba los excesos de la promoción, que podían más bien ganarle rechazo.

Al reseñar hace varios años una exposición de dibujos de René de la Nuez sobre poemas de Guillén, el autor de estas notas contó una anécdota que entusiasmó a Keith Ellis. Una alumna que disfrutaba tener una buena profesora de literatura, volvió un día a la casa con esta exclamación: “¡Yo no sabía que Nicolás Guillén había escrito poemas tan volaos!” Reaccionaba contra la imagen estrecha que a menudo se daba del poeta que trató con gran altura artística una amplia gama de temas, desde los más íntimos hasta los de gran relieve social, pasando por la fragua de la identidad cubana. Escribió por la muerte del líder obrero Jesús Menéndez una Elegía que ha merecido valoraciones como la de Guillermo Rodríguez Rivera, quien la situó entre “los mayores poemas cubanos del siglo XX”, en un artículo donde lamentó que su sexagésimo aniversario, en 2011, pasara sin la debida recordación.

En ese año se cumplió también el centenario de José Antonio Portuondo, y en 2012 se cumplirá el de Mirta Aguirre, relevantes intelectuales afines al universo ideológico de Guillén, y que brillaron con luz propia. Sería útil valorar el grado de repercusión que tuvo el siglo del primero, y la que acabará teniendo el de la segunda. Si de promoción y memoria se trata, contra ambos opera el haber cultivado especialmente el ensayo, aunque Aguirre sobresalió además en la poesía, en la que Portuondo declaró haber cometido “pecados de juventud”. Por prejuicios incongruentes con la cultura cubana y latinoamericana en general, el ensayo no siempre es objeto de justa consideración como fruto literario. A ello se han referido diversos autores, como hizo Ambrosio Fornet a propósito de su Premio Nacional de Literatura, que se le otorgó fundamentalmente por su labor en ese género.

Pero los hechos no siempre terminan en sí mismos. Hoy sobran agencias, órganos y medios que promuevan cuanto parezca enfilado contra la Revolución Cubana o pueda usarse con ese fin. Frente a semejante realidad, las instituciones de la cultura revolucionaria deben seguir trabajando conscientemente, y con justo equilibrio, sin excluir a nadie que merezca ser tenido en cuenta, cualesquiera que hayan sido las preferencias, los celos, las paranoias y los rechazos —sin descartar zancadillas— de unos y de otros, y hasta los usos que hayan hecho del poder. Es necesario que los vaivenes pendulares no empujen hacia el olvido, o recuerdo menguado, a ningún creador valioso, y que modas o acomodos a las circunstancias no opaquen a quienes hayan bregado por la transformación del país.

En ese espíritu da gusto la reciente inauguración, en La Habana, de un centro cultural con el nombre de Raquel Revuelta. La desidia y la inercia pueden apoyar la tendencia abonada por el repliegue de las fuerzas de izquierda en un planeta donde los poderosos procuran a toda costa certificar la inviabilidad de la transformación emancipadora, en medio de la crisis sistémica del capitalismo y la indignación que, frente a ella, recorre el mundo.

En esa realidad los “dueños del planeta” intentan devaluar toda herencia que les moleste, y paralizar a quienes pudieran desafiarlos. Les conviene que defender ideas revolucionarias en el arte se estime panfletario. Sobre Portuondo y Aguirre, para seguir la pauta de las conmemoraciones y no alargar la lista de casos similares o afines, pesará el vínculo con posiciones estéticas demasiado tranquilamente resumidas a veces como realismo socialista. Este rótulo, a pesar de los autores importantes asociados a él, parece condenado a la execración, por los excesos políticos cometidos en su nombre y porque —podría decirse— ni fue bien engendrado ni nació bien. Se formó con la yuxtaposición de un sustantivo de naturaleza estética, realismo, y un adjetivo de índole ideológica y política, socialista.

Pero hay razones para sospechar que el repudio concitado por esa combinación, o lanzado contra ella, se afinca en la euforia antisocialista abonada por los medios dominantes en el afán de imponer el pensamiento que les conviene. La demolición del Muro de Berlín en 1989 —año, recordemos, en que murió Guillén— pudo haber jalonado la quiebra de fronteras antidemocráticas, incluidas las capitalistas, de no haber sido porque, en la práctica, sirvió para celebrar al servicio del capitalismo el bicentenario de la Revolución Francesa, cuyas potencialidades emancipadoras frustró la burguesía, que la capitalizó.

No solo está en pie el rechazo del llamado realismo socialista, sino la satanización del socialismo. Los ideólogos del capitalismo, con potentes recursos materiales e ideológicos, no han buscado acuñar un concepto como realismo capitalista, ni lo han necesitado para defender omnímodamente sus intereses y propagar los valores afines a ellos. Han logrado —el cine de Hollywood da sobradas pruebas— que, por muy descarnada que sea, la defensa de tales intereses y valores no se tilde de panfletaria. Esa acusación queda para la defensa de ideas anticapitalistas.

Si hoy se pusiera en escena una buena obra dedicada a recrear episodios heroicos y logros de la Revolución Cubana, probablemente se le descalifique como panfleto envejecido. Pero si, aunque no sea tan buena, está atarugada de problemas que aquejan al país, y de errores cometidos —como si estos nada tuvieran que ver con el afán de transformación gracias al cual alcanzó Cuba lo que la hizo diferente en el mundo—, podría arrancar aplausos. No se consideraría panfletaria y tecosa, sino creativa y valiente, como para decir: “¡Abajo el realismo socialista!”, con pulso equivalente a exclamar: “¡Viva el realismo capitalista!” ¿Será casual que fuera de Cuba algunos jurados premien obras así, máxime si son de autores cubanos?

Las instituciones culturales de la actual República de Cuba, que, asociada al afán de mantener vivos los ideales del socialismo, tiene el deber de impedir errores como los resumidos nominalmente en quinquenio gris —lapso durante el cual la Revolución cosechó también frutos positivos—, seguirán haciendo bien al propiciar que no sean olvidados los autores que defendieron la justicia social y crearon obras de calidad. No es tema para despachar a la ligera, pero tampoco se pase por alto que, mientras en otras latitudes socialismo parece palabra de mal gusto y fuera de moda, en nuestra América se viven replanteamientos emancipadores definidos como socialismo del siglo XXI.

En el mundo se diría que la risa es la única puerta reservada a inquietudes que antes de 1989 se habían asegurado el prestigio de la seriedad, de la solemnidad incluso, aunque no las apoyara el mayor poderío mediático. No hay que satanizar géneros ni desconocer la importancia que el buen humor tiene hasta para defender la justicia, y tampoco olvidar que reírse de uno mismo puede ser señal de lucidez y fortaleza, o camino para no quedar exánime frente a las vicisitudes. Pero nada de eso es razón para ignorar otros indicios.

En ello puede pensarse al disfrutar una de las películas exhibidas recientemente en La Habana dentro del Festival de Cine Francés: Le nom des gens, del realizador Michel Leclerc. Se aprecia en ella la voluntad de dar vida a valores que apuntan contra los designios de la ideología capitalista, y en ese afán, ante el escepticismo que conviene al capitalismo fomentar, acaso no podía hallar un camino de expresión más comunicativo que la comedia. No hay dudas de que la cinta es deliciosa. Pero el hecho de recluir en el ámbito de la risa ideales cuyo triunfo la humanidad necesita para llegar a ser de veras humana, ¿no puede dar pábulo, aunque sea involuntariamente, a las fuerzas interesadas en impedir su triunfo? Tal alianza sería aún más efectiva por la indiscutible calidad del filme.

El temor se refuerza ante la traducción española del título: Los nombres del amor. No falta razón a quienes han advertido que así es posible privilegiar las potencialidades melodramáticas de una película cuyo título original remite a las implicaciones que los nombres de las personas tienen en medio de la xenofobia y el desprecio de los pueblos “inferiores”. Traducido literalmente, el título sería El nombre de la gente o El apellido de la gente, variante que la lengua francesa y el sentido autorizan.

Si la primera de esas versiones titulares es más abarcadora, la segunda mueve a recordar uno de los grandes poemas de Guillén, “El apellido”, que podría servir de pórtico a una película como la de Leclerc citada. Recordar ante ella al autor de ese texto no es un hecho fortuito. Se debe a la vigencia de su legado, enraizada tanto en la calidad de su expresión como en el valor de las ideas que defendió. Queden para otro momento algunos rumores que le discuten su título de Poeta Nacional. Ahora apúntese que olvidar su legado nos empobrecería, y tenerlo presente no debe reducirse a conmemoraciones.

 

* Intervención en el panel dedicado a Nicolás Guillén en el XIV Coloquio Voces de la República, que tuvo lugar en la ciudad de Sancti Spíritus del 15 al 18 de mayo de 2012.

 

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/con-nicolas-guillen-mas-alla-de-conmemoraciones*/22173.html

 

Anuncios