Han pasado treinta y cinco años desde la inauguración, el 17 de julio de 1977, del Centro de Estudios Martianos, y el tiempo transcurrido no será la razón principal por la que pudiera pensarse que ha existido siempre. Habría que explicarlo, en primer lugar, por la magnitud del trabajo hecho, y por lo difícil que es concebir que la patria a la cual José Martí honró, y seguirá honrando tan extraordinariamente, no haya una institución que cumpla, como el Centro, el conjunto de funciones que este desempeña.

En su Decreto número 1 de 1977, emitido con fecha 19 de mayo de aquel año —aniversario 82 de la caída de Martí en combate—, el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros dispuso la creación del Centro. Suscrito, con sus cargos de entonces, por Fidel Castro Ruz, presidente del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros; Armando Hart Dávalos, ministro de Cultura; y Osmany Cienfuegos Gorriarán, secretario del Consejo de Ministros y de su Comité Ejecutivo, el Decreto empieza ubicando a la institución en la senda trazada en 1926 por Julio Antonio Mella con sus “Glosas al pensamiento de José Martí”, y precisó las cinco tareas básicas, o vertientes de trabajo, que la entidad en gestación debía realizar.

No estará de más acudir a la letra de aquel texto legal, y recordar cuáles eran, son, esas tareas: “a) Auspiciar el estudio de la vida, la obra y el pensamiento de José Martí, desde el punto de vista del materialismo dialéctico e histórico. b) Recoger y conservar todos los manuscritos, ediciones originales, fotografías y otros materiales de José Martí. c) Promover publicaciones de y sobre la obra martiana, y al efecto crear y dirigir las colecciones que estime necesarias. d) Continuar la publicación del Anuario Martiano, con materiales relativos a la obra y el pensamiento de José Martí. e) Auspiciar conferencias, seminarios, simposios nacionales e internacionales o cualquier otra actividad de esta índole relacionada con José Martí”.

Pronto el Centro mostró el fervor con que cumpliría su honrosa misión, auxiliado —en correspondencia con la naturaleza de su tema—, no solo dentro de Cuba, por muchas más personas que las integrantes de la plantilla con que nació y recorrió gran parte de su trayectoria. Tuvo la buena fortuna de que esa plantilla, numéricamente exigua, la formaran en su mayoría personas de larga experiencia profesional, conocedoras de la vida y la obra de José Martí, y probadas en la pasión que su estudio suscita y merece.

Laboral y humanamente fueron un valioso estímulo para que los más jóvenes entre sus fundadores —y quienes vendrían luego— pudieran afianzarse en ese camino, en el cual se habían insertado ya por propia vocación. Si alguno se salió de él, fue responsabilidad enteramente suya, y es dato irrelevante frente a una fuerza de trabajo cuya consagración de ciencia y espíritu al legado martiano vale, entre otras cosas, para pasarlo por alto, máxime en un artículo cuya necesaria brevedad no da margen para todas las menciones justicieras que tan del gusto del autor sería hacer.

Si no las hace, ni siquiera debe ello explicarse por el tono impersonal asumido para rehuir el riesgo de quedar atrapado en los recuerdos propios, sino por la imposibilidad de adentrarse en copiosos reconocimientos individuales que, aunque bien merecidos, podrían verse descompensados por omisiones involuntarias, o por la imposibilidad material de una enumeración exhaustiva. Aspira, por tanto, a que en lo dicho se sientan representadas todas las personas que en los diferentes puestos de trabajo han favorecido, o hecho posible, que el Centro haya llegado al punto en que se encuentra, desde el cual está llamado a no cesar en su crecimiento. De quienes aún disfrutan la dicha de vivir no cabe sino esperar que recuerden, como de seguro hacen, a compañeras y compañeros que ya no están físicamente.

Sin el múltiple y apasionado esfuerzo que ha distinguido el hacer del Centro, no estaría a la vista lo que tres décadas y media después acumula en el cumplimiento de aquellas cinco tareas, tanto en cifra como en calidad. Así, en estrecha colaboración con la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, y en la sede de esta última —en cuya bien habilitada bóveda se cobijaban ya cuando él se creó— trabaja en la conservación y la custodia de los invaluables fondos de la documentación martiana, apreciablemente enriquecidos de 1977 para acá, gracias en gran medida al trabajo del Centro, y al respeto que este se ha ganado.

De lo relativo a publicaciones habla un conjunto bibliográfico de gran importancia numérica y cualitativa. Aunque representan una cifra minoritaria en el total, los cerca de veinte volúmenes, el primero de ellos con prólogo de Fidel Castro Ruz, de la edición crítica en marcha de las Obras completas de Martí, bastan por sí solos para dar una idea de lo mucho y bueno que ha hecho. Otro tanto cabe decir sobre el auspicio —y coordinación o apoyo— de encuentros nacionales e internacionales, en Cuba y en el exterior, para propiciar o fortalecer el conocimiento de la vida y la obra de Martí. En ese empeño requeriría asimismo una valoración particular el concurso brindado a medios de difusión.

Pero, si de hacer un balance del trabajo hecho por el Centro se trata —algo que no sería posible acometer responsablemente en un breve artículo—, especial atención merece la primera y rectora entre sus tareas. Habría que ubicarla en su momento, y vincularla al nacimiento del Ministerio de Cultura, creado en 1976, un año antes del Centro, que se fundó adscrito a ese organismo. La asociación no es circunstancial, sino de fondo.

El Ministerio se formó para elevar a planos superiores la política cultural de la Revolución Cubana, lo cual incluía, de inicio, revertir errores y deformaciones que se venían dando en ese terreno, sobre todo desde la celebración del denominado Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, en 1971, vinculado a una no siempre bien entendida ni bien aplicada lucha contra lo que entonces era usual llamar diversionismo ideológico. Aquel Congreso, sin entrar a analizarlo en todos sus detalles, ni en sus buenas intenciones y aciertos, se insertó en el inicio ostensible de lo que, ya en el camino de rectificaciones necesarias abonado desde 1976, Ambrosio Fornet denominaría quinquenio gris.

En el entorno de los esfuerzos enfilados a revertir extremismos, reclamar que el estudio de la vida y la obra de José Martí se orientase por el materialismo dialéctico e histórico equivalía a buscar que la valoración del legado martiano se librase de mistificaciones que hicieron estragos también en ella, y que no fueron ajenas a un mal entendimiento o errática aplicación del marxismo, con aires marcados por la influencia de lo bautizado, en otras latitudes, como socialismo real, y que se sabe de qué estrepitosa manera se desmoronó. Aun cuando ese desenlace fuera previsible, la búsqueda de rectificación acometida en Cuba era asimismo una manera de acendrar en el acierto la concepción del mundo abrazada como guía de la Revolución, y que, como parte de un todo, no se mantendría ajena ni a las grandezas ni a las aberraciones del momento.

Dos hechos directamente relacionados con la brega del Centro de Estudios Martianos revisten particular interés en la valoración de aquellos hechos y de la brújula que la institución siguió desde su nacimiento. Uno de sus primeros libros fue Siete enfoques marxistas sobre José Martí, editado en 1978, y reeditado. Contiene —en el orden de sus primeras apariciones—, empezando por las pioneras “Glosas” de Mella citadas antes, aportes de Raúl Roa, Blas Roca Calderío, Ernesto Che Guevara, Carlos Rafael Rodríguez, Armando Hart Dávalos y Juan Marinello, a quien la muerte impidió ser el primer director de la institución.

También en 1978, en el número 1 del Anuario del Centro de Estudios Martianos —con el que dio continuidad al Anuario Martiano, publicado por la Sala Martí de la Biblioteca Nacional, que lleva el nombre del Maestro— dedicó en sus páginas introductorias una sección eventual, con el significativo título de “Homenaje y norma”, a reproducir otro texto del propio Marinello: “Sobre la interpretación y el entendimiento de la obra de José Martí”. Su publicación original en 1974 remite a la necesidad que a la sazón había de frenar excesos y dogmatismos extremos como los ya aludidos. El artículo, ensayo concentrado, apareció en Moncada, entonces órgano del Ministerio del Interior, y merecería un repaso para el cual no dan espacio estas notas, donde apenas se espigarán unos pocos pasajes.

Empieza afirmando: “Una de las pruebas mayores de la esencial condición revolucionaria de José Martí se da en el hecho de haber sido ahora, con la victoria de la gran revolución encabezada por Fidel Castro, cuando se le descubre la cabal estatura histórica”. Y, más adelante, entre señales de sostenido valor, expresa: “Pero no debe entenderse que carece de valor cuanto se escribió sobre Martí antes del triunfo de la Revolución […] Sería descaminado repudiar contribuciones sobre la singularidad y altura del escritor José Martí como las de Enrique José Varona y Manuel Sanguily, o las de Rubén Darío, Miguel de Unamuno, Federico de Onís, Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral”. Felizmente, la rectificación apoyada por Marinello pudiera hacer que hoy no se perciba hasta qué punto el sabio marxista puso el dedo sobre la herida.

El trabajo de esclarecimiento favorecido por el Centro de Estudios Martianos es acaso su principal logro, afincado en la responsabilidad científica que se le asignó y es, junto con la ética, guía básica de su labor, de su existencia. Ello le permitió desarrollar desde el comienzo una amplia colaboración y coordinación con numerosas instituciones, en particular con aquellas que ya existían ligadas a la conservación y la difusión del tesoro legado por el Apóstol, título que fue necesario salvar de la cuchilla dogmática.

Entre esas instituciones estaban el Museo Casa Natal de José Martí, la Fragua Martiana y el Movimiento Juvenil de Estudios Martianos, que, lamentablemente, no mantuvo luego la fértil marcha que lo distinguió en sus primeros años. Ya fundado el Centro, surgió o se amplió la generación de cátedras martianas, y se creó el Memorial José Martí. Por diversas circunstancias, entre ellas el hecho de que el Centro nació en un local generosamente facilitado por la Biblioteca Nacional, la Sala Martí que funcionaba en esa institución dejó de existir: su ausencia es un vacío que merecería volver a llenarse.

El trabajo de coordinación desplegado por el Centro, en ningún momento aspiró a tener carácter de monopolio, incompatible con la extraordinaria grandeza de una herencia que desborda los lindes de la patria nacional —responsabilizada con su cuidado, pero sin derecho de propiedad mezquina— y pertenece, con creciente valor de futuro, a la patria humana. Todo eso hacía esperable y necesario el fortalecimiento y el desarrollo del Centro. La solución de continuidad dada fue la creación, el 9 de abril de 1997, de la Oficina del Programa Martiano, adscrita al Consejo de Estado, para coordinar los afanes de difundir nacional e internacionalmente el pensamiento, la vida y la obra de Martí.

Desde entonces el Centro, que surgió adscrito al Ministerio de Cultura, pasó a formar parte del sistema institucional de dicha Oficina, que también engloba a la Sociedad Cultural José Martí. Al Centro le corresponde seguir siendo el brazo científico-investigativo, condición en la cual resulta esencialmente útil, y en la que debe seguir contando no solo con los integrantes de su plantilla, sino con la numerosa fuerza calificada y afín que existe en el país y en otras tierras.

Si fuera necesario, la edición crítica de las Obras completas de Martí bastaría para justificar la vital importancia de esa condición. Solo un fin pudiera explicar que el Centro renunciara a ella: la posibilidad de dedicarse, con toda su fuerza, a lograr que la eticidad martiana se afirme como consumada guía práctica, y cotidiana, en la vida de la patria. Pero eso ha de ser una meta de toda la nación, de sus instituciones y de la ciudadanía; y para ello también se necesitan los frutos profesionales que, desde su especificidad, y asido al colectivismo indispensable en una obra de tal índole y dimensiones tales, el Centro aporta y procura que se aporten a lo largo y ancho del país, en un empeño que nada debe detener.

Con esa certidumbre se saluda al Centro de Estudios Martianos por sus primeros treinta y cinco años, y se le desea y augura una larga y útil vida. Grandes son sus deberes con la herencia política, cultural, literaria, ética de José Martí, de quien Fidel Castro Ruz, en el prólogo ya mencionado a Obras completas. Edición crítica, dijo: “es y será guía eterno de nuestro pueblo. Su legado no caducará jamás”.

Luis Toledo Sande

Publicado en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/el-centro-de-estudios-martianos-cumple-treinta-y-cinco-anos/22717.html

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