En una conversación durante la cual surgió el tema de la preferencia de algunos por mantener la grafía judo en vez de yudo, alguien mostró reflejo de gladiador olímpico: “Yo escribo yudo, porque el picadillo me lo ‘enriquecen’ con soya, no con soja”, dijo. Diversos hechos hacen pensar en discusiones de ese cariz.

Al inaugurarse los Juegos Panamericanos de Guadalajara, un narrador de la televisión cubana comentó que allí había “carteles y pósters”. Así como frecuentemente cartel se sustituye por el anglicismo póster y por el galicismo afiche, pudo haber dicho que aquellos Juegos concentraban deportes y sports.Habría sido más chic que Mesié Julián, criatura de Armando Oréfiche inmortalizada por Bola de Nieve.

Cuando está en juego aporrear

Al preguntársele el significado de slugger —palabra que bien podría españolizarse eslúguer— un periodista cubano respondió con lo que había escrito entre paréntesis junto a ella en un artículo donde la aplicó a un pelotero: “bateador de fuerza”. En los Estados Unidos del siglo XIX se fraguó el deporte caracterizado, entre otros elementos, por bases (basis) y pelota (ball). De ahí su nombre (baseball) y su jerga, y la escuela beisbolera que recientemente ha recibido en Cuba alborozadísimos elogios.

En aquella fragua, alguien tuvo la creatividad de llamar slugger al bateador de gran poder. Según diccionarios, un slugger es un aporreador: lo que hace manejando el bate como un lingote (slug) es aporrear (slug también) la pelota. Ahora, además, por filmaciones vistas en cámara lenta, se sabe que un batazo inmisericorde convierte a la pelota, por lo menos momentáneamente, en algo parecido a una babosa (asimismo slug).

La creatividad de la cual nació slugger como término beisbolero, suscitó que el lanzamiento escapado al lanzador (pitcher) se identificase como wild pitch, que algunos creen necesario traducir como lanzamiento descontrolado, incluso en textos dirigidos a amantes de ese deporte, que deben saber su significado. Para la lengua española, parece ya pasada la posibilidad de llamarlo con originalidad metafórica similar a la que operó en inglés: lanzamiento salvaje. De un modo más ajustado al habla cubana pudo quizás habérsele llamado tiro cerrero.

Quienes tienen en la pelota responsabilidad profesional con el uso de la lengua, no harían mal informándose a fondo sobre la relación de ese deporte con el inglés. Sería mejor que adoptar mecánicamente ese idioma y —vaya ejemplito— convertir corrido en corring, término fabricado, ni inglés ni español, que se está usando como equivalente a running.

Cuando se traslada de un idioma a otro la terminología, o jerga, de una determinada actividad, las palabras suelen recibirse como si fueran ajenas a la comunicación cotidiana. Sin embargo, en la lengua de origen se necesita ser capaz de diferenciar, por el contexto y la intención, los distintos contenidos de un mismo vocablo.

Un caso ostensible en español es planta, con distintos usos en botánica, anatomía, construcción, diseño, industria, electricidad, geometría, ingeniería, esgrima y otras esferas, hasta llegar al diminutivo plantilla, también con dominios propios. Hay que determinar a qué corresponde en cada caso, como en francés deducir si maçon equivale al oficio de albañil o al integrante de la masonería, erigida sobre símbolos de la construcción, con el Gran Arquitecto del Universo en la cima. Y se requiere discernir si pas de deux alude a un paso cualquiera dado entre dos, o al movimiento danzario que lleva ese nombre.

De realezas y enquistamientos

El español quedó rezagado en la adopción, ajustada a su estructura, sus normas y su dinámica propias, de términos de otras lenguas. Es quizás uno de los resultados de haber permanecido bajo el control de una Academia que desde su fundación en 1713 arrastra título de realeza, junto a secuelas del enquistamiento multisecular que España vivió y trasladó a sus colonias.

En ese camino se han adoptado transliteraciones hechas para el francés y, sobre todo desde la expansión del imperialismo estadounidense hacia acá, para el inglés. Autores y editores en español sufren dolores de cabeza, digamos, ante nombres de origen ruso, bengalí, árabe, chino o japonés, pues se han impuesto formas adoptadas en lengua francesa o inglesa.

Se ha llegado a incongruencias como escribir Antón, con tilde, porque es nombre incorporado al español, y Chejov, apellido que también cabría tildar: Chéjov. Al igual que en otros casos, se trata de reproducir aproximadamente, en grafía latina, un vocablo de un idioma harto diferente del español en su acústica, en su alfabeto, en su gramática. Es como representar una melodía en distintos sistemas de trascripción musical.

A veces todavía se oye Lenín y se lee Lenine, por la transliteración del nombre del dirigente bolchevique al francés, idioma en el que la ausencia de e final obliga a pronunciar lenán. Ocurre como con Racine, que sin ella se pronunciaría rasán, siempre con acústica aguda, predominante en la lengua de Moliere, Voltaire, Montesquieu, Diderot, Rousseau, Balzac, Stendhal… y Sarkozy, que no hay que pensar solamente en grandezas.

Del inglés viene judo como traducción del japonés, uno de los idiomas cuyas grafía y fonética nada tienen que ver con las nacidas del latín. En español debería escribirse, y se escribe también, yudo. ¿Que estamos habituados a verlo con jota? En algún momento la firma de Cynthio Vitier se tornó Cintio Vitier, y el autor no se convirtió en otro. En Cuba triunfó la Revolución, y muchas personas hechas a que sus nombres fueran, por ejemplo, Mirtha o Bertha, empezaron a prescindir de la h: pasaron a ser Mirta y Berta, y los ojos se habituaron a esa escritura.

Animada por la lucha contra el imperialismo, y tal vez para calzarla verbalmente, la norma cubana suprimió la doble i que algunos quisieron mantener entre el prefijo y la base en antimperialismo y antimperialista. Ahora la RAE “los autoriza” a usar una sola i. Llegan tarde con respecto al paso que dio Cuba en ofensiva revolucionaria acometida por cuenta propia.

La Real Academia Española ha querido cambiar la q de Iraq por k. Si hubiera tenido en cuenta la onomatopeya tic-tac, familiar hasta en textos de literatura para la infancia, desde el principio pudo haber adoptado Irac. ¿Será fácil convertir Qatar en Catar, de grafía y sonoridad tan asociadas a la degustación de vinos y otros placeres de este mundo?

De nada hay que culpar al espléndido idioma español, dúctil para la creatividad, sino a quienes lo han normado. A menudo han profesado un conservadurismo nocivo hasta para la propia conservación de la lengua que, de Cervantes para acá, se ha enriquecido, y es lo que es, a ambos lados del Atlántico.

Empeños de Quijote

Contra el ímpetu mandón de la tecnología expresada en inglés, en español se ha hecho bien al defender la existencia de la ñ, que forma parte del mismo nombre del idioma, del topónimo del país donde él nació y de palabras —ahí van algunas— tan entrañables como cariño, que no equivale a ñoñería. Tampoco será necesario provocar crisis de conciencia y de identidad cultural convirtiendo Quijote en Kijote; pero no descartemos que llegue a escribirse Qijote, sin la u que —a diferencia de lo que ocurre entre los sonidos ge y gue, o gi y gui— nada aporta al sentido.

La permanencia de la grafía qu responde a la tradición y la costumbre, que no son poca cosa, pero tampoco cuestión de eternidad. Los chinos, enfrascados en transliteraciones heroicas, han decidido atribuir a la q el sonido del dígrafo ch. Pero esa es una convención que no tiene por qué complicarle la vida a la comunidad hispanohablante, por muy grande que sea la expansión china en el mundo.

En la agilidad del inglés influyen su frecuente monosilabismo y su capacidad de mutación para usar una misma palabra como nombre, verbo y adjetivo. Una muestra: fish significa pescado y pescar, y funciona también como adjetivo. En fish steak —equivalente a filete de pescado— adjetiva a filete, palabra que, inercia reproductiva o añoranza mediante, seguimos sustituyendo por bistec, cualquiera que sea la carne. Pero bistec deriva de la voz inglesa beefsteak, nada más y nada menos que tajada o filete (steak) de carne de res (beef). Y de res viene, desde el latín, realidad: por la importancia del ganado vacuno para la vida y el comercio de los pueblos que hablaban aquella lengua.

El idioma inglés avanza hasta por lo que tiene como de infantil. En él se llama ring el dispositivo que supuestamente suena de ese modo (el timbre); glue (se pronuncia glu), la cola, por el sonido que ese pegamento produce al salir de una vasija; pop, la gaseosa, por la pequeña explosión que esta ocasiona cuando se abre una botella que la contenga. ¿Por qué las rositas o palomitas de maíz (cereal que en inglés se llama corn) reciben en esa lengua el nombre pop-corn? ¿No se hacen sometiendo el grano a un calentamiento que da lugar a explosiones?

Sí, es un verdadero vacilón el inglés; pero no se ha impuesto por eso, ni porque Jamaica tuviera un cantante como Bob Marley. Ni siquiera porque mucho antes la imperial Inglaterra diese un genio como William Shakespeare, sino, sobre todo, por poderío extralingüístico: mercado, comercio, dólar… y, ¿alguien lo duda?, armas. Suponer otra cosa sería creer en little goldfishes: ¡perdón!, en pececitos de colores.

Nadie nos ponga la soga al cuello

Es bueno, muy bueno, aprender idiomas, y, cuantos más, mucho mejor. Pero que en el mundo globalizado —más rectamente: imperializado— donde vivimos, el inglés haya devenido lingua franca, remite a realidades que no caben en un diccionario. Alguien que ha reclamado masividad en la lectura, la instrucción, la educación, la cultura, ha dicho que tal vez sea necesario estudiar “inglés desde el prescolar en la enseñanza pública”, porque ese “no es el idioma que hablan los yanquis”, sino “el idioma con el que los chinos se entienden con el mundo”.

No hay que menospreciar el sentido práctico de la sugerencia, ni desconocer por qué se ha llegado a tal realidad. Dos periodistas chinos se asombraron cuando se les hizo notar que, en su milenario idioma, corbata se dice con monosílabos que parecen suyos, pero le llegaron del inglés: neck-tie (lazo del cuello). Cada época tiene su Marco Polo, y hace rato que ese papel lo está cumpliendo el dólar.

La Academia Española ha dado cabida al anglicismo juego de rol, y por tanto a sus derivados, aunque el español tiene la eficaz construcción desempeñar un papel. Ya las pastas no se inventan en China y conquistan Italia: de momento, muchas cosas se deciden para ganancia de los Estados Unidos, aunque ese tigre se vea temeroso de un dragón capaz de copar el mercado mundial con reproducciones (¿imitaciones?) de todo tipo.

Ni ignorancia ni aldeanismo ni autoaislamiento se debe tener. Ni dejarse seducir por espejismos de una modernidad que, hace ya algunas décadas, el destacado ensayista francés Michel Leiris dijo que se había convertido en merdonité, o mierdonidad, traducido al español. A veces pudiéramos extrañar —vale la pena repetirlo— los tiempos en que un general británico, John Churchill, duque de Marlborough, acababa convertido en Mambrú, el que “se fue a la guerra”; o, en el caso particular de Cuba, cut out se volvía catao, y se adaptaban al español términos de la pelota incluso. ¡Qué jonronazos!

Eran los años en que la cubanía de un estilo musical hacía un acto de apropiación, guiño de internacionalidad anticolonialista, y tornaba feeling en filin. Es difícil sustraerse a la tentación de repetir que, en fecha más cercana, topless pasó a tope, y tope a bajichupa. Un poco más acá, movilizada por la aparición de shopping centers (centros comerciales), la socarronería popular reservó para las tiendas de ropa reciclada un nombre que parece insustituible: trapichopi. Une trapo y shopping en un híbrido pasado por la risa, recurso vital si los hay.

No morir por la lengua

El problema mayor se presenta cuando los afanes de elegancia y presunta profesionalidad, y de estar al día, hacen que alguien responsabilizado con la comunicación social dé en hablar una lengua que, para recordar otro artículo publicado en esta revista [Bohemia], no es “ni del Bronx ni de Los Hoyos”. Si el teatro bufo reverdeciera, podría sacar steaks (es decir, lascas) de ciertas poses. Hay que ver y oír cómo algunas bocas se escarranchan para hablar, ¡refiriéndose a nuestra pelota!, de los plays off.

Tal vez tengan razón quienes se inquietan por el retorno entre nosotros, con fueros que parecía haber perdido, de meeting. Permanece convertido en mitin, como se hizo por los mismos años en que empezamos a escribir antimperialismo y antimperialista, sin duplicar la i. Pero, según algunos editores y lectores, ahora mitin se toma innecesariamente de comodín para designar cualquier tipo de encuentro. No hay que vacilar ni entre Yara o Madrid, ni entre La Habana o Washington.

Ya casi nadie llama balompié al futbol, ampliamente promovido como “el más universal de los deportes”, aunque el mercado pueda convertirlo en opio de pueblos, al igual que a tantas cosas más: incluida la pelota, si bien no parece que en ella se inviertan ahora los millones que corren con el fútbol. De este la astucia dolosa puede hacer algo parecido al circo con que un caudillo fascista —afincado en larga herencia opresora— quería tranquilizar a las masas en España para que no se indignasen por el hecho de ser oprimidas.

Eso es tema para muchos comentarios, y aquí solo se alude al entusiasmo con que algunas narraciones nuestras premian a la selección española de fútbol, aunque los medios de aquella nación —asociados los más poderosos a las campañas anticubanas que se orquestan en los Estados Unidos— no dedican ni por asomo una euforia como esa a triunfos deportivos cubanos.

Mientras en Madrid, y otras ciudades españolas, policías aporreaban, con ferocidad de sluggers, a jóvenes “antisistemas”, medios nuestros celebraban la victoria de La Furia Roja en una Eurocopa de Fútbol. Bienvenida la justa y fértil cordialidad deportiva; pero ¿por qué no reservar ímpetu y color para calificar ansias republicanas, antifascistas, que perduran en el pueblo español? Por él lucharon más de mil cubanos y cubanas, y murió, entre otros, Pablo de la Torriente Brau.

“Cuba debe ser libre—de España y de los Estados Unidos”, afirmó José Martí. Lo es, gracias a una larga lucha, y ha de seguir siéndolo. Sobre todo, si no olvidamos que algunas especies mueren por la boca, y otras pudieran morir por la lengua. Hay que saber qué tragamos, sea carne entera o molida, aumentada con soya o con harina de maíz, y qué decimos. ¡Sin olvidar la res: ni el animal ni la raíz de realidad!

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en la edición digital de Bohemia:

http://www.bohemia.cu/2012/08/15/cultura/de-idioma-mas-alla-del-picadillo.html

y en el número impreso correspondiente al 24 de agosto de 2012

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