Cubierta de la edición original de IsmaelilloJosé Martí escribió Ismaelillo durante su escala en Venezuela, país donde permaneció del 20 de enero al 28 de julio de 1881, cuando tuvo que abandonarlo por causa conocida, que no es pertinente comentar en el presente artículo, centrado en aquel poemario con motivo de los ciento treinta años de su publicación. De indicios atendibles o indubitables se infiere que fue impreso entre marzo y abril de 1882, año estampado en la cubierta, como la ciudad, Nueva York, donde Martí residió desde el 10 de agosto de 1881, día en que llegó procedente de Caracas, hasta el 30 de enero de 1895, fecha de su partida hacia Cuba para participar en la guerra necesaria.

El 5 de mayo de 1882 Leonor Pérez Cabrera le escribe a Martí, su hijo, y le dice que en otra carta, del 20 de abril de ese año —perdida hasta hoy—, ya le ha avisado el recibo de “los libritos”, obviamente los ejemplares de Ismaelillo que Martí le envió desde Nueva York, lo cual implica que la impresión finalizó al menos varios días antes de aquella fecha. El 21 de julio doña Leonor le reitera al hijo desterrado sus quejas por la dura vida que él lleva, y le expresa: “De tu Ismaelillo, algo que te dije creo fue en la carta que se extravió; qué quieres que te diga si esta es la cuerda más dolorosa de la guitarra del alma: de versos, no entiendo, para mí está en prosa porque está escrito en la realidad”.

Hondamente caló con su juicio en el espíritu del libro y en las penas del hijo. Corta el aliento leer líneas de tal modo transidas por la tristeza; pero no es el tema de un artículo que debe recordar también otras de las señales que han permitido a los estudiosos determinar por aproximación hacia qué momento de 1882 se imprimió la primera edición del libro. Esa, que no tuvo carácter comercial, fue la única hecha en vida del autor, quien la cuidó personalmente para lograr la armónica conjunción de sencillez y hermosura que la recorre.

El 9 de diciembre de 1881 el poemario permanecía inédito. En esa fecha Martí le escribe a Diego Jugo Ramírez y le cuenta que amigos comunes —los poetas Jacinto Gutiérrez Coll y Juan Antonio Pérez Bonalde, venezolanos como el destinatario— lo están animando “a imprimir un librito que escribí en Caracas, y allá le irá. Ya está en las prensas. Es un juguete, como para mi hijo”. El 23 de mayo de 1882 le escribe al mismo Jugo Ramírez para cumplir lo prometido: “Esta carta no va más que a llevarle Ismaelillo”.

Pero la carta desborda largamente ese propósito, y estampa la visión del autor sobre el cuaderno y el modo como lo ha escrito: “No lo lea una vez, porque le parecerá extraño, sino dos, para que me lo perdone. He visto esas alas, esos chacales, esas copas vacías, esos ejércitos. Mi mente ha sido escenario, y en él han sido actores todas esas visiones. Mi trabajo ha sido copiar, Jugo. No hay ahí una sola línea mental. Pues ¿cómo he de ser responsable de las imágenes que vienen a mí sin que yo las solicite? Yo no he hecho más que poner en versos mis visiones. Tan vivamente me hirieron esas escenas, que aún voy a todas partes rodeado de ellas, y como si tuviera delante de mí un gran espacio oscuro, en que volaran grandes aves blancas”.

Ese pasaje concentra en gran medida su poética, reiterada por él en diversos textos, no solo en las introducciones a sus poemarios. No estará de más precisar que no defendía la irracionalidad ni se presentaba como un médium en diálogo con el éter. En lo fundamental, define su método creativo como afincado en la realidad de los hechos y de los sentimientos, y nutrido de las visiones (imágenes) que recibía de unos y de otros, lejos de la poesía recalentada y artificiosa que él rechazaba, lo cual no debe confundirse ni con pobreza expresiva ni con descuido, impensables en una obra de tanta calidad. Algo más salta a la vista en lo que dice a Jugo Ramírez: su conciencia de que Ismaelillo podía parecer “extraño”, lo cual remite a su papel en la evolución de la literatura hispanoamericana.

En Martí no hay palabra sin peso de vida. Añádase que él —según confesó a Manuel Mercado en carta fechada 12 de abril [de 1885] — quería ver siempre junto a sí “color, brillantez, gracia, elegancia”, y sentía que “un objeto feo” le dolía “como una herida”, mientras “un objeto bello” lo confortaba “como un bálsamo”. Ni en las circunstancias más difíciles o amargas abandonó su “sed de belleza”, título de uno de sus poemas; ni desatendió las exigencias del arte. Lo prueba su obra en pleno, rica en valores éticos y estéticos, llena toda de las “grandezas luminosas” que Rubén Darío vio en sus crónicas.

En El presidio político en Cuba, testimonio precoz y, si angustiado, luminoso también, se le ve en lucha por lo más alto no solo en la política y en la ética, centrales en su vida, sino asimismo en lo artístico. Tal plenitud está en la base de la fuerza y la perdurabilidad de sus ideas. “Dante no estuvo en presidio”, escribió en aquel texto, y añadió: “Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su Infierno. Las hubiera copiado, y lo hubiera pintado mejor”.

Su intuición o certeza de que Ismaelillo podía parecer extraño, recuerda que también en Caracas, y con los mismos conceptos literarios, históricos y sociales, escribió “El carácter de la Revista Venezolana”, artículo editorial del segundo y último número de la publicación —fundada y dirigida por él— que se nombra en el título. El texto informa que desde su primer número la Revista suscitó reacciones diversas: de un lado, aprobaciones entusiastas, en las que el director prefiere no detenerse; del otro, el rechazo de quienes estiman que “no es bastante variada, ni amena, y no conciben empresa de este género, sin su fardo obligado de cuentecillos de Andersen, y de imitaciones de Uhland, y de novelas traducidas, y de trabajos hojosos, y de devaneos y fragilidades de la imaginación, y de toda esa literatura blanda y murmurante que no obliga a provechoso esfuerzo a los que la producen ni a saludable meditación a los que leen, ni trae aparejadas utilidad y trascendencia”.

En reparos como esos se detiene para proclamar: “Pues la Revista Venezolana hace honor de esta censura, y la levanta y pasea al viento a guisa de bandera”. Diez años después inicia el ensayo “Nuestra América”, publicado en enero de 1891, con términos que dan penetrante continuidad al juicio emitido en Caracas: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos”.

“El carácter de la Revista Venezolana” fue un manifiesto bautismal de la modernidad literaria que desde nuestra América se expandiría por el ámbito de la lengua española hasta hoy, para seguir dando frutos. En 1882, consciente de que vivía una “época de elaboración y transformación espléndidas”, escribe Martí su prólogo a Poema del Niágara, del ya nombrado Pérez Bonalde. En el plano conceptual, artículo y prólogo cumplieron en el alumbramiento de la modernidad mencionada una función comparable con la que Ismaelillo desempeñó como plasmación de una literatura enfrentada al estancamiento o decadencia a que había llegado el romanticismo. Tanto en política como en literatura dio Martí un aporte fundamental a una transformación que, en marcha hacia el futuro y con siembra de implicaciones sociales, operó en lo artístico desde raíces históricas y políticas.

La tesitura con que en El presidio político en Cuba se refiere al autor de La divina comedia la enriquece cuando en un apunte ubicable en 1881 aboga por la renovación, propia y sin neomanía, de las letras hispanoamericanas, y honra al poeta florentino como ejemplo de legitimidad literaria. Se refiere entonces a la necesidad de nuestra América de llegar a ser plenamente ella misma, sin ataduras coloniales, a lo cual debe responder “el lenguaje que nuestro Dante hable”. Sabe que urge crear, y a su hijo lo llama Ismaelillo, diminutivo del nombre del fundador bíblico Ismael, con quien de hecho él queda identificado.

En el pórtico del libro le dice al hijo: “Espantado de todo, me refugio en ti”. Quien durante un año ha conocido lo que en vísperas de su muerte llamará las entrañas del monstruo, entre otros desgarramientos sufre el destierro, la ruptura del matrimonio, la separación de la esposa y el hijo y el fracaso de la llamada Guerra Chiquita, con cuyo éxito no contaba, pero con la cual colaboró destacadamente: en La Habana participó en sus preparativos hasta que lo apresaron y deportaron, y en Nueva York llegó a presidir la junta directiva, aunque —le expresó a Mercado en carta del 6 de mayo [de 1880]— “sin más gozo que el árido de cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido a mis ojos”.

Al comprobarse la asfixia de esa etapa insurreccional —iniciada en 1879, cuando todavía primaban las circunstancias que en 1878 llevaron al Pacto del Zanjón—, quedó “espantado de todo”, y necesitado de cobijarse con el recuerdo del hijo. Pero ningún refugio fue para él un modo de evadir la realidad, sino, en todo caso, expresión de las “trincheras de ideas” que mencionó en “Nuestra América” y consideraba más poderosas que las de piedra.

Al hijo ausente, que apenas rebasa los dos años, más que del espanto le habla de virtudes, y le trasmite esperanza y fuerza. “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”, escribe en el pórtico, luego de confesar su desgarramiento, y antes de plasmar la honradez de su poética: “Si alguien te dice que estas páginas se parecen a otras páginas, diles que te amo demasiado para profanarte así. Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte”.

Esa es la entrada a un poemario cuya sembradora lectura ningún otro texto sustituye. Ni se necesita conmemoración alguna para honrarlo, aunque, si no se debe sucumbir al fechismo, parónimo y pariente del fetichismo, tampoco hay que perder el estímulo de las efemérides para recordar, como a un ser querido con la celebración de su cumpleaños, una obra disfrutable y edificante por sus altos valores estéticos y éticos. Pero ¿habrá recibido Ismaelillo, con motivo de los ciento treinta años de su escritura y su publicación —que se han cumplido respectivamente en 2011 y 2012—, la atención que su grandeza reclama? De no haber sido así, ¿se habrá debido a nociones de prioridad para valorar el quehacer martiano, suscitadas por urgencias cotidianas y desafíos rodeantes? Aunque tampoco es seguro que a la altura de sus merecimientos respectivos, ¿no se ha atendido más visiblemente en 2012 el aniversario 120 del periódico Patria (marzo) y del Partido Revolucionario Cubano (abril)?

Si estuviéramos ante hechos fortuitos, tal vez no habría por qué preocuparse mayormente. Pero sería otro el cantar si el posible desbalance se debiera, en algún grado, a menosprecio del arte. Esa actitud no honraría la conducta y el pensamiento del autor que con respecto a su poesía previó: “Verso, o nos condenan juntos, / O nos salvamos los dos”; del dirigente político que preparó una guerra, según sus propias palabras, “como una obra de arte”; del ideólogo revolucionario que sostuvo: “¿Qué es el arte, sino el modo más corto de llegar al triunfo de la verdad, y de ponerla a la vez, de manera que perdure y centellee en las mentes, y en los corazones? Los que desdeñan el arte son hombres de Estado a medias”.

Nada fue banal ni mero juguete en el autor de Ismaelillo. Sufría por su patria, donde la Protesta de Baraguá no revirtió en lo inmediato el espíritu del Zanjón. El 6 de julio de 1878 le escribió a su amigo Manuel Mercado: “¿He de decir a usted cuánto propósito soberbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma? ¿Que llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad?”

En un mismo ser humano excepcional ha tenido Cuba su mayor genio político y su magno creador literario e ideador estético. De ahí la integridad y la permanencia de su legado. Revolucionario de alma artística, sostuvo: “Alegatos en versos, o resúmenes históricos, o zambumbia erótica, hecha de la melaza de todas las literaturas, no es poesía; sino la flor de nuestro dolor, la chispa de la cólera pública, y el choque vívido del alma vibrante y la beldad de la naturaleza”; y “a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana”.

Para sí cuidó severamente esa norma, ese ideal. Lo muestran las instrucciones que dio a Gonzalo de Quesada Aróstegui en su testamento literario, como esta: “Versos míos, no publique ninguno antes del Ismaelillo; ninguno vale un ápice. Los de después, al fin, ya son unos y sinceros”. Ese libro, regalo para quienes disfruten la lectura de una obra hecha para latir con ella, desborda el mensaje individual de un padre a su hijo, hasta en la dedicatoria, que termina así: “Esos riachuelos han pasado por mi corazón. // ¡Lleguen al tuyo!”

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/ismaelillo-y-las-celebraciones/23291.html

Anuncios