Álvaro Castillo Granada estaba a punto de emprender su más reciente viaje a Cuba, cuando se añadió a su programa un motivo imprevisto, y más sabroso para él que conocer el hielo. Aquí acababa de ganar mención en el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar con “Los sonetos”, sobre las peripecias de un personaje singular: el libro de sonetos de William Shakespeare traducidos al español por Manuel Mujica Láinez.

De su relato dice: “Es el primer cuento que escribo consciente de querer hacerlo”. Pero hace varios años que se estrenó públicamente como autor en la revista Casa de las Américas, con textos de esos que no necesitan clasificación: se pasean por la narrativa y la poesía, por la reflexión y la memoria, seguros de que la literatura y los sentimientos no tienen los lindes que a veces les son impuestos como etiquetas.

Su producción ha crecido desde entonces con páginas de la estirpe de aquellas, o diversas, como el volumen El libro (recuerdos de un lector), al que han seguido ya otros tres: Julio Cortázar. Una lectura permutante del capítulo 7 de Rayuela, En viaje y el “expediente” De cuando Pablo Neruda plagió a Miguel Ángel Macau, combinación de crítica literaria y rastreo “policial” sobre un plagio del que se acusó al poeta chileno, cuya inocencia prueba el investigador: despoja al supuesto plagiado de lo que habría sido el mayor mérito en su currículum.

Nacido en Bucaramanga, Colombia, el 21 de junio de 1969, Álvaro podría llamarse como la librería bogotana cuya propiedad comparte: San Librario. De niño le preguntaban qué quería ser, y respondía: “¡Librero!”, aunque “no tenía claro qué era eso. Me imaginaba a una persona que disfrutaba leer y aconsejar a la gente, ayudarla a conseguir libros”.

Esa idea se tornó consagración. “Comencé a trabajar en una librería el 30 de noviembre de 1988, con 19 años, hasta hoy. Más de la mitad de mi vida. En 1998 quedé desempleado, y decidí hacerme ‘cuentapropista’. Con el nombre de un santo laico —inventado, pero que debía existir, según Fina García Marruz—, cuatro amigos creamos San Librario, que ha devenido un pequeño foco de irradiación y promoción literarias”.

Álvaro devora y colecciona libros. Como buscador internacional ha satisfecho incontables encargos. Algunos recuerda especialmente: “A Fidel le conseguí y le hice llegar, vía García Márquez, su biografía escrita por Tad Szulc. Años después él me envió un ejemplar del libro Instantáneas, de Liborio Noval, dedicado: ‘Para Álvaro Castillo, un presente’. Cuando lo recibí, me puse a llorar. Y ahora Liborio ha muerto”.

Esta es otra de sus muchas anécdotas: “Silvio Rodríguez me encargó Poética musical, de Igor Stravinski, y lo hallé en Colombia; pero olvidé el encargo y vendí el ejemplar. Luego me encontré con Silvio en La Habana y me lo recordó. De regreso a Colombia llamé a Felipe, el paisano mío que me había comprado el libro, y le pedí que me lo devolviera: ‘No le regresaré el dinero, pero le doy mi palabra de que volveré a conseguirle el libro’, le dije. Me lo llevó y se lo entregué a Silvio. Años después pude darle a Felipe otro ejemplar”.

Junto a los libros, entre sus mayores pasiones está Cuba, que “descubrió” a los 12 años: “Por un libro básico en mi educación sentimental y política: Confieso que he vivido, de Pablo Neruda.
Desde entonces ella habita en mí como imagen y posibilidad, siguiendo a José Lezama Lima; más lo segundo que lo primero. Empecé a buscar todo lo referente al país que es como mi isla del tesoro, el lugar que quería conocer y donde quería estar”.

Su amor a Cuba no fue ni es pasivo: “Ya en el colegio recuerdo haberla defendido con vehemencia. Sentía que me esperaba. Hasta mis 26, fueron años de preparación para el primer viaje, en 1995. Lo más maravilloso fue que desde ese momento encontré, o me encontraron, amigos y amigas que, con el tiempo, han devenido parte de mi familia”.

La relación ha calado hondo: “Alguna vez dije o escribí que pasé de ver a Cuba en blanco y negro a verla en colores. Creo tener una amplia visión de este país, con lecturas que han llegado a ocupar un lugar importante de mi tiempo y mi espacio. En mi biblioteca tengo quizás más libros de autores y temas cubanos que de cualquier otra procedencia. Aquí no me siento extranjero. Desde 1995 he venido todos los años, y hasta dos veces en varios de ellos.  Ya deben ser unos treinta viajes, por lo menos…”

Los libros y Cuba tienen su matrimonio en la vida de Álvaro. “En 2003 iniciamos Ediciones San Librario con Mis amigos, de Camilo Delgado, para rendir homenaje al fraterno autor, el otro socio que permanece en la librería. La novedad del formato y las características generales —edición cuidada y numerada de 70 ejemplares—, motivaron que varios poetas colombianos nos entregaran inéditos o propusieran reediciones”.

La empresa se ensanchó, y ganó adeptos: “Un día se me ocurrió extender el proyecto a Cuba, y le propuse a Roberto Fernández Retamar una antología de su poesía de los años 1970-2004. Yo mismo la hice: ¿Y Fernández? y otros poemas. El segundo libro fue de Antón Arrufat, y así hasta 2012. Desde 2008 el diseño estuvo a cargo de un cubano, Leonardo Orozco. Hemos podido divulgar a autores que interesan en Colombia, sin tener que someternos a los mecanismos del mercado, que muchas veces, más que abrir las puertas, las cierran”.

De la que Álvaro llama “experiencia maravillosa y siempre estimulante”, nacieron sendos volúmenes de 20 autores y autoras, incluido Cancioncillas, de Fina García Marruz. En prudente orden alfabético de apellidos Álvaro recuerda que, además de los nombrados, entre otros figuran Miguel Barnet, Jesús David Curbelo, Josefina de Diego, Lina de Feria, Alberto Garrandés, Adelaida de Juan, Lorenzo Lunar, Rebeca Murga, Soleida Ríos.

Ahora está enfrascado en otro proyecto cubano: Ediciones Isla de Libros, de características similares al anterior, como el diseño de Orozco. Ya está impreso el volumen inicial: Fábula del sindicato, segundo inédito que García Marruz le confía al entusiasta colombiano. “Espero presentarlo el próximo año en la Feria del libro de Santa Clara. Esa ciudad ha tenido gran generosidad conmigo, con el plan de San Librario. Me ha honrado con la edición de mi libro sobre Cortázar y su Rayuela, y, lo más importante para mí, con mi primer diploma como colaborador en la cultura”.

El andarín colombiano encuentra allí también otras motivaciones: “Es una ciudad especialmente vinculada con el Che”. Ese es el Álvaro que sueña con vivir en Cuba, como un cubano más, y tiene un mensaje de corazón para este pueblo: “Es fundamental que continúen su propio camino, rectifiquen y cambien lo necesario, y conserven y mejoren lo que deba permanecer. No olvidar nunca que son un pueblo entero”.

Fiel a su doble querencia —“Dos patrias tengo yo: Colombia y Cuba. En las dos habito”, declara—, abraza igualmente “con ilusión, realismo y esperanza” un anhelo: “que en mi tierra natal pongamos fin al conflicto armado que la ha desangrado durante casi 50 años, y realicemos los cambios necesarios para lograr una nación más justa para todos. Una verdadera democracia. Cuba está dando también para eso una contribución valiosa”.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2012/10/22/cultura-2/literatura-dos-patrias-colombia-cuba.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista.

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