“¿Por qué tiene luz el sol?”, también pregunta un padre

SONY DSCHace dieciséis años, a propósito de la muerte de su madre en ese mes de 1996, una amiga entrañable me afirmó que diciembre se le había tornado “el mes más cruel”. Reminiscencia literaria linajuda se percibe fácilmente en la confesión. Pero ni en esas palabras ni en las que siguen se ha de buscar nada parecido al afán retórico, aunque se aluda al verso con que T.S. Eliot inició “El entierro de los muertos”, primer bloque de La tierra baldía, libro que inmortalizó su fertilidad poética.

En 2010, por la misma razón que para la buena amiga, diciembre adquirió para mí similar sentido que para ella. Pero la crueldad no tiene límites, y de esa verdad he vivido, vivo, una ratificación demoledora. Aunque sería legítimo hacerlo, tampoco ahora me guía interés de expresión literaria alguna. El peso de los hechos, en el centro y en la mitad de los sentimientos, me han confirmado, como un mazazo, algo de lo que me sentí seguro siempre: no era simple lucubración metafórica lo escrito, hace algo más de dos décadas, en “El rumbo”, soneto de mi Libro de Laura y Claudia, publicado en Islas Canarias por Ediciones Benchomo en 1993, con preciosas ilustraciones de mi compatriota Caridad Arteaga.

Perdónenme el inútil eufemismo: la partida de Laura el 2 de diciembre de 2012 le dio al poema una terrible reubicación en la realidad. Quienes queremos a Laura (aquí el verbo querer  no admite ni tendrá pasado) podemos repetir como propio lo dicho por César Vallejo en la elegía a su hermano Miguel: “nos haces una falta sin fondo”. Esa fue la causa mayor para tener desatendido, desde hace más de un mes, este campo virtual. Ojalá esta vez el motivo hubieran sido solamente las sequías y penurias tecnológicas de otras ocasiones.

Claudia me perdonará que ahora, ante la incapacidad para escribir algo nuevo, retome aquel soneto, que también a ella pertenece, como un especial homenaje de amor a su hermana, por parte de ambos, y de Carmen, la madre. Después de esos versos —no por dogmatismo cronológico, y menos aún por imperdonable descortesía, sino para subrayar su carácter de apertura hacia la eternidad en la memoria, que es la sobrevida en que cree el padre magullado— coloco un texto que, a raíz de la tragedia, escribió un buen amigo, el colombiano Álvaro Castillo Granada, tan queredor de Cuba, y tan querido en ella. Su texto fue, es, una de las incontables expresiones que los familiares de Laura hemos recibido y continuamos recibiendo de cariño a ella. Todas tienen asegurada nuestra gratitud.

Aunque en su momento di cabida en esta artesa a la pérdida de mi madre, no concebí su espacio para desahogos personales, ni mucho menos como cauce para formas de comunicación cotillera que, de existir (para quien las desee), deben tener vías privadas. Tampoco la pensé, ni la pienso, para hacer de ella lo que otros —¿fue Mario Benedetti el primero?— con risueño sarcasmo han llamado egoteca. Pero en este caso concreto lo individual no se asociaría con la vanidad, sino con el desgarramiento. Y ni por eso la artesa abandonaría el carácter peleador con que nació, el mismo con el cual espero mantenerla mientras le encuentre sentido y tenga fuerzas para ello.

La Habana, 4 de enero de 2012

I

El rumbo

Francisco Luis Bernárdez, poeta, ¿debo pedirle

a usted que me perdone? Creo más justo,

más respetuoso incluso, dar de antemano

por segura su absoluta, invulnerable comprensión.

Haber no puede, no, ciudad sin Laura,

ni sin Claudia pudiera haber ciudad:

me aseguran las dos la intensidad

de la fuerza que anima y que restaura.

 

El cariño que salva y que se instaura

en mi vida por única heredad,

mi virtud, mi asidero, mi verdad

bienes son, o no son, de Claudia y Laura.

 

Con ellas mi ciudad existe y es

y yo la habito con derecho y ganas.

Ellas dan más pasión, más lucidez

 

al paso con que marcho por el mundo;

y en toda la honradez con que me inundo

el rumbo es ya de sus señales sanas.

Sábado 1 de marzo de 1992

Luis Toledo Sande

II

De alguna manera nos quedamos en el otro

Desde la izquierda, Laura y Claudia a ambos lados de Álvaro, con cuya cámara alguien tomó la foto el 14 de enero de 2006De alguna manera nos quedamos en el otro. En la memoria del otro. Permanecemos cuando se da el encuentro verdadero, aquel que se graba de manera indeleble en el alma, sea por el motivo que sea, como un fragmento de tiempo en suspenso, una secuencia que espera ser continuada. Algo así como un álbum de fotos que se recorre morosamente o una película a la que le vamos agregando escenas. O un libro que nunca termina de escribirse. Mi vida, la de todos los días, está dividida en dos países. Dos mundos. De manera extraña habito simultáneamente en Colombia y Cuba. En los dos me siento en mi casa. En los dos tengo familia. En los dos tengo hermanos, amigos, compañeros. Y, como todo en la vida, a mi memoria se van agregando fragmentos que van construyendo no un muro sino un camino por el que transcurro. A veces leve, a veces pesadamente. Ese camino crece día a día y sólo se detendrá cuando yo me ausente. Porque cuando alguno, otro, de los míos se ausenta, su memoria no se detiene. Se queda ahí: intacta, pura, indeleble. Una secuencia que siempre que la veo guarda todo su significado y, lo más grande, se potencia, se multiplica. Adquiere nuevos matices y tonalidades. Revela luces y flancos que antes no percibía. No me gusta, aunque parezca lo contrario, escribir cuando los que me pertenecen se van. No. Por un pudor inmenso rara vez me atrevo a hacerlo cuando todavía están acá, riéndose, mirando o conversando. Lo que sucede es que cada vez que uno de ellos se marcha, se detiene, quiero compartir esa historia, la nuestra, no como un acto de vanidad sino como un intento, un ansia, de que ese recuerdo, esa memoria, permanezca en la de otros para que él o ella, el que se fue, haga parte de otras historias y no se borre. No se pierda. Es más o menos eso lo que me sucede. Algo así como entregarles a los demás lo hermoso que me ha tocado la dicha (y el honor) de conocer y encontrar. Para lo malo, feo, triste y horrible siempre hay tiempo y espacio. Para lo otro no.

A ella no puedo dejar de recordarla siempre conversando con una sonrisa y una timidez que no alcanzaba a disimular su madurez. Fueron varios encuentros a lo largo de los años. Poco más de diez. Sin embargo hay uno que retorna cada instante y siempre que puedo lo repito. Fue cuando ella, Laura, hija de Luis y Carmen, hermana de Claudia, me dijo una noche en la sala de su casa, mientras esperábamos la comida: “Álvaro, yo no puedo creer que tú que has leído tantos libros no hayas leído Los miserables”. Me dio vergüenza. Y añadió: “Si quieres te lo presto…” Le dije: “Mejor no, es demasiado largo y voy a quedar empezado. Cuando regrese a Bogotá lo consigo y lo leo. Te lo prometo”. Y cuando lo hice se puso feliz y compartimos escenas y momentos. Una complicidad nos unió más allá de mi amistad con sus padres: la de haber entregado y recibido una lectura fundamental. Algo así como ser cómplices de una felicidad. Así va a estar para siempre junto a mí. Como una cómplice con la cual podía hablar horas y horas sin que el tiempo se sintiera. Como corresponde (José Luis Díaz-Granados se reiría en este momento al escuchar esta frase), no existe una foto de los dos. Pero hay una mejor: estoy entre ella y su hermana Claudia. Acabamos de comer tamales. Es en la casa de Ernesto Sierra. Luis Toledo Sande, su padre, mi hermano, los cocinó. Carmen no dejó de hablar y reírse. Comimos mucho, muchísimo… Qué tarde tan maravillosa.

Así te quedas, Laura, en mi camino: como una flor vista y nunca olvidada. Como la cubana que no podía creer que yo no había leído Los miserables y que estaba dispuesta a prestarme el suyo. Porque no se debe/puede pasar por la vida sin haber leído este libro. No. Y es uno de los que me llevaría a la isla desierta, sí. Y si algún día estuviera en ese lugar cuando lo abriera y lo viera, me diría: “Este libro me lo recomendó Laura. A ella se lo debo”. Y en ese momento volvería a verte sonriendo. Sonriendo…

Álvaro Castillo Granada

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Sobre las fotos:

Primera / Desde la izquierda, la madre, Claudia, Laura y el padre. Foto tomada el 30 noviembre de 2012, con cámara y por manos amigas, en la Facultad de Estomatología de la Universidad de La Habana, cuando celebrábamos el triunfo de Claudia con su tesis para graduarse de especialista en Ortodoncia.

Segunda / También desde la izquierda, Laura y Claudia a ambos lados de Álvaro, con cuya cámara alguien tomó la foto el 14 de enero de 2006, en la reunión cordial descrita por Álvaro.

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