En el Museo Casa Natal de José MartíEn “Declaración ratificada”, que apareció en esta artesa en febrero de 2013, hace ahora un año, agradecí a la artista Trinidad Ibáñez —de Valencia, como el padre de José Martí— el estímulo por el cual reproduje en ese artículo el soneto “Declaración de fe”. Escrito en 1993, está dedicado a otra española de ley, la historiadora asturiana-andaluza, especializada en temas de nuestra América, María Luisa Laviana Cuetos, quien me ha honrado con su amistad, correspondida, desde que por razones profesionales nos conocimos en 1989.

Añado ahora otros motivos de gratitud contraídos con  Trinidad. El intercambio de mensajes mantenido desde alrededor de 2006, lo originó un hecho penoso: según me explicó la artista, compatriotas míos habían propiciado con un manejo incorrecto, aunque no de mala fe, la pérdida de un cuadro que ella había pintado para Cuba. Se lo inspiró Mariana Grajales, con quien se siente identificada por una emotividad que podría calficarse hasta de enigmática, pero eso es otro tema.  Ante la pérdida de ese hijo de su creación, yo no podía ofrecerle más que satisfacciones verbales, y, gracias a su comprensión, su amor a Cuba quedó libre de una sombra que pudo haber tenido consecuencias diversas.

Lo que entonces no se me ocurrió imaginar fue que Cesto de llamas. Biografía de José Martí, leída por Trinidad al calor de nuestra amistad naciente, la motivaría a retratar al héroe en un cuadro de igual título. Pertenece a uno de los poemas centrales de Versos libres, “Pollice verso“, en el cual Martí escribió: “¡Zarzal es la memoria: mas la mía / Es un cesto de llamas!”

El retrato, que en esta artesa ilustra “Luces de José Martí para el socialismo” —si no se ve mejor, cúlpese al “fotógrafo”—, lo trasladé de Madrid a La Habana en diciembre de 2009. La autora tuvo el desprendimiento de obsequiármelo, y por decisión de ambos se halla como depósito permanente en el Museo Casa Natal de José Martí, donde me pareció que debía conservarse como un bien público. Allí se puede ver desde que, con el entusiasta apoyo de Eusebio Leal Spengler, director de la Oficina del Historiador de la Ciudad (de La Habana), a la que está adscrito el Museo, se hizo la entrega simbólica a esa institución en un acto celebrado el 19 de mayo de 2010 para conmemorar el aniversario 115 de la muerte del héroe en combate.

En el cesto flamígero que ocupa el ángulo inferior derecho de la pintura aparece una referencia al anillo de hierro que la madre de Martí, la canaria Leonor Pérez Cabrera, le llevó a su hijo cuando ella viajó a Nueva York para verlo. En aquella urbe pasó él la mayor parte de los tres lustros finales de su existencia, hasta partir a la guerra organizada para liberar a su patria, cuyo nombre estaba impreso en el anillo, que —según se ha dicho— se hizo con hierro del grillete que el patriota adolescente sufrió en presidio. El dictamen médico de su autopsia, que no se puede leer en calma, confirmó que había dejado marcas terribles en el cuerpo de quien pasó “sereno entre los viles”.

Después de haber recibido el regalo de otro cuadro de Trinidad Ibáñez, titulado A caballo —antes fueron mi retrato (que pintó por fotos, cuando aún no nos conocíamos personalmente) y una Cleopatra en el Nilo—, solo encuentro una manera de interrumpir este artículo, escrito para reiterarle mi gratitud. Es una manera humildísima en sí y, sobre todo, comparada con la generosidad de la artista. Reproduzco (también tomado, como “Declaración de fe”, de Poesía. Anuario 1994) un poema por el cual ella me ha expresado un gusto particular.  Nació asimismo de una buena amistad, otra, diferente, con sus propias llamas; pero también de luz, y perdurable.

La Habana, 21 de febrero de 2011

Luis Toledo Sande

Canción del linaje fraterno

Muy cerca de la Casa de la Tinaja

          —donde solo hay el agua del muy común circuito urbano—

ambos intentan disfrutar sus raciones de café con leche,

que los sorprende con sabor de misterio.

Él, para alegrarla, dice que tanto la leche como el café

han sido preparados con polvo cósmico,

al que aún pudiera quitársele la s.

Y ella ríe, como si lo hiciera con la primera dentición

           —la más tímida y la más atrevida—,

como la niña que no ha dejado de ser, que es y será,

como la adolescente que aún se escapa a lomo de caballo,

por mucho que muestre, sin esfuerzo, su majestad de reina de sabanas,

de mujer presta a guiar, a indicar dónde se encuentra el sol;

por mucho que maledicentes, envidiosos y suspicaces quisieran

o hayan procurado inventarle sombras,

que tendrá, por supuesto, pero no donde ellos pretenden que las hallan.

Ambos se miran, y no se ven exactamente el rostro,

sino mucho más allá, más adentro, donde se guardan los secretos.

Si alguno de los dos aparta la mirada no es ni siquiera

para que sus secretos no sean descubiertos por el otro,

sino por un motivo mucho más sencillo y feroz:

para no autoconfesarse los secretos.

Al menos, así lo siente y lo imagina él,

y así ha de ser, porque ¿cuál es la verdad que intenta oponerse

           a lo que se imagina o se siente de veras?

En cualquier caso, siempre vuelven a mirarse,

y a percibir el alegrón que sube desde el tobillo,

           o desde más abajo,

y termina apresado en la garganta,

donde suele morir lo inconfesable, a veces lo más puro,

           lo único legítimo, lo que es.

Ella dice verdades, las humildes y tremendas verdades,

como si apenas dejara escapar diversos modos del aliento,

y cuando más (o cuando menos) un leve anuncio de sonrisa

           para amainar la gravedad,

y él escucha como el león a quien la flor cautiva.

Un aire místico y jocoso, diferente, los envuelve, los protege,

hasta casi (¡vaya hazaña!) rechazar indiscretas miradas

y hacer que lenguas aventuradas no se atrevan.

Una rara hermandad los ha juntado, y él la agradece hasta la médula.

Ella reprocha y estimula de una manera

a la vez incisiva y curadora

           —recordemos que curar es cuidar—;

y él, tan en contadas ocasiones dócil,

entrega a esa hermandad su altivez

           como quien da el rubor de la inocencia.

Si vuelven a mirarse, el hervor de las tazas se hace sentir

como vidrios muy finos que se rompen y derraman su campanilleo por el aire.

Él le dice: “¡Qué bien me ha hecho esta hermandad inesperada,

envuelta en una lira, en la ternura!

¡Qué ganas siempre de mirarte, qué mirarte con ganas de mirarte;

de estrecharte las manos y no dejar que las retires

           ni siquiera con ese gesto de niña que juega a la esquivez,

           al ‘A ver, a que no me capturas…’

Pero no, mejor que no te toque, y ni te mire casi,

porque en verdad eres una hermana especial,

la que llega donde la soledad acosa,

la que no tiene el compromiso de la sangre

y solo atiende a otro mandato: el del cariño,

el de la identidad en que la discrepancia sirve, sobre todo, para abonar la unión.

Sin embargo, un leve roce con tus manos, un imperceptible acercamiento a tu piel,

ni hablar de una mirada sostenida más allá de ciertos límites,

pueden acaso desatar un fuego donde, si ardiéramos los dos,

           ardería el mundo.

                                                (¿Y si te pierdo?)!”

Él se queda tratando de saber si es que habló, o meditaba,

o si (¿simplemente?) soñaba entre el humo y el misterio de las tazas;

y ella le recuerda que ha llegado la hora de partir,

que la oficina los espera.

Jueves 9 de mayo de 1991

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Tomada por manos amigas, la foto que ilustra este artículo muestra el momento en que la directora del Museo Casa Natal de José Martí, Dioelis Delgado, recibió en esa institución la obra de Trinidad Ibáñez.

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