Foto, Martha VecinoEntre los más bien ineludibles —como los propios del trabajo, que hasta se disfrutan sin llegar por fuerza al masoquismo— y otros que perfectamente pudieran y deberían evitarse porque entorpecen lo fértil laborioso, no son pocos los sufrimientos que se le reservan a un autor antes de que un libro suyo salga de la imprenta y empiece a circular. En este caso el precolofón —no digamos colofón, para no dar por agotadas las sorpresas posibles— ha sido que los dos libros hoy presentados aparezcan como uno solo en el programa de la Feria: Cesto de llamas. Ensayos sencillos con José Martí.

Pero, después de todo, ese desaguisado no se compara con el anuncio librero que, en el diario nacional de mayor tirada, convirtió el poemario Inventario de asombros, del orfebre Eliseo Diego nada menos, en Inventario de escombros; y ahora no es cuestión de sufrir, sino de disfrutar que la Editorial de Ciencias Sociales, en la actual etapa de su trayectoria, haya logrado que Cesto de llamas. Biografía de José Martí vuelva a circular, y comience a hacerlo Ensayos sencillos con José Martí, gracias a un esfuerzo colectivo que desborda lo reconocido en los créditos impresos, aunque —sin que ello signifique olvidos— pueda representarse en los nombres de las respectivas editoras, las buenas amigas Norma Suárez Suárez y Enid Vian, igualmente de larga experiencia, además de ser compañera de estudios de mis años universitarios, y escritora relevante. Como parte de su trabajo, también coordinaron el de quienes tuvieron a su cargo la corrección, la composición, el diseño y la impresión de ambos libros, y cuentan asimismo con la gratitud del autor, nómbreseles o no se les nombre en los créditos.

Si se quieren alcanzar los mejores frutos posibles, para que un original llegue a texto publicado se necesita entre autor y editores un acto de profunda cordialidad, o buena complicidad, diría Norma, quien sabe aplicarla productivamente. En esencia, aunque hoy habría que enriquecer los términos, sustentan ese ideal palabras del propio José Martí: “El autor tiene un hermano, que es el impresor; y salen al mundo libros bellos […] de la amistad entre el autor, que da la piedra preciosa, y la impresión, que la calza en digna montura”. Ese proceso, tan favorecido y complicado hoy por la tecnología, se asocia incluso a los momentos de humor visible en quien, después de preguntarse en Versos sencillos quién osaba decir que él tenía penas, y de referirse a la mayor del mundo —la esclavitud—, escribió: “Hay montes, y hay que subir / Los montes altos; ¡después / Veremos, alma, quién es / Quien te me ha puesto al morir!” De no mucho tiempo atrás parece datar la carta en que, hablándole a Manuel Mercado, testimonió lo mucho que lo mortificaban las erratas en sus colaboraciones para la prensa, y se permitió esta válvula de escape: “¿Por qué, corrector, te cebas / En mí, si el Sumo Hacedor / Hizo hermanos al autor / Y al que corrige las pruebas?” La redondilla está citada, con voluntad de escudo, en el “Pórtico” de Cesto de llamas.

Desde su aparición a finales de 1996, ese libro me ha dado regocijos que no se me ocurrió imaginar mientras lo escribía: entre ellos, sus ediciones en español, que ya suman siete, y sendas salidas en inglés y en chino; pero, sobre todo, la acogida del público y hasta de la crítica. Tanta atención recibió en publicaciones varias que el Anuario del Centro de Estudios Martianos pudo sentirse del todo relevado en esa tarea. Ahora espero que Ensayos sencillos me depare también algunas alegrías. Ya estoy disfrutando el encuentro cordial de hoy, devenido acto feliz, sobre todo, por la presencia de ustedes y por las generosas palabras de la respetada y querida profesora María Dolores Ortiz. Son lujos que vierten bálsamo sobre los sufrimientos.

Quería que Cesto de llamas —ahora junto con Ensayos sencillos— se presentara en el Museo Casa Natal de José Martí, para recordar el lanzamiento que, luego de haberse presentado a finales del año anterior en la Feria del Libro de Guadalajara, tuvo allí la biografía en enero de 1997. Para mí fue de veras emocionante. Pero el programa de la Feria establecía que la cita fuera en el Centro de Estudios Martianos, y tiene sentido. No me inicié en la lectura de Martí, y acerca de él, en esta institución: se me incluyó entre sus fundadores porque ya esa búsqueda era pasión para mí, y siguió siéndolo cuando en 1990 decidí irme, en momentos en que la institución pedía mayor apoyo que el que estaba recibiendo, y para lo cual —tal vez él no lo recuerde— se habían iniciado ya, entre otras gestiones, las necesarias para que viniera a trabajar en ella el doctor Pedro Pablo Rodríguez, al frente hoy de uno de los proyectos fundamentales para los que se fundó en 1977 la institución, que pronto empezó a dar frutos en una trayectoria de la que formé parte durante algo más de doce años.

Pero, en general, como lector de Martí he sido y soy, sobre todo, un cuentapropista, para utilizar la palabra puesta en boga por nuestras magias verbales. Y digo lector, no estudioso, menos aún especialista, porque Martí requiere y suscita el acercamiento amoroso y, espíritu renacentista que fue, o de nacimiento abarcador y permanente, se resiste a las especializaciones. No obstante, los años trabajados en este Centro —subrayo trabajados, creo que con derecho—, están naturalmente en la base de Cesto de llamas, que escribí cuando hacía más de un lustro que no integraba esta institución, y de Ensayos sencillos, cuyos textos son también posteriores en buena parte a mi etapa en el Centro. Pero, naturalmente, estos libros no pudieran de ningún modo considerarse ajenos a esos años, durante los cuales disfruté el privilegio de tener compañeros de trabajo extraordinarios, tanto en la plantilla como en el consejo asesor de la institución, y cuyos nombres saltan a la vista, o a la memoria. Para solo mencionar a los que ya no están físicamente entre nosotros, recordaré como ejemplos, de la primera, a Cintio Vitier; del segundo, en orden alfabético de apellidos, a Ángel Augier, José Cantón Navarro, Julio Le Riverend y José Antonio Portuondo. Y me da gusto que aquí estén todavía Regina, Ela, Ibrahim, quienes ya lo eran o son amigos y compañeros míos desde entonces, y continúan dando su aporte al Centro.

Sobre el intenso y múltiple trabajo hecho en él, di algún testimonio en las palabras que se me pidieron para la celebración de su vigésimo aniversario, parcialmente reproducidas en Ensayos sencillos, aunque sin lo más testimonial, con el título de origen: “Sobre la responsabilidad cubana en las representaciones/recepciones de José Martí”. Ahora podría referir también experiencias varias, pero me centraré en un solo detalle. Lo hago animado por los llamamientos que hoy se hacen a cambiar de mentalidad tanto como sea necesario, y que no deben parar en mera consigna o en un proceso sin fijador. Incluido el toque humorístico —mucho salva el humor, y si algo banaliza no es por culpa suya, sino de quienes lo producen o lo consumen superficialmente—, rindo homenaje al Zumbado que tuvo con eso de que nos falta fijador un acierto comparable con la idea de Platón calificada por María Zambrano como “el indefinido, ilimitado apeiron”, y hasta de mayor sentido práctico y educativo que esa categoría del filósofo griego, para algunos el más grande de todos los tiempos en el mundo.

El detalle aludido nació de un hecho. En un trabajo sobre las “Impresiones…” de Martí para la revista neoyorquina The Hour, que me siguen pareciendo con frecuencia mal leídas,  le debía dar crédito por un dato de interés a un señor que había abandonado el país y, visceralmente hostil a la Revolución, no perdía oportunidad para destilar veneno contra ella. No diré ahora su nombre, porque ya murió y no podría defenderse, y porque no se discute con los muertos, salvo que sean grandiosos. La seriedad y la honradez —y hasta el deber de cuidar el prestigio del Centro, en cuyo Anuario se publicó mi texto— me exigían reconocerle el hallazgo de un documento que me servía para avalar una afirmación; pero me topaba con un obstáculo que todavía en los años 80 era difícil de vencer: su nombre estaba vetado. Me preguntaba: ¿cómo es posible proscribir nombres, cuando lo que se debe hacer es darle a cada quien su lugar, o el que creamos que le corresponde, y aplicarle los calificativos pertinentes?, ¿cómo se puede prohibir el nombre de alguien que no es peor que Fulgencio Batista, o que los presidentes del imperio, a quienes se menciona fluidamente?

Me percaté, además, de que no debía darme a la tarea de averiguar el origen de la supuesta prohibición. De esta existir, seguramente se habría dado de viva voz, o por teléfono —no parecía haber en parte alguna de este mundo un papelito con firma y cuño que la estableciera—, y si es muy difícil llegar al origen de prohibiciones tales, más aún lo es obtener su derogación. Además, no hay que rendir culto a la anarquía para saber que una consulta puede ser el mejor modo de lograr que determinada prohibición se prolongue, o surja. Por eso hay quienes no andan consultando las cosas, y se arriesgan creativamente; pero tampoco faltará otra actitud: la comodidad de aceptar de antemano las limitaciones como si fueran aplicadas por propia iniciativa. En eso puede haber honradez, y hasta coraje; pero ¿es acaso lo más fértil, lo más beneficioso para el pensamiento revolucionario, que debe combinar la responsabilidad, la necesidad y la libertad?

En aquellas circunstancias opté por mencionar con santo y seña al señor de nombre presuntamente proscrito, y le agradecí el hallazgo del documento. En la correspondiente nota de pie de página escribí, para ser justo, que era alguien “de casi tanta fortuna para encontrar datos sobre la vida de Martí, como conocidas vocación y capacidad para ser desleal a su legado”. Y no pasó nada, nadie me pidió cuenta. Hoy tal vez eso parezca una bobería, porque ya en general no hay nombres prohibidos, y más parecería que a veces olvidáramos nombres que debíamos tener presentes, vivos, en nuestra memoria individual y en la de nuestras instituciones. Pero me gané el odio de aquel señor, y nadie vaya a pensar que fue porque, al calificarlo de deslealtad a Martí, lo traté como a contrarrevolucionario: esto habría sido o era un elogio para él. Su odio —que, según un testigo confiable, mantuvo hasta el final de su vida— se debió a que se le había acabado el mérito, o negocio, de autor prohibido en Cuba.

Nada malo le sucedió a la Revolución porque nombres como el de aquel señor empezaran a circular entre nosotros. Pero es comprensible que un organismo agredido —desde un espécimen unicelular hasta un país, pasando por una anémona, un gato o un ser humano, que así “se pone gato”— genere formas de autodefensa que pueden llegar a la paranoia y tomar los caminos de la irracionalidad, pues el tino y la sabiduría no son dones que se regalen. No es fortuita la insistencia del general Raúl Castro en la necesidad de acabar con el secretismo. A esa necesidad me he referido en varios textos: el más reciente de ellos, “Cultura informativa y cambio de mentalidad”, empezó a circular hace apenas unos días en Cubarte, y está reproducido en varios sitios más. Pero conste que hasta el empeño de salir en defensa del llamamiento de Raúl puede hallar dificultades en el camino, y tropezar con líneas editoriales tan mesuradas, tan cuidadosas, tan prudentes, que acaban poniendo freno a la defensa del pensamiento que la dirección de la Revolución llama a fomentar. Solo que una idea justa, aunque se le confine a cuevas virtuales, tiene su fuerza.

El detalle antes mencionado es solo uno de los ejemplos que ratifican la vigencia del pensamiento de Martí. A Fina Gardía Marruz le agradezco —entre otras muchas iluminaciones— esta: Martí empezó Versos sencillos con la declaración “Yo soy un hombre sincero”, un destino al cual aún no ha llegado la humanidad. Algo parecido cabría decir de nuestro sentido de la información: si bien libre de las banalidades y las falsedades burdas o criminales de la prensa capitalista en el mundo, aún no ha cumplido plenamente el desiderátum que Martí expresó en el artículo “Ciegos y desleales”, del número de Patria correspondiente al 28 de enero de 1893. Ese día cumplió él cuarenta años, por lo que cabe también celebrar un aniversario redondo de la máxima aludida, que se oía y se leía mucho hace años, y creo que muy poco ahora: “Las llagas no se curan con linaza. La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla”.

Que un estornudo en Cuba sea convertido inmoralmente en epidemia masiva por la prensa capitalista, no nos autoriza a reducir prudentemente la fiebre alta en mera destemplanza, o actos vandálicos en pueril indisciplina social. Y ¿a quién se le ocurre creer que en Europa del Este el socialismo se cayó por una mal entendida o mal aplicada, o tal vez falsa, transparencia informativa? Se desmoronó por sus propias deficiencias, y por la acción de mafias que, como las deficiencias mismas, se formaron o crecieron al amparo de ocultamientos y silencios.

Son muchas las enseñanzas que Martí sigue reservándonos, y no hemos de faltar a ellas, Esta convicción no sugiere ni remotamente que debamos reducir su obra a manual de citas, ni a fuente para justificar cuanto hagamos. Con eso no se le hace justicia a pensador alguno. La historia, la vida en el mundo, se encarga de confirmarlo. Ver en qué un pensamiento como el de Martí pudiera impugnarnos sería, no pocas veces, más fértil y orientador que elogiarlo en términos que, a la larga, parecerían culparlo de nuestros errores.

Cuando la desespiritualización es un mal que mina al mundo; cuando la pérdida de la armonía entre el ser humano y la naturaleza pone en peligro la sobrevivencia de la especie y del planeta mismo; cuando los medios dominantes internacionalmente promueven la banalidad y procuran —con la implantación de un pretenso pensamiento único— frustrar la aspiración martiana expresada en el criterio de que el primer deber de un ser humano es pensar por sí propio; cuando la desfachatez imperial recuerda a una Roma decadente, pero con césares y cónsules que disponen de algo más que de mechones para prender fuego urbe et orbe, se reafirman la profundidad, la amplitud y la vigencia del legado martiano, que marcha hacia el futuro.

También necesitamos de él para enfrentar los desafíos propios de nuestra realidad nacional y su necesaria transformación. El ideario de nuestro héroe no debe ser solamente cuestión de academia ni de consignas pasajeras, cuando en nuestro entorno inmediato la grosería invade las calles, y, para no señalar otros hechos, la indispensable búsqueda de la eficiencia económica requiere no despeñarse por los caminos del pragmatismo y las complacencias mercantiles, ajenos uno y otras a la utilidad de la virtud, que tanto falta en el mundo, y tan maltrecha se percibe a veces en nuestro entorno.

Para enfrentar fructíferamente la realidad nos apoyan la palabra, el espíritu y el ejemplo de quien echó de veras su suerte con los pobres de la tierra y fue reconocido por Fidel, en acto de justicia histórica, como autor intelectual de la etapa revolucionaria iniciada el 26 de julio de 1953, hará pronto sesenta años. Hoy a Martí lo regocijaría la formación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, expresión de que nuestra América nunca había estado menos lejos que ahora de cumplir el llamamiento que él hizo cuando reclamó darle al imperio una respuesta unánime y enérgica: “unánime y viril”, escribió, pero quien tanto enriqueció el pensamiento encaminado hacia la emancipación de la mujer, vería bien la sustitución de un calificativo que, afincado en las raíces patriarcales del idioma, ha parado en sinónimo de varonil y de valiente.

Muchas y muy profundas razones reclaman que el estudio sobre la vida, la obra y el pensamiento de Martí continúe, crezca, se enriquezca y se afine cada vez más, sin olvidar que la mayor importancia desde el punto de vista editorial, de la investigación y de la lealtad está en la atención dada a sus propios textos, a sus ideas, a su ejemplo. Del contenido de los libros que se presentan, ¿para qué hablar ahora? Están al alcance de ustedes, y, en la necesaria brevedad del encuentro, tal vez ya incumplida, al autor no le queda más que reiterar su sincera gratitud al equipo editorial de Ciencias Sociales, a la generosa María Dolores Ortiz y al público lector, tan bien representado por quienes han acudido a esta cita.

Luis Toledo Sande

* Palabras leídas en la presentación simultánea de Cesto de llamas. Biografía de José Martí y Ensayos sencillos con José Martí, hecha —como parte del programa de la Feria del Libro Cuba 2013— en el Centro de Estudios Martianos el 15 de febrero de este año.

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/con-jose-marti-mas-alla-de-los-libros*/24137.html

En la foto, junto al autor, de izquierda a derecha, Norma Suárez Suárez, María Doloros Ortiz y Enid Vian.

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