SeñorCensor, dibujo de F. BlancoI

En uno de esos momentos en que nos domina —o nos dejamos dominar por ella— la prisa necesaria para atender varias tareas a la vez, recibí de Ediciones Luminaria la invitación a ocupar una de sus horas. Sin pensarlo dos veces respondí que aceptaba, pues me sentí estimulado por la generosidad de la invitación, y por lo que, en la presurosa lectura, creí que era el tema: la conjura editorial. Además de recordar a los hoy olvidados Jesús Castellanos y Luis Felipe Rodríguez —autores respectivos de las novelas La conjura y La conjura de la ciénaga—, el error me agitó la imaginación y supuse que podría discurrir ad libitum sobre un asunto que, además de tener nombre sonoro, me resultó sugerente. Pero en cuanto envié la respuesta y volví a leer el mensaje de Luminaria me percaté de que el tema era otro: se me pedía bracear sobre algo en lo cual toda ingenuidad parece desterrada de antemano, no hay margen para candores imaginativos y hasta irrumpen sombras de prejuicios, rispideces culturales (o anticulturales) y sordidez.

El problema empieza porque censura ha devenido una especie de palabra obscena, o, cuando menos, de mal gusto, nombre de algo indeseable o punitivo. Como primera acepción, el Diccionario de la Real Academia Española le atribuye “Dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito”. Dicho así, parece lo más modosito del mundo; pero lo inquietante asoma en la segunda: “Nota, corrección o reprobación de algo”, y la tercera se adentra en lo tenebroso: “Murmuración, detracción”. La cuarta corresponde a la aplicación del poder: “Intervención que ejerce el censor gubernativo”; y la quinta sitúa el tema en una zona donde el poder está en lo religioso y, por tanto, es ideológico ostensiblemente y se asocia de diversas maneras a valores, y a la noción del bien, del camino recto, cuya pérdida conduce al Infierno: “Pena eclesiástica del fuero externo, impuesta por algún delito con arreglo a los cánones”.

Se refiere esa acepción al fuero externo, relativo al comportamiento visible, y no dice qué puede pasar con el interno, que atañe a la conciencia, la cual no puede mantenerse oculta sino a base de fingir, y objetivamente se deja ver en los actos de cada quien. Fuera del clero, cierto alto funcionario policial europeo se hizo célebre con una frase: “Denme una palabra del reo, y probaré que es culpable”.

Cuando intervienen la idea del bien y su defensa, las cosas pueden complicarse. No hay que tener una visión maniquea de la realidad para aceptar lo que José Martí —quien tan a lo hondo y con tanta amplitud miraba y veía— dio como verdad en su artículo “Albertini y Cervantes”: “la pelea del mundo viene a ser la de la dualidad hindú: bien contra mal”. El fundamentalismo, ajeno a Martí, es palabra de reciente apogeo, y los medios dominantes la manipulan a su antojo; pero expresa una vieja tradición, asentada en los recursos de defensa del poder o en el afán por conquistarlo. De alguna manera todo lo permean los prejuicios y las tradiciones, incluso cuando se les quiere revertir. Fue Carlos Marx quien, con respecto a la necesidad de transformar el mundo en busca de justicia, dijo que “el peso de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

La defensa del bien no ha marchado al margen de esa realidad. Vistas las cosas desde la perspectiva del bien, ser castigado por el mal constituye un mérito, un honor; pero una simple crítica recibida del lado del bien puede convertirse en atroz mancha, y a nadie que se respete le gusta andar manchado por el mundo. De ahí —y del correspondiente sentido de responsabilidad, que hasta paralizante puede ser— vienen las interdicciones impuestas por otros, y también la tendencia posible a la autoinhibición. Defender el bien puede incluir el pulseo con personas y líneas erradas. Si estas en un momento dado disponen de mayor poder que las de más acierto, las consecuencias de la respuesta, o del mero intento de responder, pueden resultar costosas, frustrantes al menos.

Eso no se debe ignorar en la aplicación de ninguna política, y en cualquier circunstancia, en cualquier parte, el trabajo editorial responde a políticas trazadas. De ahí la importancia de que ellas sean bien concebidas, bien delineadas y bien aplicadas, lo cual requiere profesionalidad. Se dice esto sin menospreciar la inevitable falibilidad humana. Del cielo también habrá mucho que decir; pero las presentes líneas no tienen la intención de hacerlo.

Podríamos dejar ahí el merodeo por el tema, y quedar como ángeles que duermen. Pero sería sacarles el cuerpo a complejidades que producen insomnio. Pasa con censura algo parecido a lo que sucede con dogmatismo y sectarismo, que a menudo se emplean para devaluar actitudes y criterios sostenidos por otros. Nuestros criterios encarnan sabiduría, honradez, integridad, tolerancia y cuantas otras virtudes quepa imaginar, y la pasión que pongamos en su defensa es la mayor prueba de mesura, de razón, de capacidad justiciera.

Entendida como el acto de aplicar prerrogativas para decidir qué se publica o qué se destina al silencio, la censura es una realidad que se ha hecho cada vez más compleja. En la antigüedad era mucho más sencilla. En la Atenas de esplendor democrático —pero esclavista y, por tanto, no tan democrático— tenían derecho a discurrir libremente en la plaza pública los esclavistas y sus voceros. En general, antes y después se reproducía la opinión de los poderosos, la cual decidía qué escritos reproducir y qué obras orales se fijaban mediante la escritura.

¿Se le dedicó a Espartaco una obra similar a las producidas para enaltecer a Aquiles y Ulises, y a los poderes que ellos representaban? En el caso de la escritura, ¿podían disfrutarla los no poderosos? Para multiplicar un texto en mínimas tiradas —lo posible cuando no había medios tecnológicos para hacerlo— se necesitaban sirvientes capaces de tomar el dictado. No serían niños educados en escuelas para pobres, sino personas con instrucción esclavizadas tras el sometimiento de un pueblo por los poderosos de otro, aunque estos últimos tuvieran en sus huestes a personas humildes, soldados de a pie. Se conoce el origen de la palabra caballero.

En tales circunstancias se reproducía lo que a un señor con poder le convenía o le gustaba, o le gustaba y le convenía. ¿Tenía Espartaco recursos materiales y cognoscitivos para hacer algo similar y al servicio de la emancipación de los esclavos? Siglos después la imprenta facilitó la reproducción de textos, y también crecieron los cuidados, y las prevenciones, sobre qué se debía reproducir, y cómo. La Iglesia católica —la más influyente en América y en la generalidad de lo que se ha llamado, con sintagma engañoso, el Occidente Cristiano— tuvo sus propios amanuenses. En el quehacer editorial ella no dejaría de aplicar y mostrar también su habilidad para controlar el pensamiento y los actos de los seres humanos. Dominó el fuero interno y el externo y, asiduamente en alianza con los poderosos terrenales —reservémosle a ella los dominios del Cielo—, sentó pautas en el examen ideológico de la población. Para eso encarnaba el pensamiento universal, que es el significado de católico.

Tal vez no seamos conscientes de hasta qué punto su influjo ha operado incluso en afanes contrarios a ella. Esto va dicho sin considerarla monolítica, ni confundir la totalidad del clero y los creyentes con la jerarquía dominante en su ámbito. Pero incluso el ateísmo —o las fuerzas políticas apoyadas en él— ha adoptado a veces formas que podrían considerarse ateocráticas, o, a su modo, inquisitoriales. Enseñanzas para ello ha tenido en tradiciones de ejercicio del poder cultivadas por instituciones eclesiales. El título Biblia ¿no debería escribirse así, en cursivas? Designa un libro, aunque esté integrado por varios. Que su título se haya impuesto sin los énfasis tipográficos usados para nombrar otros libros no debe pasarse por alto si de cultura editorial y entendimiento de la censura y de la promoción se trata. Añádase que, de traducción en traducción y de edición en edición, la Biblia se ha llenado de alteraciones difícilmente casuales o no dolosas. Vienen de concepciones y perspectivas terrenales. No por gusto representantes de la teología de la liberación tuvieron o siguen teniendo una tarea significativa en el rechazo de tales falsificaciones.

Libros de diversa índole, fueran o no fueran de contenido religioso, solían tener como talanquera notas introductorias que hoy podrían pasar por mera curiosidad bibliográfica para el lector desprevenido. Pero eran textos de mayor o menor adulonería con que los autores, además de ponerse a bien con sus mecenas, buscaban el nihil obstat que estaba en manos de los censores y se requería para que los textos fueran publicados. Luego aquellas notas dejaron de aparecer, pero no desaparecieron necesariamente por completo el pensamiento y las prácticas concentrados en ellas.

No hace mucho se publicó un artículo cuyo primer párrafo decía que tener un pan diario era, en el mundo, un privilegio que solo tenemos los cubanos. El resto del artículo estaba destinado a repudiar valientemente, con ejemplos rotundos, falta de higiene y prácticas de desvío de recursos (léase robo) en panaderías del país. ¿Nació el párrafo inicial del justo intento de no olvidar lo mucho que ha hecho la Revolución por el pueblo? ¿Se curó en salud el autor, creo que autora? ¿Operó la inercia a veces visible en modos de tratar nuestra realidad? ¿Intervino la mano de un editor cuidadoso que no quería problemas para el periódico ni para sí? Probablemente hayan operado varios de esos elementos, o todos.

Si entendiéramos la censura solamente en el sentido de las dos primeras acepciones que le reconoce una Academia cuyo tufo de realeza no es como para pasarlo por alto, valdría preguntarnos si una sociedad organizada puede darse el lujo —si eso verdaderamente lo fuera— de vivir ajena a todo “dictamen y juicio que se hace o da acerca de una obra o escrito”, a toda “nota, corrección o reprobación de algo”. Hoy —cualesquiera que hayan sido o sean las intenciones de sus principales propietarios en el mundo— las tecnologías han contribuido en alguna medida a que se descentralice la información. Los monopolios que la dominan no pueden impedir que los muros de sus campañas sufran fisuras producidas por personas que, utilizando recursos tecnológicos iguales a los capitalizados por ellos, difunden, aunque sea en menor escala, verdades que los monopolios ocultan.

Entre nosotros, precisamente en momentos en que era menos seguro aún que estuviéramos saliendo de la tendencia —abrazada por algunos, o quién sabe si por muchos— a satanizar la tecnología, se hizo felizmente célebre una imagen, una realidad: con un telefonito celular podía desencadenarse una acción efectiva contra las fuerzas retrógradas que en abril de 2002 intentaron dar un golpe de estado contra el proyecto bolivariano de Venezuela. Frente a la cavernaria satanización de la tecnología, aquella imagen podía asociarse con otro hecho: históricamente, en el planeta la tecnología no ha estado de preferencia en manos de la justicia, sino de las clases dominantes opresoras; pero la han producido con su esfuerzo los trabajadores, y, empleadas con voluntad emancipadora y capacidad de sacrificio, armas fabricadas al servicio de intereses de negociantes nada dados a la emancipación de pueblos le permitieron a la propia Cuba —ejemplo que tenemos a mano— alcanzar la soberanía. Así emprendió la construcción de una sociedad dirigida a lograr la justicia, propósito en el cual ha colaborado con otros pueblos.

Pero, cuando la tecnología abre objetivamente puertas, cada vez más, y —a contrapelo, huelga decirlo, de las intenciones y los designios imperiales— contribuye a democratizar la información, crece también la fundada inquietud ante los peligros de una información caótica, o desprovista de un elemento que resulta vital para la marcha de la humanidad: la educación. Eso no valida silenciamientos torpes, escamoteos que solo consiguen atizar las ansias de conocer lo que se somete a interdicto. No los valida, no, ni sería deseable que los validara; pero subraya la necesidad de una orientación ética, honrada, en el manejo de la información, y de cuanto se relaciona con la sociedad.

No temamos a la palabra manejo, pariente de manipulación: nadie se alimenta sin que antes de la llegada de la comida a su boca hayan mediado manipulaciones varias. La cuestión está en la limpieza, la decencia, la honradez y la profesionalidad con que se manipulen los alimentos, que pueden ser materiales o del espíritu. Con todo, no nos equivoquemos, los medios donde las ideas anticapitalistas y prosocialistas encuentran espacio preferente son minoritarios, están en desventaja material: sus contenidos no gozan ni remotamente de una difusión como la que tienen los grandes medios dominantes. Solo que también desde el fondo de una cueva virtual una idea justa puede tener más fuerza que un ejército. Al menos, queda como una semilla que puede germinar en medio de la maleza dominante. En la propia Cuba, un meandro digital como Cubarte puede tener alrededor de tres millones de visitas anuales, y cerca de uno de esos tres millones son visitas del propio país.

Nada hay que idealizar, sin embargo. Si bien (o mal) en estos tiempos no está de moda en el mundo hablar de modos de producción, clases sociales, lucha de clases, dominación y otros conceptos por el estilo, ellos encarnan realidades objetivas. No son recursos movilizadores fabricados por el marxismo, que —cuando ha funcionado bien— ha descifrado lúcidamente la realidad, no la ha inventado. La educación no es un hecho abstracto: puede basarse en los llamados valores universales, pero se realiza concretamente sobre una determinada concepción del mundo, al servicio de proyectos sociales concretos, dígase lo que se diga.

Hace poco, en una reunión habanera en la cual se rozó el tema de la educación, alguien se refirió al famoso Plan Bolonia como un recurso renovador de la instrucción universitaria. Pero, tomado tal cual, ese proyecto resulta inseparable de las privatizaciones neoliberales. Los gobiernos europeos, cada vez más ostensiblemente al servicio de su jefe yanqui, lo promueven para fomentar el pragmatismo propio de los negocios, del mercantilismo dirigido a fortalecer el sistema capitalista.

Nadie se haga ilusiones, ni vaya a ocurrir que la herencia de prácticas imitativas nos mueva a engolosinarnos con el Plan Bolonia, como durante años nos atraían las pedagogías eslavo o germano-socialistas, en detrimento de nuestras grandes raíces educacionales, nutridas por la fertilidad de la actitud electiva. Esperemos que, si alguien intenta copiar para Cuba el Plan Bolonia, aparezca a tiempo la censura inteligente y honrada que lo impida, sin que ello suponga silencios impuestos ni evadir o frenar discusiones que puedan ser necesarias.

¿Acaso alguien cree que ello es ajeno al terreno editorial? La labor realizada en él puede contribuir, o debe estar en el centro mismo del afán, a cultivar la cultura del diálogo. Todavía se echa de menos en nuestras publicaciones la aparición de polémicas, de debates que contribuyan al esclarecimiento de temas de interés. Claro, es de suponer, y de aspirar a que así sea, que la cultura del diálogo tenga un componente esencial en la capacidad para discutir decentemente, sin ataques personales en lo que debe ser un debate de ideas. Y en eso la edición puede y debe desempeñar un papel de primer orden. Pero no lo cumplirá mientras cultivar el secretismo —o como se le llame— sea más fácil, tentador y cómodo que combatirlo; mientras se prefiera no buscarse problemas antes que asumir riesgos insoslayables y hasta honrosos.

II

¿Puede o debe una sociedad organizada prescindir enteramente de juicios, dictámenes y correcciones o reprobaciones, si aspira a funcionar bien? La clave radica en la orientación y la actitud con que unos y otras sean aplicados. Se trata de un hecho cultural; y la cultura, que se ahoga en cepos, naufraga sin paradigmas que la salven. Aunque medien distancias entre propósitos y realidad, es necesario saber, por ejemplo, para qué público o en qué contexto se edita un libro, se monta una exposición o se proyecta una película.

Si en algo no debería haber duda es en que esa necesidad no avala procedimientos errados. Un caso: el socialismo llamado real, que en parcelas de Europa y Asia afrontó obstáculos internos en un entorno planetario hostil, ¿no apostó a las interdicciones enquistado en su autodefensa? Entre otros resultados, ello generó dos frutos diversos, pero indeseables ambos: al amparo de ocultamientos dirigidos surgieron o se fortalecieron mafias decisivas en la frustración del camino hacia un socialismo verdadero; y el capitalismo —dueño o explotador de mayores recursos materiales, económicos, bélicos y mediáticos— medró vendiéndose como el presunto reino de la libertad ilimitada, o sin prohibiciones odiosas.

Pero envíese a El País, El Nuevo Herald o The Washington Post un texto que elogie a la Revolución Cubana y otro que la ataque, y se verá cuál corre mejor suerte, aunque no sea el mejor escrito. Revísense los tamaños y los lugares que esas publicaciones reservan a la defensa del capitalismo, por un lado, y, por otro —ladito o esquinita más bien, si acaso—, a lo que parezca que lo impugna, no digamos si lo cuestiona en sus bases. En presencia del monarca que —¡regio ejemplo de intento de censura!— trató de silenciar al presidente venezolano Hugo Chávez, se le dio en España el Premio del Rey a un documental contra el proyecto bolivariano. Pronto se supo que incluía imágenes manipuladas para calumniar al gobierno de Venezuela, y algunas ni siquiera correspondían a esa nación. Mucho más recientemente aún, El País —que en pocos años pasó de una presunta posición de centro izquierda a una derecha cochambrosa— publicó fotos falsas para vaticinar con grosero regodeo la muerte del propio Chávez.

Si en el mundo los sucios manejos propagandísticos del capitalismo no hubieran generado tanta resignación colectiva, y el periódico y el certamen cinematográfico mencionados tuvieran un mínimo de vergüenza, ambos se habrían visto obligados a cesar. Pero hasta se ha sospechado que la autocrítica del rotativo ante el escándalo de las fotos le sirvió al monopolio Prisa para librarse de ciertos compromisos, y reducir su plantilla.

Queda dicho algo así como: “Mentimos, sí, ¿y qué?” ¿No había ocurrido ya con las campañas para justificar la masacre del pueblo iraquí, cuyo gobierno —merezca la valoración que merezca— fue dolosamente acusado de tener armas de exterminio masivo? Cumplidos sus planes, los matones reconocieron que la acusación era infundada, ¿y qué? Se mantuvo también la matanza afgana, después vino Libia, todavía no es seguro que Siria escape de “su turno”, Mali es sepulcro de incontables malienses y de la consigna de Libertad, Igualdad y Fraternidad usurpada por la República Francesa, tan atávicamente metrópoli colonial. También otros países sufren amenazas. Sobre Cuba no han dejado de pender, y consumarse, en más de medio siglo.

En todas partes las fuerzas dominantes difunden o calzan las imágenes que les convienen. En España, Camilo José Cela fue censor en el régimen encabezado por el mismo caudillo fascista que preparó al monarca símbolo de la Transición (o Transacción) democrática; pero, llegada esta última, el destacado novelista quiso borrar su turbio pasado personal y se dio a repudiar la participación de los escritores en política. Para los medios capitalistas, Gabriel García Márquez puede ser un escritor groseramente politizado, y el finísimo Mario Vargas Llosa tributa solamente a la belleza de la palabra. Con tales raseros una editorial capitalista practica profesional y elegantemente la edición, y una editorial cubana ejerce la censura más grosera. Luminaria, por tanto, paga salario a censores y censoras: también en esto es necesario que la edición —¿censura?— coadyuve a erradicar el machismo.

Ciñámonos a nuestro entorno, no porque sea el mejor ni el más importante, sino porque es donde vivimos y trabajamos, y el que más a fondo podemos o debemos conocer para influir transformadoramente en él. Pero la humanidad tiene rasgos que la identifican en todos sus asentamientos, por muy diferentes que sean las porciones que la integren: aunque unas se sitúen en la derecha más recalcitrante y otras en la izquierda más apasionada. (La selección de esos adjetivos, recalcitrante y apasionada, y el uso reservado a cada uno de ellos en este caso, ¿estarán libres de intereses? Que ellos sean sanos o no, es otra cosa.)

En las similitudes que pudieran darse entre fuerzas de signo político diverso operan influencias de muy diversa índole, como las que a menudo se esconden en los caminos de la educación, en las tradiciones culturales, que —oxímoron y realidad a la vez— pueden ser también un freno contra el avance de la cultura y sus valores más altos. Cabría preguntarse: ¿cómo fomentar juntas la pelea de gallos y la conciencia ecológica? Sin adentrarse en teorizaciones, los presentes apuntes se basan a partir de ahora en experiencias más o menos directamente vividas o conocidas por el autor, quien cursó los estudios superiores en la Universidad de La Habana entre 1971 y 1976, precisamente el período que el muy serio Ambrosio Fornet llamó quinquenio gris, una denominación mesurada, aunque no habrán faltado intentos de capitalizarla, ni de proscribirla.

En esos años conocí hechos que sería erróneo suponer inconexos entre sí. En medio de unas jornadas de preparación combativa —tarea que merece recordarse con alegría, por el propósito que la guiaba— recibimos la visita de unos compañeros, dirigentes, si no recuerdo mal, de organizaciones políticas de la provincia de La Habana de entonces. Se veían orondos, y me parece estar oyéndolos: “Hemos cerrado el Departamento de Filosofía, porque para hacer filosofía están los máximos dirigentes de la Revolución”.

El asunto requeriría un estudio particular, para poner las cosas en su sitio y verles bien las motivaciones. Quede aquí apenas como ejemplo del ambiente de entonces, que ha sido objeto de tanta feliz rectificación, sobre todo desde que se tomaron medidas como fundar del Ministerio de Cultura en 1976. Aquellos fueron los tiempos en que la profesora Mirta Aguirre tuvo que intervenir para que no se expulsara de las aulas universitarias a una alumna a quien alguien había visto leyendo En Cuba, de Ernesto Cardenal, un hecho inadmisible para ciertos fueros que gozaban de prestigio. Algún compañero fue expulsado por no haber querido quitarse el bigote: el pelo se tomó como señal de desviaciones ideológicas.

Se diría que los promotores de aquellas líneas erradas han desaparecido: si se debe a que han muerto, sería triste, porque la muerte lo es en sí, y estamos hablando seguramente de compañeros, en su mayoría; si es porque han cambiado de criterio y su silencio expresa actitud autocrítica, bienvenido sea. Pero deben contarse asimismo algunos que hace años cambiaron de casaca, y hasta de país. Por lo general, en la historia, en la sociedad, las tendencias no se extinguen: suelen agazaparse, atenuarse y prepararse para resurgir en circunstancias que les sean propicias. El silencio puede proteger a quienes ni han muerto, ni han cambiado de parecer, ni de casaca y país, y estarían listos para reavivar concepciones y prácticas que dañaron a la cultura revolucionaria y, por tanto, a la patria.

La ignorancia, de la que nadie se libra por decreto, puede haber sido una de las causas de hechos como clausurar el Departamento de Filosofía y la revista Pensamiento Crítico. Todo eso reclama un reconocimiento abarcador y a fondo de la realidad, sin evasivas ni aspavientos. Pero, hasta donde se oye o se lee, hoy no se distinguen por hablar quienes vieron bien que cesara aquella revista (no la actitud de la cual tomó título: esa, felizmente, es indetenible). Al parecer, hablan quienes tuvieron inteligencia y audacia para concebirla y hacerla realidad. Si, en medio de las dosis de ignorancia ajena, las de jóvenes que se iniciaban creativamente en el estudio del marxismo pusieron lunares o puntos de debilidad en aquella publicación, nadie lo dice, al menos en público: se percibe una especie de silencio prudente. Pero si la removedera del resentimiento no da buenos consejos para sanear ambientes, tampoco los da el olvido, que no prepara para conjurar despropósitos.

En aquellos años leí Dafnis y Cloe, de Longo, en la edición hecha por el Instituto Cubano del Libro en 1969. En la introducción, el agudo e informado Ángel Luis Fernández advirtió que se ofrecía por primera vez en lengua española una versión fiel al original griego. La edición pionera en español (1880), base de la cubana, fue obra del peninsular Juan Valera, quien en las “Notas del traductor” se jactaba de haber hecho una traducción “fiel”: “Solo hemos variado unos lances originados por cierta pasión repugnante para nuestras costumbres, sustituyéndolos con otros fundados en más naturales sentimientos”. En resumen, tranquilamente permutó un personaje masculino por uno femenino para convertir en heterosexuales algunas escenas en que el autor introdujo una calentura homosexual ni siquiera consumada.

También en aquellos años fui testigo del disgusto vivido por el poeta e investigador Alberto Rocasolano, quien, dada la política editorial reinante en la nación, tuvo que excluir un texto de contenido lésbico, “Extravío”, de los Poemetos de Alma Rubens, de José Manuel Poveda, que él compiló para el segundo número, fechado 1971, pero aparecido tal vez en 1972, del Anuario L/L, publicación del Instituto de Literatura y Lingüística. Aunque la Obra poética de Poveda, preparada por el mismo Rocasolano para la Editorial Letras Cubanas, se imprimió en 1988, el compilador no vio reproducidos todos los Poemetos hasta que Ediciones Oriente los puso a circular en un volumen autónomo, aparecido en 2004.

En 1971, dos años después de publicarse en Cuba Dafnis y Cloe, sesionó en La Habana el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, que trazó pautas como declarar el homosexualismo aberración incompatible con la moral revolucionaria. Operaban entonces mucho más que ahora prejuicios culturales que perduran en el mundo, por mucho que se hayan revertido en distintos países. Machismo y homofobia no le venían a Cuba del marxismo, ni del ideario martiano, ni siquiera de la religiosidad de origen africano que, aunque más acusada de machista que otras, se permite tener una divinidad de sesgo bisexual, como Changó. Eran, o son, fruto de una herencia cultural abonada por creencias religiosas de estirpe judeo-cristiana, para cuyos preceptos —es decir: para su teoría— los homosexuales eran bestias (¿no lo son ya?). Pero la cosa no era ni es tan sencilla. En cierta discusión sobre el tema durante un foro científico una profesora de marxismo sostuvo que en el fondo las Tesis de Marx sobre Feuerbach estaban enfiladas contra el homosexualismo. No recuerdo su nombre, ni su singular argumentación.

Hace poco tiempo, en 1990, la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Otros Problemas de Salud. Y aún hoy el tema es objeto de discusión hasta en capitales que se anuncian como centros de la comprensión y la tolerancia humanas, aunque se discrimine en ellas no solo a los homosexuales, sino también a personas nacidas en otras tierras, y a quienes profesan credos que no complacen a la ideología dominante. Dentro de cada sector o grupo discriminado se desprecia, sobre todo, a los pobres. Hoy, en Cuba, el Centro Nacional de Educación Sexual despliega una labor importante en la reversión de prejuicios y en pos del reconocimiento y el respeto de la diversidad en las preferencias sexuales; pero no creamos que sus logros son bien vistos por toda la población. Incluso se dice que hay quienes sienten un rechazo cavernario por la directora de aquel Centro, a quien nuestra sociedad le debe un gran servicio.

Hace ya algunos años que el periodista Francisco Rodríguez, militante del Partido, dirigente del periódico Trabajadores y profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana, se autodefine en su bitácora digital como homosexual, martiano y marxista, y ha declarado algo impensable hace pocos años: “Hemos logrado que ser homofóbico sea un antivalor”. Y es verdad, aunque no aceptada de forma unánime. Tampoco es seguro que la frecuencia y los modos como el tema de la homosexualidad se trata en nuestros medios sean siempre una clara evidencia de desprejuicio. No faltan quienes sospechen que, al menos en parte, quizás se esté ante la forma todavía prejuiciada de enfrentar prejuicios.

Además, a costa de personas homosexuales subsisten chistes emparentados con la homofobia, como se emparientan con el racismo los chistes hechos a expensas de personas “no blancas”. Acaso en ocasiones el manejo del tema de la homosexualidad haga que algunos homosexuales perciban lo que algunos religiosos con respecto al tratamiento dado a veces a las religiones, en particular a las de ancestros africanos, atractivas para ciertas formas de mercadeo ante la crisis del llamado racionalismo occidental, por lo que hay quienes ven en torno a ellas una especie de jineterismo religioso. ¿No haría falta en la generalidad de los medios un cuidado que propicie el mayor respeto y el mayor equilibrio al abordar esos temas, y otros? Seguramente sería beneficioso que lo hubiera, aunque podría surgir el temor a que, en nombre de la mesura, se restablezcan vetos y prohibiciones, fantasmas que no se deben ignorar, ni permitir que vuelvan por sus fueros.

La creación de un organismo, por muy bien dirigido y muy eficiente que sea, no basta para revertir inercias o marchas avaladas con el crédito de la pureza ideológica. Como se ha hablado del quinquenio gris, y un quinquenio solo puede tener cinco años, se podría suponer que los errores abonados en dicho período nacieron y terminaron con él, y definitivamente pudo erradicarlos el Ministerio de Cultura. Pero no fue así, ni era de esperar que lo fuese. En un artículo acerca de la valiosa Mirta Aguirre me referí a podas improcedentes, acaso reforzadas por ella, en la edición del Diccionario de la literatura cubana hecho en el Instituto de Literatura y Lingüística. Quizás tales cortes menguaron la apertura lograda bajo la dirección de José Antonio Portuondo antes de partir él como embajador de Cuba ante el Vaticano; pero no fueron el único ejemplo de su tipo. Recuerdo las quejas de Helio Orovio por las mutilaciones que sufrió la primera edición de su Diccionario de la música cubana.

El Centro de Estudios Martianos, fundado en 1977 y adscrito en su origen al Ministerio de Cultura, tuvo a su cargo enderezar caminos en la indagación y el entendimiento sobre el legado del héroe que le da tema, o temas. En la primera entrega de su Anuario, tras la nota de “Presentación”, incluyó una sección especial, “Homenaje y norma”, con un medular artículo de Juan Marinello: “Sobre la interpretación y el entendimiento de la obra de José Martí”, dirigido al rescate de autores como Gabriela Mistral y Rubén Darío, cuyas valoraciones acerca del héroe habían caído en desgracia ante ciertas formas de entender la lucha contra el diversionismo ideológico, y aun el propio diversionismo.

Sería injusto responsabilizar por esos excesos, o defectos, a unos pocos funcionarios más o menos aislados e investidos de autoridad. De ahí lo aleccionador que, al margen de la voluntad que se tenga al respecto, resulta que a quienes han cumplido, y probablemente sobrecumplido determinadas líneas, cuando ya estas pasan a considerarse erróneas, llegado cierto momento se les pueda ver solos entre fauces de leones, aunque los rugidos de estos no pasen de ser mensajes electrónicos. No intentemos aquí deslindar qué es justo y qué no lo es. Se trata de aprender de la realidad, y comprender hasta qué grado al propio bien lo favorece que se tenga una clara actitud crítica en su defensa, y no aceptar medidas terrenas como si fueran mandatos supuestamente divinos. Se sabe a qué huelen actitudes como las sintetizadas en la expresión “Yo cumplía instrucciones”.

III

El artículo de Juan Marinello “Sobre la interpretación y el entendimiento de la obra de José Martí” no impidió que un representante del Centro de Estudios Martianos tuviera que recorrer algunos cientos de kilómetros para gestionar el cese de medidas punitivas impuestas a un autor que había citado de Gabriela Mistral líneas supuestamente lesivas para el héroe. Coincidiendo —escribió en su penetrante conferencia La lengua de Martí— con “varios comentaristas”, la gran chilena vio que su maestro cubano encarnaba la integralidad del hombre que contenía “a la mujer y al niño, conservando entero el varón”. Lecturas homófobas consideraban insultante ese juicio, que ameritaría mayor detenimiento como retrato de quien, altiva víctima del calvario del presidio político en su adolescencia, autor de Ismaelillo y de La Edad de Oro, y organizador de una guerra, encarnó una fina, enérgica y ejemplar ternura. El principal impulsor de aquellas medidas no era un funcionario policial, sino un cuadro profesional de la cultura, según vio in situ el representante del Centro.

No olvidemos que esa institución tuvo que apoyar los esfuerzos hechos para que no se proscribiera llamar Apóstol a Martí. En las andanadas contra ese apelativo llegó a decirse que había sido un recurso de la burguesía proimperialista en la República neocolonial para quitar filo revolucionario a las ideas martianas. Pero ese tratamiento se lo dieron al héroe sus seguidores en la emigración patriótica, y llegó a La historia me absolverá. En nuestros días perdura y se le siente rumbo al futuro. ¿Hay acaso que deplorarlo?

Saliéndonos de asuntos relacionados directamente con Martí —los que durante años por razones laborales conocí de cerca—, todavía en 1986 resultó necesario que el miembro de un jurado le salvara a un valioso autor el premio que había merecido en un certamen nacional. De viva voz o por teléfono, los otros dos integrantes del jurado dejaron ver, u oír, que aceptaban el despojo; pero el tercero dio la pelea, y lo impidió. En nombre de la limpieza ideológica, alguien de cuyo nombre es mejor ni acordarse estimó inconveniente premiar a quien cerca de diez años atrás había recibido una sanción que hoy puede parecer injusta, y probablemente lo fue. Aunque el sancionado se mostraba en franca “rehabilitación”, con magníficas evaluaciones en su trabajo, un cuadro a la sazón vigente —es decir: con poder— suponía que debía privársele del lauro que había logrado en el concurso, por si después volvía a cometer otra falta punible.

Al final triunfó la idea de que aplicar semejante parámetro prolongaría la práctica de vetos contra la cual ya actuaba con tino, desde hacía también una década, la política cultural de la nación; y, en fin de cuentas, la actitud posterior de aquel autor sería responsabilidad suya. Ni el jurado ni el organismo que auspiciaba el certamen tenían por qué errar de hecho, imponiendo una censura impertinente, en previsión de un posible error de alguien a quien privarlo del premio podía costarle que su libro no se publicara, o demorase quién sabe cuánto tiempo en editarse, y sin el crédito de haber triunfado en un concurso nacional.

Hoy, sin embargo, no es necesario salir en defensa de aquel autor: ni es objeto de sanciones e interdictos ni le escasean elogios y lauros. Lejos de eso, se le dedican acontecimientos importantes, y aparece en la televisión reconocido como un paradigma para la sociedad. Incluso a personas bien intencionadas puede asaltarles la duda: ¿se está ante una ponderación equilibrada, justa en sí misma, o en presencia del movimiento pendular que puede ser patrimonio de la humanidad pero entre nosotros se asocia a un juicio que se le atribuye a Máximo Gómez: o no llegamos, o nos pasamos? Claro, es preferible pasarse en loas y no en reprobaciones; pero el equilibrio, no solo el del mundo, sigue siendo un desiderátum que vale la pena abrazar, para hacerlo realidad y que resulte lo más fértil posible. A eso no puede ni debe permanecer ajeno, ni indiferente, el trabajo editorial.

Si algo logran las interdicciones y los vetos, en general las prohibiciones, es despertar el interés, morbo incluso, por lo que se intenta proscribir. Quizás José Lezama Lima se reía socarronamente de la interdicción que sufrió en vida, pues le daría pie para pensar en el sabor del desquite, en el torrente de cantidades hechizadas que se explayaría cuando el dique se abriera o se rompiese. El caso de Lezama está lejos de ser el único, y en el extremo contrario parece estar a la vista un hecho: ¿no se corre el riesgo de que sufran olvido injusto, inmerecido, autores como José Antonio Portuondo y Mirta Aguirre, o el mismísimo Nicolás Guillén, y otros, a quienes en vida no les faltaron merecidos elogios de índole profesional y política? En 2014 será el centenario, entre otros, del gran cuentista Onelio Jorge Cardoso. Debería ser propicio para estimular la publicación de su obra, y poner cuanto veto o censura inteligente se necesite contra todo lo que intente impedirlo.

Hace unos años, al calor de una charla, alguien —creo que el entusiasta Aldo Martínez Malo— me preguntó qué me parecía válido para estimular la lectura masiva de Martí: le contesté que sería estimulante prohibirlo, pero, como eso sería imposible, impracticable e inmoral, debíamos dedicar a su obra la mejor y más inteligente difusión. En otros textos he aludido al peligro de mutilar un pensamiento que nos desborda. En Sancti Spíritus supe que al autor de un artículo en una publicación nacional de gran tirada le habían podado en una cita del artículo martiano “Maestros ambulantes” las líneas relativas a la prosperidad y su papel en la conducta humana. Martí, luego de afirmar: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”, sostuvo: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

Además de inútil, sería irrespetuoso con Martí buscar en esas palabras asomo de culto de la opulencia. Lo que deseaba para Cuba eran caminos por donde alcanzar lo que él mismo llamó “fin humano del bienestar en el decoro”. Personalmente estaba dispuesto a cuanto sacrificio fuera necesario, pero sabía que, en lo común de la naturaleza humana, las penurias no abonan la mayor riqueza, las virtudes. No todos tendrían la voluntad que él encarnó de manera ejemplar: vivir humildemente cuando le sobraba talento para lograr una gran fortuna. Echó de veras su suerte con los pobres de la tierra. No hay por qué cercenar su palabra y crear con ello “misterios” indeseables, como el que, cualesquiera que fueran las razones por las cuales no se televisaba en Cuba la programación íntegra de esa empresa televisora, que tanto enseña, durante un tiempo y hasta hace poco alentó en muchas personas el afán de imaginar, con razón o sin ella, cómo sería lo menos bueno de Telesur.

En lo general de la cultura, y en el trabajo de edición en particular, así como en el mismo acto de crear, intervienen factores cognoscitivos y circunstancias de diversa índole, sin excluir ánimos personales. De ello podrán hallarse ejemplos en todas las manifestaciones artísticas. En una canción de 1980 Luis Eduardo Aute se disculpa con su destinataria por no haber podido privarse de visitarla sin previo aviso: “Y bien qué tontería, / no soy nada sutil, / si yo sólo pasaba, / pasaba por aquí […] / Ningún teléfono cerca / y no lo pude resistir”. Entrado ya el siglo XXI, el mismo cantautor español comentó en un concierto que ese pasaje de la canción no tendría ya el mismo sentido que cuando la compuso, porque ahora es natural llevar el teléfono con uno (por lo menos en las circunstancias de Aute). ¿Pasará eso inadvertido para el editor de un disco o de un cancionero?

Volvamos a Cuba. En un canción fechada en 1975, Silvio Rodríguez declara: “Y al que diga que me aguante / debajo de una sotana, / le encajo una caravana / de sentimientos gigantes”. Caracterizado por la independencia de pensamiento y la franqueza expresiva, desde sus comienzos el trovador pagó el mérito de tener pensamiento y lengua libres, y hoy sigue arriesgando, juntas, cuerda y vida. Pero una imagen como la citada, que le brotó cuando entre nosotros primaba o creíamos que primaba el ateísmo, ¿tendría hoy las mismas posibilidades de surgir y, sobre todo, igual acogida en los medios de difusión nacionales? El tratamiento del tema religioso va por otro camino. A veces los ateos nos percatamos de cuán minoritarios somos, y hasta mal vistos nos sentimos, lo que estaría bien si sirviese para que impidamos el regreso de discriminaciones lamentables. Subrayo ese adjetivo, porque también hay discriminaciones necesarias y justas. El trabajo editorial bien hecho lo muestra asiduamente.

Por cierto, aquella imagen anticlerical de Silvio Rodríguez coincide, en la misma canción, con metáforas que abrazan un cierto idealismo filosófico caro a la poesía. Recordemos: “Y digo que es culpa de ella / —de la noche— el universo, / cual son culpables los versos / de que haya noches y estrellas”. En el mismo entorno, signado oficialmente por el materialismo científico, en que el trovador escribía ese texto, se impedía radiar La mora, danzón inmortalizado por Barbarito Diez, en cuya voz, que ningún club debe borrar, sigue siendo encantador oír: “La Noche Buena ¿cuándo volverá?” Esa fue la “razón” para el veto.

En vísperas de la visita a Cuba de Benedicto XVI, nombre que para ser jefe del Vaticano adoptó Joseph Ratzinger, pareció bien que viniera, aunque voces autorizadas —católicos eminentes incluso— habían puesto y han seguido poniendo de relieve sus nexos juveniles con el nazismo, y su papel como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, continuadora de la Inquisición. Nada de eso era necesario ignorar, ni silenciar, para ver bien que Ratzinger viniera a Cuba, aparte de que de todas formas iba a venir, y vino. Se debe estar abierto a conocerlo todo, siempre que no se pierda la capacidad de discernir, ni vaya uno con el viento como chiringa sin hilo. La visita disgustaba especialmente a las fuerzas retrógradas que quisieran aplastar a Cuba, o, por lo pronto, condenarla a un aislamiento mayor que el impuesto por el bloqueo imperialista, y en parte calzado por algunas de las medidas adoptadas para la ineludible autodefensa nacional.

Pero quién sabe cuántos y cuántas podían estimar necesarias ciertas matizaciones, como discutir cosas dichas ante las cámaras de nuestra televisión o desde el Vaticano por representantes del clero. ¿No debían tener derecho también a expresarse quienes no estaban dispuestos, por la ocasión de una visita ilustre, a dejar de pensar y a quedarse sin voz, ni a confundir la misa en la Plaza de la Revolución con lo que no era, aunque algunos énfasis de la convocatoria —en voces asociadas con movilizaciones de otra índole— favorecieran confusiones involuntariamente, y en la base del monumento a Martí se desplegara, descontextualizada, una frase del Apóstol anticlerical? La colocación allí de la frase no halló censura alguna, a juzgar por los hechos. Cuando primaban posiciones, más que ateas, ateocráticas, un vehemente escribidor ganó alguna celebridad haciendo maravillas para convertir a Martí en dirigente obrero y más o menos ateo. Hace años que el autor de tales afanes radica en los Estados Unidos, y allí sirve al imperio.

Si en vísperas de aquella visita papal, y por las preocupaciones ya dichas, alguien quiso escribir una “Confesión estrictamente personal”, debía conformarse con que circulara en medios fundamentalmente no cubanos: los pocos del país que la acogieron no fueron en rigor órganos nacionales, sino meandros digitales, y en el más relevante de ellos la pusieron y la retiraron prontísimo. El autor de la “Confesión” lo comprendió de antemano. Al inicio del texto había dejado claro que no intentaría que se publicara en Cuba, por una sencilla o tremenda razón: las circunstancias nos han llevado a parecer monolíticos y a veces incluso faltos de pensamiento independiente. Si alguien en los Estados Unidos, España, Alemania, Japón o Nigeria emite un juicio, este se recibe como su opinión personal, y nada más; el de un cubano se toma o se promueve, ¡vaya desmesura si las hay!, como la opinión de Cuba.

Esa es una trampa que nos han tendido, y nosotros, en nuestra necesaria voluntad unitaria y de autodefensa frente a las agresiones, de diversos modos hemos colaborado con ella, aunque no haya sido nuestra intención hacerlo. Tal vez haya quienes gocen con esa trampa, pero resulta cada vez más visible —al menos así le parece al autor de estos apuntes— la necesidad de que haya espacios más amplios y visibles donde un ciudadano exprese su criterio responsablemente y sea no más que eso: su opinión. A veces parece que criticar al director de un equipo deportivo se ve como si se criticara no ya el deporte revolucionario, sino a la Revolución misma, y, de paso, a la historia de la patria. ¿Puede eso no afectar lo que se llama censura editorial, o simplemente edición?

A pesar de los grandes méritos que le vienen de la decencia, de no fomentar calumnias ni despeñarse en la irresponsabilidad, la prensa cubana parece haber llegado a una especie de atolladero del cual debe salir. No por cierto para complacer al enemigo y aceptar que este le imponga una agenda informativa dada, sino para ser más eficientes y cumplir a fondo los lineamientos que la Revolución ha trazado, y no mantener silencios que convendrían, si acaso, al enemigo. Eso —a lo que me he referido en artículos como “Información y participación ciudadanas”, “Cultura informativa y cambio de mentalidad” y “Con José Martí, más allá de los libros”— se ubica en una realidad contra la cual despotrican muchos, pero por lo general responsabilizando con las deficiencias a los mismos periodistas que a menudo se ven impedidos de cumplir su vocación y, con ella, el llamado de la dirección de la Revolución a erradicar prácticas ineficaces si de informar se trata.

Un artículo escrito seriamente para apoyar esa convocatoria puede tropezar en su camino con líneas editoriales afines a las mismas carencias que se ha llamado a erradicar. Con el título de una obra de Leo Brouwer, digamos: “La tradición se rompe, pero cuesta trabajo”. Hay quienes aplauden el llamamiento a cambiar de mentalidad, mientras se afincan en la mentalidad que debe ser cambiada. Tal vez eso hasta sea una prueba de que creen actuar y pensar correctamente; pero evidencia asimismo que, para cambiar lo que puede considerarse la mentalidad nacional, a menudo resultará necesario sustituir quién sabe cuántas de las mentes que la sostienen, sobre todo en posiciones que las hacen influyentes.

Sería un acto de soberbia proponer conclusiones en unos cuantos apuntes sobre algo que, llámese edición o censura, o de cualquier otro modo, es más cotidiano y universal de lo que pudiera tal vez sospecharse. Dígase apenas que el trabajo de edición debe perseguir un ideal: combinar creativamente aptitudes, información y recursos. Es un pulseo en el cual los autores y quienes editan se ven enfrentados a desafíos que demandan la mayor preparación cultural posible. No basta por sí misma para resolverlo todo; pero sin ella todo se complica, se estropea o se agrava. No se trata de renunciar a la tarea editorial, a tensiones y pugnas que tal vez solo desaparecerían si desapareciera la humanidad. Lo que se necesita es asumir bien la edición, tarea que no se concibió para hacer sufrir a los autores con la imposición de preferencias lingüísticas acaso ya quebradas por el avance del pensamiento y del mismo idioma, o por el extraordinario sentido común.

No se rehúya lo que se debe asumir. En estos días, vividos entre La Fortaleza de San Carlos de La Cabaña y el centro histórico de Sancti Spíritus, se percata uno de que hacen falta editores, programadores, controladores, censores, o como se les quiera denominar, pero de calidad suficiente, hasta para seleccionar la música empleada en la ambientación sonora de la Feria del Libro, de modo que sus nobles propósitos no salgan contrariados, o den frutos contrahechos. En el orden político, ideológico, científico o estético se requiere tener un buen conocimiento de las cosas y voluntad de persuasión cultural, y difícilmente se pueda prescindir de vetos, aunque estos no sean ni lo más apetecible ni lo más fértil.

Por ahora, añádase únicamente, antes de que el público abandone el local o reclame silencio, que haber aceptado esta invitación suponiendo inicialmente que era otro el tema que se le proponía tratar, no disminuye la responsabilidad de quien, después de todo, acabó abordando el erizado tema que se le planteó. Pero, al modo como pedían piedad ante ciertos riesgos los escritores de tiempos remotos, el autor de estos apuntes aspira a que no se le encaje una caravana de conjuras editoriales, ni gigantes ni enanas.

Luis Toledo Sande

* Palabras leídas en el espacio La hora de Luminaria, que auspicia la Editorial de ese nombre, dentro del programa de la Feria del Libro Cuba 2013, en la provincia de Sancti Spíritus. En la presente edición las ilustra un dibujo de F. Blanco. Se publicaron originalmente en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana, donde se localizan por los enlaces indicados al pie de esta nota.

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/apuntes-sobre-censura-editorial-primera-parte/24275.html

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/apuntes-sobre-censura-editorial-segunda-parte/24310.html

http://www.cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/apuntes-sobre-censura-editorial-tercera-parte-final/24337.html

Anuncios