En el XI  Simposio de Traducción Literaria, La Habana, noviembre de 2011El ser humano que vibra en esta entrevista nació en Jamaica en 1935, y goza de un raro equilibrio entre su permanente levedad juvenil y su compostura de sabio. La erudición es en él instrumento de trabajo y alimento para el espíritu. En 1962 se doctoró en lenguas y literaturas romances por la Universidad de Washington y no ha cesado de indagar, pensar, producir. Reside en Canadá, en cuya Universidad de Toronto enseñó regularmente por treinta y siete años, y como profesor emérito continúa desde 2000 una prolífica actividad investigativa. También ha sido profesor visitante de la Universidad de Stanford, Estados Unidos.

Goza de merecido reconocimiento internacional. Es el estudioso que aporta esclarecimientos acerca del nicaragüense Rubén Darío, el español Francisco Ayala, el chileno Vicente Huidobro o el paraguayo Augusto Roa Bastos, o entorno al ensayo y la crítica literaria en Iberoamérica, entre otros autores y temas, y con igual fundamento pulveriza falacias relacionadas con Jorge Luis Borges.

Activo integrante de la Asociación Jamaicana-Canadiense, de la Asociación de Amistad Canadiense-Cubana y de la Red de Intelectuales En Defensa de la Humanidad, honra a su patria con una fértil preocupación por ella. Su constante sentido solidario, que conocen no solo los pueblos mencionados, sino también los de Venezuela y Haití, se ha manifestado con especial intensidad frente a daños causados por huracanes y terremotos y contra campañas de la prensa capitalista.

Miembro de honor de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y miembro correspondiente de la Academia Cubana de la Lengua, Cuba se ha honrado al otorgarle la Distinción Por la cultura Nacional, y la Universidad de La Habana al nombrarlo profesor de mérito y reconocerlo como doctor honoris causa.

¿Cuáles fueron sus primeras noticias sobre Cuba? ¿Por qué vías las recibió?

En mi pueblo natal, Saint Mary, vivía un hombre que viajaba a Cuba para trabajar en la zafra. Yo, de niño, esperaba siempre ansiosamente que regresara con su guitarra y con las canciones aprendidas en Cuba. A veces él improvisaba la letra en inglés. Una de las canciones que prosperó en esta fórmula híbrida fue Olvido, son de Miguel Matamoros que sería una constante en los conciertos que presentaban talento local y que yo, de muchacho, organizaba de cuando en cuando en la escuela primaria del pueblo.

Mucho más tarde, en la última visita del gran Compay Segundo a Toronto, tuve la oportunidad de preguntarle si había llegado a conocer algo de la música introducida por trabajadores jamaicanos en Cuba. Me contestó cantando acompañado de su armónico, en el inglés de Jamaica, un mento famoso, Sly Mongoose: “Sly mongoose / Dog know yu name/ Sly mongoose/ You are to blame”  [Mangosta astuta,/ el perro conoce tu nombre;/ mangosta astuta,/ tú tienes la culpa]Me alegró mucho, entre otras cosas porque ya mi temprana pasión por la cultura cubana, y la jamaicana también, especialmente por la música, había madurado en un fuerte deseo de integración caribeña.

¿Cuándo visitó Cuba por primera vez?

En diciembre de 1972. Una visita memorable por varias razones. En ese mes los países de habla inglesa del Caribe, que recientemente habían alcanzado su independencia, establecieron relaciones diplomáticas con Cuba, y ese acto histórico generó en esta nación un interés general por la vida de esos pueblos. Durante las ocho semanas que permanecí en Cuba pude ser útil de varios modos: contestaba preguntas, me comprometía a buscar bibliografía necesaria y hablaba de temas culturales diversos. Aprendí mucho del pueblo cubano también. Me enamoré de él y gané su simpatía, gracias sobre todo a que habían venido conmigo mi hija, entonces de siete meses, y mi esposa.

Usted es, en el mundo, uno de los mayores exégetas de Nicolás Guillén. ¿Influyó él en sus nexos con Cuba?

El extraordinario Nicolás Guillén fue encarnación de la cordialidad que he disfrutado en Cuba desde mi primer viaje a este país. Cómodo con su grandeza, desde entonces fue amistoso y magnánimo. El propósito central de mi visita era precisamente investigar sobre su obra, y él no solamente facilitó ese objetivo, sino que enriqueció mi conocimiento de otros escritores, artistas e investigadores. Todo eso amplió y profundizó mis nexos con Cuba.

Desde mis días de la escuela secundaria en Jamaica compartía con muchos amigos el interés por la poesía de Guillén. En parte era una extensión de mi entusiasmo por la música cubana. Había querido escribir mi tesis doctoral en la Universidad de Washington en Seattle sobre su poesía. Pero triunfó la Revolución Cubana, y no me lo permitieron. La escribí sobre Francisco Ayala, representante de la España que tuvo que emigrar por la entronización allí del fascismo.

A usted se deben valiosos ensayos sobre José Martí, como los incluidos en Nueve autores latinoamericanos ante la opción de construir. ¿Cómo llegó a la obra martiana?

Mi educación tuvo lugar en Jamaica, entonces sociedad colonial, y todo se decidía desde Inglaterra, que no tenía ningún interés en que conociéramos de la América Latina y el Caribe, ni en general de otras lenguas y culturas. Ni en el currículum ni en las escasas bibliotecas se encontraba material latinoamericano.

Cuando me gradué y ya enseñaba en la misma escuela secundaria, un poeta y académico que había viajado ampliamente por las Américas, y que había permanecido en Cuba tiempo bastante para escribir un libro sobre este país, me invitó a asistir en su casa a algunas sesiones que él organizaba los domingos sobre asuntos internacionales. Ese hombre, W. Adolphe Roberts, sería decisivo, desde los Estados Unidos, en la fundación del primer partido político en Jamaica, el de Norman Manley, en 1938.

En una de aquellas sesiones dominicales oí por primera vez hablar formalmente de Martí. La noción que recibí fue la de un hombre excepcionalmente bueno, y resuelto a liberar a su país del yugo colonial. Roberts destaca esa visión en su importante soneto “On a Monument to Martí” [Frente a un monumento a Martí]. Esa perspectiva la subrayaría Guillén en su poema “Martí”, de 1964, enfatizando el espíritu combativo del héroe. Pero antes me había preparado para esa visión la lectura de algunos escritos de Martí y sobre su papel, fundamental, como inspirador de la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro.

Con la edición bilingüe de los Versos libres martianos ha redondeado una importante labor en la traducción de pilares de la patria cubana, no solo en poesía, pues ese libro se suma a lo que usted había hecho con la obra de Guillén y con la de José María Heredia. ¿Cómo le surgió la idea de traducir Versos libres? ¿Cuáles fueron las mayores dificultades que halló en esa tarea, tan compleja que parecía imposible?

En efecto, ya había traducido al inglés selecciones de la poesía de Guillén y de Heredia para la Editorial José Martí cuando su directora me pidió que tradujera Versos libres. El traductor de la poesía martiana necesariamente acepta una enorme responsabilidad, por dos razones básicas. En primer lugar porque, como poeta, Martí se impuso exigencias especiales. El poema le venía de una manera determinada, y él encontraba instintivamente los medios artísticos que respondían a su identidad. Los de Ismaelillo son distintos de los de Versos libres, por ejemplo. Pero, con disciplina artística, Martí se sometía a las demandas de su poesía para escribir Ismaelillo en el mismo período en que ya había empezado a escribir poemas de otra identidad: los de Versos libres, a los que dedicó años.

En segundo lugar, el traductor de Martí debe ser consciente de que traduce a un traductor magistral. Sus espléndidas traducciones reflejan o responden a una teoría de la traducción que él hizo explícita en varios escritos, y esa teoría está estrechamente ligada a su visión de la creación poética.

En síntesis, el traductor debe mostrar fidelidad a la obra original, y producir una expresión que parezca ser la original del poema. Esto conduce a dificultades que tenemos que trabajar duramente para superarlas, y explica tal vez que, mientras ya había varias traducciones de Ismaelillo y de Versos sencillos, solo se había intentado la traducción de unos pocos poemas de Versos libres.

Ese libro presenta significativas diferencias con respecto a los dos poemarios que Martí publicó. Ambos, por ejemplo, tienen rima, y Versos libres no. Sin embargo, este exhibe una sintaxis mucho más complicada. Uno esperaría que la sintaxis intrincada sirviera a los intereses de la rima; pero en Versos libres Martí la emplea con otros efectos: realza la música de los textos y da precisión e intensidad a la idea expresada.

Puesto que Martí despliega encendidas emociones en Versos libres, revelando fuerte pasión al alabar o al condenar, los poemas estallan en la imaginación del lector. El traductor tiene que lidiar también con la precisión de Martí, quien domina una asombrosa gama léxica. Es importante, pues, el intento de mantener el ritmo otorgado por la sintaxis, y no allanar los versos.

¿Qué saldo ha dejado en usted, intelectual y afectivamente, su trabajo con Versos libres? ¿Recuerda especialmente alguna experiencia concreta?

Me impresionó el entusiasmo con que ustedes, los compatriotas de Martí, prestaron su pericia a la realización de este libro: la directora de la Editorial José Martí, Ana María Díaz Canals; el equipo que cuidó la edición, Miguel Serrano, Diley Milián, Susana Díaz, Isamary Aldama; el diseñador Enrique Mayol Amador, quien tuvo a su disposición ilustraciones del célebre artista Ernesto García Peña, son responsables de la casi unánime clasificación del libro como una joya; y usted, que desde el principio animó el proceso, y finalmente escribió el prefacio. El libro, además, goza de un prólogo que había escrito para Versos libres un distinguido hombre de letras y de ideas: Cintio Vitier. Él y Fina García Marruz, su esposa, son los principales responsables de la edición crítica de Versos libres en que me basé para la traducción.

Todos estaremos honrados, felices, de haber colaborado en una obra que existe por la grandeza de Martí, y por usted, que puso sabiduría y amor. ¿Se conoce a Martí en Canadá? ¿Circulará allí Free Verses / Versos libres?

Desde hace un siglo Martí figura en el programa de la Universidad de Toronto. La última tesis doctoral que supervisé antes de jubilarme formalmente trató de él. La escribió la profesora Pamela Barnett, traductora de su libro Cesto de llamas al inglés. Algún día le mostraré una carta que ella me escribió recientemente sobre su experiencia en el estudio de la obra martiana.

Me gustaría leer esa carta, y que usted le reiterase a Pamela que siempre recordaré con gratitud su esmerado trabajo. En cuanto a Free Verses / Versos libres, ¿circulará en Canadá?

Martí va encontrando también un número creciente de adeptos fuera de las universidades. Algunos cientos de ejemplares de la edición bilingüe de Versos libres fueron destinados a la Asociación de Amistad Canadiense-Cubana, en Toronto, con la idea de que la venta aporte fondos para el enfrentamiento de la destrucción causada por el huracán Sandy en provincias orientales de Cuba.

¿Cómo y cuándo se inició en las tareas de solidaridad con Cuba?

En 1959. Estudiaba en los Estados Unidos y observaba la manera injusta como ese país trataba a la gloriosa Revolución Cubana.

¿En qué ambiente se desarrolla en Canadá su apoyo a Cuba?

La gran prensa y los acólitos del neoliberalismo procuran crear un ambiente hostil, y hasta cierto punto tienen éxito; pero en Canadá hay un importante fondo de buena voluntad hacia Cuba. Con el turismo un grande y creciente número de canadienses conocen a Cuba y a los cubanos. Eso los hace menos propensos a las maquinaciones de la propaganda mediática estadounidense, y así se van estrechando las relaciones amistosas entre los dos pueblos.

¿Cómo son hoy sus vínculos con Cuba en general y en particular con su cultura?

Buenos, muy buenos, excepto que me gustaría hacer mejor las cosas. En cuanto a la cultura, hay amplia participación, y a un nivel alto: escritores, músicos, pintores. Una gran satisfacción es que en Toronto, donde enseñé durante treinta y siete años, pude abrir los ojos y las mentes a varias generaciones de estudiantes de numerosas partes del mundo a la obra de grandes escritores latinoamericanos y caribeños, muchos de ellos cubanos. Por primera vez en la historia de mi departamento exalumnos han dedicado una Festschrift a su profesor, y a este libro contribuyeron distinguidos estudiosos, de varias partes del mundo, incluso algunos colegas cubanos. Hablando de artistas de Cuba, ¿ha visto recientemente a Viengsay? Me honró al aceptar mi dedicatoria a ella del libro sobre Heredia y Niágara.

Recibir una dedicatoria como esa es un honor. Y aunque uno pase largo tiempo sin ver con los ojos a Viengsay Valdés en el escenario o en la cercanía personal, sigue viéndola con la imaginación: es uno de los mayores y más hermosos exponentes del Ballet Nacional de Cuba. Pero continuemos con la entrevista. Usted ha tenido una participación destacada en foros celebrados en Cuba. ¿Qué le ha quedado de ellos?

El amor por el trabajo, el trabajo para el bien de todos, que vi en ustedes desde mi primera visita. Recuerdo la alegría con que José Luciano Franco, entonces octogenario, iba a su trabajo temprano cada mañana. Así también el incansable Ángel Augier, y personas de otras generaciones, siempre ávidas de aprender más, y de hacerse cada vez más humanas.

¿Cómo ve usted, caribeño, la cuestión de las llamadas “razas” humanas, en general?

En Jamaica vivía como uno más entre una gran mayoría de negros. Había minorías de indios, chinos, judíos, árabes, blancos. Por lo general, los privilegiados eran los de tez blanca, aunque un número visible de negros ocupaban posiciones económicas, académicas, médicas, jurídicas y políticas suficientes para dar aspiraciones y confianza a los jóvenes negros. Sin embargo, en los años 40 las escuelas secundarias acogieron solamente el dos por ciento de los muchachos de la isla.

Insuficiencia y abandono eran una forma de discriminación, que afectaba sobre todo a negros e indios. En la escuela era difícil que hubiera casos de discriminación racial contra las minorías, pues los muchachos llegaban a conocerse bien como individuos y asumían espontáneamente el hábito de juzgar al otro por sus méritos. Pero, al graduarse, cuando buscaban empleo, patrones o empresarios que no los conocían ponían en desventaja a negros e indios.

Esa base preferencial tiende a perpetuar el sistema de privilegios y desigualdad en la distribución de riqueza y beneficios. Si persiste por mucho tiempo, la delincuencia puede surgir en el sector discriminado. La tendencia a juzgar negativamente a las personas antes de conocerlas es una flaqueza de la humanidad, y se agudiza en sociedades donde prevalece el egoísmo.

En Jamaica la existencia de la esclavitud, impuesta primero por España y por Gran Bretaña después, ha legado grandes desventajas para los negros. Cuando estos fueron emancipados en 1838, a sus amos los británicos los compensaron por la pérdida de esa fuerza laboral. Pero no se les dio nada a los emancipados, que por lo general empezaron a ocupar tierras menos deseables, y de ahí, cultivando espíritu de adversarios —o de “dog eat dog”: perros que comen perro, como se dice en Jamaica—, empezaron a construir una vida económica harto desventajosa.

Al mismo tiempo, los órganos de propaganda promovían los intereses de clase de sus dueños. El periódico dominante de la isla, Gleaner —fundado por un grupo de judíos durante la esclavitud, en 1834, dos años después del Diario de la Marina en Cuba—, ha protegido descaradamente, y en ciertos períodos con argumentos abiertamente racistas, los intereses de los comerciantes.

¿Y cómo ve esa tema en Cuba?

Cuba está libre de eso. Cuando un país entero sufre persistentemente calumnias y distorsiones promovidas desde el exterior, es natural que en sus interrelaciones los ciudadanos eviten asumir malas cualidades e intenciones. Lo contrario sería desleal a Martí.

Me gustan los hotelitos. Con mis numerosas estancias en uno de ellos en La Habana, he llegado a conocer a todos los trabajadores y ellos me conocen a mí. El actual gerente es negro y muchos de ellos son negros, incluida una mujer que prepara las habitaciones y cuyo esposo, negro también, dirige una escuela.

Tal vez ella sea pariente mía. Desde mi primer hospedaje allí, hace muchos años, detectó que me parecía a su padre, cuyo apellido era el mismo de familiares míos acerca de quienes hablaba mucho mi abuela en Jamaica. He seguido el curso de la vida de sus dos hijas: la complicada enfermedad digestiva de una de ellas durante la adolescencia; las muchas reuniones de un equipo médico que evaluaba el caso antes de optar por la cirugía, que resultó exitosa; el progreso educativo de ambas. Una está terminando sus estudios de oftalmología y la otra es una maestra calificada; una está casada con un hombre evidentemente blanco y tienen un bebé robusto y contento como toda la familia.

La entereza en la protección de la salud de todos los cubanos lo confirma también el testimonio de una joven negra en otro hotelito. Me dijo que, viviendo en Santiago, tenía un problema grave del corazón. Los médicos consideraban que necesitaba ser operada en La Habana. Después de su convalecencia le consiguieron un trabajo en ese hotelito habanero para facilitar sus chequeos periódicos. En una ocasión llegó un gran grupo de huéspedes extranjeros, precisamente cuando ella tenía que ir al hospital, y consideró indispensable ayudar a sus compañeros, por lo que llamó al hospital para posponer su visita. Esa misma tarde llegó su cirujano al hotelito, diciéndole que la consulta era también importante y él no quería el riesgo de perder a su hija, y, al salvarle a ella la vida con la operación, se consideraba su segundo padre.

¿Esos casos le parecen aislados o expresión de lo que ocurre en general en el país?

Ejemplifican algo que se manifiesta en toda la sociedad cubana, y que los médicos cubanos llevan mucho más allá de las fronteras de su país: la combinación de ciencia y ternura que Martí había recomendado y que la gente aprecia tanto. Cuando en Jamaica los beneficiarios del programa Operación Milagro celebraron su primer aniversario, rezaron, entonaron himnos y terminaron cantando: “Después de Dios, Cuba”.

A lo largo de los años he conversado con una trabajadora muy lista de la carpeta del hotelito. Es también estudiante de posgrado de Sicología en la Universidad de La Habana, y practicante y promotora de la santería. Me dice que ahora entre los jóvenes en Cuba la norma es pensar y actuar en términos de sus intereses culturales u ocupacionales, y la discriminación racial entre ellos no es un factor significativo.

En una de las tiendas del aeropuerto José Martí vi deshacerse en lágrimas a una dependienta negra cuando un hombre de negocios canadiense, y gamberro, dijo algo bruto contra Fidel. Me conmovió tanto la reacción espontánea de ella que yo también lloré.

Podría contar otras muchas experiencias vividas en Cuba. Este país ha luchado interna y externamente y de muchas maneras contra el racismo, más que cualquier otro. Como ejemplo para la humanidad, queremos que gane plenamente la batalla. También sabemos que es dificilísimo lograrlo. Un incidente contado en el evangelio de San Mateo (15: 20-26) muestra que Jesucristo mismo no venció totalmente la prueba. No quiso curar a la hija de una mujer porque esta no era judía, y a los no judíos los llamó “perros”. Solamente accedió a la petición de la mujer cuando ella en su desesperación aceptó ser considerada miembro de un pueblo de perros. San Marcos (7: 24-30) relata el mismo episodio.

Y el Presidente Obama está demostrando la posibilidad de que un negro llegado a una posición de poder e influencia use de hecho esa fuerza para frenar nacional e internacionalmente el progreso de los negros. Hablo de eso en mi artículo “Los afrodescendientes ante las tensiones de un mundo unipolar”, publicado en 2011 en el número 264 de Casa de las Américas.

¿Cómo transcurrió su vida en los Estados Unidos? ¿Qué representó para usted? ¿Qué recuerdos guarda de esa etapa?

En los Estados Unidos viví, sobre todo, años estudiantiles: los de mis cursos de posgrado en la Universidad de Washington en Seattle, de septiembre de 1958 a mayo de 1962. Gozaba de la amistad de estudiantes de varias partes del mundo, especialmente de la América Latina y de la India. Con algunos de los Estados Unidos también: entre ellos queda uno que, junto con su familia, siempre va a ser un gran amigo.

La Revolución Cubana llamaba la atención de todo el mundo. Pasábamos gran parte del tiempo atentos a Cuba, especialmente los latinoamericanos y un amigo estadounidense, veterano militar. Él tenía un radio de onda corta con el que podía sintonizar Radio Habana Cuba, y nos reuníamos en su casa para escuchar los grandes discursos de Fidel. Para esas ocasiones el amigo se vestía reverencialmente con su uniforme de guerrillero. En 1960, convencidos del rápido deterioro de su país, él y su esposa emigraron a Brasil. Me regalaron una olla que me duró muchos años antes de empezar a mostrar síntomas de su decadencia final.

¿Tuvo eco en ese entorno su simpatía por Cuba?

Nuestros comentarios en el campus universitario sobre la Revolución Cubana atrajeron el interés de numerosos estudiantes, especialmente de algunos jóvenes cristianos, quienes a veces nos invitaban a hablar del tema en sus iglesias. La recepción que tuvimos no fue siempre cordial. En una ocasión, para dejar inviolado el ambiente solemne y pacífico del templo, tuvimos que salir corriendo.

Aprendí también entonces algo sobre la preparación de los periodistas en los Estados Unidos. Una estudiante de la Escuela de Periodismo vino a entrevistarme, muy simpática ella, y la conversación transcurrió bien. Pero al ir a impartir mi clase la mañana siguiente, los estudiantes miraban el periódico estudiantil y después me miraban a mí con recelo. Terminada la clase, vi que la entrevista ocupaba toda la primera plana, con un encabezamiento que, en cinco palabras, reunía tres mentiras incendiarias: “Cuban Bloodbath Justified,” says Jamaican. (Baño de sangre cubano justificado, dice un jamaicano.)

En el orden social, ¿cómo recuerda aquel ambiente?

Aparte de estudiar mucho (tuve que hacerlo para pasar de la escuela secundaria jamaicana al doctorado en cinco años y medio), disfruté de sesiones sociales con otros estudiantes y algunos profesores. Nadaba a menudo en la piscina de la universidad, y durante los veranos jugaba cricket como miembro del Seattle Cricket Club. De los once jugadores regulares del equipo, ocho eran de la India, uno de Pakistán y uno de los Estados Unidos (el catcher). Yo, el único antillano, tuve la responsabilidad de sobresalir, y lo hice no solamente en la cancha de Seattle, sino también en varias de la provincia de Columbia Británica. Realicé grandes faenas, especialmente como lanzador.

Cuando jugaba en Seattle, funcionaba como un infiltrado involuntario, algo que no supe hasta el segundo verano. Entonces el amigo capitán del equipo, un profesor de oceanografía, de la India, que en la cancha durante los partidos me enseñaba en hindi algunos de los bhajans o himnos que Gandhi solía cantar, me dijo riéndose que, cuando pidió permiso para usar la cancha, los dueños, algunos veteranos de guerra yanquis, le pusieron la condición de no incluir en el equipo a ningún negro.

Terminados mis estudios rápidamente en la Universidad de Washington, traté de conseguir trabajo en Jamaica, en la University of the West Indies [Universidad de las Indias Occidentales], pero no había ninguna plaza vacante. Fui a parar en la Universidad de Nueva York en Buffalo, donde el único problema, el gran problema, fue encontrar dónde vivir. El dueño del hotelito donde me hospedé al llegar, estaba sinceramente preocupado por mi situación, y me dio una impresión eternamente favorable. Me llevó a varias partes de la ciudad (porque el barrio privado residencial de la universidad era para blancos). Después de muchos días encontramos un apartamento. El dueño estaba en una situación obviamente desesperada, y vio que yo también. Me pidió un pago adelantado de tres meses. Después de vivir allí algún tiempo, un amigo, estudiante de posgrado de la Universidad, me dijo que el dueño había ido a hablar con todos los inquilinos del edificio para decirles que no debían asustarse por mi presencia, porque yo no era negro, sino antillano.

Esta cuestión del racismo no la distingo de otras estupideces que también hieren. Es como cuando un perro, literalmente un perro, te muerde sin ser provocado a ladrar ni a gruñir. Por otra parte, fue en ese campus donde conocí a la persona que se escapó conmigo a Toronto al año siguiente, la más fina de este o cualquier otro planeta. Creo que acabo de parafrasear palabras que Langston Hughes usó para describir a José Antonio Fernández de Castro, quien abrió las puertas a Nicolás Guillén para que publicara Motivos de son en un suplemento dominical del Diario de la Marina.

En su trabajo de solidaridad con Cuba ha estado presente la campaña por la liberación de los Cinco. ¿Cuáles han sido las principales tareas hechas?

Participo en todos los eventos planeados en Toronto, y en casi todos los de Hamilton, una ciudad cercana, que tienen la meta de liberar a esos grandes héroes. Traduzco poemas de algunos de ellos y les he escrito un poema que fue publicado aquí y en varias revistas y se ha leído en algunos eventos, incluso cubanos. El presidente de la UNEAC, Miguel Barnet, estaba en Toronto en septiembre participando en un Tribunal sobre los Cinco, y lo tomó para publicarlo en Cuba. Preparé una tirada especial y muy limitada de Versos libres / Free Verses, y he mandado recientemente un ejemplar a cada uno de los Cinco, con la esperanza de que pueda distraerlos durante algunas horas de la colosal injusticia y el brutal castigo que están sufriendo. 

¿Qué esperanzas cifra en los resultados de esa campaña?

Oh, Luis, ojalá que la opinión que algunos tienen de Obama como un hombre benigno que quiere hacer lo que es justo sea válida, pero no la comparto. Es absolutamente necesaria una presión constante sobre él, recurriendo incluso a la poesía.

Usted ha tenido encuentros con Fidel. ¿Cómo los recuerda alguien que, como usted, ha sobresalido por su permanente solidaridad con Cuba, y no forma parte de las izquierdas de salón?

¡Qué magnífico ejemplo de devoción al trabajo, en su caso, de elevado trabajo en beneficio de la humanidad, tienen, tenemos, en Fidel! Sí, he tenido el gran honor de encontrarme con él algunas veces. Principalmente una noche, cuando me invitó a cenar junto a otras 14 personas, oficiales del gobierno y de la ONU, artistas y escritores. La conversación duró hasta las 8 de la mañana. No me perdí ni una palabra del Comandante, quien habló sobre una gran gama de temas útiles. Lo tengo en cuenta en mis proyectos cubanos, venezolanos, jamaicanos y canadienses. No, de eso no me jubilaré.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en La Jiribilla:

http://www.lajiribilla.cu/articulo/4657/un-caribeno-solidario

En la foto, tomada por el entrevistador, Keith Ellis interviene en el XI Simposio Internacional de Traducción Literaria, celebrado en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), La Habana, noviembre de 2011.

Anuncios