Foto tomada por Ricardo Barrero y trabajada artísticamente por Roberto FigueredoDe lleno desde su juventud en la lucha de su pueblo por la soberanía y la justicia social, Carlos Rafael Rodríguez (Cienfuegos, 23 de mayo de 1913-La Habana, 8 de diciembre de 1997) prestó viva atención al legado martiano. Entre los textos donde lo trató destacan los reunidos en José Martí, guía y compañero (1979). En la “Nota del autor” el agudo ensayista aprobó el título, propuesto por los editores: con él se quiso “subrayar las tres características que como hilo conductor de estos análisis hago resaltar en José Martí: la de guía y las de contemporáneo y compañero”.

Las valora en los cuatro textos del volumen; pero —sin ignorar la importancia de los discursos pronunciados en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) en 1963 y en el Centro Cultural José Martí, de México, en 1976: de significado profundamente latinoamericano este último— aquí se exploran, sin afán exhaustivo, los otros dos, que las enfatizan desde sus títulos: “José Martí, guía de su tiempo y anticipador del nuestro”, artículo difundido en el número que la revista habanera La Última Hora dedicó al héroe en 1953, por su centenario; y “José Martí, contemporáneo y compañero”, discurso del 27 de enero de 1972 en la culminación de la Jornada con que la Universidad de La Habana conmemoró los 119 años del héroe.

Entre ambos mediaron casi dos décadas, tramo que, poco después de su inicio, quedó marcado por los sucesos del 26 de julio de 1953, comienzo de la lucha armada que tuvo en Martí su mayor inspirador y, devenida Revolución plena, alcanzó el triunfo el 1ro de enero de 1959. Desde esa fecha hasta el discurso en la Universidad transcurrieron los primeros 13 años de la Revolución en el poder.

Búsqueda raigal

Como es propio de autores que vibran con su tiempo, ambos escritos —y todo el libro— alumbran las ideas del propio Rodríguez y los contextos en que él se desenvolvió. Ocurre desde el arranque ígneo del artículo inicial: “El pueblo cubano entra en el centenario de José Martí otorgándole una dimensión de actualidad y de vigencia. No parece lejano el artífice afiebrado del 95. Parece moverse todavía entre nosotros, brindar el consejo preciso y clavar, con su palabra de filo —reverso de su otra palabra amorosa— a nuestros adversarios presentes”.

El pensador marxista tiene su lugar en la estirpe luminosa cimentada por el Mella que, erguido en la lucha de clases, desde temprano buscó en Martí el vaso troncal por donde asimilar el ideario que internacionalmente crecía desde el triunfo de la Revolución de Octubre en Rusia y sus dominios: “José Martí no puede ser para nosotros el héroe amado pero lejano”, escribe, y afirma: “Julio Antonio Mella lo supo cuando se dedicó a rescatarlo del fárrago oratorio y las conmemoraciones hipócritas, y lo convirtió en guía para la batalla popular antimperialista que él y sus compañeros reiniciaran”.

Mella halló la guía que el Maestro, desde su tarea y sus circunstancias, seguía aportando para tales empeños. El antimperialismo fue precoz y básico en el proyecto revolucionario de 1895, con el que Martí se propuso impedir a tiempo la intervención estadounidense, peligro que él descubrió “con penetración zahorí, que no sería excesivo llamar genial”.

Juzga así con acierto quien vio lo que es un pilar de la vigencia viva, más que supervivencia, del ideario martiano. En el artículo de 1953 se lee que, si “Martí, Maceo y los hombres del 95” hubiesen logrado “coronar la obra de emancipación plena de la Isla, andaríamos hoy más alejados de su figura y empezaríamos a verlos como un mero ejemplo de pasada grandeza”.

Aliento de continuidad

En la realidad impuesta a Cuba por “la presencia opresora del imperialismo norteamericano”, el eminente marxista percibe que “nos llega ese sentido inicial de contemporaneidad que le reconocemos a José Martí y lo emparienta con los héroes cubanos de este día”.Cubierta del libro citado En el Maestro apreció asimismo la voluntad de afianzar una república diferente de aquellas nacidas del independentismo continental: “Esa visión previsora le añade a Martí la admirable calidad de anticipador, que preserva su figura del languidecimiento histórico y la proyecta sobre esta época con un aliento innegable de continuidad”.

Al igual que Mella, el autor de José Martí, guía y compañero rechaza la hipocresía con que las clases dominantes y sus voceros intentaban neutralizar las ideas del Apóstol. Y desaprueba también otras manipulaciones: “No se trata, dejémoslo aclarado de manera inequívoca, de atribuirle a Martí perfiles ideológicos que le son ajenos y desvirtuarían su real significado. Hurgar en el gran hombre para extraerle una supuesta veta socialista, imaginar cuál sería su postura si tuviera que abordar los problemas que hoy nos cercan, es plausible, pero artificial”.

Ya entonces se han dado intentos de ese tipo, y el periodista militante los impugna con sus propias ideas: “como tendremos ocasión de ver siquiera escuetamente, nadie fue más hijo de su momento, más expresivo de su clase, más apegado a los modos de su día, que José Martí. De esa fidelidad extrae su grandeza de líder. Y ella determina, también, las limitaciones que sería reprobable encubrir”.

Para su intelección el periodista de La Última Hora encuentra luces, modelos y escollos asociables al afán de clasificación propio de las ciencias, y a los paradigmas asumidos. “La obra de realizar la independencia nacional en los pasados siglos, resultó, históricamente, una faena propia de la burguesía. Lo ha fijado Stalin en el más perfecto análisis revolucionario del problema nacional”.

Digno militante del Partido Socialista Popular (PSP), revela la orientación que honradamente abrazó hasta el fin de sus días. A esclarecimientos aportados por Blas Roca, a quien acompaña en las filas marxistas, alude cuando sostiene: “Martí se nos presenta, según se le ha definido certeramente, como el revolucionario radical de su tiempo en lo que concierne al objetivo básico de la lucha en aquel instante: independencia o reforma”.

Deseoso de ver en su patria una revolución propia de “los modernos revolucionarios nacional-liberadores orientados por la clase obrera”, señala que la de Martí “sería una revolución popular, pero con las limitaciones de la dirección pequeñoburguesa y el programa pequeñoburgués”. Tal criterio no le impide oponerse a quienes estiman que Martí, “preso en las contradicciones inherentes a la clase media, no avanzó todo lo posible”, pues supuestamente “quedó contenido y se limitó a trazar soluciones formales y programáticas, sin ir a la raíz de los problemas”.

Tales reclamos, que desconocían la médula de Martí, Rodríguez fundadamente los califica de “arbitraria trasposición de problemas y métodos”. Pero eso no niega que también él quería para la sociedad cubana a mediados del siglo XX estadios de lucha inviables con idéntico sentido nacional a finales del XIX “en una isla sin base industrial” y “sometida al coloniaje más absorbente”.

Aprecia que “los planteamientos de Martí eran de muy hondo calado revolucionario, y su programa venía a ser el del ala radical del movimiento liberador. Exigir igualdad para el negro frente a los esclavistas supervivientes, prometer tierra a los campesinos y emigrantes a expensas de las grandes propiedades inactivas, afirmar el derecho del pueblo a ejercer la dirección revolucionaria, era acometer a plenitud las tareas de la revolución democrático-burguesa”.

Aún el esclarecido estudioso de la historia de Cuba no tenía a la vista, ni para la práctica ni para el desarrollo de sus ideas, el ejemplo de una revolución original como la que se desarrolló en la etapa de lucha iniciada el 26 de julio del año en que publicó el artículo citado. Esa lucha tendría en él un intérprete del marxismo y un protagonista intenso: con especial significación desde que en 1958 se incorporó al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, como representante del PSP.

La realidad alumbra

Esa experiencia resulta inseparable de lúcidos análisis hechos por él especialmente después de 1959. Entre ellos cuentan sus enfoques de la Revolución Cubana como proceso de tránsito al socialismo, su valoración del papel histórico de Fidel Castro, sus replanteamientos sobre la cuestión colonial basados en la lectura de Lenin y otras contribuciones.

En tal combinación de acontecimientos e ideas se inscriben —entre otros valiosos textos— sus incursiones de entonces en la obra de Martí. Lo muestran el discurso de 1963 en la Uneac y el de 1972 en la Universidad de La Habana. En este último se refiere a la dificultad para satisfacer la invitación a valorar el significado de un héroe que “es inabarcable y tiene tantos batientes distintos que cualquiera de ellos, tomado aisladamente, nos permitiría enhebrar una larga conversación”.

Si desde sus primeros años el orador tuvo conciencia de la grandeza de Martí, la Revolución le permitió apreciarla más profundamente. Pensando en el discurso pronunciado por Fidel Castro en el centenario de la Revolución de 1868, subraya la contribución personal del líder para esclarecer “la necesidad de enlazar el pasado y el presente”, de modo que se viera en su plenitud “el papel revolucionario de los hombres que, aun antes de 1868, habían constituido el antecedente bien visible del proceso revolucionario que nosotros estamos realizando”.

Líneas después sostiene: “Cualquiera que lea en estos días nuestra prensa comprenderá hasta qué punto el entusiasmo por el estudio de José Martí empieza a devolvernos de nuevo en toda su magnitud la función histórica de aquel héroe”. Insiste en calificar el valor de Martí para Cuba como “su hombre mayor del siglo XIX”, pero explícita e implícitamente el discurso lo rige la comprensión de que Martí desborda límites cronológicos, espaciales y de ubicación social, lo que no implica verlo como una personalidad flotante, nubáceo, sin raíz ni destino.

No sorprende entonces leer: “La revolución de Martí empezaba a renovarse en su fase final a partir del 26 de julio de 1953. Pero es que José Martí es algo más que el guía de una revolución en 1895”. En el artículo de La Última Hora lo sitúa en “la clase que encarna” y en “la responsabilidad de forjador de un frente único en que quiere reunir lo mismo al tabaquero que a su patrón criollo, al antiguo esclavo que al amo desposeído”, mientras que en el discurso de 1972 cala más en el Martí que no cabía precisamente en una clase social específica, el que ya en el juvenil artículo de El Diablo Cojuelo denunció la pusilanimidad de los “sensatos patricios”, que en bloque nutrirían las jefaturas autonomistas y anexionistas.

Contrapunteos

Ante el auditorio de la Universidad de La Habana el orador enfatiza: “Martí supo ver el papel histórico de la clase obrera”. Esto debe leerse, sobre todo, en relación con un hecho básico: el dirigente de la liberación nacional, trabajador incansable él mismo, vio claramente —sin desdeñar, se lee en el discurso citado, “la incorporación de otras fuerzas sociales”— que entre los compatriotas obreros se hallaba “la fuerza revolucionaria con la cual contar para el comienzo y para el desarrollo de la Revolución”, con miras a la cual organizó una guerra de liberación nacional, como ya en 1953 apuntaba Rodríguez.

No es que ahora el marxista intente algo que, ya se ha visto, había impugnado a otros en aquel artículo: distorsionar el pensamiento martiano para ponerlo al servicio del socialismo. Con la voluntad de conjurar ese peligro —que en determinados puntos arreciaba con el afán socialista vivido en el país—, llegó a enfatizar aristas que marcan diferencias entre el proyecto martiano y el socialismo.

Entre esas aristas figuran supuestas discrepancias de Martí con los rasgos de socialismo utópico de su amigo Fermín Valdés Domínguez, y presuntas coincidencias del primero con el antisocialista inglés Hebert Spencer, por lo cual Martí vendría a ser “el liberal individualista de la América Latina”. Tema para otras páginas, estudios diversos han probado que dichas discrepancias no eran tales, o no eran de fondo, mientras que a Martí lo separaban de Spencer desavenencias ideológicas verdaderamente esenciales.

Aquellos juicios parecen responder a un deseo justo: que no se aplicaran a Martí distorsiones presentistas. En lo que puede tomarse como alerta contra posiciones ateocráticas nocivas para la unidad entre revolucionarios de diversos credos, vincula el pensamiento martiano con “posiciones mantenidas por Fidel y la Dirección revolucionaria”: “la capacidad de asociar a los creyentes y a los no creyentes en una misma tarea libertadora”. Al mismo tiempo se esmera en no sembrar identificaciones ficticias.

Por ello, y es presumible que para refutar ciertos afanes de convertir a Martí en ateo y materialista, sostiene que “fue, dentro de los pensadores descollantes de nuestro siglo XIX, el que desde el punto de vista filosófico tuvo posiciones idealistas más definidas. Martí dio la posición avanzada en todo menos en filosofía”.

Concentrando señales

Esas afirmaciones sería reduccionista desgajarlas de un contexto en el cual, por razones conocidas —o que rebasan los límites de este artículo—, políticamente se atizó el debate filosófico entre idealismo y materialismo. Pero lo cierto es que el materialismo —o positivismo mecanicista— de otros pensadores no fue el camino por donde entraron en el siglo XX cubano las más resueltas posiciones revolucionarias, tanto prácticas como ideológicas, incluidas las marxistas. De Mella para acá, pasando por autores como el propio Carlos Rafael Rodríguez, esas posiciones se afianzaron mejor según se afincaron en el tronco y las raíces que abonó Martí.

El discurso que viene citándose daría margen para una lectura reveladora en busca de sabias advertencias contra excesos que prosperaron en la estela del Primer Congreso de Educación y Cultura, de 1971, y al calor de modos como entonces se asumió la lucha ideológica, insoslayable en general, y especialmente en un país asediado. No solo en ese discurso el acierto del orador se acendró tanto como, por encima de disquisiciones específicas en determinados terrenos, triunfó en él la claridad para ver, de conjunto, las razones de la vigencia de Martí.

A esta pregunta: “¿Es que no haber arribado José Martí a concepciones socialistas lo limita en esta hora de América Latina, y reduce su vigencia?”, nuestro autor responde con certidumbre: “Podemos decir categóricamente que no, porque la revolución en la América Latina supone un proceso y ese proceso no exige directamente el inicio socialista”.

En busca de soluciones propias, y de actualidad —irreductible a cronometrías impuestas por Occidente—, el socialismo reverdece para nuestra América entre realidades tan retadoras como estimulantes. No es la menor este hecho: la desintegración del campo socialista europeo —un desmontaje que el comunista cubano alcanzó a conocer y, por tanto, a sufrir— ha subrayado evidencias que política y científicamente sería costoso ignorar.

Saldo, luz

Esa coyuntura ha confirmado la importancia de la liberación nacional, lucha antimperialista mediante, como propósito válido en sí mismo. Sin él serían inalcanzables otros estadios de justicia social, como el que Martí llamó “fin humano del bienestar en el decoro”. En la medida en que el imperialismo ha fortalecido su urdimbre transnacional, esa lucha requiere afianzar relaciones internacionales de acción entre las fuerzas liberadoras.

Los reclamos de unión hechos por Martí a nuestra América como condición necesaria para enfrentar con posible éxito el peligro imperialista, de alguna manera hacen pensar en otras realidades. De una de ellas nació la idea leninista —no desmentida al paso de los años— sobre las dificultades con que tropezaría el intento de alcanzar el socialismo en un país aislado. Sobre todo, será inalcanzable si no toma como brújula una eticidad a la altura de la encarnada por quien echó de veras su suerte con los pobres de la tierra.

La lectura de los textos de Carlos Rafael Rodríguez acerca de Martí confirma no solamente que este “es el guía de su tiempo” y “también funge como anticipador del nuestro”. Ratifica asimismo que Martí es, “como dijo Fidel, el autor intelectual” de la gesta del 26 de julio de 1953, y es también “nuestro compañero, nuestro guía de hoy”.

Luis Toledo Sande

Se publicó originalmente en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/05/22/cultura/centenario-carlos-rafael.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista.

La foto de Carlos Rafael Rodríguez que ilustra el texto se halla en los archivos de Bohemia. La tomó, en blanco y negro, Ricardo Barrero, y Roberto Figueredo la trabajó artísticamente.

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