Nelson Mandela. Foto tomada de internetEl 10 de mayo de 1994 había llegado a Ginebra, Suiza, en viaje de trabajo, y allí conocí una noticia que sacudió al mundo: Nelson Mandela había sido electo presidente de Sudáfrica. Días después, de regreso en La Habana, escribí “Mandela: la esperanza”, artículo que se publicó sin firma, como texto de la Redacción, en la sección “Al pie de la letra” de la revista Casa de las Américas (No. 195, abril-junio de 1994). Durante los cinco años en que ejerció la presidencia de su país, y en su trayectoria posterior, Mandela confirmó que era y seguirá siendo mucho más que una esperanza, y dejó una semilla que germinará más, y mejor, que las maniobras de aquellos que solamente buscaban salvar sus intereses y cedieron por ello a la eliminación legal del apartheid, por cuya erradicación también se derramó en África sangre cubana. Ante el grave quebranto de la salud del ejemplar luchador, retomo con voluntad de homenaje aquel texto.

L.T.S.

Bien necesitaba la humani­dad, y bien lo merecían sus mejores anhelos, que el si­glo no terminara únicamente en las evidencias de tanta des­trucción, tanto crimen y tanto encanallamiento como los que durante estos últimos años se han entronizado en el mundo. Cuando ya parecía que con ellos habría de llegar a su fin la centuria, ha ocurrido una de las grandes victorias de que pueda enorgullecerse la espe­cie: la elección de Nelson Mándela como presidente de Sudáfrica. En medio del fé­rreo dominio de los intereses rectores de eso que ha dado en llamarse “mundo unipolar”, como si los extremos de opu­lencia y miseria que lo caracte­rizan autorizaran de veras a calificarlo de ese modo, sería cuando menos una superficia­lidad ver en esa elección un triunfo electoral más, a la ma­nera de los que exhibe el Occi­dente “civilizado”, el mismo responsable de las mayores ca­lamidades y masacres que se hayan generado en el planeta, y señaladamente en África.

El triunfo de Mandela, aun para quienes apreciamos con rego­cijo su relevancia personal, en­carna sobre todo la confirma­ción de que la humanidad podrá poner fin a la prehisto­ria. Así el siglo XX, que, anun­ciado en las más elevadas es­peranzas y responsabilidades por José Martí, vivió en sus primeras décadas aconteci­mientos de tal magnitud como la Revolución de Octubre, contra la que ahora se yerguen (¿podrán erguirse de verdad?) oportunistas y detractores con diversos rostros, llega a sus postrimerías con una nueva siembra de fe en el mejora­miento humano. De más está decir, por supuesto, que son enormes y muy complejos los desafíos que tiene frente a sí el nuevo presidente de Sudáfri­ca, pero resulta justo y grato saber que aquí el adjetivo nue­vo no expresa meras circuns­tancias, sino define una esen­cia transformadora.

Es bueno disfrutar esa verdad desde ahora, cuando no es difícil adi­vinar cuánto harán los podero­sos por hacer fracasar la ges­tión de Mandela y conseguir que su imagen se deteriore an­te sus seguidores y admirado­res de Sudáfrica y de todo el mundo. Esa imagen es la de un defensor, un representante de los pobres de la tierra que pre­firió permanecer con sus ideas veintisiete años en el fondo de la prisión antes que claudicar frente a sus verdugos, cuando tal vez ni a él mismo se le ocu­rría pensar que la vida le al­canzaría para una victoria co­mo la que ha conmovido y alegrado a muchos, y sorpren­dido e irritado a las minorías que viven ricamente de la mi­seria y la humillación de perso­nas y pueblos. Ahí se ha de buscar el significado real del triunfo de Mandela y de su pueblo.

Tal es la razón por la que en estas líneas no se ha hecho mención alguna de contingen­cias raciales, que han sido fre­cuentemente utilizadas por esas minorías para enmascarar las maniobras con que se han enriquecido y continúan enri­queciéndose cada vez más. Fren­te a esa realidad, Mandela en­carna un punto de consuma­ción sobresaliente en las aspiraciones de Martí, quien acostumbraba asumir el deber ser desde la afirmación, y sos­tuvo criterios como éste, de 1884: “Las razas se niegan a enemistarse; y se está creando una que las encierra a todas, y borra sus linderos, y como ejército de soldados de coraza de luz, brilla: la raza de la li­bertad”; o este otro, de 1893: “Los hombres de pompa e in­terés se irán a un lado, blancos o negros; y los hombres gene­rosos y desinteresados, se irán de otro. Los hombres verdade­ros, negros o blancos, se trata­rán con lealtad y ternura, por el gusto del mérito, y el orgullo de todo lo que honre la tierra en que nacimos”; para llegar, en 1894, a este juicio definiti­vo: “No hay razas: no hay más qué modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva.”

Con esas palabras de Martí podría darse por terminado este saludo de júbilo y espe­ranza al triunfo de Mandela, protagonizado en un extremo literal de eso que eufemísticamente se ha bautizado como el Sur, y nada menos que en el Continente que acaso mejor muestre las consecuencias del salvajismo colonialista e impe­rialista. Sería injusto dejar pa­sar por alto lo que significa se­mejante victoria para quienes han contribuido a la emanci­pación de distintos pueblos africanos, especialmente para aquellos que le han dado su vida.

Luis Toledo Sande

 

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