Cubierta del libro, con ilustración del propio autorEn José Luis Fariñas (La Habana, 1972), dueño de un trazo que sobresale por su seguridad y por la capacidad de fabular, tiene Cuba uno de sus principales artistas plásticos, con numerosas exposiciones personales y colectivas dentro y fuera del país. Menos ampliamente se conoce quizás su dominio de la imagen literaria.

El alma y la piedra (La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012) es un nuevo fruto literario suyo. Antes aparecieron un volumen de relatos, Incuria, y otro de poesía, El resto más blanco. Además, varios textos lo representan en antologías de ambos géneros.

A uno de sus críticos, el también poeta Virgilio López Lemus, se debe la valoración de la cual procede una cita que se lee en la contracubierta del libro saludado. Son de ella estas líneas, que hablan del “color, la luz, las visualizaciones más fijas que por relámpagos son eje de su poesía, una poesía reflexiva, que mira a las aguas y ve en ellas la imago mundi. Fariñas, el gran dibujante y pintor, es un cálido y profundo poeta”.

En la poesía de alguien hecho a ver para recrear con formas y colores sus visiones, es natural la presencia de imágenes como las siguientes: “Hierve la fe en este forraje de esplendores” y “Sé la flecha, el brillo del viento entre los juncos”. O esta otra, para citar un solo ejemplo más: “No nos alcanzan / los pro y contra encantos de la vida / para igualar el esplendor / de los únicos colores que siempre se perdonan, / azul, tierra quemada y rojo”.

Pero —de ahí la cita escogida en el volumen para titular la presente reseña— no estamos ante un artista afanado en compensar con desahogos líricos la incapacidad para expresarse por otros caminos. Su poesía se afianza con el dominio del oficio y la autenticidad de lo escrito, en un cauce marcado por la amplitud cultural y la avidez cognoscitiva de quien explora tesoros de la humanidad: desde lo más raigalmente espiritual y estético hasta la tecnología.

Referencias tecnológicas conviven coherentemente con el braceo personal en la identidad propia. “Qwerty Prelude”, poema que remite —¿quién dice que sin ironía?— al lenguaje anglomaníaco extendido con la computación, da voz a preocupaciones que marchan por encima o por dentro de la remisión a lo mecánico. Constituye una estación en un tema caro al autor: la búsqueda de constantes en la actitud humana, vista en su decurso, en su identidad nutrida de cambio y permanencia.

Su torrente expresivo se mueve —espiguemos los hitos en distintos poemas— “desde el cero que corta de tan claro”, como se pudiera decir de los orígenes, “hasta el último grano del desierto”, no necesariamente augurio de destrucción: puede ser también pista de reinicio. Sombras o luces de artistas, filósofos, militares, personajes diversos; angustias y esperanzas de la humanidad durante siglos; sucesos históricos de distinta índole; temas universales, en fin, recorren su obra en tumulto de rara armonía. Página tras página se condensa en intenso torbellino “un milagro dentro de otro,/ como las agujas sin reposo/ dentro de los tejedores sin nervio”.

En tan generosa abundancia coexisten el acierto de la escritura y el desafío que, verso a verso, convoca a un autor para quien “la imagen es la única certeza, el artificio de la salvación”. El reto y la potencialidad para vencerlo vienen de la propia riqueza, de una cornucopia imaginística que si no extravía el camino de la concentración es porque se impone la fuerza de lo auténtico.

Se trata del ajuste entre un pensamiento que no es cuestión de pose, y el buen manejo para expresarlo. Ello sería inconcebible sin talento verdadero, y sin la disciplina con que lo impreso —donde se unen corrección y suelta creatividad— habla de la actitud del poeta ante la página en blanco para llegar, desde ella, a la cosecha.

Otra nota que destaca en el poemario es la cubanía, con la cual se mueve libremente “entre la jícara y el samovar”. Esa cualidad se torna explícita en la sección final, “La inconstante fórmula de La Habana”, con textos dedicados, entre otros, a José de la Luz y Caballero. Pero ningún comentario suple el placer de leer un libro bien sentido y escrito. Esa es la invitación.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/08/29/cultura/libros.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista.

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