1 - Iustración de Roberto FigueredoAlguien señaló deslices gramaticales en un libro que, por valor testimonial y aciertos expresivos, había merecido un premio en un certamen relevante; y la persona que tuvo a su cargo la edición del texto interpuso: “El autor no es un escritor. Es periodista”.

Tal juicio daría para un tratado sobre los límites, si existen, entre periodista y escritor —hay quienes desempeñan con maestría ambas funciones—, y acerca de los derechos y la responsabilidad de los editores. Pero aquí se explora únicamente el deber de un periodista en el cuidado de su trabajo, que no se reduce a informar: incluye también hacerlo con la mayor calidad a su alcance en la expresión.

Lejos de servir para justificar pifias, la inevitable y universal falibilidad humana debe ser un llamado de atención para que cada quien se esmere en lo que hace y, además de estar presto a ejercer la crítica, también o ante todo lo esté a practicar la autocrítica y recibir la crítica adecuada. La agilidad que el trabajo informativo pueda requerir no avala autocomplacencias.

Exigencia, respeto

En el terreno periodístico, y en otros —pero limitémonos al que viene tratándose—, Cuba tiene un paradigma excepcional. En ella nació José Martí, que la desborda tanto como le pertenece, y cuya obra —escribió el sabio dominicano Pedro Henríquez Ureña— fue en gran medida una “forma de periodismo literario desconocida antes de 1870”, un “periodismo elevado a un nivel artístico como jamás se ha visto en español, y probablemente en ningún otro idioma”.

Martí fue, es, ejemplo de cómo superar la pugna entre el deber de la información inmediata y la altura estética. Con razón podrá decirse: fue un genio y, por tanto, resulta inimitable. Pero por eso mismo —y también lo hacen Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez, entre otros— aporta lecciones contra el empobrecimiento formal que internacionalmente afecta hoy al periodismo. No hablemos del que sufre en otros planos.

Estos apuntes se centran en los medios de comunicación cubanos, en los cuales la abundancia de errores de expresión impone un reclamo: urge reforzar frente a ellos la conciencia colectiva, y especialmente el rigor profesional de todas las personas con deber o posibilidad de influir para mejorar los resultados.

Es importante abordar el lenguaje desde perspectivas más ampliamente culturales: como las propias de la sociología lingüística, si se quiere. Pero abundan pifias que incumplen las más elementales exigencias de la gramática y, dentro de ella, la sintaxis. Para hacer visible que no son inventados, por lo general se citan aquí ejemplos reales; pero sin mencionar autores ni fuentes. No se desea regañar a nadie, ni a órgano alguno en particular.

Tampoco debe ignorarse que las quiebras en un terreno específico difícilmente sean ajenas por completo a otras fallas que puedan darse en la sociedad. Cuéntese el descontrol, que propicia merma en el rigor indispensable para lograr elevados índices de calidad en el funcionamiento cotidiano.

La voluntad de erradicar las incorrecciones en la prensa —en todos sus soportes: impreso, radial, televisual, digital— requiere la acción directa de muchas personas. Nada puede serle indiferente a un periodista —redactor o editor— si desea alcanzar la mayor calidad, que es, dígase con el Che, expresión de respeto al pueblo.

Así como es legítimo reclamar que los albañiles coloquen bien los ladrillos, también lo es no desentenderse de cómo los periodistas colocan los suyos. Estos van desde la coma hasta los párrafos con que se construye un texto y se producen las páginas de todo un número en una publicación.

Al traste con los errores, no con los aciertos

A veces las incorrecciones revelan desconocimiento flagrante, o desinterés. Si, por ejemplo, se intenta cuestionar la preparación de un funcionario, o hacer mofa de él, se explica que una agencia informativa ponga en sus labios el llamamiento a “conculcar en cada ciudadano” valores que la humanidad necesita cultivar en pos de una vida digna. Pero si no es tal la intención —en el ejemplo aludido nada lo sugiere—, aunque el funcionario haya cometido el desliz, procede prescindir de las comillas, indicativas de cita textual, y acudir a la glosa, que permite sustituir conculcar por un vocablo adecuado, como inculcar. Sobre todo, para no confundir a los lectores.

Que en busca de brevedad no se cite ningún diccionario para explicar la enorme diferencia entre esos verbos, no invita a menospreciar la importancia de libros que deben consultarse asiduamente. No son infalibles, pero no por gusto la tradición, implacable, los ha llamado —¿jocosamente?— mataburros.

La lengua evoluciona por el uso, y en él se dan hasta mutaciones asociables quizás a la ignorancia. Por enredados caminos llegaron álgido y nimio, que etimológicamente significan muy frío —el primero— y excesivo o abundante —el segundo—, a tener los significados con que se emplean hoy.

2 - Ilustración de Roberto FigueredoEl mal uso del lenguaje pudiera explicarlo a veces el desconocimiento por parte de profesionales cuyo instrumento de trabajo es el idioma, lo cual los convoca a esmerarse en conocerlo bien. Veamos un dislate próspero, sobre todo, en la prensa deportiva: la confusión entre favoritismo y ventaja.

El favoritismo es una concesión inmoral de privilegios: según el diccionario de la Real Academia Española, consiste en la “preferencia dada al favor sobre el mérito o la equidad, especialmente cuando aquella es habitual o predominante”. No es eso -ni conviene sembrar dudas al respecto- lo que disfruta un equipo deportivo al cual la superior calidad de sus integrantes le otorga ventaja sobre sus rivales, aunque no siempre gane.

El descuido, la inercia que lleva a repetir palabras y expresiones aunque se ignore su verdadero significado, puede dar al traste con la debida profesionalidad. Por cierto, dar al traste con equivale a destruir o echar a perder algo. Pero es posible encontrar aquella construcción empleada con un sentido diametralmente contrario a lo que significa: por ejemplo, “un gran esfuerzo de los trabajadores de la empresa dio al traste con elevados índices productivos”.

No todo lo posible es plausible, ni viceversa

Usos tales revelan desconocimiento o insuficiente cuidado al escribir, o al expresarse oralmente, y no son plausibles, adjetivo que, dicho sea de paso, indica que algo merece aplauso, no que tiene condiciones para existir. Para expresar esto último hace siglos que el idioma, creación colectiva, encontró posible. Por poco plausible que sea, cualquier desacierto resulta posible si no se tiene el justo desvelo en pos de la corrección.

Pasando del plano léxico a la gramática y particularmente a la sintaxis, cabe señalar errores que pululan en lo relativo a concordancia. Va siendo cada vez más alarmante el uso indebido de la forma pronominal le, singular, cuando corresponde el plural les. Una muestra es hablar del enjuiciamiento que “la redacción de Nuevos Rumbos le impondría a Evaristo Estenoz y a su partido”, el de los Independientes de Color.

Si tal juicio hubiera recaído solamente sobre Estenoz, correspondería emplear le; pero el complemento de la acción es plural: lo forman Estenoz y la organización que él representaba. Lo correcto sería hablar del juicio que la citada revista “les impondría a Estenoz y su partido”, o prescindir de la forma pronominal. A un amigo se le solicita ayuda; mientras que a dos, o más, se les solicita. Prima hermana de la falta señalada es otra que la refuerza al escribir, por ejemplo: “Dos queridos amigos, como imaginándome en aprieto, acudieron sin que se los pidiera, en mi ayuda”.

No opinemos sobre el orden sintáctico empleado, limitémonos a señalar que los destinatarios potenciales —no consumados— de la petición de ayuda son varios: el plural unos amigos; pero a ellos se les pidió algo en singular: una acción, la de acudir en ayuda de quien narra. Otra cosa habría sido que dos, tres o “un millón de amigos” me prestaran dos, tres o “un millón de libros” sin que se los pidiese. En otra versión, si no se quiere aludir a la cantidad de libros (plural), sino al acto del préstamo (singular), habría que escribir: “Me prestaron cien libros sin que yo se lo pidiera”.

Entre el singular y el plural

Además de diferenciar entre le y les —les pedí a ellas o a ellos que me ayudaran, o le pedí a ella o a él que me ayudara—, cuando toca a le o a les coexistir con la forma pronominal lo, o los, entonces le o les se sustituyen por se, para evitar cacofonía innecesaria. De esa manera, en “Les pedí tres libros a mis amigos” y “Le pedí el disco a un colega”, le y les se convierten en se, y el complemento directo -tres libros y el disco- en los y lo, respectivamente, y las correspondientes oraciones se abreviarían de este modo: “Se los pedí” y “Se lo pedí”. Con ello se evitan formas difíciles de pronunciar y que nadie instruido y en sus cabales emplea: “Les los pedí” y “Le lo pedí”.

La gramática estructural —la de los “cuadritos”— ofrece recursos didácticos para diseccionar un texto y apreciar en detalles su construcción. Aplicados incluso mentalmente, ayudan a evitar o a subsanar incorrecciones, como una que se extiende cada día más. Ocurre, por ejemplo, cuando a un cantante se le valora como “uno de los intérpretes de la música cubana que más brilló” en determinada época. En los muchos ejemplos que pudieran citarse se halla también la afirmación de que, entre los peloteros que habitualmente se han desempeñado en otras posiciones, un conocido tercera base “es uno de los que ha pitchado” alguna vez.

El cantante es uno, singular, como el pelotero, y cabría decir que aquel “fue un intérprete brillante” y “el tercera base pitchó”. Pero en los contextos citados —con dos oraciones uno y otro, y subordinada la segunda de ellas a la primera— se ubica a cada uno de ellos en un grupo que es el sujeto de la oración subordinada; y ese sujeto, plural, está representado en los que, y demanda un verbo en plural también. ¿Complejo el asunto? En grado sumo lo es una intervención quirúrgica del cerebro, y la dificultad no autoriza al neurocirujano a sentirse tranquilo si el paciente muere por un error suyo.

Si se escribe, digamos, que tal pelotero “es uno que batea bien”, se respeta la gramática; pero no al escribir que “es uno de los que mejor batea”. Correcto resulta escribir: “Orestes Kindelán es uno de los que más han bateado en la pelota cubana”. Kindelán es sujeto de la oración principal, la del verbo es, pero el complemento nominal de esa oración incluye otra: bien escrita, “los que más han bateado”, no “los que más ha bateado”.

Tela por donde… rectificar

El afán puntilloso de la explicación obedece a que el error pulula, y poner ejemplos relacionados con el deporte —aunque la prensa deportiva tiene también excelencias— responde a que la narración de un juego de pelota en la radio o en la televisión cubanas da para acopiar incontables casos de dicha incorrección. Si esta no abunda más en textos escritos, será porque hay autores que escriben bien, y editores que se encargan de que el texto llegue lo más correcto posible al público.

Procede apuntar que algunas de las incorrecciones vistas figuran entre las apreciables en el libro aludido al inicio. Las tiene no solo en diálogos —en los cuales podrían servir para caracterizar a determinados personajes—, sino también en la voz del autor, destacado artífice de la comunicación.

Quien haya impartido un taller de redacción a graduados universitarios, y desempeñado tareas editoriales, habrá comprobado un hecho: aquí se habla de incorrecciones que no siempre se detectan, y hasta se expanden, pasan inadvertidas. Por ello es aún más necesario estar alertas para no cometerlas. Aunque la batalla por el buen uso del idioma no se librará con unos cuantos artículos, es necesario aprovechar todos los recursos. Los dibujos del agudo Roberto Figueredo que ilustran el texto aportan incitaciones para otros abordajes. Seguramente el autor de estas notas volverá a la liza, que de lisa tiene poco.1 - Iustración de Roberto Figueredo

Luis Toledo Sande

Ilustraciones de Roberto Figueredo

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/09/23/cultura/pifias.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista

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