Para Ángela Gentile

Mujer semillaAunque alguien las considere de particular interés para las personas más jóvenes, las modas rebasan edades y conciernen al conjunto humano. A veces, justa o injustamente, pudieran asociarse a lo banal, pero en lo más profundo se vinculan con los resortes culturales, históricos y económicos de la sociedad. Los seres humanos están al tanto de ellas, y aun cuando lo hagan para repudiarlas, también así reconocen su influencia.

En contraste con las modas, e incluso desde ellas mismas, se yergue el reconocimiento de lo clásico: aquello que, dicho con una frase común, es lo de siempre, o lo de toda la vida, ya se trate, digamos, de un estilo en el vestir o en la manera de llevar el cabello. Esas expresiones, tan categóricas, tampoco deben propiciar que se ignore la mutación constante de la realidad, el movimiento por el cual hace alrededor de dos mil quinientos años un filósofo griego, Heráclito de Éfeso, sostuvo que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río.

Es posible que una persona entre o se sumerja tantas veces como desee en una corriente fluvial; pero el dinamismo de las aguas hace que ellas sean siempre otras. Y a su vez, dentro o fuera de esa corriente, la persona continúa experimentando los cambios propios de la trayectoria que inició en el nacimiento y mantendrá hacia la muerte, por los cuales, sin dejar de ser el mismo ser humano, es otro en cada instante. He ahí un ejemplo que señala cuán relativa o imprecisa es una frase como “Nada nuevo hay bajo el sol”.

Dadas las constantes mutaciones, nada es eterno, salvo el movimiento permanente. Así ocurre en el quehacer general de la humanidad, del cual las modas forman parte, cualquiera que sea el área en que ellas operen. No solo en lo más cotidiano, como el vestir, sino también en las letras y las artes funciona esta realidad: modas van, modas vienen, y sirven para buscar y hallar nuevos logros, y, simultáneamente, para destacar valores perdurables de una cultura o una civilización, o de un autor determinado.

Para esas etapas o hitos de grande u óptima realización se acuñó el término clásico, a veces tomado en préstamo como recurso destinado a subrayar la importancia que algo tiene o se le quiere dar para promoverlo como un modelo. Sucede así, digamos, en competiciones deportivas que asumen como designación genérica el rótulo de clásico, al parecer en busca de autovalidarse. La explicación de usos tales —por ejemplo, en literatura, sin pretender que ahí termina el asunto— se halla en otra de las frases usadas para definir obras y autores que merecen calificarse de clásicos: siempre tienen algo que decir. La afirmación atañe tanto a los contenidos como a la forma de expresarlo.

De ahí que transcurran siglos y siglos, y poemas épicos como La odisea y La Ilíada, u obras dramáticas como las que giran en torno a Medea y Edipo, sigan publicándose y dando tema a las manifestaciones artísticas en que nacieron, y a otras, entre ellas el cine, que apenas tiene poco más de cien años y continúa nutriéndose de clásicos de todos los tiempos, y es él mismo una fuente que nutre a las demás. En algunos casos las obras, los personajes y los autores de la antigüedad siguen recibiendo también el tributo de las ciencias. Ahí están complejo de Edipo, síndrome de Diógenes y tendón o talón de Aquiles, expresiones utilizadas en la sicología, la medicina y el lenguaje común.

Particularmente en la poesía, la permanencia de los clásicos resulta inseparable de la capacidad para cantar sentimientos que, enriquecidos o modificados al paso de los siglos, continúan siendo distintivos de la conducta humana, como el amor y otras pasiones. Así la Grecia y la Roma antiguas abonaron los cimientos de lo que suele llamarse Occidente, nombre que ha tenido éxito, pero es engañoso, no solo por tratarse de un topónimo aplicado a una realidad histórica, política, social y económica. Lo es, sobre todo, porque se pretende englobar en él a naciones del capitalismo desarrollado y a las que, víctimas de la esclavitud y del sometimiento colonial y neocolonial, han sido sostén del capitalismo, atadas a los designios de las fuerzas que medraron o siguen medrando con la marcha de dicho sistema, aunque la crisis de este se profundiza.

Las dosis de falacia amparadas en tales actos de “magia” verbal se refuerzan cuando se propaga o se asume la denominación Occidente cristiano: los mecanismos de opresión niegan el sentido justiciero del cristianismo originario, y el rótulo oculta la diversidad de pensamiento característica de los pueblos que se intenta designar con él. El peligro se agrava cuando desde puestos de mando imperiales se agitan dolosamente las banderas de guerras entre civilizaciones, planteadas incluso como nuevas cruzadas. Y a la vista están los ardides, cada vez más palmariamente sucios, con que una potencia, erigida a la fuerza como gendarme internacional, se autoproclama garante de los derechos humanos y del funcionamiento democrático, ideales que ella viola sistemáticamente en el mundo.

Es necesario y justo recordar lo mucho que la humanidad debe a la vasta familia de pueblos de África y de Asia, y a los integrantes de eso que Simón Bolívar y José Martí llamaron, respectivamente, “pequeño género humano” y “nuestra América”. En la valoración de lo aportado por la antigüedad clásica “occidental” fue aleccionador el propio Martí, exponente clásico él mismo de las letras, el pensamiento y el espíritu emancipador de los pueblos formados desde el sur del río Bravo hasta la Patagonia, incluyendo lo que él llamó “las islas dolorosas del mar”, el Caribe.

No obstante, con frecuencia el llamamiento que entre nosotros se hace a vincular lo universal y lo nacional reduce el legado martiano, y en general la cultura del país, a cosa de mera localidad: lo universal es de otros lares. Las denominaciones esconden, bien o mal, engaños variopintos. Los grandes logros no son patrimonio fatal de parcelas poderosas, y no hay que recibir acríticamente —es solo un ejemplo—, en un país como Cuba, clasificaciones por las cuales se deslindan, de un lado, el “arte cubano”, y, del otro, el “arte universal”, aunque ello suponga menguar, de hecho, el reconocimiento merecido por aportaciones como las de Wifredo Lam, para hablar solamente de pintura.

El mundo viene —y nosotros en él— de una larga herencia, en la cual los intereses dominantes han procurado imponer, y a menudo lo han conseguido, paradigmas con los cuales presentarse como portadores de una superioridad que los destinaba a dominar a los pueblos y seres “inferiores”. En tal rejuego intentaron borrar la memoria de los pueblos sometidos por la fuerza. Sobre la destrucción de gran parte del tesoro cultural de la América originaria habló Martí cuando, en el artículo “El hombre antiguo de América y sus artes primitivas” (1884), exclamó refiriéndose a la historia de esta parte del mundo: “¡Robaron los conquistadores una página al Universo!”

Con su cultura insondable, su vocación de justicia y su actitud alerta contra el colonialismo afianzado en la región por la vía educacional, en el ensayo “Nuestra América” (1891) demandó: “La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”.

Ni remotamente sugería desconocer la cultura griega ni aislarse del mundo como los “aldeanos vanidosos” a quienes en ese mismo texto impugnó. Apuntaba, y apunta, a la urgencia de propiciar el conocimiento de nuestra historia, aunque —léase: si no quedaba otra opción— no hubiera margen para enseñar la historia de “la Grecia que no es nuestra”. Ya antes, en 1889, había reclamado una educación integradora, guiada por la exigencia que él plasmará en estas otras líneas del párrafo de “Nuestra América” citado: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido, que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas”. El dolor, el sufrimiento histórico de estas, lo asumía el más esclarecido de sus hijos no como un motivo de vergüenza y resignación, sino como fuerza para el cultivo de la dignidad.

La mención de 1889 remite a los cuatro números, publicados ese año, de La Edad  de Oro, revista compuesta por textos originales suyos, y por traducciones y versiones que él hizo de obras de autores de diversas épocas y naciones. Brotó dirigida al público infantil y adolescente de nuestros pueblos, y ha desbordado esos límites y su tiempo. Se ha reproducido como libro en numerosos países, y merece seguir editándose. En sus páginas expuso un contenido diverso, amplio, y en el primer número trazó pautas con la semblanza “Tres héroes”, sobre Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo. En las siguientes entregas trató asuntos vinculados con distintas partes del planeta, a menudo con el ejemplo de pueblos que habían luchado contra la opresión: ya fueran ellos de Indochina o de las comarcas árabes, o de cualquier otra parte.

En La Edad de Oro aparece “La Ilíada, de Homero”, artículo donde expuso un modo creativo de relacionarse con el mundo descrito y con los sucesos narrados en esa epopeya, cuya orientación ideológica él interpretó y expuso lúcidamente. También sembró actitud crítica en lo concerniente a cómo asumir las traducciones de la obra, considerando la gran importancia de ese recurso para el diálogo intercultural, y las mediaciones y los ocultamientos que pueden darse al mudar de lengua un texto.

En conjunto, la lectura que Martí ejemplifica del poema homérico cimienta una de las lecciones medulares sustentadas en “Nuestra América”: la luz que la cultura, abrazada con perspectiva limpiamente abierta a los más altos valores éticos y estéticos, aporta para el mutuo conocimiento de los pueblos, para la búsqueda de la justicia y la dignidad en el mundo, para el cultivo del respeto y la solidaridad entre los seres humanos. Desde esa claridad llegó a certidumbres que las ciencias tardarían más de un siglo en validar con descubrimientos relativos al genoma humano: “No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre”.

Al refutar de tan profundo modo los engaños del racismo, trazó un camino por donde la humanidad puede llegar a una integración verdadera, plena, que no esté regida ni viciada por intereses de dominación, de sometimiento de unos pueblos por otros. La lectura que La Edadde Oro propone de la La Ilíada incluye asimismo el goce de la belleza, uno de los pilares que dan perdurabilidad a las obras clásicas, y la de Martí lo es. Ellas trasmiten plenitud en la misma medida en que, para fijar su presente, concentran pasado y proyectan futuro, y perduran abiertas al ejercicio de la interpretación, del diálogo que sucesivas generaciones incontables de lectoras y lectores han sostenido y sostendrán con esas páginas.

Los afanes revolucionarios y los correspondientes replanteos geopolíticos que han puesto a nuestra América en el centro de los ímpetus transformadores del mundo de hoy, tienen entre sus raíces y fuentes mayores el pensamiento martiano. La propia integración de los pueblos latinoamericanos y caribeños representa un logro sin precedentes hacia el cumplimento de los ideales de unidad de alma a la cual Martí los convocó para hacer frente a la voracidad y las maniobras con que el imperialismo estadounidense ya se hacía sentir a finales del siglo XIX.

Frente a modas lanzadas desde academias de signo imperial, los ideales abrazados y abonados por el revolucionario que murió en combate intentando cumplir su deber frente a la realidad de entonces, y con miras al futuro, alimentan las búsquedas de siembra ideológica asociadas hoy al ALBA y a la voluntad de una justicia social a tono con las urgencias y las posibilidades del siglo XXI. Martí es uno de los más altos clásicos con quienes se debe contar creativamente, no como aldeanos vanidosos, en esos afanes. Lograr las transformaciones necesarias es responsabilidad de quienes hoy pueblan países que en conjunto están sacudiendo la historia como, a pesar del empeño de los libertadores aquí mencionados, y de otros, no habían logrado hacer antes.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Cubarte. El Portal de la Cultura Cubana:

http://cubarte.cult.cu/periodico/letra-con-filo/entre-las-modas-y-los-clasicos-la-vida/24848.html

Mujer semilla, imagen que ilustra el texto en la presente salida, la tomé, en internet, de la revista argentina Estética en Córdoba, a cuya dirección se lo comuniqué por correo electrónico antes de reproducir el artículo en la artesa. Lamento no haber recibido respuesta: en ella esperaba encontrar el nombre de quien creó la obra pictórica, y no he podido descifrar su firma.

Anuncios