Me percaté de su existencia en los primeros días de agosto, y lo que va quedando de aquel cuerpo continúa en el mismo sitio, a sol y sereno, cuando escribo estas líneas, ya entrado octubre. El lugar, en la capital del país, es la transitada acera de la Calzada de Infanta, casi frente a la Cuarta Unidad de la Policía y a escasos metros del Parque de la Normal, en cuya esquina más próxima se hallan una parada de ómnibus locales y un kiosco de venta de publicaciones, este último con usuales y largas colas de clientes. Al fondo del parque, por la calle San Joaquín, están la Escuela Pedagógica Fulgencio Oroz Gómez y, detrás de esta, la Escuela Primaria Nguyen Van Troi.

De la primera vez que lo vi para acá, la descomposición del cadáver ha ido en aumento, a veces en medio de un charco de agua lluvia, y siempre envuelto en basura: tal vez la que el barrendero de la vía —que lo hay— evade rozar con la escoba para no extender con ella la podredumbre de lo que fue un perro. Cuando el 1 de septiembre el reportero tomó fotos, espantó algunos canes que intentaban alimentarse con restos del congénere.

Foto tomada por el autor el 1 de septiembre de 2013

Según van las cosas, hasta las últimas células de lo que fue el animal seguirán allí, convirtiéndose en partículas mezcladas con la atmósfera que respiran quién sabe cuántas personas. No queda el consuelo de pensar que es un caso único o infrecuente en la ciudad: es uno entre muchos que la injurian, le menguan la higiene y son aliados potenciales de epidemias.

En una de sus canciones el trovador uruguayo Quintín Cabrera, gran amigo de Cuba, lamentablemente muerto hace unos años, escribió: “Las ciudades son libros que se leen con los pies”. La Habana supera en muchos índices cualitativos y numéricos a otras poblaciones del país: unos, estimulantes, como su garbo, que sigue venciendo pruebas; otros, negativos, como la grosería en los modales y los déficits en la higiene ambiental. A quien la lea caminando por sus calles, le habrá sido fácil ver escenas como la descrita, ni remotamente la única con que ha topado quien la describe.

El indicio más claro —u oscuro— de que ese hecho no es raro, lo ofrece el largo tiempo de aquel cadáver de perro yaciendo en un sitio por donde caminan tantas y tantas personas, al borde de una calle por la cual circulan incontables vehículos. Un solo desastre es indeseable, pero la pasividad en torno a él remite a expresiones de un deterioro que lo desborda. Lo que estropea a un colectivo en el plano material o de funcionamiento cotidiano, es muy probable que lo infecte en otros órdenes de su existencia y de su proyección.

Las manifestaciones de indisciplina social no son nuevas en el país, ni siquiera aquellas que pudieran considerarse nacidas o desarrolladas al calor de los afanes por construir, sin la necesaria experiencia y sin suficientes recursos materiales, un nuevo tipo de sociedad. También son de años los reclamos de enfrentar y erradicar tales hechos. La campaña que ahora se levanta contra ellos resultará tanto más eficaz cuanto más permanente sea, más movilice a la sociedad y no sirva de comodín para envolver en un mismo saco faltas y delitos de muy diversa envergadura y, por tanto, requeridos de enfrentamientos distintos.

Dada la relación entre el medio en que viven las personas y el comportamiento de estas, no se debe dejar a un lado la voluntad transformadora, ni ignorar el peso de la realidad material. Renunciar a la persuasión y apostar solamente a camisas de fuerza resultaría nocivo, como confiar los destinos del país a la espontaneidad o a la hipertrofia de esta: el espontaneísmo. Urge activar los conceptos de ciudadanía y ciudadano, y civilidad, y la aplicación de leyes que existen, o la promulgación de las que falten. No es cuestión de empeños pasajeros, sino de querer, concebir y lograr una realidad plenamente vivible.

No funcionará bien la nación sin que se establezcan los responsables de cumplir cada deber social, trátese de una tarea extraordinaria o de “minucias” como la que dio lugar a estas líneas. Para que frente ella, y a otras similares, se desaten las acciones necesarias, en todos los niveles de la sociedad ha de fomentarse la conciencia de que esas “pequeñeces” son inaceptables. Urge tener bien definido, y hacer que se cumpla lo pertinente, quién recoge esos cadáveres.

Luis Toledo Sande

Publicado en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/10/15/opinion/pensandolo.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista

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