lasmatesdivertidas-wordEmpeñada en su desarrollo científico, Cuba tiene entre sus instituciones las encargadas de la metrología y la normalización. Así se llaman. Las mediciones, incluidas las de peso, habrán surgido en el mundo por la necesidad de distribuir bienes o ejercer el trueque.

En ese camino, por donde se llegó a la intrincada maquinaria mercantil de hoy, se tornó insoslayable calcular o medir qué cantidad de un fruto cambiar por otro, o cuánto de un artículo determinado era posible comprar o vender por un cierto número de semillas u otros objetos que sirvieran de monedas.

El sistema métrico decimal, que rinde culto a la palabra griega metron, de donde viene medida, es reciente comparado con la historia de la humanidad, y está lejos de ser tan universal como pudiera creerse. Pero es fruto valioso de la ciencia y la tecnología.

Claro que por sí mismo ningún mecanismo de medición y control impide que haya corruptos. Ningún sistema métrico garantiza honradez. En mi infancia sentía ingenuo orgullo, como de escudo familiar, por las básculas Toledo, avaladas con esta inscripción del fabricante: “Sin resorte. Peso exacto”.

Por la oxidación, los cambios de temperatura y los efectos del tiempo y del uso, los resortes, característicos de las balanzas llamadas romanas, pueden falsear el pesaje: por lo general, ¡qué casualidad!, en beneficio del comerciante. Un resorte vencido, o manipulado, hace maravillas.

Es necesario cuidar las ganancias del saber, como las nociones geométricas elementales, para que algunos mercaderes no impongan sus criterios renovadores. La línea horizontal es la descrita por la superficie de un líquido en reposo, pero hay quienes intentan establecer que es otra, y cambiante: la definida por el brazo de las pesas que lo tienen —tan frecuentes en nuestro ámbito— al formar un determinado ángulo con el tablero del mostrador. La amplitud del ángulo la fijan ellos a capricho.

No tanto ya con varas y yardas, pero aún bogamos habitualmente con libras, y asistimos al triunfo creciente de la libra que decrece. ¿Tuvo 16 onzas? A veces ni a 12 llega. El kilogramo, si se usa, lucha por no honrar la raíz kilo. Alguien que intentó saber cuánto le habían estafado —del hecho en sí no tenía duda—, acudió a una docena de balanzas de establecimientos públicos, y las variaciones eran tan grandes que abandonó la búsqueda. Luego adquirió una pesa normal, fiel, pero prefiere no usarla: para sufrir menos.

Hemos tenido unidades métricas como el sábado corto, olvidado porque ya no se ve ese envase de vidrio, “tipo CAME”, y, sobre todo, porque ahora en el “sistema métrico nacional” campean el jarro, la latica, el vaso y el pepino. Comprar un pepino de puré de tomate es algo más que una metáfora ante la cual Quevedo podría volver a morir, pero de envidia. No digamos si es de leche.

Se necesitaría un tratado para dar una idea de esas mediciones a quienes no conozcan nuestra realidad. Pero cubanas y cubanos de Cuba sabemos de qué se trata. El problema no es el despliegue de esas unidades métricas rudimentarias en la era de la computación, sino que ellas sirven a las arremetidas del mercado contra los clientes.

Las alteraciones de jarros, vasos y laticas de metal propician que el pepino, de plástico, sea comparable con el modosito patrón métrico de platino y de iridio que se guarda en París.

Nuestras básculas no trabajan con fracciones. Los vendedores tienen el don de adivinar el peso de lo que le solicita el cliente: de un tirón ponen en la pesa la cantidad por la que van a cobrar, ¡y ya! Los boniatos y los exóticos ñames, por muy irregulares que sean, suman con exactitud libras enteras. Nada de ridiculeces como mitades o cuartos. ¡Quién habla de onzas! Si el vendedor se equivoca, no es por poner de menos, sino “de más”, y entonces lo retira; pero puede faltarle el menudo para la bobería del vuelto.

Los productos del suelo tienen precios del cielo, se dice, y abundante hielo “casual” aumenta el peso de los alimentos congelados, como si incluyeran el agua para cocinarlos. Tanto en los productos de la tierra como en los del mar y el aire, y en los industriales, prima una realidad: al cliente se le tima nada más en la cantidad, el volumen, el peso, la calidad, el precio y el vuelto. Y si alguno se queja, otros clientes le salen al paso: “¡Qué se habrá creído este!”

Años atrás el desparpajo convivía con “precisiones” como poner en las tablillas o cartas de establecimientos gastronómicos el peso de un huevo frito. ¡Como si las gallinas tuvieran una balanza electrónica en… salva sea la parte! Bastaría con que nuestros mercados tuvieran pesas modestas pero fieles, y se respetara al cliente.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/10/29/opinion/pensandolo.htm

Y en la revista impresa, número correspondiente al 1 de noviembre de 2013

La ilustración utilizada en esta artesa proviene de http://lasmatesdivertidas.wordpress.com

Anuncios