Retrato de Julián del Casal recreado por Roberto Figueredo

Retrato de Julián del Casal recreado por Roberto Figueredo

Cuando el 21 de octubre de 1893, en La Habana, sin haber cumplido aún 30 años, murió Julián del Casal, nacido en la misma ciudad el 7 de noviembre de 1863, calló una de las más singulares voces de la poesía en lengua española, y de la transformación literaria —llamada modernismo— que experimentaba nuestra América. De la cima de aquella avanzada formaron también parte otro cubano, José Martí, reconocido como su iniciador; el nicaragüense Rubén Darío, a quien le enorgullecía encabezarla; el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera y el colombiano José Asunción Silva, entre otros.

La nómina ejemplifica la significación de la hornada en sí misma, y como tramo inicial de un proceso de arraigo y crecimiento literario que llega a nuestros días, como señaló Roberto Fernández Retamar en 1980, al valorar particularmente la contribución de Martí a las letras en español. Tal acierto crítico impugnó estrecheces conceptuales que habían empañado la estimación del modernismo y del nexo de la obra martiana con ese movimiento, encarnación, para nuestra América, de la voluntad de independencia cultural ante las huellas o la presencia del colonialismo español.

Los criterios refutados por Fernández Retamar no eran nuevos, y acaso no hayan desaparecido completamente; pero en el caso particular de Cuba se asociaban a ideas que prosperaron con la atmósfera de los años 1971-1976. En tal entorno la importancia de la obra de Casal no impedía que actuaran contra ella determinadas concepciones que la aludida atmósfera favoreció. Una de esas tendencias fue —hasta la impiedad— contraponerlo con Martí.

Más allá de intenciones concretas cuyo deslinde requeriría otro juicio, tal operación condujo en general a menguar a Casal, acusado de evadir la realidad. Lejos del justo equilibrio, se ignoraban los límites entre los valores estéticos y los políticos, y estos se privilegiaban sobre aquellos, desbalance que no se compensa con el extremo opuesto.

Mi juventud, herida ya de muerte

Aunque no podía borrarlo ninguna inopia crítica, era fácil que no solamente Casal, comparado con Martí, figura excepcional y abarcadora si las ha habido, quedara mal parado. Pero la primera gran valoración —rescate por anticipado, pudiera decirse— del autor a quien se reprobaba por exquisito y enamorado de lo exótico, la hizo el fundador del Partido Revolucionario Cubano, y en Patria, vocero de la revolución que se gestaba.

En aquel periódico, editado en Nueva York, 10 días después de morir Casal circuló el artículo que le dedicó Martí. Merece recordarse por sus perdurables valores, por la luz que continúa ofreciendo y hasta por la circunstancia de cumplirse en 2013 su aniversario 120 y el 150 del autor. La poesía de Casal se avala por sí misma, pero su alto reconocimiento por parte de Martí era y es una ponderación insoslayable.

El revolucionario que en la emigración estaba al tanto de lo que sucedía en Cuba, difícilmente ignorase que en La Habana, en las fauces del poder colonial, su compatriota había tenido como periodista el coraje de encajar saetazos críticos incluso en el capitán general y su familia, por lo que perdió el modesto empleo de escribiente que había conseguido en la Intendencia General de Hacienda. Pero Martí no se atuvo a logros extraliterarios para elogiarlo, sino a la extraordinaria calidad artística y a la significación de su poesía. Con esa claridad comprendió la angustia de quien, huérfano de madre a los cinco años y de padre a los veintiuno, pronto conoció la pobreza material y la infelicidad.

En su primer poema conocido, de enero de 1881, tal vez alusivo a la hermana con quien —cuatro años menor que él— compartió la orfandad, el dolor irrumpe desde el título, “¡Una lágrima!” En “Autobiografía”, poema al cual pertenecen los subtítulos empleados en el presente artículo, y que integra el libro Hojas al viento. Primeras poesías (1890), escribió: “Mi juventud, herida ya de muerte,/ Empieza a agonizar entre mis brazos,/ Sin que la puedan reanimar mis besos,/ Sin que la puedan consolar mis cantos”. Pero Martí fue también capaz de apreciar que el sufrimiento del portador de un espíritu que “Ora ansía el rumor de las batallas,/ Ora la paz del silencioso claustro”, estuvo lejos de representar desinterés con respecto a la patria.

Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!

“Murió el pobre poeta, y no lo llegamos a conocer”, lamenta Martí, aunque revela un conocimiento más profundo que el mero contacto personal: “Aquel fino espíritu, aquel cariño medroso y tierno, aquella ideal peregrinación, aquel melancólico amor a la hermosura ausente de su tierra nativa, porque las letras sólo pueden ser enlutadas o hetairas en un país sin libertad, ya no son hoy más que un puñado de versos, impresos en papel infeliz, como dicen que fue la vida del poeta”.

“De la beldad vivía prendada” el alma de Casal, pero “aborrecía lo falso y pomposo”, declara en el artículo citado el revolucionario fundador, quien, en lo que otros verían mera evasión, percibía la respuesta desesperada a una realidad inaceptable, frente a la cual las letras del poeta fallecido serían tristes, no hetairas. Al alabar el triunfo de su compatriota, el orientador de Patria cita lo dicho siglos antes por un político español: “De Antonio Pérez es esta verdad: ‘Sólo los grandes estómagos digieren veneno’”.

Cuba debía librarse del colonialismo, también para ver salvados y en cauce favorable talentos como el de Casal, de quien Martí escribió: “Murió, de su cuerpo endeble, o del pesar de vivir, con la fantasía elegante y enamorada, en un pueblo servil y deforme. De él se puede decir que, pagado del arte, por gustar del de Francia tan de cerca, le tomó la poesía nula, y de desgano falso e innecesario, con que los orífices del verso parisiense entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria”.

Acerca de la realidad cubana incluyó Martí en su juicio sobre Casal lo que, denuncia de la realidad y reclamo de transformación, podía prevenir derivaciones del estado de cosas que urgía erradicar: “¡Así vamos todos, en esa pobre tierra nuestra, partidos en dos, con nuestras energías regadas por el mundo, viviendo sin persona en los pueblos ajenos, y con la persona extraña sentada en los sillones de nuestro pueblo propio! Nos agriamos en vez de amarnos. Nos encelamos en vez de abrir vía juntos”.

Tal entorno habrá suscitado estos versos del poema “Autobiografía”, ya citado: “Vi la muerte, cual pérfido bandido,/ Abalanzarse rauda ante mi paso/ Y herir a mis amantes compañeros,/ Dejándome, en el mundo, solitario.// ¡Cuán difícil me fue marchar sin guía!/ ¡Cuántos escollos ante mí se alzaron!/ ¡Cuán ásperas hallé todas las cuestas!/ Y ¡cuán lóbregos todos los espacios!”.

Formidable orgullo

Desde una altura en que política y arte eran inseparables, y la ética impedía acritudes y celos estériles, Martí, pensando en Casal, reconoció: “en América está ya en flor la gente nueva, que pide peso a la prosa y condición al verso, y quiere trabajo y realidad en la política y en la literatura. Lo hinchado cansó, y la política hueca y rudimentaria, y aquella falsa lozanía de las letras que recuerda los perros aventados del loco de Cervantes”.

En ese contexto vio el significado de Casal: “Es como una familia en América esta generación literaria, que principió por el rebusco imitado, y está ya en la elegancia suelta y concisa, y en la expresión artística y sincera, breve y tallada, del sentimiento personal y del juicio criollo y directo. El verso, para estos trabajadores, ha de ir sonando y volando. El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa”. Con términos en los cuales se ha podido percibir un diálogo con el Darío a quien lo unió la mutua admiración, agregó: “No se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa.—Y ese verso, con aplauso y cariño de los americanos, era el que trabajaba Julián del Casal”.

Ineludible y felizmente, toda familia, por muy unida que pudiera ser, es diversa, y de ello le vienen desafíos, junto con la riqueza de la creatividad. Desde esa certidumbre, y para citar nada más otro ejemplo señero, Martí hizo justicia no solamente a Casal, sino a Juan Clemente Zenea, cuya alma él supo ver limpia, libre de voluntad traidora. Si hubiera apreciado en alguno de ellos una orientación incompatible con la liberación y la dignidad de la patria, no habría vacilado en refutarlos explícitamente, o con el silencio, otro recurso que utilizó al ejercer el criterio.

Crítico zahorí, al guía revolucionario no le sería indiferente la conciencia de honradez de Casal, quien finalizó así “Autobiografía”: “Libre de abrumadoras ambiciones,/ Soporto de la vida el rudo fardo,/ Porque me alienta el formidable orgullo/ De vivir, ni envidioso ni envidiado,/ Persiguiendo fantásticas visiones,/ Mientras se arrastran otros por el fango/ Para extraer un átomo de oro/ Del fondo pestilente de un pantano”.

La purísima fe de mis mayores

Dentro de la altura artística de la obra casaliana figuran poemas de peleadora eticidad y claras implicaciones para el legado de la liberación, como “A los estudiantes”, recordación de los sucesos del 27 de noviembre de 1871: “Víctimas de cruenta alevosía,/ Doblasteis en la tierra vuestras frentes,/ Como en los campos llenos de simientes/ Palmas que troncha tempestad bravía”, escribe, para finalizar: “Los que ayer no supieron defenderos/ Sólo pueden, con alma resignada,/ Soportar la vergüenza de lloraros”.

Tampoco se debe ignorar “La perla”, en el que Cuba —todavía oprimida por el colonialismo español y ya en las miras de la voracidad imperialista estadounidense— es centro de las preocupaciones del autor: “Alrededor de una perla/ Que el mundo ostenta en su seno,/ […]// Hay dos aves de rapiña/ Contemplando sus destellos”.

“A un héroe”, que se tiene como dedicado a Maceo y surgido del encuentro de Casal con él en La Habana de 1890, pero —según la cronología ofrecida en Obra poética— se publicó originalmente en 1892, deplora la falta de apoyo encontrada entonces por el protagonista a quien se dirige: “Hallas sólo que luchan sin decoro/ Espíritus famélicos de oro/ Imperando entre míseros esclavos”.

El pulso de esos poemas —que en un debate Mirta Aguirre citó como en descargo del autor— no es el más ostensible en su producción lírica, y, a propósito de la periodística, en el prólogo a Obra poética Alberto Rocasolano desaprueba el afán de Enrique Hernández Miyares “al querer superponer una actitud fluctuante y ocasional a la imagen única del poeta”. Pero también afirma: “El día que se estudie profundamente a Casal, se verá que no era un poeta tan alejado de sus vivencias como hasta ahora se ha creído”.

Fruto de oro entre las verdes ramas

Bastarían la jerarquía estética y la honradez de la obra de Casal para que ella fuera el tesoro que es en la cultura de la patria. Destellos, ímpetus esporádicos o como se les quiera calificar, aquellos tres poemas y los artículos valorados por Hernández Miyares nutren las virtudes que caracterizan al autor. Martí, que no los cita, no tendría ni por qué ignorarlos ni por qué tomarlos como asideros únicos para apreciar el sitio que a Casal y a su obra les correspondía —les corresponde— en las letras y el espíritu de la nación. En ese sitio comparte espacio con su poesía el periodismo que ejerció en las principales publicaciones habaneras de la época.

Pero no errará quien estime que la más perdurable contribución de Casal a la cultura cubana, y más allá, es su poesía. Pensaba Martí especialmente en ella al escribir: “Aquel nombre tan bello que al pie de los versos tristes y joyantes parecía invención romántica más que realidad, no es ya el nombre de un vivo”.

Así comienza el artículo que se ha citado antes, y en el que párrafos después se leen estas otras líneas, confirmación de que, para Martí, aquellos versos no eran cosa muerta, y los esperaba la vida futura, que no tardó en recibirlos: “Por toda nuestra América era Julián del Casal muy conocido y amado, y ya se oirán los elogios y las tristezas”. Se oyen, y continuarán oyéndose.

Luis Toledo Sande

Publicado originalmente en Bohemia Digital:

http://www.bohemia.cu/2013/11/01/cultura/julian-casal.html

Aparecerá también en la edición impresa de la revista

Anuncios